Disclaimer: Es de Heller. Mío no, o estaría forrada, no trabajaría en una oficina ni le pondría apodos a todos y cada uno de mis jefes y compañeros...XD.
A/N: Me he demorado, pero es que este capítulo que cuelgo a continuación no estaba pensado en la historia original, pero sentí que hacía falta. Yo y mis ganas de explicarlo todo se han hecho presentes.
Quiero agradecer a quienes comentan y han puesto esta historia en sus alertas, en especial a Cargarpe, Inthesnow (mi querida Lara!), Eliaca y Thementalistgirl. Los comentarios los agradezco porque ellos ayudan a mejorar y también a explicar los por qués si existe alguno. Por lo tanto, comentarios y críticas son bien recibidos, los últimos con respeto. Me refiero específicamente a los insultos aquí.
Gracias por pasarse y leerlo.
No hero in her sky
Cuando Teresa Lisbon, hace casi siete años atrás, resolvió sacrificar todo lo que consideraba más querido e importante para ella, con tal de impedir que Jane llevase a cabo su venganza y con ello terminara su vida; conocía a la perfección las consecuencias. No fue una decisión impensada, ni tampoco guardaba esperanzas sobre lo que pasaría después. Sabía muy bien que su vida daría un giro, que probablemente perdería a las personas que estimaba y que Jane no la perdonaría. Sinceramente, no esperaba nada. Sólo que sus acciones permitieran que la gente a su alrededor-sobretodo a Jane-pudiesen rehacer sus vidas sin el peligro que representaba RJ. Quizás, la única ambición que tenía para sí misma era poder vivir tranquila. Nada más.
No negaba que extrañaba a las personas que se habían convertido en su familia durante tantos años. El compartir cada día con ellos, arriesgando la vida por proteger al otro, los pequeños momentos compartidos alrededor de una pizza o incluso en medio de un caso, poniendo a prueba sus capacidades, les convirtieron en los únicos que borraban todo rastro de soledad de su existencia. Le dolía pensar en cómo la juzgarían, las mentiras en las que vivirían y que evitarían, a su modo de ver, un sufrimiento y una culpa que ninguno merecía ni tenían por qué sentir. Nadie tenía por qué cargar con el peso de sus acciones. Y sin embargo, durante los primeros meses después de haber acabado con Red John, la pérdida de las personas queridas muchas veces le agobiaba a niveles insospechados. Se ahogaba en la tristeza y la soledad que le rodeaba; extrañaba su vida anterior tanto, que muchas veces se despertó llorando a mitad de la noche, presa de la desesperación. Sólo el tiempo y la fuerza de la que era dueña, evitaron que se derrumbara al punto de la depresión o la locura.
En su búsqueda y empeño por no dejarse vencer, el trabajo también le ayudó. En una de sus tantas caminatas por Detroit, coincidió con una ex compañera en la academia de policía y mientras bebían un café, Gabrielle-así se llamaba la mujer-le contó que hacía unos años, luego de la pérdida de su esposo en un accidente, había decidido abandonar la policía, más que nada por sus hijos, pequeños aún, que no merecían perder a su madre también. Le explicó que desde entonces trabajaba en un centro que ayudaba adolescentes en riesgo social; y le dijo que dada su experiencia como policía, sería una buena adición a su pequeño grupo de trabajo. La paga no era de lo mejor y se invertían muchas horas, pero la satisfacción de hacer un cambio efectivo en la vida de los muchachos, valía la pena el esfuerzo. Lisbon aceptó de inmediato. Llevaba ya un tiempo en Detroit, prácticamente vivía de sus ahorros y necesitaba hacer algo; si además aquello significaba transformar la vida de alguien más y olvidarse de la propia-sin rumbo ni salvación posible-mucho mejor.
Los siguientes años, el centro y los chicos, fueron quienes le permitieron seguir adelante. Cada vez el tema de Red John, Jane y el equipo parecían lejanos; poco a poco sumiéndose en la niebla que cubre siempre el pasado. No les olvidaba, claro que no. A ninguno de ellos. Pero por lo menos ya era capaz de mirar adelante sin sentir el dolor que oprimía su pecho cada vez que recordaba su antigua vida.
