Capítulo 3: Parte del precio
Syaoran se acercó al cuerpo de aquella mujer que lo había protegido. Estaba nervioso, apretando los dientes con tanta fuerza, que sentía la mandíbula adolorida.
Ella estaba desparramada en el suelo, tenía un profundo corte en el hombro y la sangre no paraba de salir escurriéndose por su pecho y su brazo.
El muchacho acunó el inerte cuerpo de la guerrera, abrazándolo con delicadeza. Acalló todos los sentimientos susurrantes que aquel hecho desencadenó. Se sentía tan dichoso de tenerla entre sus brazos, una dicha que pese a la peligrosa situación no se iba.
—¡Eh, despierta! —intentó el joven, dando suaves golpes en su rostro, pero no hubo reacción por parte de la guerrera. Tomó su pulso y pese a existir era muy débil, como si estuviese extinguiéndose—. ¡Debo llevarte a un hospital! —gritó desesperado mirando en todas direcciones por si alguien podría ayudarle.
Ella tosió, con lentitud abrió sus ojos, Syaoran vio lo hermosos que eran. Por un momento se perdió en la profundidad de los pozos verdosos y quiso quedarse a mirarlos para siempre. Syaoran no podía ver el resto de sus rasgos que seguían cubiertos con esa mascarilla, la tocó para darse cuenta que era rígida y no podía quitársela.
—¿Cómo te sientes? —preguntó en un susurro, como si hablar más fuerte pudiese dañarla aún más.
Ella pareció conmocionada un momento, sus ojos parecían al borde de un colapso. Hasta que algo la hizo relajarse entre sus brazos.
—Me tomará un tiempo recuperarme —dijo con la voz entrecortada—. Ahora debes irte de aquí. No podré protegerte si intentan atacarte en este momento —tosió secamente y expulsó algo de sangre—. Pondré una protección de modo que a los demonwizards, les resulte muchísimo más complicado rastrearte. Es lo que debí hacer desde un principio.
Ella volvió a cerrar los ojos, Syaoran notaba que le costaba mantenerlos abiertos o incluso hablar. Seguramente se estaba sobre esforzando.
¿Pero por qué quería protegerlo? ¿Quiénes eran esos tipos que ella mencionó? ¿Demonwizards? ¿Y por qué querrían dar con él?
—¡Espera, espera! ¡No te dejaré sola aquí! —exclamó—. Tú me protegiste y quiero saber por qué. Tengo tantas preguntas, no estoy entendiendo nada. Pero eso no importa ahora. Tengo que llevarte a un hospital.
Ella abrió los ojos de golpe.
—¡No puedo ir a un hospital! —expresó débilmente—. Tan sólo vete, por favor —rogó y su voz sonaba ronca.
—No puedo irme, quiero ayudarte —él llevó su mano ensangrentada a sus labios, rozándola suavemente—. Permite que te ayude, dime cómo.
Vio como ella tanteó el suelo para encontrar la llave, entonces una fuerte luz inundó todo. Ella lo miró con dulzura y Syaoran sintió una calidez que no era nueva.
—Gracias, Syaoran —susurró, luego tomó aire y miró al cielo, parecía concentrada. Después proclamó—: Llave que guardas el poder de mi estrella, muestra tu verdadera forma ante Sakura, quien aceptó esta misión contigo. ¡Libérate!
Syaoran vio cómo las lágrimas se desprendían de los ojos de aquella muchacha.
¿Ella había dicho que se llamaba Sakura? ¿Ese era su nombre?
La llave se transformó en el mismo báculo que antes.
—¡The Illusion! ¡The Sword!
Syaoran observó como aquella muchacha se recuperaba, se ponía de pie y le sonreía.
—Vamos —le invitaba cogiéndole la mano.
El chico se mostró un poco aturdido, pero dejó que el contacto permaneciera. Se sentía tan bien caminar de ese modo con ella.
—¿Entonces te llamas Sakura? —preguntó el joven a la mujer, ella sólo sonrió, pese a no ver su rostro por completo sabía que estaba sonriendo, se notaba en sus verdes ojos, mas ella no dijo nada—. ¿Estás muy callada? ¿Cómo pudiste recuperarte tan rápido? —ella seguía con la misma expresión— ¡Oye! —gritó sospechando que algo no andaba bien, entonces vio como la silueta de ella se difuminaba y daba paso a un película como el fondo de un caleidoscopio—. ¿Qué demonios?
De pronto todo brilló con el mismo fondo que la silueta de ella, y de un momento a otro se encontró frente a su casa. Era de noche.
¿Cómo diantres había llegado a su casa? ¿Por qué parecía ser de noche? Se preguntó el muchacho. Pero la pregunta más lacerante que le abordó fue sobre el bienestar de ella, de Sakura: ¿Estaría bien?
