Capitulo 3
El aroma a fuerte café despertó a Ginny a las seis de la mañana. La costumbre la impulsó a darse la vuelta y seguir durmiendo, pero un nombre saltó a su mente, dejando zanjado el asunto. Harry Potter.
Apartando las mantas a un lado, Ginny se sentó. Debía aprovechar al máximo la mañana. En cuanto el trabajador del rancho inspeccionara su coche y descubriera que no le sucedía nada, no le quedaría ninguna excusa para seguir en la Madriguera. Era esencial aprovechar el tiempo. Debía asegurarse el interés de Harry ese mismo día.
Bostezó, se estiró y se frotó los ojos. Vamos Ginny, ponte en marcha – murmuró. Tras ponerse unos vaqueros y una camisa de algodón roja, respiró profundamente y salió del dormitorio.
De la cocina llegaban voces infantiles. ¿Cuándo vuelve mamá, tío Harry?
Puede que esta tarde
Gracias a dios – murmuró una voz de una mujer.
¿Con nuestro nuevo hermanito?
Ajá.
La voz de Harry hizo que Ginny sintiera un cosquilleo por todo el cuerpo. Se asomó a la cocina y contempló la escena que había ante ella.
Una mujer alta de mediana edad se hallaba junto a la pila, fregando. Sus grises rizos se agitaban con el movimiento y su boca era una línea dura.
Harry estaba sentado en la mesa, con dos niños en el regazo. Una niñita castaña de unos cinco años estaba apoyada en su brazo izquierdo. El chico, un poco menor, y la viva imagen de Ronald Potter, estaba apoyado en el derecho.
¿Quién es ella? – la niña señaló a Ginny con un dedo.
Probablemente, la que desordenó mi cocina anoche – dijo la mujer, lanzando una dura mirada a Ginny. Sin duda, aquella debía ser la famosa Narcisa.
Buenos días – saludó Harry, sonriente – ven a desayunar con nosotros.
Ginny le devolvió la sonrisa y saludó moviendo los dedos de las manos.
Sí, pase – murmuró Narcisa, tras dar un profundo suspiro-. No importa que sólo hace unos minutos haya acabado de alimentar a todos los trabajadores del rancho.
Narcisa, la señorita Black es nuestra invitada. Espero que no lo olvide – dijo Harry severamente.
No hace falta que se moleste por mí. Me conformo con unos cereales – dijo Ginny educadamente. Lo que le hubiera gustado habría sido decirle a aquella bruja que cambiara de actitud.
Bien – murmuró Narcisa -. El maíz tostado está en la alacena.
Ginny pasó junto la asistenta, tomó el maíz tostado de la alacena, un bol de un armario y leche de la nevera y luego se sentó en la mesa frente a Harry y los niños.
Eres guapa – dijo la niña - ¿Cómo te llamas?
Me llamo Ginny y tú también eres muy guapa.
El rostro de la niña se iluminó. Ya lo sabía.
Esta es Rose – dijo Harry, revolviendo el cabello de la niña – y este es Hugo.
Hola – dijo Ginny, un poco nerviosa. No se había relacionado nunca demasiado con niños, y no sabía bien como tratarlos, pero tenía la sensación de que podía ganarse a aquellas criaturas, tal vez podría acceder más fácilmente al corazón de tío Harry. Y ese era su objetivo principal.
¿Has dormido bien? – preguntó Harry
No lo suficiente – Ginny le dedicó una irónica sonrisa-. Me temo que no soy muy madrugadora.
Tienes que dejar de ir a los bares por la noche.
¿Se estaba burlando de ella o se trataba de una advertencia? Ginny estudió el rostro de Harry, insegura de su significado.
Tienes razón: una chica puede adquirir malas costumbres en esos lugares.
Como mínimo. Sus miradas se encontraron. Harry no parpadeó. Ginny tragó con esfuerzo.
Tu entrevista para trabajar en Londres… es en un bar, ¿Verdad? - preguntó él.
Ginny casi había olvidado aquella mentira. Culpable
Harry asintió y Ginny tuvo la sensación de que acababa de cometer un error táctico.
Voy a remolcar tu coche hasta el patio. Cuando Neville tenga un rato esta mañana le diré que le eche un vistazo.
Gracias.
Se que querrás ponerte en marcha lo antes posible.
No hay prisa. No querría causarte ningún trastorno.
