¡Hola a todos de nuevo!

Antes que nada, ¡muchísimas gracias y un besazo a StydiaShippsJily, Scorose07, SerenaMileto, Maca y Kiztiapotter por vuestros reviews del capítulo anterior! ¡Me encanta leeros!

Y también muchas gracias a AndreaMalfoygeek, Fanny Toalombo, Scorose07, StydiaShippsJily, itzelg243, kiztiapotter, phan0, AndiDiAngelo y GalaxInfinity por ponerme en favoritos y en alerta.

He tardado casi dos meses en actualizar, pero es que no he podido hacerlo antes. Este relato me ha llevado bastante tiempo, no a la hora de escribirlo, sino a la hora de reunir todos los detalles que necesitaba para hacerlo. Intentando que esta historia sea lo más canon posible (en cuanto a fechas y a que encaje bien con todo lo que sabemos), he tenido que releer los fragmentos de la saga donde se habla de los Merodeadores y además he estado leyendo los writings de Rowling que hay en Pottermore, escritos de su puño y letra con información adicional sobre la saga. Ya me había leído algunos, pero durante los dos últimos meses me he empachado a leer muchos más. Si no sabéis de qué hablo o no os habéis animado a leerlos, os recomiendo que lo hagáis. Hay cosas muy interesantes y en concreto el writing sobre Remus Lupin está genial.

Volviendo a este fic, repito, intento que sea lo más canon posible. La historia es de mi invención, claro, pero mi intención es que pueda encajar de manera plausible con lo que ya sabemos.

Al final haré varias aclaraciones para que, a quien le interese, sepa en qué me he basado exactamente de lo que sabemos (por los libros y por Pottermore) a la hora de escribir este fic.

CONTEXTO: Esta historia tiene lugar en el quinto año de los Merodeadores, en enero de 1976. Ocurre por lo tanto antes del incidente durante los TIMOS (cuando James y Sirius embrujan a Snape y éste llama sangre sucia a Lily). Sirius es el protagonista del fic y tiene 16 años en este momento.


-Sirius.

No necesitaba mirar a sus espaldas para saber a quién pertenecía aquella voz.

Sirius acababa de abandonar el despacho de la profesora McGonagall tras pasar dos largas horas castigado, clasificando y archivando las incidencias de las últimas semanas (la mitad eran suyas y de James). Apenas había dado unos cuantos pasos, cuando alguien en aquel mismo corredor del primer piso, desierto e iluminado por la luz anaranjada del atardecer, había pronunciado su nombre alto y claro. Sirius paró en seco, sintiendo cómo todos sus músculos se tensaban instintivamente. Dio media vuelta justo a tiempo de ver cómo se acercaba y se preguntó cuánto tiempo llevaría en aquel pasillo, esperando a que él saliese del despacho de McGonagall. Sabía de antemano cuál era el motivo por el que había ido a buscarle, y no pensaba entretenerse más de lo necesario; aquella noche había luna llena y seguramente Remus ya se encontraría en la enfermería, listo para que la señora Pomfrey lo acompañase hasta el sauce boxeador.

-¿Qué se te ha perdido por aquí, Regulus?

El tono burlón de Sirius pareció no afectar a Regulus Black, cuya expresión seguía siendo seria. Cualquiera que los viera juntos podría darse cuenta al instante de que eran hermanos. Su parecido saltaba a la vista, aunque Sirius (más alto y no tan delgado como su hermano pequeño) era más atractivo.

Regulus detuvo sus pasos frente a Sirius, a una distancia prudencial. Una distancia que dejaba claro que a pesar de ser hermanos, no eran amigos. En aquel espacio que se abría entre ambos, flotaban de manera incómoda y en silencio todas las cosas que alejaban al uno del otro, y Sirius pensó de repente que ese escaso metro y medio que les separaba era insalvable.

-Tienes que volver a casa.

No era un ruego, ni una petición. El tono de voz de Regulus hacía que pareciera una orden. Sirius lanzó un leve bufido y con una sonrisa torcida que no llegaba a sus ojos, meneó la cabeza.

Dos semanas atrás, durante las vacaciones de Navidad en Grimmauld Place, Sirius había tomado una determinación que cambiaría su vida. Esa tarde de finales de diciembre llenó su baúl a toda prisa con sus pertenencias, y en el vestíbulo de aquella casa que tanto había llegado a odiar les gritó a sus padres que se largaba y que no volvería allí ni muerto. No recordaba exactamente cómo había comenzado aquella enésima discusión. Ni todas y cada una de las cosas horribles que se habían gritado a la cara en el comedor antes de la cena. Lo que recordaba con mayor nitidez era la sensación de liberación que experimentó cuando salió de la casa y se encontró de pie en la acera, con el viento frío azotando sus mejillas. Entonces supo a dónde debía ir. A quién debía acudir. A su hermano; a James, no a aquel que estaba frente a él mirándole con dureza. De pronto, a Sirius le sobrevino la imagen de Regulus durante aquella última discusión en el comedor de Grimmauld Place. Casi podía volver a verlo con los labios fruncidos en un rictus reprobatorio y una mirada indignada, erguido detrás de sus padres. Así era como había sido siempre: Sirius a un lado, Regulus al otro, y sus padres en el medio.