—Ni hablar, debo volver al bosque.
…
—Sabes que no podrás hacerlo de nuevo, Sakura —comentó con su semblante reservado de siempre, el guardián de las cartas, Yue—. ¡Él no volverá a caer en el poder de The Illusion! Su poder está incrementándose rápidamente, aún cuando no recuerde —la miró ceñudamente—. ¿Por qué no esperaste que llegara para luchar a tu lado? —preguntó con intenciones de regañarla mientras tomaba su cuerpo magullado y herido entre sus brazos.
Ella sólo sonrió.
—No había tiempo. Estuve algo distraída y cuando me percaté de la presencia del demonwizard estaba demasiado cerca de él.
—¡Tonta! Casi mueres —las alas del guardián aparecieron y voló entre la espesura del bosque, con su dueña recluida en sus brazos—. Debemos volver para que curen tus heridas.
—¡Claro que no! —demandó ella—. Si nos vamos al abismo, no podré mantener la protección hacia él.
—Pero, Sakura.
—Nada de peros. No me iré. Me recuperaré. Sabes que el ángel Abaddón nos provee de una resistencia mayor y una regeneración mucho más acelerada que los humanos y que muchos magos.
—Claro, pero el proceso será doloroso…
—¿Más doloroso que lo que está pasando? No lo creo
—Sabías que algo así podría pasar —susurró suavemente Yue.
— Soportaré lo que deba. No lo dejaré sin protección. No me arrepiento de lo que hice —sonrió con amargura—. Pero es difícil volver a verlos y saber que jamás estarán al tanto de cuánto los amé. De cuánto los amo todavía.
Un silencio muy conmovedor se hizo entre ambos.
—Buscaremos un refugio —dijo la creación mágica, cambiando el tema.
«Estaré a tu lado. Juré a esa persona que siempre lo haría, que te protegería y que me mantendría con vida. Aún cuando él tampoco pueda recordarlo, cumpliré mi promesa. Aún cuando podríamos morir. Aún cuando sé cuánto te duele verle y que no puedas decirle quien eres», pensó Yue.
—Gracias, Yue. Gracias por estar conmigo esta noche —susurró Sakura, antes de perder el conocimiento.
…
—¿Dónde diablos estabas, mocoso? —gritó Touya, nada más al verlo.
El joven venía corriendo desde quién-sabe-dónde, cuando encontró a su hermano pasmado frente a la puerta de su casa.
—Yo… —balbuceó Syaoran—. Debo volver…
—Llevamos horas buscándote. Nuestros padres están en la policía poniendo una denuncia por presunta desgracia —escupía Touya sin detenerse siquiera a ver la expresión de desconcierto de su hermano—. Fuimos a la preparatoria. Nadie te había visto desde que terminó el almuerzo, mocoso. Tomoyo estaba preocupada, dijo que te habías comportado de forma extraña antes de que se te perdiera el rastro. Repito la pregunta —expresó tomando los hombros del muchacho y zarandeándolo un poco—: ¿Dónde estabas?
—No… No lo sé —logró articular.
La mueca de cabreo de su hermano mayor rápidamente se transformó en una de preocupación.
—¿Estás bien? —lo miró rigurosamente y se percató de las extrañas manchas que tenía Syaoran en sus ropas y hasta en su cuello—. Esto es… sangre. ¿Estás herido?
—No, estoy bien. Esa sangre no es mía, es de ella —logró decir.
—¿Ella? ¿De quién hablas? ¿Qué diablos pasó? —quiso saber Touya.
No obstante, Syaoran permaneció completamente en silencio. Recluido en sus recuerdos de las horas previas.
Syaoran estaba agotado. Al regresar sus padres, Nadeshiko había corrido a abrazar a su hijo menor. Le había dicho lo aterrorizada que se había sentido de que algo malo le hubiera pasado. Tuvo que consolarla y asegurarle que estaba bien. Su padre también lo había abrazado y le susurró cuán asustado estaba, que habían sido las peores horas de su vida. A pesar de ello, no se salvó de un castigo, era lo menos que se merecía, según Touya, quien había permanecido con los ojos entrecerrados, mientras intentaba explicar y crear una historia convincente que aclarara su actuar y las lagunas de las horas en que estuvo inubicable.
Salvo su aturdimiento inicial, no le había contado a nadie sobre lo vivido esa tarde. No quería que lo tacharan de loco antes de averiguar quién era esa mujer. Y no sabía la razón para creer que todo el mundo pensaría que estaba perdiendo la razón, si se le ocurría hablarles de la lucha que había presenciado esa tarde.
Cuando el cansancio lo abatió en forma de sueño. Su último pensamiento fue para ella.
«Ojalá estés bien. Lo que más deseo es poder ayudarte, tal como tú lo hiciste conmigo»
