Corazón de Hielo 4
Ikhny Shy
Era una noche de tormenta intensa. Las gotas de agua caían pesadas en el techo precario de la vivienda, por suerte Imelda había reforzado las maderas para cerrar las goteras que durante el día regaron el interior de la casa.
Había sido un día agotador, la lluvia no ayudaba y Coco estuvo particularmente inquieta, aburrida, encerrada por no poder salir a jugar al patio. Imelda tenía un importante pedido de calzado, y hasta que la pequeña no se durmió no pudo concentrarse en el trabajo.
Siendo la media noche, avanzaba a paso lento pero seguro. Había comenzado con el oficio hacía unos ocho meses y si bien sus zapatos estaban ganando gran popularidad por su excelente calidad, todavía no tenía la práctica necesaria para hacerlos con velocidad. De todas formas sabía que luego de ese pedido, su trabajo comenzaría a intensificarse aún más.
Cuando terminaba de clavar la suela del par número 20 del extenso pedido, unos golpes firmes en la puerta la detuvieron. Dudó unos instantes, era tarde y no se le ocurría quién podía ir a su casa a esas horas. Se acercó con cautela…
-¿Quién es? -
-Imelda, soy Ernesto! - Se asombró de escuchar la gruesa voz de aquel hombre, a quien no veía desde hacía más de un año. Con prisa comenzó a destrabar los seguros de la puerta y le abrió. El fornido hombre, amigo de quien fuera su marido, estaba empapado de pies a cabeza. Vestía un traje elegante color celeste y llevaba en su mano la maleta de viaje y un estuche de guitarra colgado en la espalda.
-¿Dónde está Héctor? - Preguntó ella, demandante. El hombre la miró con una mueca extraña, mezcla de simpatía y lástima.
-Oh, Imelda. He venido con esta tormenta para decírtelo en persona. - Imelda ensanchó los ojos, sintió en su pecho que las noticias no serían agradables. Ernesto dejó la maleta en el suelo y se quitó el sombrero. -¿Puedo pasar? -
La mujer lo dudó. La presencia de Ernesto nunca le había agradado y desde que convenció a Héctor para irse de gira por el país, la imagen que tenía de él se había oscurecido aún más. De todas formas, quería escuchar lo que tuviera para decirle sobre su marido, así que se hizo a un lado y abrió aún más la puerta para dejarlo pasar.
-¿Y bien? ¿Dónde está? - Le demandó, luego de cerrar la puerta y ver que el "invitado" observaba con cierto descaro el interior de la modesta vivienda. Ernesto volteó para verla, en su rostro se enmarcaba una expresión dramática que no convenció a Imelda. La mujer se cruzó de brazos, alzando una ceja.
-De veras lo siento, Imelda. Me temo que no tengo buenas noticias. - Otra vez enfatizó el dramatismo con una pausa innecesaria, se llevó una mano al pecho e inhalando aire profundamente le dijo. -Héctor me abandonó… a mitad de la gira, él simplemente se fue… - Imelda frunció el entrecejo, sintiendo el fuego crecer en su interior.
-¿A dónde fue? - Su voz salió gruesa y rasposa, llena de ira.
-No lo sé. Una noche no volvió del bar conmigo… a la mañana siguiente, regresó totalmente ebrio. -
-A Héctor no le gusta beber en exceso. - Le dijo desconfiada y cortante. -La bebida arruina la voz y pierde concentración en las notas de la guitarra. - Ernesto le desvió la mirada y suspiró.
-No sé qué decirte, Imelda. Es lo que pasó. - Imelda lo observó por largos e intensos minutos. Una parte de ella no le creía, pero por otro lado, no sabía nada de Héctor desde hacía bastante tiempo y que Ernesto se presentara solo allí, una noche tormentosa, le daba algo de credibilidad. -Lamento mucho que no me creas… Yo tenía grandes sueños para nosotros, como dueto, pero llegó esa mujer... - Ernesto la miró de reojo.
-¿Mujer? ¿Qué… ? - Sintió que el aire se le atoró en el pecho y presionaba con fuerza. La habitación comenzaba a girar, al tiempo que su vista se nublaba de lágrimas. -¿Qué mujer? - Ernesto asintió con la cabeza.
-Lo siento tanto, Imelda. Nunca creí que Héctor… - El músico gesticulaba con las manos, la observaba con ojos suplicantes, buscando que le creyera. Imelda, no sabía qué creer. La presión de las lágrimas que se esforzaba por no dejar salir, le producía un fuerte dolor de cabeza.
