«Recuerda que todo hombre sabio teme tres cosas: la tormenta en el mar, la noche sin luna y la ira de un hombre amable.»

Crónica del Asesino de Reyes II: El Temor de un Hombre Sabio de Patrick Rothfuss.


3. Desierto


I

—¿Hablaste con Mrs. Hobb —la mezcla femenina de lo gótico, lo formal y la sensual juventud adolescente, se dejó caer en la única silla desocupada, a un costado del agente de tupida barba risada, que invadía con su papeleo el comedor de empleados—, Rothfuss?

—En cuanto te dejé —respondió inmerso en su labor—. Por eso está encerrada hablando con la Agencia —añadió, a sabiendas de que J. Kalogridis no se daría por satisfecha con palabras a cuentagotas.

Kalogridis frunció los labios.

P. Rothfuss advirtió su impaciencia removiendo el aire. Resignado abandonó la lectura de la libreta de notas.

—¿Si? —dio apertura a un desahogo.

—Gracias a Diaries of the Family Dracul, puedo indagar en fragmentos de memoria y emociones, pasadas y presentes, de quienes pruebe su sangre —colocó en contexto su inquietud—. Entiendo que es una habilidad útil para la CIP, pero si apenas me encontraron, ¿cómo es que desde hace años tuvieran preparada la sangre de un sujeto específico para rastrearlo?

Rothfuss esbozó una sonrisa pequeña. A esa chiquilla no se le iba ningún detalle. Justo como predijo Julie.

Julie…

—Porque estaba escrito que te conoceríamos, así como que se alteraría la estabilidad de Sanderson…

—… haciendo que los días previstos se conviertan en horas —concluyó Kalogridis.

—Sí, sabíamos que pasaría, más no el momento. De ahí tu participación para monitorearlo.

—Es una historia trillada —elevó la derecha de su labio en amarga añoranza, discordando del desprecio en su opinión—. "El hombre que permanece firme por años se doblega por amor".

—¿No son esas las mejores historias —inquirió Rothfuss. Para una persona harta del romance, rescatada de un abismo en el que se hundió por la promesa de amor eterno, el tema era, no trillado, sino escabroso. Comprensible—, las que se repiten infinitamente en distintos escenarios mostrando sus diversas caras?

Kalogridis alisó la falda en señala de una inexistente indiferencia.

—La Agencia tiene que llegar tiempo a Sanderson —desvió la conversación—. Su espíritu está quebrantado.

—También lo espero —Rothfuss regresó a la libreta—. Extraño a mi gran amigo y mal compañero de copas.

—Esa también es una historia trillada —se levantó.

—¿A cuál historia te refieres? —preguntó confundido.

—A la del amigo abnegado que aun "aprecia" al hombre que le arrebató al amor de su vida.

Habiendo puesto el dedo directo en la llaga dio la vuelta y se perdió en los pasillos de la sombría base de la CIP, a las afueras de Seattle, abandonando a Rothfuss a merced de los monstruos que azuzó. Monstruos que el hombre, sin miedo, conocía de sobra, y con los cuales pactó una relativa paz que estaba acostumbrado a resanar a diario.

El amor es una fuerza tanto constructiva como destructiva, pensó. Ojalá que los involucrados en la apuesta con el destino, en Japón, no se despedazaran en la sobredosis de nudos en el hilo rojo que los unía.

A él, un nudo le bastó para ser miserable.


II

No hay mayor estimulante que la promesa que precede a la espera, sea larga o corta. Dazai lo confirmó en el Clermont al ser impactado por una corriente eléctrica. Contuvo el aire y redujo su campo de visión al ocupado por la materialización de la tortura responsable de sus ojeras. Una materialización de traje, y de ridículo sombrero cubriendo la cascada de atardecer que en sueños disfrutaba ver bambolearse al ritmo de las embestidas, desperdigándose por la almohada y enmarcando el éxtasis de un semblante infantil y duro. Lo confirmó al adelantarse, como dudando en la capacidad del líder de la Port Mafia para encargarse de las lanzas; y al echar a andar tras de él.

