Disclaimer: Gravity Falls © Alex Hirsch.


Bill es un terrible bromista que gustaba siempre de aterrorizar al pueblo, ocasionándole un buen susto y quizá, un trauma para siempre. Mabel se compadecía del pobre diablo que tuvo la desgracia de estar en el lugar incorrecto en el momento menos indicado.

Sus bromas rozaban de lo sádico, y una de sus favoritas era convertirse en un atractivo ser humano (y Mabel no puede evitar notar que su cabello es rubio como el oro, como el ámbar; que su piel es nítida, alba; casi como una estatua que cobró vida con suaves toques de bronceado y pequeñas cicatrices entre sus manos. Él es hermoso por fuera con ligeros toques de películas de gore y horror puro) para después ir a dar una vuelta por el pueblo. A la primera persona que se enamore del chico, se convertiría en su víctima. Hacía el papel del chico perfecto, de esos que te enamorarías a primera vista y le regalarías tu corazón sin dudar.

Entonces, salía la desgracia. Cuando esa persona mordió bien el anzuelo, de la nada, ese chico que tenía aura de brillos con aspecto inofensivo del que te enamoraste, se volvía un horror. Ese muchacho alto dejaba de tener forma humana para convertirse en una cosa extraña; una aberración de la naturaleza con ojos en todo su cuerpo redondo, con un color enfermizo que daba bilis con solo verlo y goteando un líquido extraño de color marrón que Mabel nunca se atrevió a cuestionar a través de los años. Cuando lo miró por primera vez, Mabel creyó que era su forma verdadera, pero cuando Bill el dijo —con una sonrisa cínica— que eso no era el caso, no supo qué pensar.

Continuando, fuera de las bromas, algunas veces Bill mantenía su forma humana alrededor de la cabaña. Todo eso porque a Ford le perturbaba un poco ver a Bill en forma humana y una cosa que Bill amaba, era enfadar, en lo que cabe, a Ford. Era una relación de amor-odio que evolucionó con los años. Siguiendo, Mabel siempre ha sido (la rosa más bonita en el jardín) una persona muy optimista, irradiando a todos con su calor de verano en un pueblo lleno de raros. Al principio, no se sintió muy cómoda con la idea de tener a Bill en la cabaña a cada verano, pero con el tiempo, podría decirse que se encariñó con él.

Fuera del personaje del «Rey del caos y de la destrucción completa» como suele decir Bill, había muchas facetas que Mabel fue conociendo y recopilando con el tiempo, estando todas en su cerebro, archivándose en un lugar especial con la etiqueta de "Las pequeñas rarezas de Bill Cipher". Eran cosas que él o pocos estaban conscientes de ello.

Al principio era una cuestión de curiosidad y de aburrimiento, pero no tardó mucho en ser algo más que un simple pasatiempo.

Mabel sabía que a Bill le gustaba mucho el jazz y que siempre tarareaba canciones de forma taciturna. Él poesía una colección de vinilo de jazz que nunca ha visto pero que sí sabe su existencia porque una vez, Ford le recriminó que le devolviera su tocadiscos y éste le gritó que le faltaba escuchar a Glenn Miller. También sabe que es un amante del rock, especialmente de las clásicas y que su gusto morboso era el pop.

Él es un poco maniático del orden y de la limpieza, entrando fácilmente en cólera con los desastres del tío Stan con los trastes sucios o con todas las bolsas que basura que no sacó y que se amontonaron por detrás de la cabaña. Había una faceta mucho más extraña, donde no era por completo un maldito desconsiderado y que a veces era —en lo que cabía posible— algo amable y pensaba en el bienestar de la familia Pines. Una de esas pruebas fue la vez que espantó a unos matones que estaban acosando a Dipper o cuando le regaló oro a Ford cuando pasaban dificultades económicas en los fondos de su propia investigación

—Estás muy mal de la cabeza; no lo hago por ser una buena persona, o porque me interese esas patrañas de ayudar a las personas; no, lo hago porque si serán miserables, será por mí y nada más. ¿Entendido, Árbol de Pino? —recuerda una vez que refunfuñó con disgusto al comentario de Dipper. Dipper solo sonrió y Mabel solamente río con sorna.

