Disclaimer: Personajes y lugares de Jotaká.
¿Quién diría? Él que fue todo un espía, el cual cumplía cualquier orden que saliese de los labios de Dumbledore; pero en aquellos momentos nadie le creía, había estado a punto de morir, de no haber sido por aquellos muggles que le salvaron algunos años atrás, era poco lo que recordaba; pero lo último que vio fue el verde mirar de Potter, aquél chamaco que tenía los ojos de Lily, de su Lily, y después despertó en un hospital muggle, al parecer éstos le habían introducido una clase de antídoto, el cual le había salvado la vida.
Verdaderamente nunca imaginó deberle la vida a unos cuantos muggles; pero quizás hubiese preferido la muerte que ése injusto castigo, todo por culpa del maldito Kingsley.
- ¿Qué te pasa engendro pocionista?- No pudo evitar sonreír con ése apodo, estaba acostumbrado a que le tratasen de esa manera, ya hacían muchos años y verdaderamente aquél tipo de insulto era algo normal, sobre todo en ésos apostadores.
Varios hombre gritaban a la vez y enfrente de los mismos se encontraban dos hombres en un combate cuerpo a cuerpo, como si de unos corrientes muggles se tratase. Ambos tenían un detestable aspecto, y sangraban constantemente, sin contar las múltiples heridas que tenían en sus cuerpos.
Severus Snape escupía a cada segundo, expulsaba la sangre que surcaba de su boca, hecho provocado por los golpes de su contrincante, sin embargo el susodicho se había llevado la peor parte, ya que sangraba por varias partes de su magullado cuerpo, sin contar los notables rasguños que sus rostro mostraba, aquello significaba que el ex -profesor de pociones iba ganando la pelea, sin embargo aún no había terminado, era un combarte a muerte.
Sangre, puños, dolor, dinero y muchas otras cosas podían verse en aquél lugar, los observadores estaban totalmente eufóricos, y todos apostaban porque el ganador fuese Snape…. ¿Por qué? Muy sencillo el pocionista era la estrella del lugar, por decirlo de alguna manera, era el luchador que más tiempo había sobrevivido en una pelea y por supuesto que en todas resultó vencedor, y debía ganarlas, ya que si no su dueño, el propietario de aquél miserable lugar era capaz de azotarle hasta la muerte.
-¡Eso! Así idiota-gritó un hombre, mientras sostenía un mazo de billetes en sus manos y gritaba para que de ésta manera el ex -profesor terminase con aquello de una buena vez.- ¡Pelea! No me hagas perder.
Un puño en su rostro, su nariz y boca sangrando casi al mismo compas y su contrincante con una sonrisa en sus labios, por haber acertado el golpe.
-¡Maldito grasiento! ¡Pelea! ¡Pelea de una buena vez! ¡Termina con él! ¡No me hagas perder la apuesta o lo lamentarás!-Otro hombre había gritado, sí, definitivamente aquellas personas les gustaba gastar y ganar dinero.
Severus observó todo a su alrededor ¿Cómo había podido llegar a eso? ¿Cómo pudo caer tan bajo? Se sentía terrible, ése no era él, y quizás nunca lo volvería a serlo, todos lo creían un asesino, un vil ex -mortífago, y pensar que había continuado al lado del señor tenebroso sólo por ordenes de Dumbledore, aquél vejete que le pidió que le matase, para que la maldición de aquel anillo no lo consumiera lentamente, para evitar el dolor y tan sólo por cumplirle sus deseos, todo el mundo mágico lo consideraba la peor escoria del mundo. Un vil traidor.
¿Qué había ocurrido con sus compañeros ex -mortífagos? Muy sencillo se habían enterado de su traición y ahora lo odiaban, quizás hasta tuviese muchas amenazas de muerte; pero quién sabe, tal vez al correr de los años, los sentimientos de ésos sangre pura hubiesen cambiado y aún más con los maltratos que recibían a diario.
Y al fin su contrincante estaba en el suelo, muerto.
- Y el ganador es… ¡El pocionista!-Sí ése era su apodo artístico, y en verdad que poco era lo que contenía la risa al escucharlo, lo conservaba gracias a la "gran" imaginación de su dueño.
Arriba del local, desde una pequeña habitación, Dirrion Grein sonreía notablemente, nuevamente el maldito pocionista había ganado, lo que significaba una gran cantidad de dinero para su bolsillo, sí, había sido una buena adquisición ése maldito traidor.
- Muy bien Severus, muy bien.
- ¿Qué tan valiente eres ahora, Malfoy?-el que le hablaba no era otro más que su dueño, el mismo sostenía su cabeza y la chocaba constantemente contra el suelo, su rostro estaba totalmente sucio y una gran proporción de sangre cubría al mismo, mientras que nueva sangre surcaba tanto de la nariz como de la boca del Malfoy.-Ahora no te ves tan altanero, maldito idiota.-odio, eso era lo que había en la voz de su dueño, un palpable odio.
Lucius Malfoy cerraba los ojos cada vez que sentía cerca el impacto de su rostro con el suelo, sentía que poco a poco iba perdiendo oxigeno; pero no podía gemir, no debía mostrarse débil, él era un Malfoy y jamás se mostraría tan débil.