A cuadras del Clermont le perdió la pista. Corrió a la zona residencial del pedazo de Europa que extendía raíces por Yokohama, fusionándose con el paisaje japonés en la arquitectura posterior a la segunda guerra mundial.

Frente a la puerta de un departamento el resquicio de cordura (¿cómo había llegado ahí?) lo detuvo. Las noches en vela, los sueños que le subían la temperatura, el deseo disfrazado de ansia, apagaron su lado racional y dominante. Abrió la puerta.

La espera, de la que ni siquiera fue consciente, acabó. El aroma de su compañero, la sutil fusión de roble viejo y cítrico matizada por un beso de durazno, llenó sus fosas nasales y pulmones, cosquilleando en marejada hasta la punta de sus dedos que recordaron el tacto de su piel. ¡No!, no podía recordarlo, no como querían hacerle creer las pesadillas.

Hablar fue complicado aún con Chuuya de espaldas. Se sentía torpe y ansioso, y el líder no se la ponía fácil dejando claro que su presencia, como siempre, no era más que un incordio. Aun así aprovechó su mutismo para vagar aquí y allá, para tocar y atragantarse de la sensación magnética que lo halaba a su antiguo compañero y a la que se esforzaba por oponerse.

—Es raro estar aquí por primera vez, ¿no crees, Chuuya? —pronunciar su nombre fue un error.

La garganta y la lengua se le llenaron de la gana de acercarse, tomarlo de la cintura y devorar sus labios, probar la sedosidad de su boca, la rugosidad de su paladar y la delicia del interior de sus mejillas, de nuevo, como en esos días… ¡estaba delirando!, perdía de vista la línea que separaba la realidad de la fantasía.

Que Chuuya se encerrara en el resentimiento que le profesaba por abandonar la Port Mafia, que no era un secreto por más que quisiera encubrirlo de placer, fue lo mejor.

Estiró las comisuras en una sonrisa fastidiosa, una provocación. Su carta de huida.

—Ya capté la indirecta —giró en redondo—. No quieres hablarme porque si lo haces vas a lanzarme una de tus preciadas obras de arte.

Vamos, ayúdame. Rogó en su fuero interno: "¡me alegra que entiendas, idiota de las vendas!", bastaría. ¡Se Chuuya!

El silencio lo hizo ceder al vínculo que —aun yaciendo en el pasado— compartían, y despertaba una temerosa inquietud enmascarada de curiosidad.

Se dirigió a Chuuya inadvirtiendo una enorme caja blanca mal reposada en la mesa esquinera de la sala, que destacaba en la gama de vinos predominantes en el departamento. Chocó. La madera y el cartón se tambalearon en un grito.

Dazai contempló hipnotizado la caja, presa de un presentimiento que lo impulsó hacia a la tapa y la retiró.

Cuando quedó al descubierto un vestido negro de escote recatado al frente y descarado detrás, una mordaza, antifaz y una cola de gato pegada a un dildo anal; Chuuya se dignó a verlo.

Hubo un alto.

Con una burla Dazai quiso ofuscar la ira, ¡los celos!...

—No imaginaba que te gustaran esta clase de juegos —sacó la cola de gato—. Y vaya que eres especial, ¡mira que hacer usar esto a una dama! —colocó el índice y el pulgar en una "L" horizontal en cuyo ángulo interno recargó el mentón, examinando el artículo—. Dime, ¿conozco a la afortuna…? —la revelación que deformó los finos rasgos de su excompañero, lo hundió en la miseria.

Vergüenza y derivados de la humillación. Tristeza.

Y lo supo, no porque ser un gran detective, sino porque era evidente. Chuuya era quien lo usaba.


III

Giró la cabeza, repasando con el índice la sección de piel blanca marcada por un surco estriado y enrojecido.

«Lamento que resultara así —la voz en su cabeza expresó aflicción—. Extrañaré el café de Cherith.»

—Será un año largo sin ese café —aceptó la gabardina azul que Abercrombie trajo para ella en reemplazo del saco manchado de sangre, maniobrando en el sillón individual para vestirse.