Todo aquello cambió cuando dos años atrás, sintió una mano posarse en su hombro y al darse la vuelta se encontró con una Van Pelt mucho más madura y sonriente de lo que recordaba; pero no esa sonrisa tonta que por tantos años tuvo, sino una más reposada y que demostraba felicidad. Aquel encuentro, con alguien tan querido de un pasado que ella se empeñaba en ignorar, trajo consigo una seguidilla de eventos. En primer lugar, hizo que resurgieran sus sentimientos de añoranza y tristeza, del miedo a saber lo que ellos pensarían. Y también, el inexplicable deseo de sincerarse, hablar sobre todo lo pasado con Red John y quitarse, aunque fuese en una ínfima parte, todo el peso que llevaba en sus hombros. Así lo hizo. Abrió su corazón a Grace Van Pelt como nunca, ni siquiera con Jane, lo había hecho. Aunque se guardó para sí los detalles escabrosos, le contó lo suficiente como para que la pelirroja comprendiera la magnitud del sacrificio hecho.
Cuando aquella vez la dejó, en una de las tantas calles de Detroit, le hizo prometer que no diría nada. Todo lo que le confesó debía ser un secreto, pues era demasiado terrible para que alguien más lo supiese. En el momento en que dobló la esquina y desapareció de la vida-según ella creía- de Grace Van Pelt una vez más, se sintió perdida y sola, todo lo que había estado reprimiendo por años afloró nuevamente. Pero no dio marcha atrás, estaba segura que era lo mejor. Con lo que no contaba, era que la pelirroja no estuviese de acuerdo con ella. Según le confesó Grace tiempo después, estuvo por días debatiéndose entre callarse tal como le había prometido, o contarle a alguien la verdad. El que Rigsby la notase triste y le preguntara el por qué, fue el detonante para decidirse por la segunda opción. Luego Rigsby se lo contó a Cho y los tres fueron con Hightower para confirmar la historia. La agente superior no tardó, al ver que ellos ya estaban enterados prácticamente de todo, en corroborarlo. Un poco de sus habilidades investigativas hizo el resto, y muy pronto, por lo menos Cho y Rigsby, conocían hasta el más mínimo detalle de la muerte de Red John. El próximo paso fue encontrarse una mañana de martes, a Cho en el centro donde ella trabajaba, mirándola con la misma inexpresividad de siempre. Aquel día y por segunda vez en poco meses, contó una verdad que siempre creyó nunca diría a nadie. El agente la escuchó en silencio, sin emitir ni siquiera un sonido. Cuando ella terminó el relato-esta vez con los detalles escabrosos-él la miró, le dijo que la hubiese ayudado si ella lo pedía y luego la invitó a un café. Lisbon agradeció infinitamente aquella comprensión que sólo el asiático podía darle sin decir nada más que un par de frases. El resto del día lo pasaron caminando casi siempre en silencio; apenas si una o dos palabras por parte de él, pero que siempre lograban hacerle sentir extrañamente comprendida y aliviada.
Luego de dos días en los que Cho estuvo en Detroit y cuando se despedían en el aeropuerto, el hombre se acercó a ella y, en un acto que jamás pensó podría venir de parte de él, la abrazó. Fueron apenas unos segundos, acompañados por tres palabras dichas con calidez en su oído: "puedes contar conmigo". Para ella significaron un vuelco total en su vida. Pasó de sentirse sola a recuperar a parte de aquellos que consideraba su familia y tanto había añorado durante todos esos años.
Desde entonces, aunque separados por la distancia geográfica, retomó aquella relación de amistad con ellos. Los llamados telefónicos, las fotografías, las anécdotas y los relatos sobre algún caso que el equipo estuviera resolviendo, comenzaron a formar parte del día a día de Lisbon. Volvió a sonreír como hacía mucho tiempo no lo hacía, era capaz de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida y el futuro ya no le parecía monótono y sin esperanza. Comenzó a formar planes, a interesarse de verdad en todo lo que podía hacer por ella misma, por evitar que su vida se volviese una repetición de eventos sin sentido. Sólo una pequeña espina permanecía en su corazón: Jane. Él seguía sin saber nada de lo ocurrido. Les había pedido-más bien rogado-que no le dijesen nada. Aquel deseo se debía en gran parte al miedo que sentía por su reacción. Le conocía más de lo que el consultor imaginaba y estaba segura que nunca le perdonaría por haber tomado lo que a su juicio, era su derecho. Esto no impedía que de vez en cuando, le preguntara a Grace sobre él. El saberlo tranquilo, incluso que en algunos momentos fuera feliz, le alegraba. Podía decir que esas noticias eran las que evitaban que se arrepintiera de su decisión y le entregaban la calma necesaria para seguir adelante.
