04: Mi Past Life

(Capítulo basado en la canción "Pitiful" de "Sick Puppies")


Hay que morir primero para luego no tener miedo a morir
y cuando no se tiene miedo morir, tampoco se tiene miedo a vivir.

"Proverbio Oriental"

El despertador retumbó como si me estuviesen pegando con una cacerola en la cabeza ¿Por qué hacía un ruido tan atronador? Quizá era por la resaca de todo lo que me había metido el domingo, pero aún así estaba peor que de costumbre. Era una extraña sensación, no sabría explicarla.

Me levanté como pude de la cama y caminé por aquella habitación llena de basura y calcetines, salí al salón y llegué hasta la cocina donde me puse a hacer el desayuno antes de irme a trabajar.

El trabajo era una mierda, para ser sincero, pero me daba de sobra para todos mis vicios, aunque quizá no siempre me llegaba para pagar el alquiler, pero prefería que me echasen antes que tener que volver a pasar otra tarde con el mono.

Me puse a ver la tele mientras las tostadas se hacían, hasta que me di cuenta de la hora que era. Me quedaba solo un cuarto de hora para vestirme, desayunar y coger el autobús.

Me vestí con lo primero que pillé por el suelo, una camiseta negra con el símbolo de "Peligro biológico" en la pechera, unos vaqueros medianamente anchos rotos por las rodillas y unas botas negras.

Para cuando terminé de peinarme (a pesar de que mi estilo es el despeinado), las tostadas ya habían sufrido un accidente. Estaban ardiendo, literalmente, junto a la tostadora. Así que como pude desenchufé la tostadora y con un trapo la cogí y la tiré contra el fregadero para poder apagarla en un lugar seguro.

En ese momento solo me quedaban diez minutos para llegar al trabajo, así que simplemente cogí las llaves y bajé corriendo las escaleras atropellando a vecinos y demás gente. Llegué justo al mismo tiempo que el autobús a la parada.

— Hasta la calle Brown —dije al conductor para que calculase cuanto dinero le tenía que dar.

— Un dólar cuarenta —respondió sin molestarse en mirarme.

Pero para mi sorpresa, no había cogido el dinero que tenía preparado en el cenicero para el viaje de ida y el de vuelta.

— Lo siento, pero sin dinero no pasas —me espetó antes de cerrarme la puerta en la cara.

Al parecer llegaría tarde de nuevo.

Volví a subir a mi casa corriendo, cogí el dinero del cenicero de la entrada, bajé y esperé al siguiente autobús. Cuando llegué al trabajo ya entraba como con un cuarto de hora de retraso, así que fiché y entré como si nada hubiese ocurrido, hasta que mi jefe me pilló en los vestuarios.

— Has llegado un cuarto de hora tarde Keshawn —apuntó mientras daba un portazo— es la novena vez en lo que va de mes, y llevamos nueve días, —concretó— así que recoge tus cosas y lárgate de aquí.

En vez de aceptarlo como habría hecho normalmente, lo que me salió de lo más profundo del alma fue pegarle un puñetazo en plena cara. Quizá había sido por lo capullo que siempre había sido, o por que desde que entré nos teníamos mutuamente atragantados… realmente no sé por que lo hice.

Cayó directamente al suelo, después sólo se quejaba de lo mucho que le dolía. Mientras me ponía de nuevo la camiseta pasé junto a él.

— Eso ha sido por tenerme trabajando con un sueldo mínimo y encima esperar que hiciese milagros, imbécil. —le dije mientras abría la puerta— Métase el trabajo por donde le quepa.

Alguno de mis compañeros cuchicheaba mientras salía, y otros se acercaban sigilosamente a darme la enhorabuena por haberle pegado al capullo del jefe. Pero realmente no estaba tan orgulloso de ello. Sabía que podía haberlo solucionado de otra manera, pero aquella sensación… era como si supiese que no importaba lo que hiciese en aquel momento, como si no fuese a tener más oportunidades para hacerlo.

Salí de allí como si se hubiese acabado todo, como si no tuviese tiempo para pensar en aquello. ¿Por qué siempre me pasaba lo mismo¿Por qué todo el mundo me odiaba?

Entonces ocurrió.

Escuché un grito en un callejón, era una chica, debía tener mi edad, quizá menos. Un tipo grande y fuerte la estaba atacando. ¿La intentaba violar? Corrí por el callejón como si aquel grito en realidad me llamase a mí. Llámalo destino, llámalo fin de semana puesto de crack hasta las cejas, pero en cada grito podía escuchar mi nombre.

Llegué antes de que hubiese pasado algo grave, pero aquel tipo tan siquiera se molestó en mirarme, seguía a lo suyo. Me acerqué a él y le propiné el mayor puñetazo que había dado en toda mi vida. El tipo cayó al suelo, y yo me quejé del dolor de mi mano. Me la había hecho polvo.