Harkness aclaró la garganta.

—Erin, querida, lo haces de nuevo —dijo, en cuanto obtuvo su atención.

—¿El qué?

—Hablar en voz alta cuando la presidente Hobb está en tu cabeza —con un gesto disimulado señaló a los presentes—. Los va a asustar.

Apretujados en la reducida oficina administrativa, con muebles de recia caoba, un tanto de libros contables ordenados en los estantes del fondo, el carrito de vinos en la esquina y un solitario helecho en el alfeizar de la ventana, Atsushi y Kunikida hacían de guardaespaldas al director Fukuzawa en el otro sillón frente al escritorio ocupado por Harkness, con Abercrombie apostado de escolta.

Atsushi abrió los ojos grande. Si su impresión rozaba el susto no era por escuchar a la jefa de personal hablar sola.

—Mi habilidad —procedió a exponer Erin, al entender el motivo del recelo de los miembros de la Agencia, que la vieron en la recepción con la cabeza separada del cuerpo y, lo importante, diferente—, Warriors, es similar a un trastorno de identidad disociativo, con un número limitado de apariencias femeninas, cada cual con destrezas, voces, edades y personalidades propias, aunque con una misma consciencia —movió el cuello. Distaba de ser su peor muerte, pero eso no quitaba la filigrana psicosomática que la desesperaba—, y un cuerpo semi-compartido.

La explicación bastaba para dar sentido al por qué rejuveneció veinte años, migró de etnia y cambió su cabello entrecano por uno castaño pelirrojo; si bien no lo daba, para los detectives, al arribo campante de la dueña del Clermont y su compañero, y a la inesperada presencia del director de la Agencia.

—A quien vieron "morir" fue a su alter ego, Cherith —prosiguió Abercrombie—. Y a quien tenemos delante es a Tui…

—Inbali —corrigió Deborah.

—Inbali —se corrigió el psicólogo—. Cherith se recuperará en un año.

—Nos estamos perdiendo del punto —señaló Fukuzawa a la sexta involucrada—, Hobb.

«Yukichi tiene razón —concordó la voz en la cabeza de la jefa de personal—. ¿Me permites, Erin?»

—Por favor.

«The Farseer»

El velo grisáceo de la habilidad de Hobb cubrió las pupilas de Hunter. Su voz adquirió una cadencia pausada y el aura que la rodeaba, juvenil y severa, se suavizó con elegancia.

Me presentaré. Soy la directora del Centro de Investigación Paranormal, CIP, R. Hobb —dedicó un saludo específico a Fukuzawa con una leve sonrisa—. Quisiera pedir la colaboración de la Agencia Armada de Detectives para recuperar a un amigo.

Encerrada en su mente, Hunter observó a Kunikida y a Atsushi, la carnada que apresuraría el quehacer de las moiras —rueca, devana y corta—, cuyo hilo se liaba en los dedos de una diosa tejedora que amarraba —uno, dos, tres, cuatro.


IV

Chuuya disfrutaba la confusión que descomponía el talante desinteresado de Dazai. En su mejilla saltaba un tic transformando el intento patético de sonrisa "normal" en un atisbo de furia e indignación. En los puños apretados, con los nudillos emblanquecidos, le convergían dos intenciones: la cautela de mantener la compostura y la imprudencia de ceder a sus impulsos. Lo conocía demasiado para entender qué, aunque no recordaba el lazo físico que los unió, y desconocía la sinceridad con la que le habló de amor, el sentimiento estaba ahí.

Dicha. Felicidad.

Felicidad vs el coraje del placer obligado y la capa profunda de porquería que nunca conseguiría arrancarse, expuestos. Era un orgulloso líder de Port Mafia, y su ramera.

—Vete —dos silabas que consiguieron librarse del hueco en su pecho, el que inspirando hondo tragó su voz y firmeza—. ¡Vete! —exclamó.

El compañero de años retrocedió, cediendo a su petición, abandonándolo de nuevo.

Sus parpados cayeron, escondiendo el dolor.

