Capítulo 3
Por fin se acostumbró al ritmo del caballo. A pesar de su deseo de mostrarse indepen diente, no pudo evitar acabar recostándose con tra Edward. Era un hombre fuerte, capaz de so portar su peso, y era verdad que no debía mantener una postura tan tensa si no quería acabar con el cuerpo destrozado.
Así que se permitió apoyarse sobre su mus culoso torso. Edward adelantó los brazos, de modo que pasó a sujetar las riendas por delante de ella, en vez de por detrás. Isabella apoyó sus antebrazos sobre los de él.
La sensación de tocarlo resultaba extraña mente íntima. Quizá era la proximidad de sus cuerpos, o la oscuridad causada por la venda que tapaba sus ojos. Nunca se había visto en una situación igual, lo cual tampoco era sor prendente. Al fin y al cabo, no era normal que un nómada secuestrara a una princesa.
—¿Haces esto a menudo? —preguntó Isabella—. ¿Te gusta secuestrar mujeres inocentes?
—Eres muchas cosas, princesa, pero en nin gún caso inocente —contestó Edward.
En realidad se equivocaba en ese punto, pero no eran ni el momento ni el lugar indica dos para mantener esa conversación. Podía...
El caballo se desequilibró al pisar una piedra suelta. Sin avisar. Por un instante, Isabella sin tió que se caería al suelo. Contuvo la respira ción, intentó agarrarse a algo, pero sus manos no encontraron sujeción alguna.
—Tranquila —dijo Edward con voz serena al tiempo que la apretaba por la cintura con un brazo—. No dejaré que te pase nada.
Ella quiso encontrar consuelo en sus palabras, pero sabía el verdadero interés de su secuestrador.
—En realidad no te importo —murmuró—. Lo único que te importa es lo que valgo.
—Exacto, pajarillo —Edward soltó una risi lla—. No voy a dejar que eches a volar. Y cui daré de que no te hagas daño. Vas a seguir tal como estás hasta que pueda reclamar la recom pensa que me merezco.
No le gustó cómo sonaba. Estaba claro que Edward creía todo lo que los periódicos conta ban de ella y, solo por eso, creía conocerla.
—Te equivocas conmigo —dijo al cabo de unos minutos, de nuevo habituada al ritmo del caballo.
—No suelo equivocarme —le susurró Edward al oído—. Sé que no eres una hija obedien te. Vives una vida alocada en Occidente. Pero no es de extrañar. Eres la hija de tu madre, no una mujer de Bahania. Ella se dijo que era un salvaje y que le daba igual lo que pensase. Por desgracia, no pudo evitar que sus palabras le hicieran un nudo de lágrimas en la garganta. No aguantaba que la gente la juzgara por un par de artículos periódicos y las revistas. Toda la vida igual. ¡Eran tan pocas las personas que se molestaban en averiguar la verdad!
—¿Nunca has pensado que los medios de comunicación pueden equivocarse? – preguntó.
—A veces, pero no es tu caso. Has vivido muchos años en Los Ángeles. Es inevitable que te hayas hecho a ese estilo de vida. Si tu padre te hubiese mantenido aquí, habrías aprendido nuestras costumbres.
—Suena como si la culpa de que mi padre se desentendiera de mí fuera mía —contestó—. Tenía cuatro años. No tenía voz ni voto. Y, por si lo has olvidado, la ley de Bahania prohíbe que los miembros de la familia real crezcan en el extranjero. Si me fui con mi madre fue por que mi padre no quiso impedirlo.
No pudo limar el resentimiento de su tono de voz. Toda la vida había crecido sabiendo que su padre no la había querido lo suficiente para conservarla. Estaba segura de que si hu biese sido un hombre, se habría negado a per derlo. Pero no era más que una hija. Su única hija, aunque eso no parecía relevante.
Era frustrante, injusto. Estaba cansada de que la acusaran por algo de lo que en realidad era víctima. Pero algún día lo superaría. Quizá el día en que dejara de importarle lo que los de más pensaran de ella. Quizá entonces consegui ría madurar y no molestarse por las personas que la juzgaban antes de conocerla. Por desgra cia, ese día todavía no había llegado y le dolía el mal concepto que Edward tenía de ella.
