Disclaimer: La historia y trama de KUROSHITSUJI son propiedad de Yana Toboso y MBS. Basado de la OVA del Making Of Kuro. Este fic fue escrito sólo por diversión.
Advertencias: Lenguaje vulgar. Contenido sexual ¿leve? y SebasxOC.
NA: Bien, esto un poco del capitulo pasado pero eso no es lo importante. Lo importante es el flashback. Espero haya quedado bien y que el lemmon no haya quedado muy... vulgar DX.
Oh, Dios.
¿Cómo pudo hacerme algo así? Me la estaba pasando tan, pero TAN a gusto con Spencer. Con un carajo, Sebastian. ¡Me arruinas la vida! Y ahora, ¿qué le voy a decir a Spencer? Lo dejé en la dulcería completamente confundido y asustado.
Ay sí, que numerito se aventó en la tienda.
¡Ya sé! Fue vergonzoso. Se atrevió a ponerme las manos encima.
¡Argh, te odio, te odio, TE ODIO Sebastian!
Cubro mi cara con una almohada y comienzo a gritar. Al menos algo productivo salió de todo este arguende.
XXXXX
No tarde en notar su desdichada aura. Tiene tanto poder sobre mí que no sé qué hacer para disminuir la atracción natural entre nosotros. Es física pura y elemental. En cuanto su figura cruza el quicio de la puerta todas las chicas del establecimiento voltean a verlo. El desgraciado impone en donde sea, y yo que creía que eso sólo sucedía en el foro. Ah, mi ingenuidad.
No quiero voltear. Tengo miedo, mucho miedo y no comprendo por qué.
Sí, sí sabes.
Claro, temo por Spencer. No debería. Él no tiene ningún derecho sobre mí, mi vida o mis amigos, sobre lo que hago y con quien lo hago. Él hace lo que se le da la regalada gana. Y eso somos Spencer y yo: amigos, así sólo lleve un día de conocerlo. Oigo sus pasos.
¿No se atreverá a…?
—Nos vamos —gruñe, tomando mi antebrazo.
— ¿Qué? —intento zafarme de su mano pero… santo cielo no puedo hacerlo. Está triturándome el brazo.
Tira de mí hacia la salida. Algunas muchachas nos siguen con la mirada. A él lo observan con deseo y desilusión; a mí me dirigen miradas de rencor. Mis pies resbalan por el piso mientras sigo retorciéndome para soltar mi extremidad.
Sí de verdad lo quieren, se los regalo.
Ayer en la noche morías porque fuera tuyo, ¿no te acuerdas?
Ya lo dije: no sé lo que quiero.
Afuera sigue lloviendo pero ya no es el aguacero de hace unos momentos. Es más pausada.
— ¡Suéltame! —le espeto. Ardo de coraje. ¿Cómo se atreve a tratarme de esta manera?
Me ignora olímpicamente. Ya sé.
— ¡Sebastian, me haces daño! —no miento, ni tampoco es ciento por ciento verdad. Sí que sabe medir su fuerza.
—No, no es cierto
¡Carajo!
—Claro que sí —lo contradigo y empiezo a forcejear de nuevo.
Lo oigo refunfuñar y baja la mano en dirección a mi muñeca. No piensa soltarme.
—YA BASTA SEBASTIAN —grito sacudiéndome. Jalo mi muñeca con toda la fuerza que tengo. Él no cede ni por un instante. Estoy empezando a sulfurarme. La sangre me bulle por las venas—. Ann — ¡me dobló la muñeca!
—Si sigues luchando, terminarás haciéndote daño tú sola.
—Déjame —repito, por enésima vez
—Sólo quiero hablar contigo.
Suena sincero. Aunque no sé… no, no pienso caer.
—No tengo nada de que —momento, esta es mi oportunidad y las palabras de Jazz resuenan en mi mente. Debo ser valiente, afrontarlo de una vez. Comportarme como la dama que soy y soltarlo todo—… de acuerdo. Hablare contigo, una condición.
—Que ya te suelte, ¿no?