El sonido de las zancadas amortiguadas por la moqueta jaspeada se precipitó en tres. Dazai sostuvo su muñeca y tiró con brusquedad. En el marrón de los ojos del exlíder halló un reclamo, con el que acortó la distancia que los separaba, desestabilizándolo. Posó la mano en el contrario, y el contacto compartido bastó para sepultar los reclamos que nacían en los celos y el rencor.

Fue un chispazo… no, fue más sutil, efímero y concreto.

Neblina en los tonos de la madrugada, de la media luz y la penumbra, con aroma a whisky y vino, electrizada, que erizó sus pieles y las magnetizó.

El agarre de Dazai olvidó el agresivo reclamo y se aferró a la añoranza, el deseo y la esperanza.

Chuuya ya no se alejó. Se permitió ser atraído al corazón ajeno, dispuesto a confiar.

Conectaron por encima de las excusas, esfumando los centímetros, los milímetros, los polos opuestos en los que yacían, reconociendo la urgencia real.

Acelerado el pulso y la respiración, sus labios recorrieron con torpeza el camino de encuentro hasta enlazar sus alientos, suscitando un cosquilleó que encerró en el puño de Chuuya la camisa de Dazai, y avanzó los dedos de Dazai hasta entrelazarse con los de Chuuya.

Un roce. La gota de agua en el árido y quebradizo suelo del desierto.

El timbre sonó.


V

—Mocoso —empezó Kunikida—, no es que dude de ti —obviamente lo hacía—, pero, ¿estás seguro de que podrás encargarte de esto?

Atsushi se removió en el asiento del copiloto y dedicó un vistazo al edificio en la cuadra de enfrente, fuertemente custodiado, trasluciendo su respuesta.

—Daré lo mejor de mí, pese a que infiltrarme en las oficinas de la Port Mafia no es mi idea de una actividad agradable.

La determinación del chico, impulsada por la idiotez de mostrar su valía, le agradaba. Para la agencia, e incluso para él, Atsushi ya no debía esforzarse en hacer notar que no era un desperdicio de recursos, más sí consideraba que podía tratarse de un aliciente adecuado que impidiera que se convirtiera en un haragán… como cierto lastre al que le había llenado el buzón con mensajes, en múltiples acentos —del informativo, al de advertencia y al asesino—, respecto a la encomienda de la CIP.

Suspiró. No le quedaba más que confiar en la palabra del director de que Dazai estaría a la hora acordada para la que faltaban siete minutos. 9:00 pm.

Apoyó los brazos en el volante, inclinándose al frente, meditabundo.

—¿También le ha parecido extraño a Kunikida-san lo ocurrido en el Clermont?

Presionando el mentón con el pulgar y el índice curvo, Kunikida tuvo que dar una afirmativa a las sospechas del chico.

Retrocedió dos horas y varios kilómetros hasta la oficina del Clermont.

—¿Centro de Investigación Paranormal? —Kunikida no se fiaba de la presentación. Jamás había oído de un organismo, nacional o internacional, con dicho nombre.

—Somos la Interpol en el terreno de las habilidades, y sin el acento francés —apostilló Abercrombie.

Es una buena analogía, e incompleta —intervino Hobb—. La CIP existe para infiltrarse en el seno de organizaciones sobrenaturales que puedan interferir en la estabilidad mundial. Nos encargamos de obtener las pruebas que sustenten la actuación en consecuencia de los servicios policiales de las naciones implicadas.

—Excelente trabajo con The Guild —señaló sarcástico Kunikida.

The Guild se trató de un caso aparte —objetó Hobb, paciente—. Es, aun, una organización poco predecible que se había limitado a EUA hasta la aparición de —vio a Atsushi de soslayo— un elemento, que hizo creer a Fitzgerald que tenía oportunidad en la carrera por dar con cierto libro, que apuraría sus planes.

—Para su fortuna —Abercrombie no parecía dispuesto a permitir que la competencia de la CIP se colocara en tela de juicio— igual no fue la gran cosa como para que actuáramos —recalcó altanero.

—¿A qué te refieres? —al detective le exasperó la entonación empleada por el agente.