-No, no puede ser… - Le dijo, tanteando con la mano el respaldo de una silla para sentarse. Ernesto la tomó de la mano con delicadeza y buscó su mirada.
-Sé que es difícil de creer… pero Héctor… es un hombre pasional, tú lo conoces bien. - Imelda aspiró aire con profundidad, la acción contuvo las lágrimas. Miró fijamente al hombre frente a ella, quien acariciaba su mano con ternura y la observaba con los ojos llenos de amabilidad y comprensión.
-Dímelo todo, Ernesto. No importa que sea. Quiero saberlo. - Él tomó aire y sus ojos buscaron la unión de sus manos.
-Llegamos a la Ciudad de México luego de pasar por varios poblados. Estábamos extasiados, nos estaba yendo tan bien. - Sonrió recordando y luego su expresión se ensombreció. -Y allí nos quedamos varias semanas. Pudimos conseguir unas cuantas presentaciones en varios lugares, era el momento del éxito… y entonces la conoció. Una mujer muy bonita, con un caracter dócil y tierno, pero también muy insistente. Héctor se resistió a sus encantos, puedo asegurarte que lo intentó. Pero no fue suficiente. Esa noche se ahogó en alcohol. La culpa lo abrumaba… le dije que volviéramos al hotel, yo iba a llevarlo, pero en lugar de eso… la eligió a ella. - Volvió a observarla. Imelda se perdió cuando le dijo que tenía un carácter dócil. Siempre supo que su carácter era su punto débil, era su peor defecto. Y, en su interior, siempre temió que ese defecto sería el que la separara finalmente de Héctor.
-La verdad cuesta entenderlo… - Le dijo él, su mano extendiendo la caricia por su brazo. -Que se interesara por otra mujer. - Imelda levantó la mirada, buscando sus ojos, Ernesto observaba su propia mano ascender por su brazo. Luego sus ojos oscuros se posaron en los suyos y una sonrisa arrogante se coló en sus facciones varoniles. -Teniendo a una mujer como tú, esperándolo. - Imelda hizo un gesto para quitarle la mano de encima. Ernesto suspiró y se aferró a los apoyabrazos de la silla, su corpulento torso inclinado hacia delante, dejando su rostro a escasos milímetros del de ella, su aliento cálido golpeando en sus mejillas. Imelda apartó la cara hacia atrás con una mueca de desagrado. -Yo jamás te abandonaría, Imelda. Ni a tí, ni a la pequeña Coca. -
-Coco. - Lo corrigió y apartándolo con el brazo, lo obligó dar unos pasos hacia atrás. Luego ella se levantó de la silla.
-Sí, Coco. Lo siento. - No parecía importarle haberse equivocado, de todas formas Imelda no estaba dispuesta a caer en el juego.
-Te agradezco haber venido hasta aquí para avisarme, Ernesto. - Le dijo, imponiendo una postura firme y distante. -Voy a tener que pedirte que te retires, ahora. -
-Oh, Imelda! No quisiera irme y dejarte sola con esta noticia. Déjame ayudarte a superar el dolor. - Le dijo, intentado acercarse. Imelda levantó una mano levemente, en un gesto indicando que se detuviera. Su rostro mostrando algo de frialdad y severidad.
-No es necesario. - Respondió secamente. -Me sorprendió la noticia, nunca pensé que mi esposo fuera capaz de engañarme. - Admitió con algo de dolor, un nudo se le atoró en la garganta, pero lo disimuló y continuó . -He estado superando su ausencia este último año y puedo arreglarme sola, sin la presencia de un hombre. -
-No me mal interpretes, sé muy bien que eres una mujer fuerte e independiente. Es de las cualidades que más me gustan de tí. -
-Te lo agradezco. Pero te pido nuevamente que te retires. -
-Imelda, yo… - Quiso insistir. Ella sentía la ira creciendo por su cuerpo, ira hacia Héctor, ira hacia ella misma por haberlo esperado e ira hacia Ernesto por haberlo convencido.
-Al final, todo esto es culpa tuya. -
-¿Qué?¿Cómo que mi culpa? - Notoriamente, no se lo esperaba.
-Tú te lo llevaste, lo convenciste de ir a esa ridícula gira, aún sabiendo que tenía formada una familia. -
-Imelda, ¿No creerás que yo… ? -
-No creo nada. Sé como fueron las cosas. Si no te lo hubieras llevado, nunca hubiera conocido a esa mujer! -
-¿Mes estás culpando del engaño de tu marido? - Preguntó a la defensiva, totalmente incrédulo.