-No voy a volver. Nunca. A estas alturas pensaba que ya lo habrías entendido.

No era la primera vez (desde la marcha de Sirius) que Regulus intentaba abordarlo en algún pasillo y sacaba a relucir el tema. Sirius había pasado el fin de año con los Potter y el primer día que puso un pie en el castillo a la vuelta de las vacaciones, Regulus y el habían tenido un intercambio de "opiniones" muy poco agradable. El espectáculo había acabado siendo tan lamentable que ambos habían sido castigados. Una parte de Sirius había ardido en deseos por darle un par de puñetazos a su hermano, para ver si así conseguía quitarle de la cabeza de una vez por todas aquellas estupideces sobre la pureza de la sangre. Desde ese incidente, Sirius había notado que sus amigos lo alejaban casi a rastras de los corredores con alguna excusa estúpida cada vez que distinguían el rostro de Regulus entre el resto de alumnos.

-Madre me ha escrito. Quiere que regreses. Y padre también. No seas orgulloso, Sirius.

-¿Orgulloso? –repitió Sirius con el ceño fruncido y sintiendo una rabia muy familiar-. ¿Orgulloso, dices? ¿Qué cojones tiene todo esto que ver con el orgullo? ¿Es que no te enteras de nada, Regulus?

-Somos tu familia. Nosotros. Padre, madre y yo… Y no esos Potter…

Sabiendo en qué alta estima tenía Sirius a James, Regulus intentó reducir al mínimo el tono resentido en su voz. Sirius negó repetidas veces con la cabeza antes de decir:

-Walburga y Orion ya no son mi familia.

Sirius no había mencionado el nombre de Regulus, y ambos fueron muy conscientes de ello. Aquel significativo detalle era como un hilo muy fino y quebradizo que aún los unía.

Era verdad que Sirius ya no consideraba a sus padres como parte de su familia; no sentía ninguna conexión emocional con ellos, ningún sentimiento de afecto. A veces se preguntaba si alguna vez lo había habido… Sirius había sido siempre, desde una edad temprana, un niño díscolo y revoltoso, al contrario que Regulus, que era mucho más calmado, formal y sobre todo muy obediente. Y según Orion y Walburga, mucho mejor que el propio Sirius, como solían recordarle a menudo. Orion era un hombre imperturbable, severo y estricto, mientras que Walburga era una mujer altanera, orgullosa y con un punto de auténtica maldad que Sirius había detectado hacía ya años. La rebeldía de su primogénito sacaba de quicio a aquella adusta mujer, que estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para impartirle disciplina. En concreto, los castigos físicos eran, según Walburga, una solución excelente para casos como el de Sirius, que había acabado con el trasero y las palmas de las manos en carne viva en más de una ocasión. Los silbidos de los latigazos restallando el aire desde la punta de la varita de su madre habían acabado por convertirse en un sonido familiar para Sirius: cuando cuestionaba sus ideas extremistas acerca de la pureza de la sangre, porque nunca había logrado entender cuál se suponía que era la maldita diferencia entre un sangre limpia y un nacido de muggles o un mestizo; cuando (sin pensarlo siquiera) se relacionaba con otros niños cuyos orígenes, como solían decir sus padres, eran indignos y despreciables; cuando mostraba cierto interés por cualquier cosa relacionada con muggles (como las motocicletas)… Pero la voluntad de Sirius no había flaqueado nunca. Cuanto más intentaban someterlo, más se resistía él. Su dormitorio era una prueba de ello, lleno de estandartes de Gryffindor y fotografías de motocicletas y chicas muggles en biquini.

Hacía mucho tiempo que Sirius había aceptado dos cosas: la primera era que él nunca seguiría las ideas discriminatorias que regían la (nula) moral de sus padres, y la segunda, que aquello lo convertía en la oveja negra de la familia. Sin embargo, Regulus… Con él las cosas eran muy diferentes… Sus padres habían conseguido con su hermano pequeño lo que no habían logrado con él: grabarle a fuego todas aquellas horribles creencias sobre la limpieza de la sangre.

-¿No te importa haberle partido el corazón a madre marchándote así de casa? ¿No te importa decepcionar a padre? –insistió Regulus con el ceño fruncido-. ¿Qué crees que dirán las familias más respetables cuando se corra la voz?

Eso era exactamente lo que tenía de los nervios a sus padres; Sirius ya lo sabía, por supuesto. Les importaban las apariencias más que ninguna otra cosa. ¿Qué dirían de ellos los Avery, los Greengrass, los Nott, los Rosier…? ¿Qué pensarían los Malfoy y los Lestrange, con quienes estaban emparentados tras los recientes matrimonios de sus primas, Narcisa y Bellatrix? Sirius se imaginó de repente a su madre eligiendo para él a una de las hijas de alguna de las familias de sangre más limpia e impoluta de la comunidad mágica… Toujours pur… Sus padres repetían muy a menudo aquellas palabras, con la cabeza erguida y una expresión de orgullo infinito, como si ser un Black los convirtiera en parte de la realeza…

-Me importa una mierda lo que piensen –espetó Sirius con impaciencia-. Y no seas tan ingenuo, Regulus. Para poder partirle el corazón a Walburga, primero tendría que tener uno.