—Piensa lo que quieras —prosiguió Isabella—. Puedes tener tu opinión y tus teorías, pero solo yo sé la verdad.
—Hasta ahí reconozco que es verdad —con testó en un tono enigmático que la hizo preguntarse en qué estaría pensando. Y, ahora, relá jate. Todavía queda mucho. Intenta descansar. Anoche apenas dormiste.
Estuvo a punto de preguntar cómo lo sabía pero recordó que habían estado atados. Aunque se había dormido enseguida, se había despertado una y otra vez y no había dejado de dar vueltas. Era evidente que también lo había mantenido a él despierto. Después de haberla secuestrado, maniatado y vendado, lo cierto era que no lo lamentaba.
Respiró profundo e intentó relajarse. Cuan do la tensión de su cuerpo empezó a disiparse, dejó vagar la mente. ¿Cómo sería tener las rien das de la propia vida, igual que Edward? Él era un hombre del desierto, no rendía cuentas a na die, mientras que ella siempre había tenido que someterse a la voluntad de sus padres. Siempre la estaban llevando de un lado a otro, como si ninguno de los dos la quisiera tener al lado en realidad.
—¿De verdad vives en la Ciudad de los La drones? —preguntó medio adormilada.
—Sí, Isabella.
Le gustó cómo había pronunciado su nom bre. A pesar de los pesares, sonrió.
—¿Toda la vida?
— Sí. Salí unos años cuando estudiaba, pero siempre he vuelto al desierto. A donde me co rresponde —contestó con seguridad envidiable.
— Yo nunca he pertenecido a ningún sitio. Cuando estoy en California, mi madre me trata como si fuese un estorbo. Ahora que soy mayor es mejor, pero antes no paraba de quejarse de que no la dejaba moverse libremente, a su anto jo. Lo que no era verdad, porque me dejaba con su doncella. Y en Bahania... —Isabella suspi ró—. Bueno, supongo que no le caigo muy bien a mi padre. Cree que soy como ella, pero no es verdad... La gente no suele apreciar las pequeñas cosas que demuestran que tienes raí ces en un sitio. Yo las apreciaría si las tuviese.
— Quizá durante diez minutos —contestó Edward—. Luego te cansarías de tener que cum plir con el peso de la tradición. Reconócelo, pajarillo, eres una niña mimada.
—No lo soy —replicó con vehemencia—. No me conoces lo suficiente para emitir un jui cio así. Claro, es muy sencillo leer un par de cosas, oír un rumor aquí y allá y decidir que soy tal o cual cosa, pero no es agradable vivir una vida como la mía.
—Creo que serías capaz de discutirme hasta el color del cielo.
—No si pudiera verlo.
—Buen intento —Edward rió—. Pero no voy a quitarte la venda.
—Tu actitud se merece un escarmiento.
—Puede, pero no serás tú quien me lo dé — contestó él, todavía sonriente—. Vas a estar de masiado ocupada con otras cosas haciéndome de esclava.
Se estremeció. ¿De veras pretendía conver tirla en su esclava?
—No hablas en serio, ¿verdad? Crees que tengo que aprender la lección y estás dispuesto a enseñármela, ¿no?
— Tendrás que esperar para averiguarlo. Pero no te sorprendas mucho si descubres que no tengo intención de dejarte marchar.
No podía asimilarlo. Era una locura. No es taban en el siglo catorce. Hacía siglos que la esclavitud se había abolido en Bahania. Aunque las leyes del desierto tal vez no hubieran cam biado tanto.
—¿Qué... qué esperas exactamente de mí? Edward permaneció callado varios segundos. Luego se acercó a ella y susurró.
—Es una sorpresa.
—Apuesto a que no será agradable —mur muró
Un sonido la despertó. Isabella dio un res pingo y comprendió que se había quedado dor mida. Sintió miedo por un instante: no podía ver. Pero enseguida recordó que estaba venda da y maniatada.
—¿Dónde estamos? —preguntó con más miedo que antes. Había mucho ruido alrededor. Oía retazos de conversaciones, gritos, gruñidos, balidos. ¿Balidos?
