#4: Damien+Clyde = Dyde
Adrenalina
Volteó bruscamente a la vez que su ritmo cardíaco comenzaba a ascender. Rió nervioso y siguió caminando, esta vez con más prisa, por los pasillos que extrañamente le parecieron más largos de recorrer.
Un ruido de algo golpeando el metal de uno de los casilleros fue suficiente para que Clyde Donovan dejara salir un grito extremadamente agudo de su garganta y corriera como si su vida dependiera de ello.
La luz de un relámpago entrando por la ventana, alumbrando los pasillos del instituto, seguido de su característico estruendo hizo que el chico castaño gritara por segunda vez, tropezando y cayendo al suelo a consecuencia de sus piernas temblorosas. Se sobó la parte baja de la espalda, haciendo una leve mueca de dolor. Después, abrió los ojos y vio cómo las luces se prendían de nuevo, suspiró y se puso de pie; las luces del instituto habían estado prendiéndose y apagándose continuamente a causa de la tormenta. Siguió caminando algo temeroso dirigiéndose a su salón.
Track…
Detuvo el paso. El castaño volteó de nuevo hacia atrás, lentamente, sintiéndose como en una película de terror y que vería al psicópata con el cuchillo.
Allí algo más lejos, un pasillo envuelto entre la oscuridad. Clyde rió entre dientes, sintiéndose idiota, porque sólo era aquella estúpida falla eléctrica. Más su risa paró al oír otro sonido -track- y pudo ver con temor cómo las luces se iban apagando, poco a poco y más rápido, los pasillos siendo abrazados por la oscuridad, oscuridad cada vez más cerca de él.
Se quedó parado ahí como un tonto. Entonces abrió los ojos desmesuradamente al observar una figura que aparecía antes de que las luces se apagaran, notando cómo aquella figura, ese cuerpo, se acercaba a donde Donovan se mantenía plantado. Se aparecía frente a él, en el ancho pasillo, y desaparecía a medida que ese quedaba entre la penumbra.
—¡No! —exclamó el castaño, corriendo con todas sus fuerzas, huyendo de aquella penumbra que no quería que a él también lo envolviera, huyendo de él, especialmente.
Sintió cómo lo tomaban por detrás jalando de su camisa, y después su espalda siendo azotada contra los casilleros. Un cuerpo apretándose contra el suyo fue suficiente para que las pupilas de Clyde se dilataran del miedo.
—Hola, Clyde —susurró, y el aliento frío rozando su rostro y su nombre pronunciado con cierta lujuria, hizo que al muchacho le temblasen las piernas… Como siempre.
—D-Damien… —logró decir, y no pudo evitar que a su voz le saliera un pequeño gallo.
Damien recargó las manos en el casillero, a ambos lados de la cabeza de la víctima que se había convertido en su favorita esas últimas semanas. Mirándolo pasivo, esperó a que Clyde se tranquilizara.
—¿Por qué siempre tienes que hacer eso? —preguntó después de cinco segundos de silencio, recargando la cabeza en el locker.
El pelinegro se encogió de hombros, restándole importancia. No era la primera vez que hacía ese tipo de cosas para hacerlo enloquecer de miedo.
Bajó un poco la cabeza, acercando sus labios a los de él para besarle con lentitud, avivando después el beso. Clyde se estremeció y su pobre corazón latió desenfrenado otra vez. Tampoco era la primera vez que se besaban y sin embargo, nunca se acostumbraría.
Todo era adrenalina y emoción con Damien. Y si bien al principio el castaño sólo quería escapar y evitarlo, escapar de sus "besos asesinos" que al comienzo se los daba en contra de su voluntad, evitarlo para no ver aquella mirada lujuriosa que le hacía sentir desnudo a pesar de que no le tocaba, algo le retenía, querer sentir más. Era un masoquista, sí.
Damien le mira con deseo… y algo más. En medio de la oscuridad del pasillo, el anticristo sonríe y juega con la cremallera del pantalón del chico más bajo.
Y ahí es cuando Clyde deja de pensar.