Regulus apretó la mandíbula, furioso, pero antes de darle la oportunidad de responder, Sirius continuó:

-Lo más importante es "el qué dirán", ¿no? Apuesto a que ya han borrado mi nombre del tapiz de los Black, igual que hicieron con Andromeda… Dime, ¿han quemado también el nombre del tío Alphard?

Las mejillas de Regulus se tiñeron de un leve rubor y Sirius supo al instante que había dado en el clavo. Una semana atrás, su prima Andromeda le había escrito comunicándole el fallecimiento del tío Alphard, hermano de Walburga y uno de los pocos Black que no vivía obsesionado con la limpieza de sangre. Para Sirius había sido un duro golpe, pues apreciaba muchísimo a su tío y sabía que el sentimiento era mutuo. Sin embargo, Sirius no había acudido al funeral, convencido de que sus padres se encontrarían allí y que su reacción al verle podría ser tremenda. El tío Alphard se merecía una ceremonia tranquila, sin Walburga gritándole a Sirius a pleno pulmón lo decepcionante que era tener un hijo como él. La mañana siguiente al funeral se había llevado a cabo la lectura del testamento, a la que Sirius tampoco había acudido, y aquella misma tarde recibió inesperadamente una carta del Ministerio de Magia informándole sobre el reparto de la herencia del tío Alphard. Para su sorpresa, resultó que Sirius era el único heredero. Habría pagado un buen montón de oro por ver la cara de sus padres durante la lectura del testamento… La última voluntad del tío Alphard había sido toda una declaración de intenciones: él apoyaba a Sirius, no a su hermana Walburga.

-La decisión del tío Alphard ha estado completamente fuera de lugar –repuso Regulus con soberbia.

Sirius sabía que Regulus repetía lo que había oído en casa, como hacía siempre. Aunque estaba seguro de que su madre había utilizado otras palabras y se había mostrado bastante más vehemente.

-El problema no es a quién le haya legado su oro el tío Alphard. El problema es que esto supone que ahora yo soy económicamente independiente –respondió Sirius con perspicacia-. Y me juego lo que quieras a que tus queridos padres daban por hecho que lo más probable era que yo regresara a casa cuando no tuviera dónde caerme muerto. Lo que tal vez no sepan es que preferiría vivir debajo de un puente sin un solo knut antes que volver allí…

-Eres un desagradecido –espetó Regulus con toda la malicia de la que fue capaz.

Sirius soltó una de sus carcajadas atronadoras, que reverberó en el corredor.

-¿Te hace gracia? –inquirió Regulus con gesto amenazador dando un paso al frente. Estaba perdiendo la paciencia rápidamente.

La expresión de Sirius se tornó desafiante y sombría de pronto. Él también dio un paso, acercándose aún más a Regulus.

-No tiene ni puta gracia, en realidad –dijo Sirius con toda la rabia que ya no podía contener-. Sentirte como un extraño en tu propia casa no tiene ni puta gracia. Que tus padres estén obsesionados con toda esa mierda de la pureza de la sangre y apoyen ciegamente a un psicópata que se dedica a matar y a torturar tampoco tiene ni puta gracia. Y que los planes de futuro de tu hermano consistan en llevar una jodida mascara y convertirse en un puto mortífago sigue sin tener ni puta gracia.

En ese mismo instante, la puerta del despacho de McGonagall se abrió a espaldas de Regulus y la profesora salió al corredor con su mirada más severa. Ninguno de los dos chicos blandía su varita, ni estaban enzarzados en una pelea, pero sus expresiones lo decían todo y McGonagall no era tan ingenua como para pensar que aquello se trataba de una simple conversación entre hermanos. Sabía perfectamente lo que había interrumpido.

-Espero no tener que volver a castigarles –dijo la profesora paseando la mirada de uno a otro-. Se hace tarde, deberían volver a sus respectivas salas comunes.

Los hermanos Black intercambiaron una última mirada furiosa y se alejaron de aquel corredor tomando direcciones opuestas.

Mientras subía las escaleras hacia el segundo piso, Sirius notaba los latidos de su corazón retumbando fuertemente contra su pecho y un zumbido en sus oídos. Era tal la rabia que sentía en esos momentos, que apenas era consciente del camino que estaba siguiendo y que sus pies ya conocían de memoria después de tantos años en Hogwarts. Afortunadamente, aquella era una noche de luna llena, porque Sirius necesitaba descargar toda esa rabia con urgencia.

Era todo demasiado frustrante… Había nacido en la familia equivocada. Aquella era una idea que se le cruzaba a menudo por la cabeza. Seguramente sus padres pensaban lo mismo. Aún recordaba la carta que había recibido de ellos en su primer año de colegio, tras saber que había sido seleccionado para Gryffindor. La noticia no había supuesto precisamente una alegría en su casa; hasta el retrato de Phineas Nigellus Black había puesto el grito en el cielo al enterarse. Como Sirius bien sabía, por los larguísimos y rematadamente aburridos relatos de familia, todos y cada uno de los Black habían pertenecido a Slytherin, y aquello era, por supuesto, un motivo de orgullo. Sirius se sentía por lo tanto en gran medida presionado para continuar con la tradición familiar. Y tal vez se debiera a su personalidad rebelde o tal vez no, pero el caso era que la perspectiva de seguir los pasos de toda su familia no le hacía especial ilusión.