Aguzó el oído y se dio cuenta de que perci bía balidos de cabra y los cencerros del ganado. Distinguía un sonido de intercambio de mone das, el olor de carne cocinada, de animales del desierto y aceites perfumados.
—¿Estamos en un mercado?, ¿Vas a vender me? —preguntó con aprensión.
Se sintió helada. Hasta ese momento no ha bía llegado a creerse la gravedad de su situa ción. Sí, estaba secuestrada por Edward, pero este la había tratado bien. De repente todo era distinto. De repente era un objeto. Si Edward decidía venderla, no podría impedírselo. Nadie atendería a las protestas de una simple mujer.
—No pienses que tienes que tirarte bajo las ruedas del siguiente carro que pase —contestó con calma Edward — Aunque la idea tiene su atractivo, no voy a venderte. Hemos llegado.
Bienvenida a la Ciudad de los Ladrones.
Isabella escuchó las palabras sin llegar a comprenderlas. ¿No la iba a vender a algún hombre espantoso?, ¿Su vida no corría peligro?
Notó los dedos de Edward en la nuca y, acto seguido, la venda cayó. Necesitó varios segun dos hasta que sus ojos se adaptaron a la luz del atardecer. Se quedó maravillada.
Había gente por todas partes. Centenares de personas vestidas con atuendos típicos del desierto.
Mujeres con cestas y hombres guiando burros. Niños correteando entre la multitud. Los comerciantes anunciaban sus mercancías en los puestos de lo que parecía la avenida principal.
Era un poblado, pensó asombrada. O una ciudad. ¿La Ciudad de los Ladrones existía?, ¿Era posible?
—¿Es de verdad? —le preguntó incrédula a Edward.
—Por supuesto. Eh..., parece que se han dado cuenta de nuestra presencia.
Isabella devolvió la atención hacia la gente y vio que los estaban señalando. De pronto, repa ró en lo sucia y despeinada que estaba. Llevaba el manto sobre el regazo, cubriéndole las ma nos, y un pañuelo ocultaba su cabello rojizo. Aun así, no dejaba de ser una mujer que estaba compartiendo montura con un nombre. Peor aún, tenía facciones occidentales. Su piel no era tan oscura como las de los nativos y la forma de sus ojos también era especial. Y la de su boca. Nunca había acertado a precisar qué cur va de los labios la diferenciaba, pero casi nunca la tomaban por una mujer de Bahania.
— ¡Señora, señora!
Isabella se giró hacia la voz aguda que la lla maba y vio a una niñita que la saludaba. Isabella hizo ademán de saludarla, pero recordó a tiempo que tenía las muñecas atadas. Tuvo que conformarse con asentir con la cabeza.
—¿Dónde guardáis el tesoro? —preguntó—. ¿Puedo verlo?
Antes de que Edward pudiera contestar, oyó un sonido peculiar. Un sonido familiar, pero tan fuera de lugar que...
Se giró hacia el sonido y se quedó sin respi ración. Allí, en un extremo del mercado, había una cascada. Un río fluía perezoso hasta desa parecer tras una curva.
—¿Agua? —preguntó, incapaz de creer lo que estaba viendo.
—Tenemos un manantial subterráneo que cubre nuestras necesidades —la informó Edward mientras guiaba el caballo entre el gentío—. En la parte este desaparece. Aquí, riega nuestras cosechas.
Isabella estaba perpleja. En el desierto, el agua era más preciosa que el oro, más que el petróleo incluso. Con agua, podía sobrevivir cualquier civilización. Sin ese bien tan elemen tal, la vida terminaría enseguida.
—Había leído referencias a un manantial en alguno de los diarios de viajeros —comentó—, pero ninguno hablaba de un río.
—Quizá no tenían permiso para verlo, o de cidieron no escribir al respecto.
—Puede. ¿Hace cuánto existe?
—Desde que los primeros nómadas funda ron la ciudad.
Isabella apartó la vista del río y la devolvió a la multitud.
—Toda esta gente no pueden ser nómadas. Por definición, preferirían pasar parte del año en el desierto.
—Cierto. Hay algunos que viven permanen temente dentro de los muros de la ciudad. Otros se quedan un tiempo y siguen su camino.