-Sí! - Le dijo ella firmemente y tomó la maleta que él había dejado cerca de la puerta. Luego se la entregó en las manos con un gesto brusco. -Ahora vete de aquí. No quiero volver a verte nunca más en la vida. -
-No entiendo como reaccionas así. No tiene sentido! - Se quejó, mientras ella comenzaba a empujarlo hacia la puerta.
-Te odio, Ernesto. Te odio con toda mi alma. Si no fuera por tí, Héctor estaría con nosotras. Destruiste esta familia con tus absurdas ambiciones. No quiero volver a verte. -
Y con eso último, le dió el empujón final y cerró la puerta en sus narices.
Esa fue la última vez que se vieron o hablaron…
Aferró su bolso con ambas manos a la altura de su pecho, mientras el oficial que la atendía anotaba en el expediente su visita. La cárcel se veía más fría y lúgubre de lo que imaginaba, la hacía sentir incómoda y fuera de lugar.
Su presencia allí no tenía una motivación clara, verlo a Héctor sentirse culpable por las cosas que sucedieron hace casi un siglo atrás comenzaba a molestarle y todo aquello había iniciado con la visita que su marido le había hecho a su antiguo amigo.
Imelda sentía la furia recorrer sus huesos al pensar en las cosas que ese músico había metido en la cabeza de Héctor.
De alguna forma, Ernesto se había salido con la suya otra vez. Estando preso, aislado, sin su fortuna, su fama, sin nada, había vuelto a lograr lo que quería. La actitud taciturna de Héctor comenzaba a afectar su relación con ella, la cual hacía poco tiempo que se estaba rearmando. No había tenido el valor de decirle a su esposo lo sucedido aquella noche de tormenta en la que su querido amigo le había mentido sobre una infidelidad. No se atrevía a confesarle que tan fácilmente había caído en la mentira, la cual la llevó a la cruel decisión de eliminar su nombre de la familia Rivera.
-Acompáñeme, señora. - Le indicó el oficial al finalizar el registro y abrió una puerta que conducía a un pasillo largo y gris. Imelda lo siguió, enfocándose en controlar los nervios que recorrían su cuerpo. Ansiedad, ira, inseguridad y tantas otras emociones batallaban en su interior, pero ninguna lograba reflejarse en sus duras facciones severas.
Le abrieron una puerta de metal que se veía muy pesada. Del otro lado, había una habitación no muy grande, de paredes de ladrillo gris, iluminadas por largas lámparas de tubo que emitían un zumbido leve, pero molesto. Detrás de una mesa también metálica, la esperaba un cínicamente sonriente Ernesto de la Cruz.
-Imelda! Que agradable visita! - Le dijo, alzando sus manos esposadas con un gesto exagerado. Su sonrisa insolente y mirada aguda buscando tensionar aún más su semblante.
-Ernesto. - Respondió ella a modo de saludo escueto y se sentó frente a él en la silla metálica que le habían ofrecido.
-¿A qué debo el placer de tan encantadora visita? - Su rostro simuló inocencia, como si no estuvieran en ese lugar, como si fueran viejos amigos que se juntaban a beber té una tarde de verano. Imelda sintió ganas de abofetearlo, pero se contuvo, apretando el pequeño bolso en su regazo.
-Héctor vino a casa con la ridícula idea de haberte arrebatado algo. Vengo a este… lugar… - Lo último lo señaló con aire despectivo, produciendo una leve mueca de desagrado en la expresión falsa de Ernesto -Para dejar en claro algunas cosas… -
-Te escucho. - Le dijo y se echó hacia atrás en la silla. Su rostro volvió a cambiar, ahora se veía arrogante y confiado. Imelda volvió a resistir la urgencia de golpearlo.
-Quiero que me digas, claramente, ¿Qué es lo que crees que Héctor te quitó? -
-¿De verdad tienes que preguntar eso? Deberías saberlo. -
-No, no lo sé. -
A pesar de la ansiedad y la ira que sintió anteriormente, Imelda no había sentido temor. No cuando decidió ir hasta ese lugar a visitar al asesino de su marido, no cuando entró en esa habitación y lo vio allí sentado, ni siquiera luego de un intercambio de palabras que le pareció estar hablando con un demente. Pero cuando el rostro de aquel esqueleto se ensombreció y se inclinó hacia delante sobre la mesa, haciendo un sonido metálico con las cadenas que sujetaban sus muñecas y sus ojos oscuros, intensos se fijaron en ella con una sombra de locura nublando sus pupilas, Imelda sí pudo sentir miedo.