Regulus, en cambio, había cubierto todas las expectativas. Absolutamente todas. Y eso era algo que a Sirius le enfurecía y le revolvía el estómago por completo. Cualquiera podría pensar que aquello eran celos, pero nada más lejos de la realidad. La verdad era que odiaba que sus padres hubiesen conseguido moldear a Regulus a su gusto, que lo hubiesen convertido en una copia de sí mismos, un apasionado de las Artes Oscuras lleno de prejuicios. Sirius sabía muy bien, porque no tenía el menor atisbo de duda, que Regulus quería pasar a formar parte de los seguidores de Lord Voldemort. Y esa idea lo consumía por dentro: su hermano pequeño convertido en un mortífago. ¿Cómo evitarlo? Demasiadas veces se había hecho Sirius esa pregunta y nunca había encontrado respuesta. Mientras Regulus siguiese bajo la influencia de Walburga y Orion, las cosas no cambiarían. Y él cada vez se sentía más lejos de su hermano…

De pronto, cuando acababa de llegar al cuarto piso, escuchó un susurro muy cercano que lo llamaba:

-Sirius.

Detuvo sus pasos y sacó del bolsillo de su túnica un pequeño espejo cuadrado, en el cual se veía claramente la cara de James. Solían utilizar aquel artefacto para comunicarse cuando cumplían castigos separados, aunque esa tarde Sirius no había podido usarlo, ya que McGonagall se encontraba en el despacho con él durante la detención.

-¿Dónde te has metido? –preguntó James-. No seguirás castigado…

-Acabo de salir. Ya estoy de camino, llego enseguida.

-Date prisa. Peter y yo te estamos esperando en la sala común.

Sirius estaba a punto de responder cuando, a unos metros de distancia y cerca de la puerta de entrada a la biblioteca, vio una figura ligeramente encorvada junto a una ventana. Tenía la mirada perdida en los terrenos del castillo que se vislumbraban desde su posición y Sirius reconoció de inmediato el perfil de aquel alumno. Era Severus Snape.

Nada más verle, a Sirius le vino a la cabeza la broma macabra que Mulciber, íntimo amigo de Snape, le había gastado a Mary Macdonald días atrás. La rabia que Sirius sentía después de su encuentro con Regulus no hizo sino crecer en oleadas en su interior; una ira y un resentimiento ciegos que lo impulsaron a caminar en dirección a Snape.

-¡Eh, Snivellus, si te acercas tanto al cristal de la ventana lo vas a dejar todo lleno de grasa!

Snape se giró con extrema rapidez y Sirius escondió el espejo entre los pliegues de la túnica para que él no pudiera verlo. Los ojos oscuros de Snape observaban a Sirius con mucha atención, como si estuviese en alerta esperando su próximo movimiento, mientras su mano derecha permanecía cerca del bolsillo de la túnica donde guardaba la varita.

-Qué casualidad encontrarte a ti por aquí, justo cuando acabo de ver hace un rato a Lupin atravesando los terrenos –dijo Snape con un tono cargado de malicia señalando con la cabeza la ventana junto a la que estaba-. Está anocheciendo. Y no creo que a McGonagall le haga mucha gracia que un alumno de su casa se dedique a dar paseos nocturnos por los jardines. ¿Tú qué crees?

Era un hecho que Snape se moría de ganas por atrapar a los Merodeadores haciendo algo que fuera en contra de las normas de la escuela. Tenía un afán desmedido por ser testigo de su expulsión, y si el mérito acababa siendo suyo, muchísimo mejor.

Sirius observó a Snape con un desprecio y un odio infinitos. Era solamente un jodido soplón, amargado y envidioso que adoraba las Artes Oscuras, pensó Sirius con rencor. Igual que todos esos Slytherins con los que se relacionaba y con los que también había visto a Regulus: Avery, Rosier… Y Mulciber. Seguro que todos juntos se lo habían pasado en grande y se habían reído a sus anchas a costa de Mary Macdonald después de lo que Mulciber le había hecho. Eran repugnantes… Que todos ellos se pasearan tan tranquilos por el castillo intimidando a los demás alumnos con magia negra sacaba de sus casillas a Sirius.

-Algún día os expulsarán de Hogwarts. Sólo espero poder estar en primera fila para verlo –dijo Snape con regocijo y una expresión de suma complacencia grabada en sus facciones.

En aquellos momentos no hacía falta mucho más para enfurecer a Sirius, que tras su reciente encuentro con Regulus, se sentía frustrado e impotente. La frágil y para entonces casi inexistente relación con su hermano lo afectaban más de lo que nunca admitiría. La rabia que había sentido minutos atrás y que no había desaparecido volvió con intensidad al ver allí plantado a Snape, husmeando por la ventana, metiendo su narizota donde nadie le había llamado y diciéndole a Sirius que deberían expulsarle a él y a sus amigos. A Mulciber sí que tenían que haberle expulsado… Pero, claro, seguro que Snape consideraba graciosísimo lo que había hecho.