¿Muros? Isabella miró más allá de los lími tes del mercado y vio el principio de los muros. Solo entonces advirtió que estaban cabalgando por una especie de patio gigante. En efecto, a unos trescientos metros de distancia, se alzaban unos muros de piedra impresionantes.
—No es posible —exclamó estupefacta.
—Y, sin embargo, existe.
Pasaron bajo un arco de madera que daba acceso a las puertas más grandes que jamás ha bía visto, de unos treinta metros de altura. De seó poder bajar del caballo y examinarlas.
—¿Qué antigüedad tienen? —preguntó, casi sin voz por la emoción—. ¿Cuándo las constru yeron?, ¿De dónde es la madera?, ¿Quién las di señó? ¿Siguen haciendo puertas así?, ¿Se pue den cerrar?
— ¡Cuántas preguntas! —bromeó Edward—. Y todavía no has visto la parte más impresio nante.
Estaba a punto de preguntar qué podía haber más impresionante que aquel par de puertas cuando divisó un segundo patio. Isabella miró a su alrededor con sumo interés. Los muros se guían rodeando la ciudad. ¿Qué amplitud ten dría en total?, ¿Cuánto mediría el perímetro del muro?, ¿Tres kilómetros?, ¿Quince?, ¿Dónde...?
Levantó la cabeza y estuvo a punto de caer se de espaldas del caballo. Edward detuvo al animal y dejó que Isabella mirara lo que se al zaba ante ella: un castillo del mismísimo siglo XII.
Intentó hablar, pero no pudo. No estaba se gura ni de si estaba respirando. El castillo subía hacia el cielo como una catedral antigua, con sus torres, su foso y su puente levadizo.
Un castillo. Ahí. En medio del desierto.
No podía creérselo. Y, sin embargo, ahí estaba. Mientras contemplaba el diseño, advirtió que lo habían construido por partes, que lo habían re modelado, ampliado y vuelto a remodelar. Ha bía influencias occidentales y orientales, venta nas características del siglo XIV junto con torres del XVIII. La gente iba de un lado a otro del puente principal.
—¿Cómo es posible? —preguntó conmocionada—. ¿Cómo habéis mantenido el secreto tantos siglos?
—El paisaje, el sitio... Todo ayuda —Edward se encogió de hombros.
Isabella miró las piedras color arena del cas tillo, se fijó en las montañas pequeñas que bor deaban sendos extremos de la ciudad. Sí, tal vez no fuera imposible que pasase desapercibi da desde un avión. Al menos con una cámara fotográfica normal.
—Algún gobierno tendrá conocimiento de la ciudad —murmuró, más para sí misma que para Edward—. La habrán visto por infrarrojos, en imágenes tomadas desde algún satélite.
— Por supuesto —dijo él — Pero todos coinciden en el interés de mantener en secreto el paradero del enclave.
Se pararon justo a la entrada del castillo. Isabella miró a ambos lados y confirmó las descrip ciones que había leído en los diarios. Estaba jus to en medio de la Ciudad de los Ladrones. No había duda. Estaba emocionadísima. ¡Había tan tas cosas que estudiar y aprender en un lugar así!
—Desmonto yo primero —dijo Edward justo antes de hacerlo.
Isabella esperó a que la ayudara a apearse. Solo entonces se dio cuenta de que se había reunido una multitud a su alrededor. Se sentía sucia y despeinada. Por suerte, apenas le pres taban atención. La gente estaba demasiado ocu pada mirando a Edward y murmurando.
Cuando rodeó el caballo para ayudarla a ba jar, varios hombres vestidos con ropa tradicio nal hicieron una ligera reverencia. Isabella tra gó saliva. Tenía un mal presentimiento.
—¿Por qué te miran? —preguntó—. ¿Has hecho algo mal?
¡Qué negativa! —Edward sonrió, puso las manos en la cintura de Isabella y la dejó en el suelo—. Solo me dan la bienvenida.
—No, dar la bienvenida sería saludarte, esto es mucho más.
—Te aseguro que no pasa nada fuera de lo normal.
Edward echó a andar hacia las escaleras que conducían a la entrada del castillo. La gente se apartaba a su paso y todos se inclinaban ante él. Isabella frenó en seco.
