En la oscuridad
By: Tommy Hiragizawa
Aclaraciones: Los personajes no son míos. Ya quisiera yo ser la escritora más rica de Reino Unido.
Parejas: Hermione/Sirius y Harry/Draco, pero en un futuro.
Advertencias: Violencia, Indicios de Violación y Lemon.
N/a: este episodio va, otra vez, dedicado a la persona que me inspiró y me guió para hacer este fic. Ella ya sabes más o menos por donde van a ir las cosas en un futuro, así que espero poder darle una que otra sorpresilla.
Agradezco enormemente sus reviews. En especial a todos aquellos que me han seguido desde que comencé, aunque en realidad no hace mucho de ello.
También pueden encontrar este fic en PotterFics.
Sin más que decirles, me despido.
Disfruten la lectura.
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Capítulo cuatro: enloquecida. Luz oscura.
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El mundo pareció aclararse a su alrededor, iluminándose y definiéndose. De manera similar a las anteriores ocasiones con Mnemosine, pero no igual. Segundos antes todo había sido un absoluto y aterrador silencio imperecedero y oscuridad, opresora y enloquecedora. Ahora, la intensidad luminosa el dañaba los ojos y los sonidos llegaban a ella a borbotones.
Como la sangre de una herida en la yugular.
¿Sería otro recuerdo?
No importaba lo que fuera, ya sea un recuerdo o solo una fantasía creada por su cerebro para salir de aquella situación, un peso extenuante liberó su pecho de la opresión al darse cuenta de que el viaje, de alguna manera, no había acabado aún.
Intentó escuchar el fondo del canto de Mnemosine. Los intensos agudos y estremecedores bajos formando una melodía en los más recónditos espacios de su mente por la cual los grandes músicos clásicos no hubiesen dudado en vender su alma. Por mucho que aguzó el oído, no encontró evidencia de ese canto etéreo… Evanescente.
En su lugar llegaron pasos, charlas, risas…
Todos los sonidos cotidianos de una población.
¿Qué estaba pasando? Se dijo mentalmente. Y la pregunta quedó sin respuesta. No hubo esta vez una voz que le dijera lo que pasaba, contestando a sus preguntas.
Mnemosine se había ido.
No pudo dejar de notar que era un día precioso en el cual despertar. El sol estaba sobre su cabeza, brillando intensamente. Le calentaba ligeramente el cabello y le hacía cosquillas en la piel. Se instalaba en un manto de perfecto color azul, que solo era interrumpido por su presencia y por escasas nubes, blancas, ligeras y esponjosas como algodones. Se movían impulsadas por una suave brisa refrescante que le meció los cabellos.
Era un perfecto día de otoño.
"Te doy gracias, Señor, de todo corazón. Cantaré todas tus maravillas"
Preguntándose en qué tiempo y lugar la habría situado esta vez la diosa de la memoria esperó a que alguien conocido apareciera en escena. Ya habían desfilado ante sus ojos los recuerdos del pasado de Severus y Lily, de Lucius y Remus y guiada por esa lógica supuso que lo más probable fuera que en esa ocasión se le mostrara algo relacionado con James o Sirius. ¿Tal vez Dumbledore?
La risa contagiosa de un niño se acercó hacia donde ella estaba junto al sonido de sus pasitos acelerados en una carrera. Lo refrescante del sonido le hizo soltar un suspiro aliviado y buscar con la mirada su origen. Frente a ella encontró una pared, a su derecha un oscuro callejón que se oscurecía dando a parecer que no tuviera salida, a su espalda había otra pared y a su izquierda, la entrada del callejón en el que se encontraba. Parecía como si la luz fuera mucho más cálida fuera, de donde provenía el dulce sonido.
De repente, entró en su campo de visión. Era un niño. Un mago.
Su pequeño cuerpo iba enfundado en una túnica color bronce y en las mangas llevaba bordados dragones que subían y bajaban por todos sus bracitos. Su cabello del color del trigo estaba revuelto por el viento que le azotaba en la cara y le hacía bailar los faldones de la túnica y tenía las mejillas ligeramente sonrojadas.
Su risa - ¡Oh, sonido celestial! – era provocada por un pajarito de papel que volaba a unos palmos de su cabeza y que él seguía con ahínco. Cada vez que saltaba para intentar cogerla, el ave aleteaba suavemente para elevarse o alejarse de su mano, y el niño, en vez de desanimarse al fallar, se reía con más fuerza y lo volvía a intentar.