Sirius no era conocido por su paciencia precisamente. Ni por su sensatez tampoco. Y para desgracia de Snape, se había encontrado con Sirius en el peor momento.

El cóctel explosivo estaba servido.

-¿Me estás amenazando, Snivellus? –inquirió Sirius, que sentía cómo le hervía la sangre-. Si te quieres chivar, adelante. Eres un cobarde. Si tuvieras los huevos en su sitio, saldrías ahí fuera y averiguarías por ti mismo qué cojones es lo que hace Remus. ¿O es que no tienes suficientes agallas? Ve hasta el sauce boxeador y aprieta el nudo que hay en la base del tronco para inmovilizarlo. Hay un hueco entre las raíces. Es un pasadizo secreto.

La expresión de Snape era una mezcla de desconcierto y desconfianza.

-Ve y demuéstrame que me equivoco y que no eres sólo un cobarde de pelo grasiento –espetó Sirius con desprecio.

Snape observó durante unos segundos a Sirius, que lo miraba a su vez desafiante. Con una mueca de desdén y un profundo sentimiento de odio en sus ojos negros, Snape salió de aquel pasillo a paso raudo.

-Sirius. ¡Sirius!

La voz de James proveniente del espejo sobresaltó a Sirius.

-¡¿Pero a ti qué cojones te pasa?! –exclamó James con los ojos abiertos de par en par y una expresión horrorizada en el rostro. Era evidente que a través del espejo mágico había podido escuchar toda la conversación.

-James…

-¡Remus debe de estar a punto de llegar a la Casa de los Gritos! ¡La luna llena va a salir de un momento a otro! ¡¿Y a ti se te ocurre la genial idea de decirle a Snape que vaya allí?! ¡Joder, Sirius!

Por la respiración agitada de James se podía adivinar que estaba corriendo.

-James, era sólo una broma, no…

-¡No es una puta broma! ¿Es que te has vuelto loco?

-Snape no va a ir hasta allí. No tiene valor para salir de noche a los terrenos y dudo mucho que se atreva a hacer lo que…

-¿Tan seguro estás?

De pronto, Sirius vio aparecer a James al final del pasillo en el que se encontraba, en el cuarto piso. James también le vio y corrió hacia él al tiempo que se guardaba el espejo mágico en el bolsillo de la túnica. Parecía furioso.

-James, escucha…

Pero James no pensaba escuchar nada en absoluto.

-Ahora no, Sirius. Ve a la sala común, Peter está allí. Y olvídate de la salida de esta noche.

James dio media vuelta y echó a correr de nuevo. Sirius lo siguió en dirección al tercer piso.

-¡James! ¡Espérame, joder!

Cuando llegó a su altura, Sirius preguntó observando la expresión desencajada de su amigo:

-¿Qué vas a hacer?

-¡¿Que qué voy a hacer?! ¡¿Tú qué crees que voy a hacer?! ¡Intentar impedir que Remus se coma a Snape!

-James, en serio, seguro que Snape está en su sala común ahora mismo…

-¡Cállate!

Cuando llegaron al primer piso, los ojos de James se dirigieron instintivamente a la puerta del despacho de la profesora McGonagall. Agarró entones del brazo a Sirius y derrapó al parar en seco.

-Vuelve a la sala común.

-No, voy contigo.

-Sirius, no me jodas –respondió James con una expresión que no admitía replicas-. No hay tiempo para discutir. Vuelve a la sala común y dile a Peter que hoy no vamos a reunirnos con Remus. Y quédate allí. Ya has hecho suficiente. No sé qué te pasa, pero esta vez has ido demasiado lejos.

James emprendió la carrera de nuevo sin mirar atrás y Sirius se quedó allí plantado, mirando la espalda de su mejor amigo hasta que éste desapareció por las escaleras. Se sentía tremendamente idiota y culpable a partes iguales. Nunca había visto así a James… Su mirada acusatoria y su voz enfurecida lo habían hecho sentirse realmente mal… Decidió que aunque James tuviese ganas de darle un puñetazo cuando le viera aparecer corriendo tras él, no pensaba hacerle el menor caso. Ya estaba a punto de ponerse en marcha hacia el sauce boxeador, cuando la puerta del despacho de McGonagall se abrió. La profesora se extrañó al ver allí a Sirius, a juzgar por su expresión.

-¿Qué hace de nuevo por aquí a estas horas, señor Black?

A Sirius le dio un vuelco el corazón y se quedó sin palabras. Se encogió de hombros y McGonagall debió de detectar algo en su rostro, porque le observó con los ojos entrecerrados y una evidente desconfianza.

-Le acompañaré a la sala común.

Sirius no pudo negarse y echó a andar junto a McGonagall. Durante el camino hacia la sala común pensó una y otra vez que Snape no sería capaz de hacerlo, pero repetir aquello como una especie de mantra no hacía que el peso que sentía en el estómago a causa de la culpa desapareciera. Caminaba en silencio con el único sonido de sus pisadas haciendo eco en los pasillos y la voz de James retumbando en su cabeza, "No sé qué te pasa, pero esta vez has ido demasiado lejos".