Pero sin pararme a pensarlo dos veces cogí del brazo a la chica y corrí junto a ella. Quizá por primera vez en mi vida había hecho algo de utilidad, había salvado a aquella chica de ser violada por ese mastodonte.

El tiempo pareció congelarse cuando escuché el disparo. No sentía dolor, pero sabía que aquella bala me había atravesado el pecho. ¿Qué probabilidad había de que en el mismo día te ocurran tantas cosas malas? No lo sabía, nunca se me dieron bien las probabilidades. Pero de una cosa estaba seguro, antes de morir había hecho algo de lo que estaría orgulloso.

Me toqué el pecho y manché mi mano de sangre, intenté hablar pero mi garganta estaba saturada por el espeso líquido. Me asfixiaba. Faltaba poco, lo sabía.

En ese mismo instante puede verme tirado en el suelo, boca abajo con la mirada perdida. Unos ojos grises que nunca mirarían a ningún lugar, un cuerpo que nunca volvería a moverse, pero ¿por qué podía verme a mi mismo¿Era una broma macabra del destino?

La cadena que llevaba en el pecho en ese momento, estaba rota, pero ¿por qué¿Qué significaba esa cadena?

Al menos la chica ahora estaba a salvo. El tipo al verme caer al suelo había huido en dirección contraria. Pero la chica seguía allí, llorando mientras gritaba pidiendo auxilio para mi. Al fin había entrado en el corazón de alguien, pero quizá ya era demasiado tarde.

Mientras miraba la escena con total desasosiego, alguien llegó, quedándose justo detrás de mí.

— Si te sirve de algo, has sido muy valiente. —dijo la voz detrás de él— No muchas personas darían su vida por otra.

— No ha sido conscientemente. —respondí sin tan siquiera girarme.

En cierto modo era extraño, tan siquiera me sorprendió que aquella persona pudiese verme, o que me hablase con tanta calma, al menos en un principio.

— Pero has sido el único que ha venido a socorrerla, eso sigue siendo loable por tu parte. —me giré y vi a un tipo alto, de complexión atlética de ojos verdes, con el pelo largo y rojo, que vestía una especie de kimono negro, y en su cintura llevaba una katana.

— ¿Qué demonios eres? —grité asustado, mirando su katana.

Intenté levantarme y correr, pero estaba muy cansado como para hacerlo, era como si algo invisible me empujase contra el suelo.

— Tranquilo, no he venido a hacerte daño, voy a llevarte a un lugar mejor… —dijo con una agradable sonrisa— Tu lo llamarías cielo.

— ¿Voy a ir al cielo? No se si me lo merezco. —susurré avergonzado mirando al suelo.

— Tú solo déjate llevar, sentirás mucha paz, te lo aseguro —comentó mientras me tocaba con la empuñadura de la katana en la frente.

Aquello era mejor que cualquier droga que pudiese tomar, o que cualquier otra cosa en todo el mundo.

— Gracias —dije antes de desaparecer dentro de aquel círculo lumínico.

Después todo se volvió blanco.

----------------------------------

— Kyrek ¿estás bien? Llevas ahí parado dos horas desde que te pregunté, tío —me gritó Akane mientras me zarandeaba— ¿Te ha saltado el diferencial o algo?

— Ugh, no, sólo estaba recordando los hechos de aquel día, joder. —respondí mientras seguía siendo zarandeado.

— ¿Bien, y me lo vas a contar? —se interesó Akane.

— ¿Tienes dos horas?

— Tengo todo el tiempo del universo —ambos sonreímos.

— Está, bien, pero luego no me vengas con "jo, me aburro" o "¿falta mucho?" —Aclaré antes de empezar a contar lo que había sido mi vida pasada— Tampoco puedes meter duendes cada dos por tres mientras te lo cuento.

— ¡Solo lo hice una vez! —la miré levantando una ceja— Bueno, vale, cuenta tu historia y no te molestaré hasta que termines… lo que hay que hacer por los amigos…

Cuando al fin había terminado la historia, Akane se quedó sorprendida. Me dijo que nunca hubiese imaginado que mi muerte, o el día completo de mi muerte, hubiese sido tan agobiante. Sus palabras exactas fueron: "No me extraña que cuando llegases estuvieses tan confundido, hasta el hombre más tranquilo del mundo hubiese acabado desquiciado… por cierto¿qué es crack?"

Tras no contestar a su pregunta, resolví que había sido demasiado trauma por aquel día, así que decidí tumbarme bajo el cerezo a mirar el cielo.

No sé, tenía un vínculo especial con aquel lugar. Ese era el lugar donde Akane me había encontrado, y de una manera u otra, ese lugar se había convertido en algo muy importante para mí. Allí pensaba en lo que me pasaba, en lo que sentía… allí me sentía como en casa, un sentimiento que jamás había tenido, por que quizá nunca había tenido un "hogar".

Pensando en ello y en Akane, sonreí y me susurré.

— Bienvenido a casa…