Arriba, niños, tengo que ir a trabajar – Harry bajó a Rose y a Hugo de su regazo. Luego se levantó, con sus gastados vaqueros y sus botas. Encajaba a la perfección en aquel lugar.
Aquella idea sorprendió a Ginny. Nunca había pensado más allá de vengarse de James Potter, pero debía considerar el hecho de que, tal vez, Harry amar aquel rancho tanto como ella.
El teléfono sonó en ese momento y Narcisa contestó. Es para usted – dijo cuando Harry estaba a punto de salir.
El fue hasta el teléfono y tomó el auricular. ¿Hola? – saludó
Ginny no pretendía cotillear, pero estaba sentada justo al lado del codo de Harry
Hermione ¿Qué tal está ésta mañana mi cuñada favorita?
¡Es mamá! Exclamó Rose, poniéndose a saltar – Quiero hablar con ella.
¡Yo también, yo también! – chilló Hugo ¿Por qué lloras, cariño? – Preguntó Harry, repentinamente preocupado – tranquilízate, no puedo entenderte.
Mamá lloriqueó Rose. Harry movió una mano para pedir silencio.
Ginny se colocó el dedo índice sobre los labios. Shhhhh- susurró a Rose – Deja que tío Harry hable con mamá.
¡No! –exclamó el niño, rodeando la pierna de su tío con ambos brazos y enterrando el rostro de su cadera.
Buen intento - susurró Harry, mirándola. Ginny quiso esconderse en un rincón.
¿Qué es eso? ¿Una infección? – Harry volvió su atención a Hermione – siento oír eso. ¿El doctor dice que tienes que quedarte en el hospital unos días más?
¡También es mi mamá! – dice Rose.
Oh, no – estalló Narcisa, alzando los brazos al aire – No pienso seguir haciéndome cargo de estos niños ni un minuto más. No es mi trabajo.
Lanzando una mirada feroz a la mujer, Harry se agachó y tomó a Hugo en brazos.
¿El niño está bien? Estupendo. No te preocupes por los niños yo defenderé el fuerte.
Narcisa golpeó con una sartén el fregadero para enfatizar su protesta. Los ojos de Rose se llenaron de lágrimas.
¿Está Ronald contigo?- preguntó Harry.
La respuesta de Hermione debió ser negativa, porque Harry volvió el rostro y maldijo entre dientes.
Toma Rose, habla con tu madre.
Con el rostro rojo de rabia, Harry entregó el teléfono a su sobrina y lo sentó en el mostrador de la cocina. Después giró sobre sus talones y se encaminó decididamente hacia Narcisa.
Está despedida- dijo- ahora mismo.
Narcisa se cruzó de brazos.
Por mí no hay problema. Desde que su cuñada y sus niños se han trasladado aquí, resulta imposible trabajar.
¡Fuera! – gritó Harry, señalando la puerta con un dedo – tiene cuatro horas para recoger sus cosas e irse.
Haciendo una seca inclinación de cabeza, Narcisa salió de la cocina.
Dejándose caer en una silla junto a Ginny, Harry agachó la cabeza y se pasó las manos por la pelo. ¿Qué voy a hacer ahora? - murmuró – tengo que ocuparme del rancho. No tengo tiempo para hacerme cargo de estas criaturas.
El destino parecía sonreír a Ginny. El plan de emergencia del día anterior solo había sido una solución temporal. Sin embargo, la situación presente le ofrecía una oportunidad para estar cerca de Harry durante unos días. Lo suficiente como para conseguir que se interesara por ella.
Se aclaró la garganta. Harry alzó la mirada
Podríamos llegar a un acuerdo – dijo Ginny – tú rascas mi espalda, yo rasco la tuya.
Harry alzó una ceja. Ginny respiró profundamente. ¿Picaría el anzuelo?
Arregla mi coche y yo me ocuparé de los niños y de la casa hasta que Hermione salga del hospital.
No, definitivamente no. No era una buena idea. Harry sabía que no podía estar bajo el mismo techo que aquella hipnótica mujer durante los dos o tres siguientes días sin nadie que lo vigilara excepto los niños. No sabía exactamente nada sobre Ginny Black, excepto que lo excitaba increíblemente, y que podía muy bien ser la amante de su hermano.
