Antonio se levantó temprano aquella mañana. Llevaban ya dos días navegando, rumbo a casa. Antonio miró al horizonte. Volvía a casa. Pero esta vez no estaría su hermana para recibirle, para limpiarle las heridas y escuchar sus aventuras. Apretó los puños y se apoyó en el mástil del barco. Sus ojos estaban ya secos. De haber querido, no podría llorar más la pérdida de Isabel. Si pudiera hacer algo…Cualquier cosa…Para que volviera a su lado.

El vigía anunció la proximidad de la playa de Valencia con un grito de júbilo, que fue secundado por el resto de la tripulación. Antonio esbozó una sonrisa triste. Aquellos hombres habían sido los afortunados, los que podrían continuar con sus vidas y tendrían una buena historia que contar a sus nietos. Habían caído, pero Antonio no podía más que estar orgulloso de sus hombres. Se habían embarcado a una misión suicida y aún así, habían luchado como leones por defender su patria. Antonio amaba a cada una de esas almas que se habían entregado de forma desinteresada para asegurar la paz en su tierra. E Isabel había sido una de ellas. Esto no le proporcionaba ningún consuelo, pero sabía que para ella, el mayor honor habría sido entregar todo por España. Y así había sido. Antonio desembarcó junto con los demás hombres en las playas de Valencia y pagó un adelanto a los muelles que se encargarían de reparar los escasos barcos con los que contaban. Tras hablar con los oficiales, pidió un caballo.

Necesitaba volver a Madrid. Pronto entregarían las listas de prisioneros y debía encontrar el dinero para rescatar a todos y cada uno de ellos.

Isabel se despertó en un montón de paja, cubierto con una sábana sucia. La joven se removió y vio que sus brazos estaban firmemente sujetos a su espalda, al igual que sus piernas, donde dos gruesas argollas sujetaban sus tobillos. No había sido una pesadilla. Seguía allí, indefensa, esposada y sin ningún plan. ¿Dónde estaba ahora? Aquello no se parecía en nada a la jaula, más bien parecía un pequeño camarote, totalmente vacío salvo por la paja que cubría prácticamente todo el suelo. Quizás era una habitación para animales. Soltó un bufido. El señor capitán tenía un sentido del humor muy curioso. Por el hueco que había entre dos tablas del techo se colaba un hilo de luz que sumía en penumbra la estancia. Isabel se acercó como pudo, imitando a un gusano, y se sentó bajo el agujero. Podía ver el cielo desde allí. El cielo azul. Isabel inspiró. Se encontraba en una habitación justo debajo de la cubierta. Si consiguiera soltarse, pensó, agitando los brazos. Comprobó que las esposas tenían pequeños pinchos afilados, como espinas, que se clavaban en su piel cada vez que se movía.

Maldito bastardo… - gruñó

Isabel empezó a toser. La garganta le ardía debido al agua salada que tragó ¿Cuándo? ¿Ayer? Ni siquiera sabía que día era. Por el color del cielo supuso que sería medio día, aunque si se habían alejado mucho de España, su capacidad de predecir las horas y el tiempo se vería bastante mermada. Isabel suspiró y miró a su alrededor. Tal y como había supuesto, la habitación estaba vacía. Dudaba bastante que le dieran alguna oportunidad ahora. Ya habían visto lo que podía hacer, pensó, frunciendo el ceño, y era capaz de mucho más. El capitán lo habría supuesto. Seguro que por eso se habían esmerado en colocarle aquellas esposas. Además, le habían quitado las botas. Y el vestido. Isabel se estremeció, aterrada. Aún conservaba el fino vestido de algodón que llevaba bajo su ropa, y este seguía atado tal y como lo ató Alice. Era bastante improbable que se lo hubieran quitado y luego vuelto a poner tal y como estaba. Aunque no era muy difícil comprobar si llevaba algo interesante escondido en él. Isabel suspiró, entre aliviada y preocupada por sus averiguaciones. Ese capitán la temía, era evidente, y la quería viva, al menos de momento. Seguro que planeaba torturarla una vez que estuviese en condiciones. Isabel se arrepintió de no haber intentado volverse a tirar por el ojo de buey. Ahora su estancia sería aún menos placentera. La puerta de la habitación se abrió con un crujido. Isabel se volvió, sobresaltada. Un hombre rudo se acercó a ella. Isabel reconoció al bucanero que la amenazó el primer día. La joven se estremeció ¿Qué significaba aquello? El hombre esbozó una sonrisa cruel y mostró lo que llevaba en las manos. Un trozo de pan y un cuenco de agua. Isabel intentó ignorarle, pero su estómago le traicionó. Apretó los dientes y tosió para disimular el ruido. El hombre se echó a reír con desprecio

Mira a quién tenemos aquí – dijo con prepotencia – A la mercenaria española. ¿Qué tal tu vida en el barco, preciosa? – añadió, dándole a la última palabra una nota sarcástica

Isabel no respondió. Se encontraba en una situación claramente desfavorable. No le convenía provocar al hombre. Tampoco iba a serle útil tratarle bien, por lo que optó por el silencio.