—Sí. No pienso irme, en serio. Suéltame, por favor Sebastian —digo bajito, con calma, sin reproches. Y él…
Él me suelta. Qué raro. ¿Qué fue lo que hice?
Tengo la muñeca entumida. Me observo la mano, mi piel no está enrojecida; es un sutil tono rosado pero no se ven las marcas de sus dedos entornados. Nada. Está intacta. Sólo necesita que la sangre fluya de nuevo hacia esa zona y ya está.
Sí que sabe medir su fuerza.
Lo sé.
— ¿A dónde quieres ir? —.Pregunto golpeado. Me tallo la mano. La circulación comienza a normalizarse.
—A un lugar donde estemos solos. —subraya la última palabra. Mi cuerpo se tensa de la cintura para abajo. Siento un cosquilleo en el estómago, no puedo mirarlo. Está taladrándome, otra vez y completita.
¿Solos? No quiero estar a solas con él. Podría ser que…
Concéntrate en lo que quieres.
Cierto.
Que te lo haga, ¿no?
¡NO! Debo enfocarme en lo que realmente importa. OK. Quiere que estemos solos.
—En la siguiente calle, dobla a la izquierda —digo con total confianza.
Ahora, lo verdaderamente importante de este asunto. Qué le voy a decir y cómo. Veo los rostros pasar. Son manchones sin importancia. La lluvia se estrella contra el asfalto de la banqueta, sobre el cabello de Sebastian revolviéndoselo aún más, contra su playera….
¡Maldición!
Cada vez que miro a ese hombre mi mente se dispersa y mi lado apasionado despierta. Pero, es que por todos los Dioses habidos y por haber, ¡está para comérselo! Con esa playera de manga larga gris y sus jeans desteñidos, tan desenfadado. Me tendría sin cuidado si decidiera violarme aquí, en plena calle. Sobre una de esas mesas, mmm…
— ¿Por qué están las mesas afuera, sí no hay nadie?
La profundidad de su voz me obliga a aterrizar. Espero no haya notado mi desconcentración. Sacudo la cabeza y me encojo de hombros.
— ¿Quién era ése?
¿Fue una orden? Pero ni que fuera mi madre, hermano o mi dueño. Me yergo para dar la impresión de seguridad y me cruzo de brazos.
—Nadie que te importe.
—Ah, claro que me importa.
— ¿Por qué? ¿Por qué soy tu juguetito? —listo. Tenía que encender la mecha. No pienso contenerme. No me mediré.
Se queda callado. El gato le comió la lengua. En su semblante se refleja confusión, duda.
— ¿Ves? Ni siquiera sabes lo que yo significo para ti y ya me cansé. Estoy harta. Eres igual a un niño, Sebastian. Un niño mimado y egoísta. Nadie puede tener lo que tú tienes, así no lo ocupes —recrimino sin detener la marcha. El tono de mi voz se agudiza con cada palabra.
No tendré piedad esta vez. Mi orgullo está destrozado y lo recuperaré. Me hirió profundamente, es su turno de sufrir.
Hecho, dijiste lo que tenías que decir es hora de largar…
Me abraza por la cintura. Me envuelve y estruja contra su seductor cuerpo. Apretándome contra su cadera. ¡Me lleva! Es muy veloz. Se me arquea la columna y el eco de la vibración me corre por todo el cuerpo. Se me derriten las entrañas.
—Tú eres mía —susurra cerca de mi oído.
—Jajaja, por favor —que no me tome por tonta, aunque reconozco que si no fuera por sus brazos me habría desmayado al oír su voz; podría escucharla hasta morir. Maldita sea, como he extrañado está sensación. A Sebastian.
Se relame los labios.
¡Con una…! La sangre se arremolina en mis mejillas. ¡Lo hizo con alevosía y ventaja!
El calor de sus labios se esparce sobre los míos, consumiéndolos. Mis sentidos reaccionan y comienzo a darle de puñetazos en el pecho, no funciona porque no lo hago con verdadera intención. Una lengua impaciente se desliza entre mis labios con violencia, eso me encanta pero debo mantenerme firme.
¡Jesús bendito! Eso dolió, qué manía de morderme.