—A que nuestras habilidades no se comparan a las de ustedes —dijo con mordaz superioridad.

—¡Joe! —el regaño de Harkness, intencionalmente tardío, calló a Abercrombie.

Disculpen a mis muchachos —a diferencia de la alebrestada y orgullosa juventud que chocaba en la habitación, los adultos mantenían una sosegada calma y complicidad—. Lo que quieren decir, es que no interferimos directamente ni atacamos. Carecemos de esa clase de poderes. Nosotros… —vaciló— nos basamos en visiones del futuro. Buscamos evidencia de lo negativo que está por suceder, damos luz roja a las autoridades para que ataquen antes de que sea tarde, y de ser necesario ocupamos habilidades para procurar diminutos cambios que eviten la catástrofe.

No tiene sentido lo que dicen, pensó Kunikida.

Por eso —se adelantó Hobb— precisamos de ustedes. Para recuperar el libro que The Guild buscaba y que ya está en manos de la Port Mafia.

—¿No se trataba del rescate de un amigo? —recordó Atsushi.

Y lo es —entrecerró los parpados ante una dolencia desconocida—. El agente Sanderson, uno de nuestros activos y un querido amigo, se había infiltrado en la 893, con la que ya tuvieron un encuentro hoy —recordó—. Su misión, era recolectar cuanto fuera de ayuda para evitar que la yakuza se convirtiera en la potencial amenaza que una de nuestras videntes vislumbró que sería. Sin embargo —el "sin embargo" lo arrastró, pesándole en el alma—, fue descubierto —tomó aliento—. Usando su habilidad, que le permite guardar información, material o inmaterial, se introdujo en un libro. Lamentablemente, los datos que posee lo hacen indispensable, más allá de nuestro vínculo, como fuente a suprimir para la yakuza, y a obtener, para cualquier organización que desee los secretos de una de las organizaciones criminales más fuertes y peligrosas de Japón.

Harkness fue hacia Hunter, descansando una mano en su hombro.

—Vaya al grano —pidió a Hobb—. Debe descansar.

No me trates como a una enferma —tocó su sien con el medio y el índice—, Deborah. Suficiente es tener a Hunter recordándome que desobedezco la orden del médico.

—Al menos permítame continuar.

Tras un breve duelo de miradas, resignada, Hobb asintió.

—Cuando perdimos al agente Sanderson, el gobierno japonés cerró el caso. Por lo que para esta misión, en la que se impedirá que la información caiga en manos equivocadas, y ajenas a su objetivo original, no contamos con el permiso de las autoridades japonesas, y el único modo de justificar nuestra presencia sería demostrando que teníamos razón —se enderezó autoritaria—. Para conseguirlo, suplicamos la colaboración de la Agencia Armada de Detectives, en especial, y de acuerdo a nuestras videntes, de Atsushi Nakajima y Dazai Osamu.

La Agencia no aceptaría semejante solicitud sin conocer los detalles, que en el resumen expuesto por la CIP, brillaban por su ausencia, y que podrían poner en riesgo a los miembros de la Agencia que querían involucrar. Kunikida iba a negarse. El director lo atajó y aceptó, ordenando que recibiera como suyas las instrucciones de Hobb, y se marchó diciendo que no se preocupara por Dazai.

Como si el idiota de Dazai, que se fue corriendo a la zaga de su antiguo compañero, sin dar ni una maldita explicación —¡¿era el día de "no-le-digan-nada-a-Kunikida"?!—, lo preocupara más que el problema en que estaba metida la Agencia. Participar con una organización, carente del reconocimiento gubernamental para ejercer en su territorio, no era una nimiedad.

¿En qué estaba pensando el director?, ¡¿qué estaba pasando?!


VI

Marcó.

El celular tardó dos timbres en ser contestado. La voz que respondió no fue la esperada.

—¿Presidente?

—¿Yosano? —de inmediato presintió que algo no andaba bien con su amante—, ¿y Rampo?

La pausa de la médico lo confirmó.

—¿Qué sucedió?

