Habían pasado casi dos meses desde que la profesora Mcgonagall había venido a nuestra casa, pero aún no podía creerlo.
¡Aquel día me iría a Hogwarts!
Otra noche sin dormir, otra noche devorando mis nuevos libros, otra noche pensando.
Pensando en él.
Draco Malfoy.
Tenía un nombre tan…
Misterioso, atractivo, insinuante…
Podría imaginar cientos de adjetivos para describir la sensación que producía en mi interior.
Pero seguía siendo ese asqueroso que me detestaba sólo por ser muggle.
Me levanté casi a la vez que mis padres, sobre las seis de la mañana.
Apenas desayunamos, pues los tres teníamos el estómago revuelto por los nervios; de hecho, hubiese asegurado que ellos estaban incluso más nerviosos que yo.
A las siete, cogimos el coche y tomamos el camino a Londres.
No nos dirigimos palabra en todo el viaje, mi padre mantenía la vista en la carretera mientras mi madre y yo mirábamos distraídamente por la ventana.
Al llegar a King's Cross, a las once menos cuarto, fuimos hacia los andenes nueve y diez, tal como nos había indicado la profesora.
-Mira, mamá.-le susurré a mi madre, compartiendo mis primeras palabras en toda la mañana-Aquellos deben de ser magos.
Me refería a un grupito de pelirrojos vestidos con ropas de punto que estaban organizándose para pasar por entre los andenes.
-Percy, tú primero.-dijo una mujer bajita a un chico de pelo rizado.
El tal Percy tomó carrerilla y, junto con su carrito (en el que llevaba una lechuza que llamó la atención de algunos muggles), atravesó literalmente la pared.
-¿Te-tenemos que hacer eso?- preguntó mi padre, con los ojos como platos.
-Creo que sí…Espera. Ehm, perdone…-dijo, dirigiéndose a la mujer pelirroja-Es nuestro primer año en Hogwarts y…
-¿Ah, sí? Sí, mi Ron- contestó esta, con una sonrisa, y señalando al muchacho pecoso que tenía al lado- también empieza este año. ¿Tienen dudas de cómo pasar?
-Sí, exacto.
-Oh, es muy fácil. Ven, cariño.-dijo, haciéndome señas para que fuera hacia ella.-Lo único que tienes que hacer es coger un poco de carrerilla.
-¿No es…peligroso?- dije, un poco asustada.
-Oh, no. Ve con decisión,-me susurró-no te vas a estrellar.
Me eché un poco atrás, y, haciendo acopio de todas mis fuerzas, empecé a correr hacia el muro.
Apenas sentí algo, tal vez un ligero cosquilleo; pero, por fin, leí el cartel que había enfrente a mí: Andén nueve y tres cuartos. Expreso de Hogwarts.
"Ya está. Prueba superada."
Pocos momentos después, aparecieron mis padres, ligeramente aturdidos.
-¿Estás bien?- preguntó mi madre, un poco mareada.
-Perfectamente. Vamos, llevaré el equipaje y buscaré un sitio en el tren.
Le di el equipaje al mozo de carga (excepto una de las túnicas, que habría que ponerse más tarde, en el tren), pidiéndole que tuviera cuidado con Atenea, mi lechuza, que mis padres habían comprado días antes como regalo adelantado de mi cumpleaños.
Iba a subir al tren. Había llegado el momento de la despedida.
-Cielo… ¿Vas a subir al tren? ¿Seguro que no te quieres quedar con nosotros?
-Mamá…-la abracé, entonces comenzó a llorar-Tengo que ir. He de aprovechar esta oportunidad, he de dominar mi magia. Además, no será tanto tiempo. Las Navidades y el verano están ahí, ¡en nada me tienes en casa dando la vara!
Mi madre rió, y me besó en la frente.
-Bueno, hija…Pórtate bien, ¿vale?
-Papá…
Mi padre y yo nos abrazamos como nunca, y sentí sus lágrimas caer sobre mi pelo revuelto.
-Os echaré de menos.
-Y nosotros a ti, cariño.-dijo mi madre.
Sonreí, y, de un salto, subí al tren.
Caminé a través del tren, buscando un compartimento libre.
Aunque más que sola, en mi más profundo interior deseaba una cierta compañía…
Miré por todos los compartimentos, pero no quedaba ninguno libre del todo.
Tampoco le había visto a él…
Así que decidí sentarme en uno de los del fondo, junto con una chica pelirroja.
-Hola. Me llamó Hermione Granger.-dije, intentando entablar algo de conversación. Así al menos me distraería un poco…
-Yo…Yo soy Susan Bones.-contestó, con una tímida sonrisa.
Charlamos animadamente durante el resto del viaje.
Susan era nieta de Amelia Bones, la Jefa del Departamento de la Ley Mágica, y de Edgar Bones, que había muerto antes de que ella naciera.
La larga travesía se me hizo cortísima, y, cuando me di cuenta, habíamos llegado a Hogsmeade, un pequeño pueblo mágico cercano a Hogwarts.
Allí, nos recibió un hombre de altura y anchura descomunal, llamado Hagrid, que nos llevó a todos los de primero hasta un extenso lago.
-Debe de ser el lago de Hogwarts, que se encuentra al fondo.-le susurré a Susan, señalando hacia el horizonte-Lo habitan criaturas marinas: sirenas y un pulpo gigantesco.
-Subíos a las barcas de cinco en cinco. Cuatro remarán, y el otro llevará el farol. Seguid la mía, por favor, y no os separéis.
Subí con Susan y con otros tres más.