-0o0o0o0o0-

Nunca en su vida había corrido tan rápido. James atravesaba los terrenos del castillo a toda velocidad, sintiendo el viento frío colándose a través de su túnica y golpeando sus mejillas. Al cabo de unos minutos, con cada bocanada de aire helado que atravesaba su garganta sentía un desagradable dolor en el pecho, pero no podía permitirse parar. Había dos vidas en juego: la de Snape y la de Remus. Tenía un nudo en el estómago y la continua sensación de que estaba a punto de ocurrir algo terrible.

Cuando James llegó frente al sauce boxeador ya había anochecido del todo y la luna llena brillaba en el cielo. No había ni rastro de Snape por allí. Su respiración agitada era lo único que oía. Sin tiempo que perder, alzó la varita, hizo levitar una rama y con ella presionó el nudo en la base del tronco. Entonces se lanzó a través del hueco que había entre las raíces y comenzó a correr de nuevo con cierta dificultad, pues el techo del túnel era muy bajo y debía ir encorvado. Conocía de memoria aquel camino que había recorrido por primera vez a principios de ese mismo curso, cuando él, Sirius y Peter por fin habían conseguido convertirse en animagos. No llevaba la varita encendida, de modo que si Snape iba por delante de él, podría verle en la distancia más fácilmente.

Cuando el túnel comenzó a elevarse y después a serpentear, supo que faltaba poco para llegar y aguzó el oído. Por primera vez desde que había entrado en el pasadizo se detuvo y escucho con atención. Nada de nada. Continuó el recorrido con rapidez y de pronto, al doblar hacia la derecha, vio algo que le contrajo el corazón: una débil luz que se movía.

-¡Snape! –gritó James jadeando mientras corría.

Snape dio un respingo, sobresaltado por la voz de James, y se giró al instante iluminando el camino con la varita. Aprovechando que Snape se había detenido a causa de la abrupta aparición de James, éste corrió todo lo rápido que pudo para alcanzarlo.

-Tenemos que volver enseguida… -dijo James apenas a cinco metros de distancia de Snape.

-No te acerques, Potter –respondió Snape apuntando a James con la varita.

Pero James no temía en esos momentos lo que Snape pudiera hacerle. A sus espaldas, a lo lejos, se distinguía la abertura que daba a la Casa de los Gritos, por la que se colaba una tenue luz. Si Remus los escuchaba discutir… No quería ni imaginárselo.

-Escúchame. Es peligroso. Tenemos que volver ya. Sirius no debería haberte dicho que vinieras aquí –James hablaba en susurros, con un tinte de angustia en la voz.

-No vais a poder libraros esta vez –contestó Snape con arrogancia y sin preocuparse en absoluto por bajar la voz. A James le habría gustado poder gritarle que se callara-. Este pasadizo conduce a Hogsmeade, y está prohibido salir de los terrenos del colegio. Pero eso tú ya lo sabes, por supuesto.

James acortó con sigilo los últimos pasos que lo separaban de Snape, y sólo se detuvo cuando él le clavó la varita en el pecho.

-Te he dicho que no te acerques, Potter –espetó Snape con un odio corrosivo-. Ahora tú vas a ir delante de mí y vamos a ver qué es lo que está haciendo Lupin al otro lado.

Como si hubiese escuchado su nombre, Remus apareció en la abertura del pasadizo proyectando una sombra monstruosa en el túnel. Snape se giró al notar una presencia a sus espaldas y entonces lo vio. Pero "aquello" ya no era Remus Lupin.

A James le dio la sensación de que su corazón se había saltado un latido. Agarró a Snape del brazo y tiró de él con fuerza arrastrándolo consigo en dirección a la salida.

-Corre y no mires atrás –le ordenó James con apremio.

Snape siguió a James por inercia, corriendo a su lado a toda velocidad. El miedo le había dejado sin habla; quería gritar, pero era como si le hubiesen lanzado un hechizo silenciador. James aún lo agarraba del brazo y en su fuero interno lo agradecía (cosa que nunca admitiría), porque al ver aquella bestia se había quedado paralizado.

James se repetía una y otra vez que podían lograrlo. Podían salir de allí sanos y salvos. Remus estaba a una distancia considerable cuando los había divisado al final del túnel. Pero al pensar en el tramo del pasadizo que tenía el techo tan bajo que había que caminar encorvado, se le cayó el alma a los pies, porque entonces Remus en su forma lobuna tendría ventaja.

Siguieron corriendo y corriendo sin aminorar la marcha, con el vello de punta al escuchar a sus espaldas los jadeos profundos de Remus. Habían recorrido la mayor parte del camino, pero James sabía que el hombre lobo que los perseguía estaba cada vez más cerca, y supo lo que tenía que hacer como último recurso. Puso una mano en la espalda de Snape y lo impulsó hacia adelante con fuerza antes de decir:

-¡Corre! ¡Más rápido!