—No lo sé —admitió nerviosa—. Lo dejé en el aeropuerto de Narita, como me pidió que hiciera, y una hora después llamó. Buscamos el periódico de la mañana, lo llevé a un hotel porque ya no llegaríamos hoy a Yokohama. Se encerró con el periódico, activó su "habilidad", y cinco minutos después enloqueció.

—¿Enloqueció?

—Sí —titubeó—. Tiró el celular y cuando entré destruía el baño a puerta cerrada. Sospecho —consumar la frase fue doloroso—… que no encontró lo que buscaba.

Era inverosímil. Rampo era el detective número uno de Japón. Ninguna pista, ¡por mínima!, se escapaba a su capacidad de observación y deducción. Ninguna pista, a menos que…

—Comprendo —en la calma de su voz, justo al final, se marcó el gruñido de la furia naciente—. Te encargo a Rampo —colgó.

Fukuzawa apretó el celular.

¡Ese maldito de K. Higashino había logrado manipularlo!, ¡ese maldito…!

No. ¡Maldito él, Fukuzawa Yukichi, por haberse dejado provocar y caer en su trampa!, maldito por permitir que alcanzara a Rampo, ¡por haberle pedido que hiciera lo que el enemigo quería!

El celular cayó en el tatami de la casa, que sin Rampo, se sentía vacía, solitaria.


VII

—¡Mull! —Miyabe recibió eufórica al americano, no porque le cayera bien, sino porque quería alejarse del parco hombre de notorias ojeras, al que le descuadraba el ancho de los hombros con el tamaño de su cabeza, reducida por el corte. Que ganas de decirle un par de verdades a H. Murakami sobre su falta de sentido de la moda, el gato negro que llevaba consigo, y la afonía con que los incomodaba.

—¿De nuevo hiciste algo que no debías, hermana?

—Mi trabajo.

La yakuza cruzó los brazos. Detestaba la perspicacia de Mull para leer en el ambiente.

—Tu trabajo era —rectificó Higashino entrando detrás de Mull en el bar, un establecimiento intimo ubicado en un callejón aislado del bullicio de Yokohama— encargarte de los agentes de la CIP, no destruir un restaurante, pelear con la Port Mafia y la Agencia, quedar en ridículo y casi ser atrapada.

Haciendo una indicación, padre hizo salir al barman.

El gato que rondaba el regazo de Murakami, sentado en la barra, saltó al piso de madera yendo a enredarse en los pies de Higashino, que se inclinó, pasó el brazo por debajo de su barriga y lo acomodó en su hombro. Un loro felino.

—Si hubieras hecho las cosas como debías…

—¡Lo hice!, la CIP no estaba ahí, padre.

—Si —remarcó en amonestación y advertencia— hubieras hecho las cosas como debías, retirándote al no estar tus objetivos, le habrías ahorrado la molestia a Murakami y a Yoshimoto de tener que salvarte el trasero, ¿cierto, hija?

No era una pregunta. Era una invitación cortes a evadir una reprimenda mayor.

Como cualquiera de los presentes haría, Miyabe aceptó obediente:

—Cierto, padre. Me disculpo, fui imprudente.

—Me alegra que lo entiendas. Para la próxima sé que lo pensarás mejor —acarició la mejilla del gato, que emitió un plácido ronroneo.

Disimulada, Miyabe escudriñó a padre.

—Luces de buen humor —lo suficiente para no reprenderla y darle una segunda oportunidad—, ¿qué ocurrió?

Higashino jaló una de las sillas de una mesa y la ubicó cerca de la barra.

Un decena de hombres con kodachi negras, liderados por Yoshimoto, vigilaban el callejón y los alrededores, asegurándose de que no hubiera oídos indiscretos, en tanto un par más se encargaba de una cría de ratón…

—Varias cosas buenas —respondió colocó al gato en sus piernas. El minino replegó las patas y bostezó—. Como que no mataste a la damisela en peligro que nos hace falta.

—¿Qué damisela?

El padre de 893 hizo un gesto que rectificó el término.

—¿Es correcto decir: "damiselo"? —preguntó a Mull.

