4. Flashback
Emma estaba de pie, apoyada en una barandilla, con un cuaderno de bocetos en una mano y un lápiz en la otra, concentrada en el dibujo que estaba haciendo. Tenía delante de ella el gran estanque de agua azul, donde se reflejaba el obelisco de Washington y lo estaba reproduciendo.
Killian paseaba por entre la gente, disfrutando del sol de principios de primavera. Estaba caminando sin ningún rumbo fijo y mirando a todo y a la vez a nada, hasta que su mirada se posó en ella. Era rubia, con el pelo ondulado y muy largo. Vestía un abrigo marrón y tenía la cabeza agachada. Se acercó a ella con curiosidad, pero manteniendo las distancias y lo que vio le hizo sonreír. Tenía la cara seria, con el ceño fruncido y se mordía suavemente el labio. Su lápiz se movía rápidamente sobre un cuaderno y de vez en cuando ella levantaba la mirada hacia el monumento. Empezó a caminar hacia ella, pero cuando estaba a apenas unos pasos se paró. ¿Qué estaba haciendo? Estaba caminando hacia una completa desconocida decidido a hablar con ella pero ¿qué le iba a decir? Cuando se dio cuenta de esto ya era demasiado tarde. Ella había girado la cabeza en su dirección, al notar que alguien estaba parado a su lado, mirándola. Se sintió incómoda. ¿Quién era ese tío?
-Hola- saludó él nervioso, sin saber qué decir.
-Hola- respondió ella extrañada.
-¿Qué dibujas?- preguntó. Ella no respondió pero le enseñó su cuaderno de dibujos -dibujas bien.
-Gracias. Pero es un simple boceto, solo líneas mal hechas- dijo ella tímidamente, pero una pequeña sonrisa empezó a aparecer en su boca. Él pensó que tenía la sonrisa más bonita que había visto en su vida. Ella bajó la mirada hacia su reloj y añadió -tengo que irme. Pasa un buen día- y se fue, dejándole solo.
De camino al trabajo ella fue repasando la breve conversación que había tenido con ese hombre desconocido. No sabía cómo sentirse, si contenta por su amabilidad o asustada. 'La verdad es que era guapo. Y parecía simpático. Y sin duda es amable' no pudo evitar pensar, mientras sonreía 'bueno, no creo que le vuelva a ver, así que da igual'
Un par de días después Emma estaba sentada en un banco al sol, delante del Lincoln Memorial con un vaso de café y enfrascada en la lectura de un libro. Levantó la mirada y vio, apoyado en la barandilla en la que ella había estado días atrás, al mismo hombre con quien había hablado.
Casi sin pensarlo se levantó y comenzó a dirigirse hacia él. No sabía por qué, pero sentía curiosidad por ese hombre. Quería saber quién era. Ya había descartado la idea de que fuese un asesino, o un violador, y que ella fuera la siguiente presa. Cuando estuvo detrás de él le tocó suavemente el hombro para llamar su atención, y rápidamente él se giró hacia ella.
-Hola- exclamó él sonriendo.
-Eres el hombre del otro día- dijo ella sin saber qué decir. Al instante se arrepintió. ¿Por qué decía esa tontería?
-Quién si no- respondió sonriendo -no te había visto.
-Estaba ahí sentada- dijo señalando el banco, que ya había sido ocupado por unos niños.
-¿Leyendo?- preguntó señalando el libro que llevaba en la mano. Ella movió afirmativamente la cabeza -¿qué libro es?- ella se lo mostró, 'Lincoln in the Bardo' -¿el presidente?
-Sí. Me encanta la historia- 'qué conversación más estúpida' pensó ella. 'Preséntate de una vez tonta' -me llamo Emma- dijo por fin, extendiendo la mano derecha.
-Emma, qué nombre más bonito- dijo él estrechándole la mano -Killian.
-Un nombre original- ambos se rieron y se soltaron las manos.
-Mi padre era un hombre original- dijo él levantando una ceja y formando una pequeña sonrisa. 'Qué chica más preciosa' dijo para sí -oye, Emma- dijo pausadamente, y recalcando su nombre -tengo que irme, pero realmente me gustaría volver a verte. ¿Crees…? -empezó tímidamente -¿crees que podrías darme tu número de teléfono, y así puedo llamarte e invitarte a cenar alguna noche?
Ella asintió complacida -Me encantaría- cogió el móvil que él le ofrecía y registró su número -Adiós Killian.
-Adios Emma.
Esa misma tarde recibió un mensaje de Killian, pidiéndole que salieran juntos al día siguiente. Que se vistiera elegante.
Emma no quería admitirlo, pero estaba nerviosa. Había salido con bastantes tíos, había tenido citas, pero por primera vez en mucho tiempo se sentía realmente con ganas de tener esa. Lo que la sacaba de quicio. Tenía a ese hombre grabado en la cabeza, y se pasaba todo el día pensando en él, pensando en cómo saldría la velada, pensando si él sería tal y como aparecía en su cabeza o si por el contrario solo era un chico guapo más que lo que quería era llevarla a la cama.
Se vistió nerviosa, poniendo más empeño que otras veces. Se alisó el pelo, se maquilló y se pintó los labios, y por último se vistió con un vestido sencillo pero elegante que se había comprado para la ocasión. Era rojo y le resaltaba la figura. Unos tacones altos en los pies, y para romper con tanta formalidad vistió una chupa negra, a juego con los zapatos.