Mi espalda se estrella contra el sucio vidrio del local. No podré controlarme por más tiempo. Su lengua se enrolla alrededor de la mía. Me saborea, me recorre, me devora sin consideración. Un dolor surge desde la cúspide de mi entrepierna y mi espalda se curva.
No me contengo y respondo su beso. Está sonriendo.
Recorro su tórax de alabastro, percibo bajo la prenda húmeda que lo cubre la complexión de sus músculos. Un relámpago de voluptuosidad me invade. Me sostengo de su nuca, enredo su cabello e hinco mis dedos en el hueco de su cuello. Está tenso debido al esfuerzo. Piel suave. Su perfume me colma las fosas nasales.
Su mano izquierda ha comenzado a bajar por mi espalda. Más, más. Lo deseo ahora. Aquí. No me interesa.
Una alarma en mi cerebro se dispara al sentir esos dedos traviesos rozando mi muslo derecho, penetrando mi falda.
— ¡NO!
Reacciono rápidamente. Utilizo la mano con la que lo atraía hacia mí para separarlo de mi boca. Empujo su pecho con el mío.
Me arden los pulmones, tengo la boca seca y me palpitan las piernas.
—No… te lo… permitiré —jadeo, limpiándome la boca con el dorso de la mano. Sebastian respira entrecortado también—. Sólo porque… te tiraste a la virgen no significa que te pertenezca. ¡Me usaste y punto! —agacho la cabeza. Todo me tiembla de rabia—. Y la tonta soy yo por haber, por haber…
Por haberme enamorado de ti…
No se lo haré saber, ni hoy ni nunca.
Me muerdo el labio y dejo que mis sentimientos fluyan por mis ojos. La tibieza de mis lágrimas reconforta al frio de mi piel.
—Freya…
— ¡No vuelvas a decir mi nombre!—le espeto alejándome del ventanal, de él, levanto el rostro y le dedico la mirada más fuerte que puedo — ¡Ni se te ocurra tocarme! Quédate con ella. No me importa. ¡Sólo déjame tranquila! —se siente bien. Quiero que la garganta se me desgarre. Que mi voz amplifique mis pensamientos porque sí me importa.
Giro sobre mis talones y comienzo a correr.
— ¡Freya!
No. No voltearé. No pienso retroceder ni aminorar la marcha. Escucho sus pasos a mi espalda. No me detengo sigo de frente y vuelvo a la calle principal. Una manada de turistas se acerca. Es mi oportunidad de colarme entre ellos y perderme de vista.
La llovizna vuelve azotar en dirección al viento. Pellizca al caer contra el rostro y piernas. Hablando de piernas: me duelen, los pulmones me van a estallar, el corazón se me va a salir del pecho. Los ojos me pican. Están inflamados. Debo tranquilizarme antes de llegar a mi casa, si notan el enrojecimiento empezaran a preguntarme que pasó. No quiero que se enteren nunca de lo que hice, de lo que me hizo, de lo que hicimos.
De vuelta en mi habitación, el techo blanco se pierde entra la luz desvaída que entra por la ventana, por la cortina. Me recuerda…
XXXXX
Es por el balance.
Es por el balance.
Es por el balance.
Es por el balance.
Me lo he repetido mil y un veces. Tengo que convencerme de eso. Yo soy quien tiene el control. Debo ser YO. Nadie más. Debo recuperarlo.
Alcanzo el umbral del porche. Estiro el brazo para tocar el timbre pero… me congelo. Toda la sangre se me ha ido del cuerpo. Desaparece junto con toda la convicción que tenía hace unos instantes. Me paso una mano por la nuca. No sé que hacer. La primera vez que estuve aquí nosotros… me alejo de la puerta. Subo al auto. Estrello la cabeza contra el volante antes de recargar la espalda contra el respaldo. Nosotros…
XXXXX
—Sólo sexo. Nada más. ¿Estás dispuesta? —le susurré contra el cuello.
—Nng… s-sí… —estaba excitada, emocionada, nerviosa. Todas las emociones humanamente posibles combinadas dentro de mi pequeño cuerpo, pero sobre todo temblaba de miedo
— ¿Muy segura? —pregunté antes de lamerle el lóbulo de la oreja y morderlo.