Pensar que todo ello había comenzado por negarse a una orden, lo supo, supo que su castigo sería inolvidable, lo había sabido desde el preciso momento en que su dueño cambio de expresión. Y allí estaba, su inolvidable castigo, de seguro luego le seguirán una sesión de crucios, imperios y si los magos pudiesen resistir la maldición asesina de seguro la utilizarían primero con él.
Trato de suspirar, sin embargo el suelo le saludo mucho antes de tan siquiera respirar.
Dolor, dolor y más dolor ¿Hasta cuándo sería ésa tortura? Ya llevaba demasiados años soportándolo y no quería seguir en aquella situación un día más ¿Era una maldición? Quizás sí, eso era aquello una maldición, una que no quería seguir llevando sobre sus hombros, sólo deseaba volver a ver a su esposa y vivir en paz.
Una de las cosas que agradecía al estar en ésa situación era: haber conocido a la mujer de su vida. Tal vez no en las mejores condiciones; pero al fin y al cabo la había conocido y era algo que tenía que agradecer tanto a sus dueños, como al destino. Sin ellos Daphne Geengrass no estuviese en ése lugar y mucho menos junto a él.
- Te amo.-aquellas palabras fueron tan sinceras, que nunca en su vida imaginó que él pudiese decir aquello.
La muchacha que se encontraba frente a él, le sonreía notablemente y sus ojos brillaban al observarlo, sin duda alguna lo amaba, de eso no había ninguna duda.
- También te amo, Theo.-el muchacho sonrió ante las palabras de su novia, sabía perfectamente que en aquella habitación el mundo era perfecto, el problema existía al salir de allí, y normalmente lo hacían cuando sus respectivos dueños lo solicitaban (a ella la dueña y a él, el dueño). Sí, en ésa pequeña habitación, todo era perfecto.
Y simplemente no pudo aguantarlo, tomó el rostro de la chica entre sus manos y le proporciono un tierno beso, probando su esencia, oliendo su aroma, sintiendo su piel y logrando que su amor se acrecentara aún más.
- No sabes cuánto le he agradecido a Merlín, el haberte conocido.-confesó él con una sonrisa en sus labios.
- Créeme yo también le he agradecido por lo mismo, aunque debo admitir que no fue en las mejores condiciones.-acotó la chica sonriendo. No podía evitarlo cada vez que estaba junto a él, sonreía porque su mundo era simplemente perfecto.
Besos, caricias y abrazos, muestras de cariño, tan íntimas y tan únicas que les hacía sentirse llenos uno del otro, logrando demostrarse su amor en ésos simples contactos.
Sus labios parecían no querer separarse, y al parecer no necesitaban del oxigeno; pero todo comienzo tienen su final y su pequeño lugar feliz fue perturbado por dos voces, las de sus dueños.
- ¡Malditos! ¡Vengan ya!-no era necesario adivinar, se trataba de ellos, sus dueños solían llamarlos de aquella manera. Sí, su pequeño momento había terminado.
Ambos suspiraron profundamente.
- El deber nos llama.-dijeron al unisonó.
Y no pudieron evitar reír, esa conexión que tenía era tan especial que algunas veces solían terminar las frases del otro.
Estaba allí, con su cabello platinado lleno de suciedad, con sus ojos grises centellantes de rabia y con su porte aristocrático o por lo menos tratando de mantenerlo, sin embargo con una vestimenta que en nada le favorecía, pero aquél era su destino, los Malfoys eran peor que escoria y por mucho que quisiera nunca podría alzar de nuevo el apellido, a menos de que ocurriese un milagro.
¿Qué había sido de su vida? Muy sencillo luego de que aquella anciana lo adquiriese, ésta había muerto, formando él a ser propiedad de los familiares de la misma, siendo una gran sorpresa para él, encontrar a un ex -compañero de la casa de Slytherin, sin embargo éste no se había convertido en mortífago, en aquél tiempo sólo era un simple estudiante Sangre Pura, que estaba en la casa de Salazar; pero que al parecer no compartía el desprecio por los sangre sucias y menos la admiración por Voldemort.
- Aún te falta allí.-se burló su dueño, mientras le señalaba un lugar que al parecer aún necesitaba limpieza.
El rubio sólo bufo, no era posible que eso le ocurriese a él… ¡Lo trataban como a un sirvienta! Estaba seguro que de algún momento a otro le pedirían que usase un maldito uniforme… un momento ¡Ya lo usaba! Sí, definitivamente el mundo estaba en su contra.
- Odio esto.-murmuró entre dientes el rubio.-Yo nací para relucir, no para hacer que la casa esté reluciente.-estaba furioso, no podía creer en donde estaba y muchos menos lo que hacía.
Su ex -compañero, ahora propietario, comenzó a reír escandalosamente. Sí, definitivamente aquella situación era digna de guardar en sus recuerdos, que el antiguo "Principe de las Serpientes" estuviese limpiando su cuarto era realmente divertido. Y no podía evitar reírse ante eso.
- ¿Quién lo diría? Tú dizque el Principe de las Serpientes, el chico rico a el que todos querían seguir, se encuentra en estos momentos limpiando mi habitación y a lo que seguirá mi casa, por completo.-una nueva carcajada surgió de la boca del ex -slytherin.
Si el rubio había disfrutado riéndose de él, mientras estudiaba en Hogwarts, ahora era su momento, verdaderamente la vida es justa.