Por un instante, creyó a ver visto un ligero sonrojo.

Bill amaba la literatura, la poesía y gustaba de presumir de todos los idiomas que conocía. Tenía una reserva de licores caros fuera del alcance de Stan y su vino favorito era uno francés que era imposible de pronunciar.

Para resumir, Bill está lleno de cosas triviales y caprichos inmutables.

A ella le gusta eso, honestamente. Le gustaba saber esos detalles de él, porque así podría entender a Bill. Si Bill estaba consciente de ello, no decía nada y lo dejaba pasar, restándole importancia.

("Siempre estuve consciente de cómo me mirabas, Estrella Fugaz. Tengo buen oído, y desde muy lejos, podía oír el latido de su corazón con fuerza cuando yo estaba alrededor tuyo")

(Fue Mabel quien inició el primer beso y—) todo comenzó cuando Bill se encontraba en su forma humana, flotando por toda la cabaña, rechinando los dientes con furia. Fue una semana nefasta donde Ford y Dipper estaban haciendo un descubrimiento científico y la cabaña completa estaba hecho una catástrofe. Peor que todas esas veces cuando jugaban Calabozos y Dragones.

Por donde quiera que uno pasase, había rayones de plumones en las paredes, en las alacenas, papeles por ahí y por allá. Mabel recuerda muy bien que hasta el tío Stan se quejaba de todo el mugrerío que había y Bill quería incendiar todo, a punto de estallar. Ella no entendía nada y solo podía escuchar los gritos y pasos furiosos de Stan dirigiéndose hacia el sótano, donde estaban Dipper y Ford.

Estaban completamente solos.

No sabe qué le llevó a hacer eso, pero lo hizo. Solamente sabía que Bill se veía especialmente atractivo con su cabello enmarañado, queriéndoselo tocar y enredar con su dedo sus rulos salvajes—ya no tiene miedo de quererle con más profundidad. Hay claves floreciendo desde su garganta, y no puede ignorar más el zumbido entre sus costillas— y se empezó a acercar a él, con pasos suaves, con pasos gentiles. Bill dejó de hacer berrinche y solo la miró.

Él sabía lo siguiente que ella haría.

A ella le gusta eso, honestamente.

Le agarró las mejillas, exactamente de los pómulos marcados y (sus ojos, oh, sus ojos, son como una supernova estallando desde el océano) le besó.

Mabel no dirá que sintió fuegos artificiales, pero sí dirá que sintió una eternidad. Una eternidad con varios infinitos para siempre—si es que eso tenía sentido. ¿Pero tenía más eso, que enamorarse de un demonio sin saberlo? — y piensa que ya no le importa nada más.

(Es que Bill es una tormenta y Mabel la calma después de la tempestad que viene a la mano de él y a veces tiene ganas de hacerla desaparecer por eso ya que—deja de quererme, por favor, que me haces sentir que las canciones de amor tengan sentido; basta, basta, basta)

En el beso no hay lengua, no hay saliva, mucho menos hambre ni desesperación—pero sí un roce de las manos dóciles de Bill en su cintura y las manos de cielo de Mabel entre su cuello, oliendo a flores y madera de hierro. Es despacio, lento, muy despacio (su boca sabe a vino con toques de manzana roja) hasta que se separan.

Mabel solo lo observa en silencio y se muerde los labios, sonrojándose hasta las orejas. Las manos de Bill siguen en su cintura, aferrándose con algo de posesividad y sus manos ahora están en su pecho, toqueteándole con algo de vergüenza.

Ella no dice nada porque Bill le dice todo lo que necesita oír con una sonrisa sarcástica.

—Ya era hora de que me besaras.

Mabel solo rio.

(Luego,

solo besos en los párpados)