—To-totalmente.
—Bien.
Con la aprobación estipulada no me contuve ni un segundo más. La besé. La mordí. Exploré por completo esa cueva húmeda. Pude saborear la menta que emanaba de su boca.
Gemí. Estaba sobre mí. Su cuerpo aplastándome contra el colchón. Su lengua dentro de mi boca y sin entender por qué decidí imitarlo. Hice lo mismo. Entré a su boca.
Eso me causó gracia. Una lengua torpe devolvía las atenciones ofrecidas. Así que esto sería reciproco.
Durante unos minutos no hicimos otra cosa que besarnos. A un ritmo discordante pero seductor.
Sentí el calor crecer; pasó de ser una chispa irregular a una pequeña llama que logra alimentarse lo suficiente de oxígeno y comienza a consumir todo hasta que una hoguera se desata desde las profundidades.
Las llamas lamiéndonos desde el interior. Irradiando un fervor desconocido para uno de nosotros. Desconocido pero igualmente potente y abrasador.
Era el momento de avanzar.
Deslizó una mano bajo mi cuerpo. Mi espalda reaccionó por instinto: se despegó de la cama ligeramente. Sus largos dígitos empezaron a subir mi playera. Una vez que estuvo lo suficientemente arriba tiro de ella, llevé los brazos hacia la cabeza y la sacó.
Me separé de sus labios para quitarle la estorbosa prenda. Quería poder tocar su piel, una vez que confirmé su suavidad. No pensé que sería tan suave, de un tono blanco rosáceo y perfecto. No volví a besarla de inmediato. Incorporé el torso un poco y la mire.
Me di cuenta de que estaba semidesnuda, que me observaba con avidez no logré descubrir porque; me ruboricé y me cubrí con las manos. Estaba avergonzada.
—Descúbrete —dije con un tono autoritario sin embargo no obedeció—. Descúbrete —repetí, sin éxito alguno. No me dejo otra opción: le tome las muñecas y la sometí. Seguía de frente pero sus ojos se habían cerrado.
—M…me da…
—Vergüenza — ¿De qué?
Ella asintió
—Es... es q-que...e…a…
—No te gusta tu cuerpo — ¡Por Dios! ¿Es una broma? Pensé para mis adentros.
Percibí una nota de exasperación en su maravillosa voz. Volví a asentir.
—Pues sí, no me gusta ¿Por qué?
— ¿Estás jugando?
—No —respondí.
Cerré los ojos e inhalé despacio. Le enseñé la verdadera vergüenza.
Me tomó por sorpresa. Con una mano sujetaba mis muñecas, la otra se deslizo bajo la banda elástica de mi sostén, avanzó bajo el hasta que alcanzó la copa. Jadeé instantáneamente. Cerré los ojos y me mordí el labio inferior. El deseo explotó en mí.
Me reí. No pude contenerme. Regresé a sus labios mientras mis dedos seguían acariciando la cumbre de su pecho. Jadeaba contra mi boca; me separaba cada tanto para escuchar sus suspiros. Ladeaba el rostro de un lado para otro. Esa era una invitación silenciosa que no pensaba rechazar.
Incliné la cabeza hacia atrás. Un estrepito galopaba por mis venas, retumbaba a través de todo mi ser. Sentí su lengua bajar por mi cuello, enterrando ligeramente los dientes, hasta llegar a mi clavícula donde se detuvo para chupar mi huesito. Elevé la cadera sin pensarlo.
Gruñí al sentir aquel movimiento natural e involuntario. Moví la mano hacia el centro de su escote, con un movimiento hacia arriba abrí la prenda. Volvió a arquearse. Las copas se deslizaron sin esfuerzo, descubriéndola.
Intenté liberarme. Cerré los ojos y giré el rostro. ¡Qué vergüenza!
— ¡Ah! ¡N-n…! —apreté los ojos y hundí más mi cabeza entre las almohadas. Tiritaba y la vibración me invadía. Creí que moriría.