Se encontró con Killian en la puerta del restaurante. Se había ofrecido a ir a su casa a buscarla, pero ella se había negado. De momento quería esa intimidad.
-Estás muy guapa- la piropeó abriendo la puerta y cediéndole el paso.
-Vaya, eres todo un caballero- dijo ella sonrojándose -gracias.
-Cuéntame algo de ti- dijo él una vez estuvieron sentados y con una copa de vino delante suyo.
Ella sonrió nerviosa, y dio un sorbo de su copa para calmar el temblor que sentía por todo el cuerpo -Soy de Boston, nací y pasé allí mi primera infancia, pero cuando yo tenía siete años nos mudamos aquí, a D.C, por el trabajo de mi padre.
-Y ¿nunca has pensando volver allí?- preguntó él interesado.
-No. En el fondo me he criado aquí. Aquí vive mi familia, tengo mis amigos, mi trabajo. Me encanta esta ciudad y soy muy feliz en ella.
-Yo sí que soy de Washington, aunque he viajado por tantos sitios y me he movido tanto que no lo considero mi hogar- fueron interrumpidos por un camarero, que les preguntó qué querían tomar. Una vez se hubo retirado, Killian siguió interesándose por ella. -¿En qué trabajas?
-Bueno, aún no he terminado la carrera. Estoy en mi último año de universidad. Pero para ganarme algún dinero extra trabajo en una pequeña librería de Dupont Circle.
-¿Qué estudias?
-Historia. Me apasiona, saber todo el pasado de todo el mundo. Por eso también amo esta ciudad, en un sitio con mucha historia, donde ocurrieron muchas cosas- se interrumpió y se rio nerviosa -lo siento, seguro que te estoy aburriendo.
-Ni mucho menos. Quiero conocerte Emma- dijo él estirando la mano sobre la mesa y rozando con las yemas de los dedos la mano de ella -historia. Entonces ahora entiendo por qué estabas leyendo ese libro de Lincoln- ella rio y asintió -y apuesto que The Mall es tu lugar preferido. Tiene el Lincoln y el Jefferson Memorial, el monumento a Washington y la Casa Blanca -ella volvió a asentir. No sabía si era por el vino o porque veía que ese hombre era bueno pero notó cómo su nerviosismo prácticamente había desaparecido, y se sentía más segura de sí misma.
-Y tú, ¿en qué trabajas?
-Bueno, estoy en la marina- ella abrió los ojos, impresionada -acabé hace dos años la formación y ahí estoy, sirviendo a mi país.
-¿Y has ido ya a alguna guerra?- preguntó ella interesada.
-Unas pocas escaramuzas, pero aún soy inexperto, así que de momento no he hecho nada importante.
-Vaya. Es impresionante- comentó ella, verdaderamente admirada.
La velada continuó agradablemente, charlando de su vida, de cosas banales, y conociéndose poco a poco. Una vez hubieron terminado de cenar decidieron dar un paseo.
-Tú sabes cuál es mi sitio especial aquí. Lo justo sería que mostrases el tuyo- dijo Emma cuando empezaron a caminar sin rumbo. Él la miró pensativo y luego esgrimió una sonrisa.
-Vamos.
No fue un camino largo. Fueron por diferentes calles, oscuras y vacías. Hasta que doblaron una esquina y Emma vio delante de él el puerto, con sus barcos ordenadamente atracados, meciéndose por el impulso del mar, que chocaba contra estos.
-De pequeño mi padre me llevaba aquí casi todos los días. Él tenía un barco, y siempre los domingos pasábamos el día fuera, me enseñaba a navegar, a hacer nudos marineros, los nombres de los peces, cómo guiarse por las estrellas- relató mirando ensimismado hacia el horizonte. Ella le miraba con una sonrisa en los labios, sintiendo la admiración que él sentía por su padre.
-¿Y él? ¿No seguís yendo a navegar?- preguntó ella, curiosa.
-Murió, yo apenas era un adolescente.
-Perdona, no debería haberte preguntado.
-No te preocupes- él bajó la mirada hasta ella y le dedicó una sonrisa- mi padre era un gran hombre y siempre le estaré muy agradecido por todo lo que me enseñó- después de un momento de silencio él prosiguió -Cuando fui creciendo y la vida se fue complicando siempre venía aquí cuando me sentía abrumado, cuando quería escapar de todo. El mar siempre ha tenido un efecto tranquilizador en mí- se quedaron un rato mirándose a los ojos, en silencio. De pronto, un temblor recorrió el cuerpo de Emma -¿tienes frío?- preguntó él empezando a quitarse la chaqueta.
-No tranquilo, estoy bien- pero él siguió quitándose la chaqueta -en serio, no hace falta -él no le hizo caso y la colocó sobre los hombros de ella. Emma sonrió agradecida y se arrebujó en ella. Siguieron contemplando el mar, las estrellas, y disfrutando de la compañía del otro. Poco a poco fueron acercándose el uno al otro, tímidamente, hasta que sus hombros chocaron. Se miraron, sonrieron y acercaron sus caras, uniendo sus labios y besándose.