Snape corría a toda prisa delante de James esta vez, sin mirar atrás, tal y como le había dicho. Entonces James dio media vuelta y se transformó en ciervo para enfrentarse a Remus, que al verle aminoró la velocidad y se acercó más despacio, con cautela. James envistió con sus astas al hombre lobo, que gruñó en señal de queja. Pero James no paró, le envistió con más ímpetu una y otra vez, hasta que Remus aulló de dolor, y en vista de que el ciervo no iba a darle tregua, el hombre lobo se dio por vencido y salió corriendo hacia la Casa de los Gritos. James esperó unos segundos para asegurarse de que Remus no volvía, y tras adoptar su forma humana, echó a correr de nuevo.

Un par de minutos después atravesó el hueco que había entre las raíces del sauce y camino unos pasos lejos de él. Fue entonces cuando vio a Snape, sentado en el césped, temblando violentamente y con el rostro desencajado mirando el hueco tras el que se ocultaba el pasadizo. En cualquier otra circunstancia a James le habría encantado ver a Snape en ese estado de terror absoluto, pero aquella situación distaba mucho de ser divertida.

-… hombre… lobo… -logró farfullar al fin Snape, que aún estaba intentando recuperar el aliento.

James no sabía qué decir.

-Un hombre lobo –volvió a repetir Snape, esta vez de manera más audible.

James se acercó y le tendió la mano para ayudarle a levantarse del suelo. Pero Snape miró la mano que tenía delante aún con el miedo reflejado en sus ojos y la rechazó, levantándose por sí mismo.

-Lupin es un hombre lobo –declaró Snape con voz de ultratumba, como si fuera necesaria aquella aclaración.

James no podía negarlo. Al fin y al cabo los dos lo habían visto claramente. No tenía sentido intentar hacerle creer a Snape que había sufrido alucinaciones.

-¡Lupin es un maldito hombre lobo! –gritó Snape esta vez fuera de sí.

-Tranquilízate, ¿quieres?

James se sintió un poco idiota pidiéndole que se calmara a alguien que acababa de huir del ataque de un hombre lobo.

-Lupin es un hombre lobo y cuando Dumbledore se entere… -comenzó Snape, acalorado.

-No seas ridículo –lo interrumpió James con impaciencia-. Dumbledore ya lo sabe. ¿Cómo no iba a saberlo?

Snape dio un paso atrás con expresión aturdida, como si hubiera recibido una bofetada.

-¿Quién crees que lo ha dispuesto todo para que Remus pudiera venir a Hogwarts? El túnel, el sauce boxeador, la Casa de los Gritos… Todo. Todo es cosa de Dumbledore.

Snape seguía mirando a James como si no diera crédito a lo que oía. Entonces dio un par de pasos más hacia atrás, alejándose de James.

-Snape…

Pero Snape no tenía intención de quedarse a charlar. Comenzó a correr hacia el castillo, con la luna llena iluminando su figura.

-¡Snape!

James resopló con fuerza al tiempo que se echaba el cabello hacia atrás con ambas manos, abatido. Estaba sudoroso y agotado, pero volvió a echar a correr, aunque esta vez no le iba la vida en ello. Mientras se acercaba a las puertas de roble, pensó que le esperaba una conversación larguísima con Dumbledore en su despacho, porque no tenía ninguna duda de que allí era a donde se dirigía Snape a toda prisa.


Y ahora... ¿Qué opináis? Me gustaría saber qué pensáis vosotros/as del personaje de Sirius, de Regulus, de Snape... Después de leer la saga de Harry Potter, ¿qué pensáis de ellos?

Para escribir este fic he repasado a fondo lo que nos cuenta Rowling en los libros sobre los Merodeadores, con intención de ordenar los hechos cronológicamente en mi cabeza y que todo cuadre. A continuación hago una lista de lo que yo he sacado en claro:

-En el libro de la Orden del Fénix, Sirius dice que se escapa de casa con 16 años, pero no menciona en qué curso. Como su cumpleaños es en noviembre (según Pottermore, el día 3) y Sirius nace en 1959, debió de escaparse en alguna fecha a partir de noviembre de 1975 hasta noviembre de 1976 (antes de que cumpliera 17 años). Es decir, que se escapó a lo largo de su quinto año en Hogwarts, durante el verano al acabar el curso, o a principios de sexto. Yo he elegido las navidades (diciembre) de 1975, durante quinto curso.

-Se sabe que los Merodeadores consiguieron convertirse en animagos en quinto, aunque no dicen cuándo exactamente, que yo sepa. Así que según este fic lo hacen a principios de curso.

-En cuanto a las edades, se sabe que Sirius nace el 3 de noviembre de 1959 (según Pottermore) y Regulus en 1961 (según el árbol genealógico de los Black), pero no se sabe el mes (al menos yo no lo he encontrado). Según la página Harry Potter Wiki, Regulus va un curso por debajo de Sirius (por lo que a la fuerza ha debido de nacer entre enero y agosto, no más tarde, si no iría dos cursos por debajo de Sirius).