Intenté localizar a Draco, pero pronto dejé de hacerlo.
Estaba demasiado ocupada admirando el impresionante castillo que se alzaba ante mí.
Era de piedra grisácea (aunque probablemente sería de un color más claro, era demasiado de noche como para confirmarlo), y tenía varias torres, de entre las que sobresalían dos.
Hagrid nos llevó hasta la que debía de ser la puerta pricipial. Era gigantesca, y en su parte superior se podía leer una frase en latín: Draco dormiens nunquam titillandus, bajo la cual se situaba el escudo de Hogwarts.
Allí nos esperaba una mujer de aspecto severo, a la que reconocí enseguida: la profesora Minerva Mcgonagall.
-Gracias, Hagrid.-dijo- Yo los llevaré desde aquí.
La seguimos en silencio hasta un pequeño vestíbulo:
-Bienvenidos a Hogwarts.-dijo, dando una palmada- Bien, en unos momentos pasaréis al Gran Comedor, y seréis elegidos para vuestras casas; a saber: Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw, y Slytherin. Mientras estéis aquí, vuestra casa será como vuestra familia: las buenas acciones os reportarán puntos, las malas os los sustraerán. Al final del año, la casa con más puntos será galardonada por la Copa de las Casas. Esperad aquí, en breves momentos iremos a la ceremonia de Selección.
La profesora se marchó de la habitación.
Fue entonces cuando le vi.
Draco se encontraba en la fila de atrás, "escoltado" por dos fornidos chicos.
Pareció no percatarse de mi presencia, pues se dirigió directamente a la primera hilera de alumnos.
-Hola. Tú debes de ser Harry Potterl
Murmullos de asombro y admiración recorrieron la sala.
Y no era para menos.
Cuando sólo contaba un año de edad, Harry James Potter había derrotado al mago tenebroso más grande de todos los tiempos: El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado.
-Yo soy Malfoy.-una bandada de mariposas recorrió mi estómago- Draco Malfoy.
El chico pelirrojo que estaba al lado de Potter hizo amago de risa.
-¿Mi nombre te hace gracia? Pelirrojo, túnica de segunda mano… Tú debes de ser un Weasley.
El tono de desprecio que acababa de utilizar me dejó sin lugar a dudas de que no merecía mi compañía.
Aunque las mariposas seguían revoloteando por mi estómago…
-Tú te mereces mejores compañías, Potter.-dijo, extendiendo la mano.
-Creo que puedo escoger por mí mismo, Malfoy.
La profesora Mcgonagall llegó antes de que la disputa pudiese llegar a más, mandando a Draco hacia atrás.
Entonces me vio.
Su permanente expresión de asco cambió de pronto, tornándose en una que le daba a sus duras facciones un toque de dulzura.
Por un momento, me pareció que me iba a decir algo.
Por un momento, pensé que yo…
Le gustaba.
Pero sólo por un momento.
-Seguidme.-dijo Mcgonagall.
Salimos del vestíbulo, y caminamos tras la profesora hasta una enorme sala: el Gran Comedor.
Había cuatro largas mesas, y, al fondo, sobre una tarima,tres más algo más pequeñas: las de los profesores.
-Esperad ahí, por favor.- dijo la profesora Mcgonagall, una vez subida a la tarima- Antes de comenzar, el profesor Dumbledore quiere dedicaros unas palabras.
Un anciano hombre, con una barba que le llegaba hasta la cintura, se levantó de su silla (la más grande y suntuosa de todas), y comenzó a hablar:
-¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos a un año nuevo en Hogwarts! Antes de comenzar las selección, quiero deciros unas pocas palabras. Y aquí están: ¡Papanatas! ¡Llorones! ¡Baratijas! ¡Pellizco!. Muchas gracias.
-Está un poco… Chiflado.-me susurró Susan.
-Sí, y también es el mago más grande del mundo…-contesté, con un suspiro.
Entonces, el gran sombrero que estaba en el centro de la tarima, sobre un taburete, abrió los "ojos" y la "boca", y comenzó a cantar:
"Oh, podrás pensar que no soy bonito,
Pero no juzgues por lo que ves.
Me comeré a mí mismo si puedes encontrar
Un sombrero más inteligente que yo.
Puedes tener bombines negros,
Sombreros altos y elegantes.
Pero yo soy el Sombrero Seleccionador de Hogwarts
Y puedo superar a todos.
No hay nada escondido en tu cabeza
Que el Sombrero Seleccionador no pueda ver.
Así que pruébame y te diré
Dónde debes estar.
Puedes pertenecer a Gryffindor,
Donde habitan los valientes.
Su osadía, temple y caballerosidad
Ponen aparte a los de Gryffindor.
Puedes pertenecer a Hufflepuff,
Donde son justos y leales.
Esos perseverantes Hufflepuff
De verdad no temen el trabajo pesado.
O tal vez a la antigua sabiduría de Ravenclaw,
Si tienes una mente dispuesta,
Porque los de inteligencia y erudición
Siempre encontrarán allí a sus semejantes.
O tal vez en Slytherin
Harás tus verdaderos amigos.
Esa gente astuta utiliza cualquier medio
Para lograr sus fines.
¡Así que pruébame! ¡No tengas miedo!
¡Y no recibirás una bofetada!
Estás en buenas manos (aunque yo no las tenga).
Porque soy el Sombrero Pensante."
Tras un gran aplauso, la profesora Mcgonagall volvió a hablar:
-Bien, cuando diga vuestro nombre, vendréis aquí. Yo os pondré el sombrero sobre la cabeza, y seréis seleccionados para vuestras casas. Comencemos.
