Porque te llevo conmigo

Con cuidado de no hacer ningún ruido delator, revisaron cada habitación que se encontrara a su paso. A donde sea que miraran, reminiscencias saltaban sobre sus mentes, alterando sus cerebros y re-construyendo poco a poco sus memorias. Porque, después de todo, ¿No era esta su casa? ¿No era la pequeña Penny su amada persona? Vida para uno, refugio para la otra. Pero oro puro ante los ojos de ambos. Si, definitivamente este lugar les pertenecía. Cada foto, cada habitación y cada mueble lo delataban. Como un torrente de agua, las memorias comenzaban a filtrarse en cada recoveco de sus cabezas. Literalmente, sus vidas pasaban ante sus propios ojos.

Pero, ¿Cómo habían llegado a esto? Era ya evidente que, si bien estaban en su casa, no era ésta realmente. Las habitaciones se encontraban iguales a como las "recordaban", mismo la cocina y la sala de estar. Todo en su lugar. Idéntico, sí, pero aun así diferente. Algo estaba faltando…O algo estaba de más. Y mientras más se movían por el edificio, más incomodos se sentían.

Sus alientos exhumaban el vaho típico de la ventisca, y un indescriptible frío taladraba sus huesos de manera impersonal. Y solo cuando la casualidad lo permitía, y sus ojos se cruzaban en esa densa obscuridad, una familiar calidez los invadía.

La casa estaba a obscuras debido a la falta de luz natural, y no parecía que las luces fueran a prenderse. Ella, gracias a su aguda visión nocturna, lo guiaba por la casa, cuidándolo de las escaleras y los muebles. El, agradecido, le infundía como mejor podía un aura de protección, para que supiera que la acompañaba. Se encontraban ya en la planta baja, cuando un susurro quebró la monotonía.

-¿Si?- Preguntan ambos al mismo tiempo, pero enseguida se miran confundidos. Y, como sincronizado con la situación, el susurro vuelve a llegar a sus oídos, esta vez más claro.

-Viene de afuera- Dice ella con decisión, mientras despacio se acerca a la ventana que da a la calle-

Nadie le hubiera prevenido, sin embargo, de lo que vería afuera…o, mejor dicho, de lo que no llegaría a ver. No era obscuridad lo que los rodeaba, porque incluso en esta puede haber vida. Incluso en el peor de los momentos existe algo de esperanza. Lo que afuera los esperaba era peor…Mucho peor.

Era Muerte en su estado más puro. Desesperanza, incertidumbre, miedo.

Era la nada misma.

Y los estaba mirando fijamente. Parada en la vereda de enfrente, la figura de un perro los estaba mirando. El enfermizamente blanco de su pelaje, lejos de contrastar con la penumbra de lo que lo rodeaba, no hacía más que aumentar el nivel de incomodidad en los dos, quienes ahora se miraban taciturnos. Sabían lo que su presencia significaba sin necesidad de una explicación. Y de repente, todo cobró sentido…y es que, en realidad, otra explicación no podía existir.

Sin nada que perder, Bolt y Mittens se dirigen a la salida de la casa. Era ya el momento de enfrentarse a la verdad. Ellos estaban muertos, y no tenía sentido seguirlo negando. Llegan a la vereda, pero no cruzan a la de enfrente. Entre el perro blanco y ellos, la calle como un río de asfalto, prometiendo llevárselos una vez que todo hubiera quedado definido.

-Bien… parece que esto es todo- Dice Bolt, mirando a su compañera. Esta le devuelve la mirada decidida, determinada a llegar al fin de todo. Y, aunque ninguno de los dos lo dijera, debajo de toda la adrenalina que recorría sus (¿Falsos?) cuerpos, una ligera sensación de regocijo los motivaba a más. Saber que el final llegaba, lejos de ser una maldición, resultaba para ellos una revelación dulce. Por fin libres. Juntos, porque no se irían solos. No con las manos vacías, tal como abandonaron sus vidas la primera vez. Se tenían el uno al otro, ya limpios, alejados de toda barrera terrenal- Juntos…-

Y es por eso que, en realidad, nada tenían que temer. Porque habían eliminado, juntos, el odio que antes los había llevado a su fatal destino. Y, una vez eliminado el No-amor, el entendimiento dio paso en sus corazones, porque se comprendieron mutuamente.

Ella, que temía ser abandonada, encontró en él un amigo para toda la vida. Y él, que no podía perdonarse por sus errores, encontró el perdón en los ojos de ella.

Juntos, dieron un paso adelante, bajando a la calle. El Perro de enfrente no hizo más que sonreír antes de desaparecer, desvanecerse en la obscuridad. Simultáneamente, unas cegadoras luces y un horroroso chillido comienzan a sonar. Saben que viene, el final. A su izquierda, acercándose con velocidad, un camión de mudanzas aparece desde el horizonte en su dirección. Bolt y Mittens se quedan quietos y voltean a mirarlo, tomados de la pata.

En sus ojos se reflejan, al último segundo, y saben que se están mirando de frente.

Y mientras el golpe llego de manera demoledora, un susurro sonó en la lejanía. Eran sus voces, unidas en una, susurrándole a la vida un último adiós.

Juntos

Luego de eso, todo fue obscuridad.