Sonreí malicioso. Me incliné de nuevo sin perder de vista el objetivo. Su abdomen se arqueó al sentir la humedad de mi boca corriendo por entre sus pechos, dejando una marca luminosa, hasta su vientre.
Enroscaba las sábanas, pérdida en la agonía desconocida, pérdida en el éxtasis.
—No vuelvas a usar esto —pronunció tomando la pretina de mis jeans entre sus dedos—. Estorban.
—P-pero… odio las faldas —hizo un mohín intentando levantarse—. Además, mis piernas son horribles.
—Eso ya lo veremos.
Antes de quitármelos, decidió torturarme un poco más.
Quería que me implorara por poseerla. Estaba consciente de que yo tampoco aguantaría mucho tiempo más. Tomé los extremos y solté el botón, bajé el cierre. Me detuve y liberé sus muñecas. Apoyé mi peso sobre las rodillas. Coloqué las manos a los lados de su cara y flexioné mi codo izquierdo para quedar a la altura de su rostro sin tocarla demasiado, sólo lo suficiente. Separé las suyas con mi rodilla derecha.
No podía dejar de mirarlo. Tenerlo así: encima de mí; a punto de tomarme. Mis caderas se contrajeron y un pinchazo subía por mi vientre. Su mirada ardiente, llena de excitación. Flexioné mi rodilla derecha. Gruñó y lo supe. Lo sentía duro contra mi muslo. Su mano derecha delineó los contornos de mi figura. Tragué saliva.
—Nng —gimoteó. Deslicé la palma de mi mano entre el elástico de sus pantaletas. Dentro de ellas. En medio del vértice de su excitación. Fui lento. Arriba. Abajo. Adentro. Afuera.
Ahogué un grito. Me curvé debajo de él. Uní mis rodillas por reflejo, obvio no funcionó y sólo lo hice enfadar.
¿Cómo pudo ser tan ingenua? Dejé a mi cuerpo reaccionar por sí mismo. Incrementé el ritmo. Arriba. Abajo. Adentro. Afuera. Arriba. Abajo. Adentro. Afuera. Sus suspiros rebrotaban dentro de mí. Me sofocaba de desesperación. Tuve que controlarme para no perder la cordura y hacer un movimiento del que podría haberme arrepentido después.
Seguía curvando el abdomen al compás de sus caricias. Una onda reverberaba de adentro hacia afuera. Era, como si fuera a romperme en pedazos. La onda se acumuló en la parte media de mi cuerpo, se condensó y después estalló; yo junto con ella.
Percibí la manera en que se contrajo. El recorrido de la agitación a lo largo de su figura. De abajo arriba. Tenía las pestañas húmedas y respiraba con agitación. Había llegado.
No podía articular ni una sola palabra. No paraba de lloriquear. Mantuve los labios entreabiertos. Los ojos cerrados. Me desplomé contra la cama.
No esperé ni un segundo más. Me situé entre sus piernas. Me pegué a ella y me froté contra la humedad natural de su sexo. Flexionó las caderas, empujándose contra mí.
Delicioso.
La trama de sus pantalones combinada a su erección fue una sensación... embriagadora, entonces lo noté: estaba completamente vestido. Deslicé mis manos por su espalda hasta encontrar el cinturón. Lo recorrí desde atrás, hacia el frente y encontré la hebilla. La destrabé.
Le temblaban las manos pero no se detuvo. Me desfajó e inició la lenta tarea de desabotonarme. Rozaba tentadoramente mi abdomen, mi pecho, mis hombros, mis brazos con las yemas de sus dedos. Oí el crujido de mi camisa al chocar contra el piso de la habitación. Ahogó un gemido. Sonreí lleno de satisfacción.
Nunca antes había visto a un hombre como Sebastian (no en vivo y en directo); uno que estuviera en mi cuarto; uno con esa complexión: bien definida, perfecta; uno a apunto de... La sangre me burbujeó y pasé saliva. Sentí un golpe naciendo desde mi cintura, conectándonos. La lujuria se apoderó por completo del momento.
