Ok, debía admitirlo. Aunque su plan había sido perfecto, se había arruinado completamente y aún no entendía muy bien el porqué.

Para Laeti, el mundo de los hombres no era ningún misterio. Incluso a veces pensaba seriamente en escribir algún tipo de libro para ayudar a las chicas tan cortadas (sobreentiéndase la referencia a Sucrette) a conseguir los corazones de esas criaturas tan predecibles.

Sin embargo, ella debía admitir que cuando se enamoraba de un chico, realmente se enamoraba. Sus romances podían durar poco tiempo, pero durante ese breve lapso daba todo de sí para conseguir su objetivo. Hacía lo que sea. Incluso habilidades suyas que nunca había conocido salían a flote en sus intentos de ganar la estima del ser amado.

Eso último lo había comprobado hace solo unas horas.

Con una investigación que envidiaría la misma CIA, Laeti descubrió algunos de los videojuegos predilectos de Armin, tanto los que había jugado, como los que no. Así, conoció al favorito de la temporada y el más caro, "Experimental game XI" (un jueguito de zombis con bonitos dibujos, pero con una historia muy extraña al parecer de la chica -¿tan difíciles serían de matar los zombis en la vida real? ¿Qué no esos tíos caminaban lento? ¿Además, porqué solo comen el cerebro? ¿Dónde está el ejército cuando se le necesita? ¡Menuda tontería!-).

El juego era realmente costoso, y se enteró de buenas fuentes que Armin se tardaría al menos tres meses en conseguir el dinero necesario para comprarlo, si antes no sucumbía ante los encantos de algún otro videojuego. Esto lo tenía de mal humor, pasaba los días contando sus monedas y planeando maneras estúpidas de ganar dinero fácil. Perfecto. Ella sería su hada madrina.

La idea era simple, comprar el juego, probarlo hasta ser medianamente buena en ello (tampoco quería quedar como una estúpida frente al chico) y luego, casualmente comentar sobre el juego al moreno, pidiéndole su ayuda y prometiéndole regalárselo una vez que ella termine con todos los niveles. Así conseguía quedar como una verdadera jugadora amante de los videojuegos y a la vez quedaba como un alma solidaria.

Hasta ahí, el plan le había salido a pedir de boca. Incluso había conseguido ir a casa del moreno, los dos solos, como si se tratara de una verdadera cita. Una cita entre él, ella, y el dichoso videojuego. Mientras jugaban uno contra el otro, Laeti imaginaba la forma más sutil de acercarse al chico y robarle algún beso mientras estuviera distraído. O, mejor aún, podía ganarle en esa partida al moreno, así él la admiraría y se daría cuenta de que "su Elizabeth" (que así se llamaba la prota del videojuego, hasta donde había entendido la chica) era Laeti. Entonces, él mismo se acercaría y la besaría y le prometería amor eterno.

Simple.

O, no tanto.

Devuelta a la realidad, la pantalla de la sala indicó el final del juego, con el nombre del vencedor en ella. Laeti era endemoniadamente buena en el videojuego, eso Armin no lo vio venir. Y, en lugar de la fantasía de Laeti en donde él se enamoraba de sus talentos, el moreno lanzó algunas maldiciones, a la par que le exigía una nueva partida. Nada romántico transcurrió en ese momento, ni en las siguientes tres horas en las cuales el chico se dedicó a insultar, protestar y maldecir, sin conseguir ganar a la chica ni una sola vez.

Para la veintésima partida, Laeti se encontraba lo suficientemente frustrada y cansada como para abandonar el juego (y, de paso al otro jugador), por lo cual se dejó ganar de forma bastante obvia, lo cual no hizo más que enfadar al chico a su lado, quien protestó diciendo que "ella no se lo tomaba en serio".

Sinceramente, qué desperdicio de tiempo. Mejor hubiera intentado conquistar a Dajan, el moreno guapo del club de básquet y así tal vez descubría que tenía capacidades para la NBA. Además que Dajan al menos lo hubiera compensado con un beso. Enserio, qué desperdicio de tiempo.