3: El principio y el fin

Su padre ejercía un control sobre él gracias a la sangre. Él le había dado la vida oscura y por eso ahora, estaba bajo su dominio, no era algo que pudiera escoger, no era a lo que pudiera negarse, así que era de igual manera con todos los demás, sus hermanos menores, aquellos que habían recibido la sangre pero no había hecho una comunión e intercambio con su creador. Ellos no habían sido purificados, seres bajos, sin grandes pretensiones, iban por ahí creando más bebedores de sangre que eran leales a su padre original, que estaba ligados a sus deseos y que los habrían cumplido sin dudar.

Él era el principio. No había nadie más viejo que su padre, tal vez alguna vez lo hubo, pero no puede recordar qué fue de ellos. Había vivido mucho, habían pasado siglos, pero no recordaba las cosas antes de Sherrinford, por lo menos no con claridad. Bastaba con preguntarle cuál era el nombre de su primer hijo cuando lo conoció o la ciudad de dónde los sustrajo. No lo recordaba, era una mancha borrosa en el pasado, por lo tanto, nadie sabía qué tan viejo era o en qué época había estado realmente vivo.

Pero de todos lo que ahora eran, él era su principio.

Sherlock había escogido su nombre porque el que le dieron al nacer le molestaba. Su padre le dijo que escogiera uno con el que se sintiera cómodo y a pesar de que en ese tiempo no conocía a sus dos hermanos de sangre, escogió un nombre adecuado para la familia. Desde el momento en que llegó a su nuevo hogar fue conocido como el príncipe, porque nadie parecía tener más influencia sobre su padre que él. Parecía que le concedería todos sus deseos, que no habría nada a lo que pudiera negarse.

Hasta que le negó lo más importante, lo único que de verdad quería.John sabía que le había suplicado que no dejara que se lo llevaran, aun escuchaba sus gritos con claridad, frunció el ceño al recordarlo, era doloroso en extremo evocar el dolor en la voz de su príncipe.

-Tienes que comer algo.

El lobo estaba recostado en un lecho extraño con la cabeza volteada hacia la puerta, pero en cuanto escuchó la voz de Sherrinford perdió todo interés y simplemente cerró los ojos. Se sentía débil y lo peor era que lo habían separado de Sherlock, de su príncipe. No podían estar más juntos, no era posible, le estaba reservado un futuro diferente que permanecer al lado de él.

No lo entendía, no conocía otra vida que no fuera esa, a su lado, así era feliz y no quería cambiarlo. Pero en cuanto su cuerpo comenzó a sentirse normal de nuevo, en cuanto la necesidad de su príncipe disminuyó, lo obligaron a dejarlo, lo encerraron en ese cuarto y se llevaron lejos a Sherlock.

Lo cual era lo peor que le podía pasar. Si es que querían matarlo había maneras más sencillas.

-Por favor John –el vampiro le puso su mano fría en la frente pero él se negó a mirarlo.- No has comido en cinco días.

No volvería a comer hasta que lo regresaran con Sherlock, eso lo había decidido. ¿Qué había sucedido? ¿Qué había hecho mal? Todos esos años había complacido a los vampiros, cuidaba de su príncipe y se portaba muy bien, ¿por qué lo estaban castigando?

-No es un castigo lobo tonto –le dijo Sherrinford pasando su mano por su cabeza y alisando su cabello- de hecho creo que estamos haciéndote un gran favor a ti y tu raza.

Debió quedarse dormido porque cuando abrió los ojos era de noche. Se levantó casi de un salto, era por fortuna una noche sin luna, aun faltaban varios días para tener la primera y entonces, necesitar a Sherlock para que lo acompañara y protegiera. Pero esos pensamientos se oscurecieron, se perdieron cuando su sentido del olfato fue invadido por un olor tan intenso que pensó que se desmayaría por ese motivo.

Era imposible de ignorar por ser maravilloso, una delicia tan perfecta que tenía que averiguar qué era y lo tenía que hacer ahora.

Salió de la habitación y nadie le impidió hacerlo, recorrió el largo pasillo que lo separaba de las escaleras principales y lo hizo casi corriendo, el olor se volvió intenso con cada paso que daba y estaba seguro de que se acercaba a su origen.

Su principio, su final.

Abrió las puertas del gran salón, ese donde con gran lujo se organizaban bailes de máscaras cada año para que aquellos bebedores de sangre que no se habían visto en décadas se encontraran. Ahí estaba él, el padre de todos los vampiros actuales, su hijo mayor y su segundo hijo. De Sherlock no había rastro. Pero lo que le llamó la atención fue la presencia de dos desconocidos, dos seres que le parecieron muy similares a él pese a ser tan diferentes.

Uno era delgado, casi espigado, no le prestó mucho atención aunque los vampiros parecían orbitar alrededor de él. El otro desconocido era ligeramente más alto que el primero, mucho más fornido, su amplio pecho se le antojó a John como un lugar agradable donde protegerse. Sus ojos eran muy azules y desde el momento en que los miró supo que algo muy profundo dentro de él los identificaba. Escuchaba con claridad una voz que le decía hogar, familia, amor.

-Llegas muy a tiempo John –dijo Sherrinford con una sonrisa tensa en los labios.

-¿John?

El primer extraño tenia una voz muy agradable, educada, sin embargo le dedicó una mirada nada más y de nuevo volvió a mirar al otro extraño quien le sonreía abiertamente.

-Cosa de nuestro hermano pequeño, comenzó a llamarlo así porque sólo ante ese nombre respondía.

Esta vez habló Mycroft quien con un movimiento elegante se puso a su lado y rodeó sus hombros con su brazo.

-Es un verdadero placer conocerte John –dijo el primer extraño, tomó su mano antes de que pudiera quejarse y depositó un beso en el dorso de la misma. Aquello había sido extraño, logró que John se sonrojara y eso no le gustó.

Sus únicos besos habían sido con Sherlock. Los únicos que quería, con los que siempre soñaba.

Sin embargo el extraño estaba ahí, mirándolo con adoración hasta que el otro reclamó su atención poniendo su mano en su mejilla. El calor era impresionante y lo hizo desear sentir sobre su piel algo más que la palma de su mano.

-Omega.

Su voz se sintió como una caricia y sin embargo, John sintió que aquello no era lo que quería y que esa pequeña palabra que acababa de pronunciar el extraño, era su condena.