Descendí sobre su busto. Piel contra piel. Apreté mi pecho contra el suyo; sentía su piel fresca, la redondez de sus senos, la velocidad de su respiración. Empujé de nuevo, una y otra vez contra su cadera. Esperaba que se diera cuenta. No lo hizo.
—Te falta un paso, ¿no?
¡Dios, sí es cierto!
Se me secó la boca. Me aventuré a recorrerlo de nuevo hasta hallar la cintura de sus pantalones; en vez de bajárselos, inesperadamente introduje las manos, estimulándolo, lenta y tortuosamente. Igual que él había hecho conmigo. Emitió un quejido bajo y provocativo. El eco de su voz vibró por la habitación, erótico.
—Debería castigarte —musité, mientras ella continuaba con aquel masaje sobre mi sexo. Inexperto, pero atrevido.
—Tú hiciste lo mismo. No te quejes —le reproché antes de sacarle la lengua.
— ¿Piensas usar eso?
—Taddes… ¡nng!
Enterré los colmillos en esa carnosidad rojiza y traviesa. La devolví al interior de la boca de su dueña. La envolví y estrujé. Salía y entraba con fiereza.
No paraba. Esos movimientos me recordaron lo que deseaba desde hacía varios minutos. A Sebastian. Dentro de mí. Con mucho esfuerzo me separé de su boca succionadora.
Retrocedí. Recargué la frente sobre la suya. Tenía los ojos abiertos. Me devolvía la mirada, igual de ardiente, expectante y deseosa. Fue una respuesta afirmativa, mutua y silenciosa. Le guié la mano atormentadora, hacia el bolsillo delantero. Sacó un empaque cuadrado, color metálico. Se ruborizó por enésima vez, como una manzana, una imagen sensual e inocente. Ahogué mi risa.
Estaba más que sorprendida. Sabía lo que aquello era, y los había visto antes pero no de cerca. No. Jamás de cerca. Jamás para ser usado, mucho menos conmigo. Para colmo él se reía de mí, una risa oscura y arrogante. Pero bueno, ¿qué esperaba?
Después de todo era la primera vez.
— ¿Sabes colocarlo?
—No me molestes.
Eso sí me hizo reír.
— ¿Sabes, sí o no?
Ash, disfrutó sacándome de quicio.
—Más o menos.
— ¿Cómo que más o menos? —insistí con un tono burlón. Hizo un mohín de fastidio.
—Sé que debe abrirse sólo con las yemas de los dedos. Nada de uñas ni de dientes porque podría romperse.
—Y luego...
—Nada más, eso es todo —me cubrí la cara con una almohada. Escuché que se reía. Era una risa muy diferente, abierta y divertida. Sincera—. Déjame en paz.
Me incorporé ligeramente. Le quité la almohada de la cara para acercarme a su oreja—. ¿Quieres que te enseñe?
¿QUÉ?
¿Cómo podía preguntar eso tan… tan descaradamente? Me quedé helada. Luego de unos segundos reaccioné. Mis ojos estaban muy abiertos. Quería fastidiarme. Nada más.
—No, gracias.
Volví a reírme sin embargo decidí que sería mejor no presionarla. Desenvolví el preservativo y me lo puse. No me dirigió ni una palabra, ni una mirada en tanto lo hacía. Veía al techo muy circunspecta aunque seguía bastante abochornada. Mi cuerpo no resistió mucho más. Deseaba hundirme en ella y… lo hice.
De un momento a otro me sujeto de las caderas fuertemente, atrayéndome, al tiempo que él se impulsaba en un movimiento fluido, pero no resultó como esperaba. Sentí un dolor agudo. Chillé. Me llevé el puño a la boca y mordí.
Me impulsé. Sabía cómo y de qué manera pero una barrera se interpuso a medio camino. Salí y volví a impulsarme, más rápido, con más ímpetu. Funcionó. Logré introducirme de una sola vez.
¡Carajo!
Era estrecha, tibia y se amoldaba a mí perfectamente. Freya se tensó y cerró las piernas alrededor de mi cintura. La oí sollozar.
Cuando me penetro por segunda vez la molestia se intensificó. El instinto me ordenaba empujarlo fuera de mi ser. Evitarle entrar de nuevo. Me había desflorado por completo. Fue extraño, incómodo. Me dolía. Quería que parara.