No obstante, su tranquilidad no era total. Cada vez que conversaba con la pelirroja, en algún momento la ex novata deslizaba algo sobre decirle la verdad a Jane. No lo decía abiertamente, pero Lisbon descubría siempre en medio de una frase o en la entonación de su voz, algún intento de su parte en pos de aquel deseo. Ella de la misma forma, los frenaba todos. Pero no estaba segura de si podría evitar por siempre el que Grace no le revelase nada a Jane. Estaba demasiado lejos como para imponer su influencia, o para hacerle ver cuánto le mortificaba el siquiera sopesar la posibilidad de que el consultor se enterara de todo. Después de algunos días cavilando sobre el asunto se convenció que nada podía hacer y por lo tanto, no valía la pena que se angustiara con algo que no estaba segura si pasaría o no. Esperaba, por supuesto, que Grace entrara en razón y se quedase callada. Sobre todo después de las últimas noticias sobre Jane. El torcer las cosas sólo traería sufrimiento y confusión a personas que no lo merecían.
Los días pasaron, y según ella creyó, Van Pelt había desistido en su intento por revelar la verdad. No volvió a descubrir intenciones disfrazadas en ninguna de sus conversaciones y poco a poco, la tranquilidad volvió a su vida. Eso hasta aquella noche. Frente a ella, agazapado en la oscuridad del pasillo al lado de la puerta de su apartamento, se encontraba la única persona que jamás pensó regresaría a su vida. Patrick Jane. Al principio creyó que estaba alucinando y que sería alguien más, pero cuando se acercó y él se levantó, la verdad fue innegable. Era él. A pesar de la oscuridad reinante, en la que apenas se adivinaban sus facciones, pero su traje de tres piezas, su postura e incluso, la forma en que ladeaba la cabeza; eran inconfundibles. Era él y nadie más que él. En el momento en que su cerebro procesó la magnitud de la sorpresa, sólo fue capaz de pronunciar el nombre de Grace.
-Sé que han pasado años, mí querida Lisbon-torció la boca en una mueca-pero creo que no he cambiado al punto de volverme pelirrojo como para que me confundas con Van Pelt.
El sarcasmo con el que pronunció el "querida", no pasó inadvertido para Lisbon; y consiguió herirla más de lo que ella hubiese querido. Sintió la rabia bullir en su interior, pero tuvo la suficiente fuerza de voluntad como para calmarse y no mostrar el más mínimo signo de daño.
-¿No dices nada?-le preguntó, utilizando una vez más el sarcasmo al dirigirse a ella-después de tantos años sin vernos, lo mínimo que esperaba era un "hola Jane, cómo estás, qué es de tu vida…"-imitó la voz de una mujer-o algo por el estilo…pero bueno…
-¿Qué haces aquí Jane?-le preguntó, una vez que pudo lograr transmitir cierta sensación de calma a su voz.
Jane rió sin ganas.
-Creo que no estamos para preguntas retóricas, Lisbon. Sabes perfectamente, desde el momento en que me viste y pronunciaste el nombre de la encantadora Grace, por lo que estoy aquí. Lo que yo quiero saber-porque creo que es mi turno preguntar-es si tendremos esta conversación en el pasillo, o serás tan amable de invitarme dentro y me ofrecerás una taza de té. Quizás soy demasiado optimista en este punto, pero dados los acontecimientos de los últimos años y de los cuales yo he permanecido en la más absoluta ignorancia, creo que es lo mínimo que me merezco-sonrió ampliamente, aquella vieja sonrisa que ella conocía tan bien llena de cinismo y falsedad y quizás un poco de amargura- una taza de té y una maldita explicación.
-oooooo-