-Yo te amaba, Imelda. - Las palabras no se reflejaron ni un poco en esa mirada de locura, ni tampoco en el sonido de su voz, el cual le pareció más una amenaza que una declaración de amor. -Yo te amaba y tú… tú no me diste ni una oportunidad. -
-No me gustabas. - Se defendió ella, mirándolo fijamente, tratando de buscar algo de racionalidad. Una sonrisa burlona escapó los labios del músico.
-No te gustaba, porque te habías encaprichado con ese idiota. -
-¿Yo estaba encaprichada? Por favor, Ernesto! - Exclamó indignada, sobreponiéndose a la incomodidad que le generaba la expresión en los ojos de él. - Tú no aceptabas que no te mirara. -
-Y volvemos a lo mismo, ¿Porque no me mirabas?¿Porque no me hablabas? ¿Ni te importaba? Porque andabas como loca, detrás de un hombre que ni te calaba! - Imelda sintió el fuego ascender por su (inexistente) estómago hasta su rostro, de haber tenido piel, hubiera estado roja de ira.
-Nos casamos y tuvimos una hija, ¿Recuerdas? - Explotó, golpeando la mesa con ambas manos. El bolso olvidado en el suelo. Ernesto volvió a echarse hacia atrás, otra vez la expresión de arrogancia y soberbia adornaba sus facciones. Hizo una pausa larga, que a ella le resultó incómoda y volvió a sonreírle con cinismo.
-¿Cuánto te costó lograrlo? - Le preguntó. Imelda no comprendió la pregunta. -¿Cuánta dignidad perdiste por conquistarlo? -
-¿Dignidad?¿De qué hablas? Héctor me… -
-Héctor no se enteraba que existías, sino hasta que te escuchó cantar. ¿Lo hubieras hecho por alguien más? - Ernesto pasó su mano por su cabello, acariciándose a sí mismo. -¿Hubieras cantado en público si no hubiera sido para impresionarlo a él? -
-Yo amaba la música, tanto como ustedes. - Se defendió con actitud terca.
-La amabas tanto que la olvidaste. - Levantó una ceja, al notar que había acertado. -Amabas tanto la música que cuando pensaste que tu marido te había engañado, la prohibiste, la eliminaste de tu vida. No me suena a amor… - Rió con burla. -Igual que hiciste con Héctor. - Los ojos de Imelda se dilataron de enojo. En un movimiento rápido, se agachó y tomó su zapato, dispuesta a asestarle un golpe a sus huesudas mejillas. Pero antes que el taco impactara con su rostro, Ernesto la frenó, tomándole la muñeca. El oficial que los vigilaba se despegó de la pared dispuesto a intervenir.
-¿Qué clase de esposa amorosa condena a su marido a la Muerte Final? - Le preguntó en un susurro, su rostro ensombrecido acentuando la oscuridad de sus palabras.
-Ya es suficiente, suéltala. - Impuso el oficial, Ernesto dejó caer la mano que aprisionaba, observando fijamente sus ojos con esa sonrisa irónica. -Señora, esta visita finalizó. - Le dijo el oficial con autoridad. Imelda seguía con la mirada fija en los ojos del prisionero.
-Amo a mi esposo. - Le dijo con tono severo. -Lo amé toda la vida y toda la muerte. - Ernesto le sonrió.
-No te creo. -
-Cree lo que quieras. Nunca tuviste oportunidad conmigo. - El oficial comenzó a tirar de Ernesto para llevarlo a su celda. -Muy dentro mío sabía que eras un monstruo. -
-Y aún así, sabiéndolo, dejaste que tu marido se viniera conmigo. Esposa amorosa. -
Imelda se quedó fija en su lugar, temblando de ira, mientras la puerta metálica se cerraba y el oficial se llevaba a Ernesto, quien le había dicho eso último con usa sonrisa superadora, orgulloso de haberse quedado con las últimas palabras.
CONTINUARÁ…
Primero quiero decirles que lamento mucho haberme tardado tanto en escribir este capítulo. Sinceramente no esperaba engancharme con otro fandom con la intensidad que me atrapó Boku no Hero Academia. Culpo a Momo Yaoyorozu (mi personaje preferido de esa serie) de haberse llevado toda mi inspiración para sí misma.
Queda solo 1 capítulo de esta historia. Creo que Imelda y Héctor tienen que hablar algunas cosas y deben dejar de visitar a Ernesto. El tipo está muy loco.
Gracias a quienes siguen leyendo este fic! Y espero pronto poder continuar con los otros que están aguardando continuación (quizás primero deba finalizar este, así solo me quedarían dos historias por finalizar)