—¿Quién eres? —preguntó, a sabiendas de que no le iba a gustar la respuesta.
—Ya te lo he dicho: Edward.
Esperó, confiado en que Isabella se diera por satisfecha, pero ella permaneció firme. Miró a la muchedumbre que se había agolpado en tor no u ellos e insistió:
—Muy bien, Edward, ¿qué me estoy perdien do? —preguntó con cara de pocos amigos. Si no hubiera tenido las manos atadas, las habría colocado sobre las caderas — . Mira, llámame mimada si quieres, pero tonta te aseguro que no soy. ¿Quién eres? —volvió a preguntar, irrita da, al ver que Edward no contestaba.
Un anciano dio un paso al frente y sonrió. Tenía joroba y apenas le llegaba a Isabella por la barbilla.
— ¿No lo sabes? —dijo el hombre — Es Edward, príncipe de los ladrones. Es el señor de la ciudad.
Isabella abrió la boca, la cerró. Había oído hablar de ese príncipe, por supuesto. Era un tí tulo tan antiguo como la propia ciudad.
—¿Tú? —preguntó incrédula.
— Supongo que tenías que enterarte más tar de o más temprano. Sí, soy el príncipe. Dirijo todo lo que ocurre dentro de estos muros. El desierto es mi reino. Mi palabra es la ley — Edward tiró del manto que cubría las manos de Isabella, entrelazó los dedos con los de ella, ca minó hasta la entrada del castillo y se giró para hablar a sus súbditos—. Esta es Isabella. La he encontrado en el desierto y la reclamo para mí. Tocadla y habréis exhalado vuestro último sus piro.
Isabella maldijo para sus adentros. Todo el mundo la miraba. Sintió que las mejillas se le encarnaban.
—Genial —rezongó—. Amenazas de muer te para los que intenten ayudarme a escapar. Muchas gracias.
—Lo he dicho para protegerte.
— Sí, claro. Además, me estás tratando como si fuese un objeto.
—¿Olvidas que eres mi esclava?
—Lo haría si no me lo recordaras cada dos por tres —contestó malhumorada Isabella—. Solo falta que me pongas un collar, como hace mi padre con sus gatos.
— Si te portas bien, quizá te trate como tu padre trata a esos gatos.
—Tampoco es que la idea me entusiasme.
Edward rió mientras entraba en el castillo. Isabella creía que le explotaría la cabeza. Esta ban pasando demasiadas cosas de golpe. Le costaba asimilarlo todo.
— Si eres el príncipe de los ladrones — ¿de veras llevas robando toda la vida?
—Yo no robo. Esa práctica pasó de moda hace tiempo. Tenemos nuestros propios medios para generar ingresos.
Ella quiso preguntar a qué medios se refería, pero antes de formular la pregunta habían entrado en el castillo. Belleza por todas partes. Desde las lisas paredes de piedra hasta los ele gantes mosaicos del suelo. Había candelabros de oro, marcos decorados con joyas, cuadros, muebles antiguos.
La habitación principal era inmensa, quizá del tamaño de un campo de fútbol. Tenía un mínimo de dos plantas, grandes cristaleras que dejaban pasar la luz. Se giró hacia los candela bros.
—¿No usáis luz eléctrica? —preguntó mien tras Edward le cortaba la cuerda de las muñecas.
—Apenas. Y nunca en los aposentos. En ese sentido, vivimos como hace siglos.
Edward le tomó una mano y tiró de ella. Isabella intentó memorizar todo lo que veía, pero era imposible. Allá donde se giraban sus ojos se encontraba con alguna pieza preciosa, proba blemente robada. Había cuadros de pintores an tiquísimos. Reconocía el estilo, pero no al artis ta. Descubrió cuadros que había visto en libros, algunos de los cuales se daban por destruidos hacía tiempo.
Edward la guió por un laberinto de pasillos, subiendo y bajando escaleras, girando una y otra vez hasta perderla por completo. La gente con la que se cruzaban se paraba a sonreírles y se inclinaban reverentemente. Si le hubiera quedado alguna duda sobre la identidad de su captor, se habría despejado para cuando para ron frente a las puertas de madera. El príncipe de los ladrones. Quién iba a decir que existía...