Te veo demasiado callada – dijo mientras se agachaba - ¿Crees que seré capaz de tirarte de la lengua?

El hombre cogió el pan y el cuenco con una mano y con la mano libre tiró de los cordeles del vestido de Isabel. La joven dio un respingo y se volvió bruscamente. El hombre la soltó, pero el vestido de Isabel ya bajaba por su hombro. "Maldita sea" masculló para sí "Solo una mano, si solo tuviera una mano libre…" El hombre sonrió al ver su rostro y colocó su mano sobre el hombro desnudo de Isabel. Antes de que pudiera llegar a más, Isabel estiró las piernas y le golpeó con fuerza en la entrepierna. Las espinas se clavaron en sus tobillos y varias se partieron con el impacto, quedando dentro de la carne de Isabel. La joven apretó los dientes, intentando contener las lágrimas de dolor. No tuvo tanto éxito el hombre. Este se puso en pie, cojeando y miró con un profundo odio y furia a Isabel. Cogió el cuenco de agua y con una amplia sonrisa lo vació en el suelo y luego dio un gran mordisco al trozo de pan, que luego escupió en el suelo.

Buen provecho, preciosa – dijo con ira mal contenida antes de abandonar la habitación

Isabel miró con tristeza el pan y el agua, que se filtraba rápidamente por las grietas y suspiró. Pero ya lo había decidido. Jamás se rendiría o se arrastraría a los pies de esos indeseables. Aunque significase la muerte. Ella ya había entregado la vida cuando subió a ese barco que zarpó desde las playas de Valencia. Sería un acto de cobardía reclamar ahora lo que antaño ofreció por aquello que quería.

Pero ¿Por qué? Desde luego no se habría esperado una reacción así de ese buey. Demasiado… refrenado. ¿Tendrían ordenes los hombres de no hacerla daño? ¿Qué demonios significaba todo aquello? Se sentía partícipe de un juego, un juego injusto y amañado del cual no conocía ni una sola regla. Solo sabía que tenía que sobrevivir.

Cuando Antonio llegó a casa, Alice y Romano se encontraban en el huerto. No habían llegado noticias de Francis. Antonio asintió y subió rápidamente por las escaleras, a la sala de juntas. Ahora estaba vacía, y sabía que nadie le buscaría allí. Ya tenía las listas de prisioneros. Aún no había mirado los costes por cada uno de ellos, pero ya se hacía a la idea de que no iba a resultar, ni mucho menos, barato. Comenzó con las primeras páginas. Calculó que necesitaría al menos dos días para revisar todos los informes y comenzar a hacer presupuestos. Se sentó en la mesa y trató te empezar el trabajo, pero al cabo de unos minutos, se descubrió mirando por la ventana, distraído. Antonio sacudió la cabeza y corrió las cortinas. Ahora estaba solo, y precisamente por eso, no podía permitirse flaquear. Tenía un país que sacar adelante.

Isabel tosió haciendo un esfuerzo casi sobrehumano. Los primeros síntomas de deshidratación ya eran notables. Aquel maldito bastardo no le había traído ni comida ni bebida en tres días. Isabel, arrinconada en una esquina, apenas tenía fuerzas ni para respirar. De vez en cuando entraba el bucanero con comida y agua, pero siempre acababa derramándola o pisoteando la comida. Isabel no podía aguantar más aquella humillación. Estaba claro que la querían viva, pero no les preocupaba en qué condiciones. La puerta volvió a abrirse. Isabel parpadeó y trató de fijar la mirada. Esta vez no era aquel hombre corpulento, sino uno bastante más menudo y joven. Sus movimientos eran nerviosos y no era capaz de centrar la mirada en un punto fijo. De pronto, los ojos azules del chico se toparon con la figura de Isabel. El chico dio un respingo y se acercó con cautela. Isabel trató de incorporarse, pero lo máximo que consiguió fue quedar sentada, con la espalda apoyada en la pared. El chico dejó ante ella un largo y elegante vestido propio. Isabel no se movió, pero se olía algo extraño.

¿Qué… qué es…? – logró musitar

U-un vestido, señora – Isabel le lanzó una mirada glacial – Se-señorita… - se apresuró a corregirse – El capitán… yo…

El chico calló un momento. Isabel no apartó la mirada de él, lo que le hizo aún alterarse más.

E-esta noche, te-tenéis que ir con el capitán… - intentó explicar – Una cena…

¿Cena?... ¿Qué…? – soltó con voz ronca. Una ataque de tos la hizo enmudecer