Miró a Ginny. ¿Era ése el motivo por el que quería el trabajo? ¿Para estar cerca de Ronald? ¿Acaso creía que jugando a ser niñera conquistaría el corazón de su hermano y este se divorciaría de Hermione? Sí ese era su plan, iba lista. Ronald casi nunca aparecía por la Madriguera. De hecho no había aparecido desde el funeral de James, cuando Hermione y los niños se trasladaron al rancho.
Yo… er… bueno-balbuceó Harry, sin saber muy bien cómo rechazar la oferta de Ginny.
Bájame tío - dijo Rose- mamá ha colgado. Harry se puso de pie, agradecido por la distracción, y bajó a Rose del mostrador. Mientras colgaba el auricular, vio que Hugo se había subido a una silla y tenía los dedos metidos en el tarro de mantequilla.
Oh, no deja eso, Hugo
Me gusta – su sobrino le dedicó una grasienta sonrisa.
Harry miró a Ginny. Ésta estaba sentada con las manos en el regazo y una expresión de gran serenidad en el rostro. ¡Ja! Aquellos dos torbellinos borrarían esa sonrisa de suficiencia en pocos segundos.
Estás contratada – dijo Harry, acercándose a Hugo para bajarlo de la silla -, ¿Puedes alcanzarme un trapo húmedo?
De acuerdo, así que no se le daba especialmente bien las tareas de la casa. Pero eso no significaba que fuera completamente inútil… ¿O sí?
Ginny miró los redondeados rostros de los niños que la contemplaban ¿Y ahora qué? No era de extrañar que Harry hubiera parecido extremadamente aliviado cuando salió por la puerta trasera. Pero si quería convencerlo de que era un buen partido, tendría que demostrar que podía hacerse cargo de la casa y de los niños. ¿Qué soléis hacer después del desayuno? – preguntó.
¡Ver la tele! – dijo Hugo.
¡Jugar en el barro!- añadió Rose.
Tres y cinco años y ya eran unos auténticos artísticas del engaño. No era de extrañar que fueran dos Potter. A Ginny se le ocurrió una idea: algo que mantendría ocupados a los niños y que le permitiría a ella explorar la casa que en otra época fue su hogar. ¿Habéis jugado alguna vez al escondite?
Sí – dijo Hugo, moviendo excitadamente sus pequeñas caderas.
No – Rose negó con la cabeza.
Sí, hemos jugado
No.
Hugo empujó a su hermana. Rose le pegó con la mano.
¡Basta! – Ordenó Ginny -, si no os portáis bien, tendré que llevaros a la cama.
No puedes – Hugo se cruzó de brazos con gesto desafiante.
Sí, no eres nuestra mamá – dijo Rose, apoyando a su hermano.
Vuestro tío Harry me ha dejado a cargo de vosotros, así que tendréis que hacer lo que os diga- Ginny agitó un dedo frente a los niños para enfatizar sus palabras-, si sois buenos conmigo, yo seré buena con vosotros. Si no…
¿Qué? – retó Hugo
Ginny trató de recordar los castigos con que la amenazaban en su infancia.
Si no os portáis bien. Tendréis que estar de cara a la pared durante 5 minutos.
Vamos a jugar al escondite – dijo Rose, apartando unos rizos castaños de su rostro - ¿Vale, Hugo?
Hugo, relajó su actitud.
Vale
Vamos arriba a jugar – dijo Ginny. Estaba deseando ver la habitación de Harry, el dormitorio que otra época perteneció a Arthur y Molly Weasley – de a acuerdo – añadió cuando estuvieron arriba –Esta silla del pasillo será la base. Yo me sentaré aquí, cerraré los ojos y contaré hasta cien mientras vosotros os escondéis. Tenéis que pertenecer escondidos hasta que empiece a buscaros. Entonces podéis tratar de llegar a la base antes de que os encuentre ¿Comprendido? Rose asintió.
Ya se como se juega – Hugo parecía aburrido.
¿Listos? – Ginny se sentó en la silla y se tapó los ojos con las manos -. Un0, dos, tres… se oyeron risas y el sonido de unos piececitos corriendo. En cuanto los niños se alejaron, Ginny se puso en pie y caminó sigilosamente hacia el dormitorio de Harry.
Diez, once… escondeos bien – dijo, con el corazón repentinamente acelerado mientras su mano se cerraba en torno al pomo de la puerta -, doce, trece…- entró en la habitación.