—Du-due-le.
—Ya sé y si no te relajas dolerá más.
Vi las lágrimas escurriendo por entre sus ojos cerrados, avanzando hacia el nacimiento de su cabello. Se mordía el labio y se agitaba. Le sujeté la mandíbula e incliné su cabeza hacia adelante. Me acerqué despacio y la besé. Cubrí su boca. Atrapé sus labios con tranquilidad. No quería que llorara. Cambió de actitud en milésimas de segundos. Al acomodarme la embestí sin querer, meneó la cadera en mi dirección
Fue un beso muy diferente. No fue salvaje y atroz. Fue una caricia leve, dulce, lenta. Sólo sus labios sobre los míos, nada más, arropándolos delicadamente. Pedía algo, no supe qué. Dejé de llorar casi tan pronto como mi cerebro razonó la diferencia entre ese beso y los demás Una descarga circuló por mis entrañas cuando se acomodó. Agité las caderas.
Comenzamos a movernos despacio. Golpes largos y profundos. Incesantes. Ambos encorvando nuestras caderas. Adentro, arriba. Abajo, afuera. Saboreando cada embate. Cada beso. Aumentando la velocidad. Empujando más y más fuerte. Adentro, arriba. Abajo, afuera.
Trazó una vereda por mi columna vertebral. Me paso los brazos alrededor del cuello. Enterraba las uñas en mi espalda. Subía y aferraba mi cabello. Oprimía y desenganchaba al ritmo del vaivén de las olas de placer. Precipité mi boca contra la suya con desenfreno.
Le ceñí la cintura con las piernas. Sentí sus manos subir por mis muslos. Rodeo mi talle y me incorporó un poco, hacia él. Me ahogaba pero no le permitía retroceder. La pasión y el calor eran más apremiantes que cualquier otra sensación.
La cadencia iba en aumento. Rápido, duro, profundo.
Más rápido, más profundo, más duro.
—Vamos, grita niña.
Una necesidad desconocida bullía desde el interior.
Amenazando con fracturarnos.
—Sebastian, m-me… rom-mpo
Un compás de castigo que comenzaba a perdernos, que se fundía. Nos debilitaba y al mismo tiempo fortalecía.
Retumbando por todo la habitación, haciendo eco adentro de nosotros.
— ¡maldición, Freya!
— ¡Sebastian!
Explotando.
Nos derrumbamos.
Ella sobre el colchón. Exhausta, resoplaba al lado de mi oreja.
Él sobre mí. Ocultaba el rostro en mi cuello.
Respirábamos agitados, cubiertos de un fino sudor. Cansados, débiles como la gelatina pero satisfechos. Saboreé el aroma que despedía su frágil figura. Su aroma de virgen. Ex virgen. Era mía, toda mía. Me corrí hacia un lado. No pensé y la atraje contra mi pecho. Cerré los ojos.
Debí quedarme dormida en ése instante, porque lo único que soy capaz de recordar es despertar: acurrucada de lado, entre sus brazos; con la frente pegada a su tórax, un brazo en torno a su cadera; y su perfecta nariz sumergida entre mi pelo. Era muy tarde, la luz de la calle entraba por la ventana.
XXXXX
¡Dios! Me entregué a él, sin pensarlo, sin dudarlo. No me arrepiento pero duele. Hace daño mucho daño. Me abrazo a la almohada y dejo que las lágrimas fluyan, de nuevo, como en las últimas semanas. Caeré fulminada.
XXXXX
¿Qué hago aquí? De verdad. Ni siquiera sé qué pensar, qué decir, cómo actuar, algo me oprime el pecho. Quizás lo mejor sea que me retire y la deje tranquila. Al menos, por un tiempo. Inserto el cinturón de seguridad en su lugar y arranco sin mirar atrás.
Gracias por leer.
Y les traje esto antes de tiempo porque la siguiente semana será MORTAL. Es fin de semestre y ya saben los maestros se ponen de acuerdo para torturarnos ¬¬ en fin.
Cuídense XOXO