Podía haber sido peor, se dijo mientras Edward empujaba una de las puertas. Podía ser el anciano de mal aliento, pensó justo antes de en trar en la habitación. Y quedarse sin respira ción. Cuando Edward la hubo soltado, se giró y dio una vuelta entera en torno a tan espaciosas dependencias.
Todos los muebles eran gigantescos. La cama era para seis o siete personas. Había un sofá de aspecto mullido con una tapicería del mismo color granate que la colcha de la cama. Una alfombra oriental de ensueño cubría el suelo y un mosaico exquisito decoraba una de las paredes. La chimenea era tan grande como la biblioteca, que albergaba cientos, quizá mi les de libros antiguos.
Avanzó hacia los estantes y deslizó los de dos sobre sus lomos.
—¿Están catalogados? —preguntó mientras abría una copia de Hamlet Se quedó impresio nada al ver que se trataba de una edición de 1793. En una mesita situada frente a ella podía verse un ejemplar de la Biblia con ilustraciones realizadas a mano. Jamás había visto nada semejante—. Edward, ¿eres consciente de lo que tienes aquí? No tiene precio. Son siglos de sa biduría e historia.
—Pediré a alguien que te ayude a instalarte —contestó él tras hacer un gesto de indiferen cia con una mano—. Date un baño. Luego te traerán ropa adecuada.
— ¿Adecuada? —repitió Isabella, casi sin poder distraer la atención de los libros.
—Como esclava que eres, tendrás... ciertas responsabilidades. Y tendrás que ponerte ropa que me complazca para cumplirlas.
—Me tomas el pelo, ¿no? —Isabella pesta ñeó. Dejó el ejemplar de Hamlet en su estante y miró la cama. Tragó saliva—. En..., es un jue go, ¿verdad? O sea, soy la princesa Bella. Su pongo que lo tendrás en cuenta.
Edward avanzó hacia ella con decisión. Hasta poder tocarla. Cosa que hizo, rozándole una mejilla.
—Sé bien quién eres, así que no te hagas la inocente conmigo.
— ¡No me lo hago! —contestó ofendida por la insinuación que se escondía tras el tono de voz que había empleado Edward.
—Hay pruebas más que de sobra que docu mentan el estilo de vida que llevas en Califor nia —contestó sonriente él—. Puede que no apruebe lo que hayas hecho, pero pienso apro vecharme de ello... y de ti —añadió al tiempo que le acariciaba el cuello con el pulgar.
Isabella sintió como si la caricia se hubiera prolongado hasta el estómago. Estaba demasia do cerca. Casi no podía respirar. Una mezcla de miedo e incredulidad se lo impedía. No podía ser cierto lo que estaba oyendo. No podía...
—No podemos acostarnos —espetó Isabella.
—Seré un amante generoso —prometió él—. Sabré complacerte.
No quería que la complaciese, pensó Isabella. Quería que la creyese. Tenía ganas de llorar, pero pestañeó para que no se le saltaran las lá grimas. ¿Para qué protestar? No tenía sentido. Edward no le haría caso, estaba convencido de que era una mujer liberada que se acostaba con el primer hombre que se lo propusiera. Si le de cía que era virgen, se echaría a reír.
—El placer será todo tuyo —contestó con amargura—. Si de veras te importara lo que quiero, me llevarías de vuelta a mi palacio.
—Puede que más adelante —Edward apartó la mano—. Cuando me canse de ti. Hasta entonces, disfruta de mi casa. Al fin y al cabo, por fin has encontrado lo que buscabas. Estás viviendo en la Ciudad de los Ladrones —añadió justo antes de darse la vuelta y marcharse.
Atrapada, se dijo Isabella. Estaba atrapada. No tenía la menor idea de dónde estaba ni conocía a nadie que pudiese ayudarla.
Isabella resbaló pared abajo hasta quedar sentada en el suelo. Edward tenía razón había encontrado lo que buscaba. Lo que le recordó el viejo dicho: el de que había que tener cuidado con lo que uno deseaba. No fuera a ser que lo consiguiera.