—¿Qué tal… "señorito"?

—Que sea "llave" —volvió a Miyabe, Murakami, y un quinto cabecilla—. Mull ha recolectado a cada monstruo de la Port Mafia, y al parecer la… ¡"pieza clave"! —renombró por quinta vez, tronando los dedos—, es el líder Nakahara Chuuya.

—Dicho de otro modo —Mull se dirigió a Miyabe—, te salvaste de cometer el error de tu vida.

Era consciente de eso. Más en la alegría de padre notó un regodeo privado. Escalofríos la recorrieron. Cuando sus ojos sonreían de esa manera, discreta en su falta de gestos obvios, significaba que había empujado fuera del tablero a una telaraña de desesperanza a alguien. ¿Quién era su víctima?, lo desconocía, pero amigo, enemigo o extraño, sentía lástima por su alma.


VIII

Aguardando al semáforo del cruce peatonal, los grupos de universitarios y de oficinistas lo consumieron. En el ruido de sus pláticas, relevantes para ellos, triviales para Dazai, la maraña de emociones y eventos en el departamento de Chuuya, intentaban descifrarse mutuamente.

Manos en los bolsillos de la gabardina, con el automóvil de Kunikida estacionado a mitad de la siguiente cuadra, fingió estar atento. Fingió, porque ni siquiera percibió el cambio de luces, sumido en las memorias y el nudo en la garganta, de varios ingredientes fusionados que conformaban un sentimiento al que no conseguía nombrar.

Insensible a los insultos de los transeúntes, se quedó plantado en la acera.

La ira se desprendió de la enrevesada madeja, escalando por su esternón y huesos del cuello. Paralelo al alarido rabioso que pretendía ser, reptó por su rostro hasta dar con un escape y rodar por sus mejillas.

Incrédulo recogió una de las lágrimas. Observó sus dedos humedecidos, embaucado por los recuerdos, por el roce, una caricia casi imperceptible, de sus labios en los de Chuuya, y la interrupción de Mori.


IX

Tres años atrás

Con la pierna y el brazo atravesados por el fuego abierto a la diana de traidor en él, B. Sanderson renqueaba en las calles secundarias de Yokohama, en la penumbra. Apenas si consiguió escabullirse de la 893, perdiendo, además de una cantidad de sangre alarmante, cuyas marcas no tardarían en delatar su dirección, sus gafas.

Fingió estar borracho, despistando a un par de miradas reprobatorias en la acera contraria.

De espaldas a la pared de una boutique, los picos de su peinado se rindieron al sudor y olvidaron el gel. No los apartó de su cara rectangular.

Necesitaba un plan. No iba a rendirse. Permitir que Higashino ganara, que lo que le hizo a Julie, su amado crisantemo, quedara sin vengar, era inaceptable.

Un universitario dobló en la esquina.

De nuevo el agente actuó como borracho.

El chico se acercó, tan distraído que tropezó con un desnivel, soltando los libros que llevaba abrazados. Sanderson los vio caer en cámara lenta. Su salvación.


Notas:

Tardé más de lo previsto pero lo logré. He aquí el capítulo, que al momento me parece es el más largo de lo que va del ff. Soy inmensamente feliz por los mensajes que me han dejado, sus criticas (que créanme que tomo en cuenta, y espero que se note) y su apoyo. Mil gracias a cada una y uno por leer.

Después de los agradecimientos, debo decir que me he encontrado con la posibilidad de que los personajes "originales" de Insane Dream, den un poco de problema, dado que algunos no son muy conocidos. Por eso, en la página de facebook que tengo, iré subiendo breves reseñas de cada uno. Ojalá eso pueda ser de ayuda.

Sin más, me despido. Se les quiere mucho, ¡infinitamente!, porque es por ustedes que tengo la inspiración para continuar escribiendo esta rara locura.

Nos vemos en el siguiente capítulo, y espero poder leer sus comentarios, y que "Desierto" haya sido de su agrado.

AGRADECIMIENTO ESPECIAL: A Chibi Sei por la portada, ¡te quedó perfecta!