Harry mantenía el lugar excepcionalmente ordenado. No había ropa por el suelo, ni sobre la cama, que estaba hecha. Una pequeña estantería contenía varias novelas, y había un ordenador en un escritorio que se hallaba junto a la ventana.
Ginny no esperaba ver nada que en otra época pertenecía a sus padres, pero la enorme cama adoselada de roble fue su perdición. Contuvo la respiración. Un veloz recuerdo pasó por su mente. De pronto, se vio con cuatro años, entrando en el dormitorio en pijama. Su padre y su madre estaban abrazados bajo la colcha. Al verla, apartaron ésta y la invitaron a reunirse con ellos. Feliz, Ginny saltó a la cama y se sintió rodeada por el amor de sus padres.
De pronto, la puerta del dormitorio se abrió a sus espaldas.
¿Ginny?- la voz de Hugo llegó a ella a través de la bruma que envolvía en esos momentos su cerebro -. No has venido a buscarnos.
Eso es porque está demasiado ocupada husmeando en el dormitorio de vuestro tío – dijo Narcisa, desde el umbral. Sostenía dos maletas en las manos.
Ginny parpadeó y se volvió hacia la otra mujer. Los niños y yo estábamos jugando al escondite.
No crea que no sé lo que se trae entre manos – dijo Narcisa -. Puede que Harry Potter sea tonto, pero yo no lo soy.
Sin pensarlo dos veces Ginny saltó en defensa de Harry. No se le ocurra volver a llamarlo tonto.
Trata de echarle el guante al rancho. Está más claro que el agua.
No sea ridícula. Sólo estoy aquí de paso.
¿En serio? – preguntó Narcisa en tono irónico-. Su cara me parece familiar.
No había estado en Ottery St. Catchpole, en mi vida.
Eso dice.
Mi coche se estropeó.
Es fácil simular una avería – murmuró Narcisa.
Harry la ha echado. Me he ofrecido a cuidar a los niños a cambio de que se haga cargo de reparar mi coche. Eso es todo – replicó Ginny con frialdad, aunque, en el fondo las palabras de Narcisa le había producido un interno terror. ¿Habría adivinado la asistenta su verdadera identidad? ¿Transmitiría a Harry sus sospechas para tratar de recuperar su puesto de trabajo?
Narcisa entrecerró los ojos. Conozco a las de tu clase. Siempre planeando algo. Y no crea que voy a tenerla vigilada.
¿No estaba a punto de irse del rancho?
¿No vamos a jugar más? – preguntó Hugo.
Sí querido – Ginny dio la espalda a la mujer, tratando de ignorar el frenético ritmo de su pulso. Tomó la mano de Hugo -. Vamos a buscar a tu hermana.
¿Qué le sucede al coche? – preguntó Harry a Neville Longbotton, sujetando a Buckbeak, su caballo, por las riendas.
Neville movió la cabeza. No le pasa nada, jefe. No logro encontrarle ningún fallo.
¿Ninguno?
Arranca perfectamente. He hecho unos kilómetros con él y no me ha dado ningún problema.
Harry miró hacia la casa y frunció el ceño. Odiaba sacar conclusiones precipitadas, pero había algo en Ginny Black que no encajaba. El hecho de que Neville no hubiera encontrado ninguna avería en su coche sólo servía para reafirmar sus dudas.
Por un lado, se sentía atraído por Ginny y quería confiar en ella. Por otro, sabía de muy buena tinta cómo actuaban aquella clase de mujeres. ¿Cuántas veces se había dejado camelar su padre por un bonito rostro que acababa escapando con su dinero? No, él no podía permitirse cometer ese error.
Era hora de hablar con su hermano para averiguar si tenía algo que ver con esa mujer. Voy al pueblo – dijo, dirigiéndose a Neville.
De acuerdo.
Sigue con el coche. No me gustaría que Ginny se quedara tirada en Londres.
De acuerdo – Neville asintió mientras se limpiaba las grasientas manos en un trapo.
Harry encontró a Ronald en el Caldero Chorreante, jugando a los dardos.
¿Vas alguna vez a casa? – preguntó a su hermano mayor.
Cuando necesito cambiarme de ropa – replicó Ronald, acertando de lleno en la diana.
¿Sabes que Hermione ha tenido complicaciones?
Sí, hace más o menos una hora que he estado en el hospital.
Bien. ¿Y has pensado en algún momento ir a ver a los niños?