-En el libro del Prisionero de Azkaban, Snape le dice a Dumbledore: "Sirius Black demostró ser capaz de matar cuando tenía 16 años. No lo habrá olvidado. No habrá olvidado que intentó matarme" (capítulo 21). Si Sirius tenía 16 años cuando le gastó a Snape la "broma" que le llevó a conocer el secreto de Remus, entonces tuvo que ocurrir en quinto o sexto curso. Yo me inclino a pensar que fue en quinto siguiendo la siguiente lógica:

Casi al final del libro de las Reliquias de la Muerte, Snape le entrega sus recuerdos a Harry antes de morir y hay varios flashbacks: desde la niñez de Snape antes de Hogwarts, pasando por sus años de colegio, hasta llegar a la edad adulta. Parece por lo tanto que siguen un orden cronológico. Hay un flashback en particular en el que Snape y Lily tienen una conversación cuando aún son amigos. Lily le dice: "¡Mulciber! ¿Qué le has visto a ése, Sev? ¡Es repulsivo! ¿Sabes qué intentó hacerle el otro día a Mary Macdonald?" Snape empieza a criticar entonces a los Merodeadores y Lily dice después: "Y eres un desagradecido. Me he enterado de lo que pasó la otra noche. Te colaste por el túnel del sauce boxeador y James Potter te salvó de no sé qué cosa que había allí abajo". Así que tenemos que Mulciber le hizo algo a Mary "el otro día" y que la jugarreta de Sirius a Snape ocurrió "la otra noche". No se especifica qué ocurrió antes y qué después, pero ambos hechos sucedieron uno detrás de otro en cuestión de días. Después de este flashback viene otro, el de aquel recuerdo que Harry ya vio en el libro de la Orden del Fénix, el de los TIMOS en el que James y Sirius se meten con Snape y éste llama sangre sucia a Lily. Así que teniendo en cuenta que lo más lógico es que esos flashbacks estén ordenados cronológicamente, deduzco que la "broma" a Snape gracias a la cual descubrió la licantropía de Remus y lo que Mulciber le hizo a Mary, las dos cosas, ocurrieron en quinto curso, antes de los TIMOS.

-En el flashback que acabo de mencionar, cuando Snape y Lily hablan sobre Mulciber y sobre el episodio en el que James salvó a Snape, también hablan sobre lo que Remus hace cuando "desaparece" cada mes. Snape le hace una insinuación a Lily sobre Lupin y sus ausencias: "¿Todos los meses cuando hay luna llena?". Y ella responde: "Ya conozco tu teoría". Leyendo esto parece que Snape ha estado intentando hacerle ver a Lily que Remus es un licántropo. Y estoy casi segura de que fue después de que Snape viera a Remus transformado y James le salvara la vida. Si Snape hubiese sabido de antemano que Remus era un hombre lobo, no creo que se le hubiera ocurrido hacer caso a Sirius y pasar a través del sauce boxeador. Eso habría sido un suicidio. Creo que primero descubrió el secreto de Remus, después Dumbledore le hizo prometer que no se lo contaría a nadie, y luego (a pesar de su promesa) sí que se lo contó a Lily, aunque disfrazándolo de sospecha. Conclusión, no creo que Snape sospechara ni supiera que Remus era un hombre lobo antes de entrar en el pasadizo, porque si ya lo sospechaba, ¿para qué seguirle ahí dentro?

-Sirius es uno de mis personajes favoritos, pero el que me gusta es el Sirius adulto, porque el Sirius adolescente… Es evidente que su manera de comportarse con Snape era terrible. La "broma" que le gastó fue una auténtica burrada (por eso precisamente lo pongo entre comillas, porque de broma nada). En este relato he intentado dar una especie de explicación para su comportamiento. Según mi historia, Sirius ya venía rabioso de su encuentro con Regulus y si a eso le sumamos que los amigos de Snape se dedicaban a ir por el colegio usando magia negra contra los alumnos (como hizo Mulciber con Mary), más el hecho de que Snape esté husmeando sobre qué es lo que trama Remus, tenemos como resultado a un Sirius muy cabreado que además es muy impulsivo e impetuoso. He intentado recrear una escena en la que un Sirius de lo más cabreado, en un momento en el que se le calienta la cabeza, tiene un impulso de lo más desacertado y le suelta eso a Snape. No estoy justificando lo que hizo Sirius, porque no tiene excusa. Sólo he intentado darle coherencia a la historia y al personaje. Hizo lo que hizo y se equivocó, pero, ¿por qué lo hizo? Creo, por otra parte, que de haber estado James presente, habría podido contenerle. De ahí que lo escuche a través del espejo y no in situ. Creo también que en algún momento Sirius debió de arrepentirse, pero también creo que después, al salir Snape sano y salvo de la situación en la que le puso y al no haber consecuencias graves, Sirius olvidó fácilmente el tema por su carácter despreocupado. Algo así como "Bah, al final no ha pasado nada, así que no ha sido para tanto". Tal y como dice Remus en el libro del Prisionero de Azkaban: "Éramos jóvenes e irreflexivos. Nos dejábamos llevar por nuestras ocurrencias" (capítulo 18).

Si habéis llegado hasta aquí, os admiro enormemente por haberos tragado todo este rollazo, y ya que estáis, ¿por qué no me dejáis un review? ¡Un beso gigantesco!