Ronald pareció un poco avergonzado.
Supongo que debería hacerlo.
De acuerdo iré a recogerlos esta tarde.
¿Es ese el único motivo por el que irás? – Harry miró de reojo a su hermano, dándose cuenta de que, contra toda lógica, esperaba que Ronald negara cualquier relación con Ginny Black. ¿Lo creería si lo hiciera?
¿De que estas hablando? – Ronald lanzó otro dardo.
De tu querida – Harry apretó los labios, tratando de ignorar el nudo que sentía en el estómago.
¿Mi qué?
No trates de negarlo.
¿No sé de qué estas hablando, hermanito?
Ginny Black.
¿Quién?
La mujer con quien jugaste ayer al póquer.
Oh, la pelirroja.
Sí. Ella ¿Vas a decirme que no hay nada entre vosotros? Vives como James, jugando, bebiendo y saliendo por ahí con perdedores ¿Y esperas que crea que no eres mujeriego como él?
No tengo porque escuchar toda esa basura. Entras aquí en plan avasallador, pidiéndome explicaciones. El hecho de que siempre te estés preocupando la moral y la ética no significan que siempre tengas razón. No hay nada malo en pasar un buen rato.
Harry apretó los puños y se controló para no discutir con su hermano.
Dime la verdad, Ronald. ¿Tienes o no tienes una amante? ¿Es ése el motivo por el cual te dejó Hermione?
No voy a negar que haya cometido muchos errores en mi matrimonio, pero amo a mi esposa.
Pues que manera peculiar de demostrarlo.
Maldita sea, Harry, ya sabes como es Hermione. Siempre está tratando de cambiarme.
Con razón.
Ronald se encogió de hombros. Cree lo que quieras, pero te aseguro que nunca he engañado a mi mujer.
En ese caso, ¿Qué hace Ginny Black en la Madriguera?
Tal vez a decidido que tú eres mejor partido.
¿Qué se supone que quiere decir eso? ¿Crees que pretende cazarme?
¿Cómo voy a saberlo? – Preguntó Ronald, enfadado –eres tú quien ha venido acusándome de cosas que nunca he hecho, y con una mujer a la que solo he visto una vez. ¿Por qué no le preguntas a ella que hace en la Madriguera?
Anonadado, Harry miró a su hermano. Tal vez la historia de Ginny Black era cierta. Tal vez era cierto que su coche se había roto y que iba camino a Londres para una entrevista de trabajo. De pronto se sintió culpable por haber dudado de ella, y curiosamente, su corazón se aligeró.
Camino del rancho, Harry meditó sobre sus florecientes sentimientos por Ginny Black. Aquella mujer le provocaba una ardiente excitación sin ni siquiera intentarlo. Desde el momento en que la vio en le bar, algo cambió en su interior.
Aparcó el todo terreno en el sendero, bajó y entró en la casa. El suelo de la cocina estaba lleno de juguetes. Un paquete abierto de galletas se hallaba desparramado sobre el mostrador. En el salón la televisión atronaba.
¿Ginny? – llamó Harry, contemplando el caos -. ¿Rose? ¿Hugo?.
Al no recibir respuesta, subió las escaleras ¿Dónde estarían? ¿Ginny? – repitió, abriendo la puerta del dormitorio de invitados. La bolsa de viaje de Ginny se hallaba en medio de la casa deshecha, sus calcetines enrollados en una bola en el suelo. La camisa que le había prestado el día anterior se hallaba cuidadosamente doblada sobre el respaldo de una silla. Harry fue al dormitorio que compartían Hugo y Rose desde que Hermione había dejado a Ronald. Lo que vio le hizo sonreír.
Ginny estaba sentada en la mecedora, con Rose, Hugo y un libro en su regazo. Una extraña ternura se apoderó de él mientras contemplaba la escena. Ginny parecía una autentica madre. Así que no podía hacerse cargo de la casa… Pero sabía cuidar a los niños y era mucho más atractiva que Narcisa.
Harry se sintió incapaz de despertarla para decirle para decirle que esperaba que cocinara para seis hambrientos trabajadores del rancho. En lugar de ello, bajó a la cocina de puntillas, sacó el resto de la ternera asada de la nevera y empezó a preparar sándwiches. Canturreando distraídamente par sí, se dio cuenta de que se sentía mucho más feliz que hacía tiempo.