Al verlo, todo su cuerpo fue cruzado por un estremecimiento. ¿Cómo es que la gente no reparaba en la belleza de esa inocencia e ingenuidad? Qué tesoro más grande representaba la vida de un niño. Todo dependía de su futuro, de su bondad o maldad. ¡Merlín! Eran tan maleables.
La estampa le arrancó una sonrisa. Verdaderamente sorprendente. Sus músculos estaban tensos pero se retorcieron y formaron lo más parecido a una que pudieron.
Había pasado tanto tiempo en las manos de Voldemort…
Seguro que por eso mismo todo le parecía tan sobrecogedoramente estimulante para los sentidos. Casi había olvidado la dulce sinfonía de los pájaros al trinar, los niños jugando, el ir y venir de la gente, inmersa en sus quehaceres cotidianos. Lo que era la vida antes de la guerra. El ser ajeno a toda la maldad del mundo real.
Alguien dijo alguna vez que la historia es una gran guerra manchada con tiempos de paz. Por el mismo camino iba la tan celebre frase del "Hommo Homini Lupus Est" del filósofo y pensador Tomas Hobbes. El hombre es un lobo para el hombre. Y como continuaba la frase original, también para los otros cuando no conoce quien es el otro.
En otros tiempos, cuando leía todo ello con el libro de filosofía sobre las rodillas sentada en algún lugar del jardín de sus padres, le había parecido una visión demasiado pesimista de la vida. La percepción particular de una mente trastornada. Ahora, habiendo vivido con su corta edad la faceta más cruel de la guerra, incluso esas descripciones le parecían demasiado blandas para describir la cruda esencia de la vida. Tal vez fuera que ahora su mente estaba tan perturbada o más que la de los pensadores o filósofos que dijeron esas sabias palabras. O, a lo mejor, simplemente se le había caído la venda que la vida nos pone a los ojos para que no podamos ver más allá de nuestras narices.
Aunque, viendo a ese niño jugar, sin ningún tipo de malicia, deseó poder ser como él.
Volver a la ignorancia.
Ahora que, viéndolo desde otro ángulo, no todo era gris. También podía ver esos pequeños detalles de lo cotidiano y que para muchos pasaban inadvertidos con mucha mayor nitidez. Como el ciego que recupera la vista y se asombra por el colorido al que los demás estamos tan acostumbrados.
¡Dios! Si solo la cara regordeta y enrojecida de ese niño ya la estaba inundando de una paz que nunca creyó posible obtener de algo tan ordinario. Era conmovedora.
La risa paró demasiado pronto para su gusto. Deseó gritarle con voz fuerte y clara "Sigue riendo", completamente desesperada por seguir escuchando su sonido. De su boca no salieron palabras sino que su garganta emitió un débil gorjeo ininteligible que pareció tensar aún más el pequeño cuerpecito.
- ¡Mamá! – chilló el niño, echando a correr tan asustado como si hubiese visto un fantasma.
Por raro que pareciera, eso despertó una gran dicha dentro de ella y que se extendió por cada rincón de su cuerpo rápidamente. Sentía que alguien había confundido sus pulmones con globos y los hubiera inflado con gas helio. Un poco más y hubiese echado a volar.
"Quiero alegrarme y exultar en ti, salmodiar a tu nombre, Altísimo"
¡El niño la había visto! Lo cual, además de evidenciar que debía de tener un aspecto francamente horripilante, quería decir que tenía un cuerpo. Que eso no era simplemente otra visión. Sintió la imperiosa necesidad de salir corriendo y gritar a los cuatro vientos su dicha. ¡Tenía un cuerpo!
Alzó las manos hasta que pudo verlas. Tenía las uñas ennegrecidas y rotas en su mayoría, pero podía mover los dedos. Llevaba los pies descalzos y el maltrato era mucho más evidente en ellos que en las manos. Algunos dedos no tenían uñas y ocho de diez de ellos estaban completamente amoratados. Gracias al cielo, ninguno estaba gangrenado.
Fue conciente de que le dolía el costado y de la humedad que empapaba la tela de la túnica que Severus había transformado para ella. Las heridas más profundas se le habían abierto y sangraban con copiosidad.
Sus manos llegaron vacilantes a su rostro y palparon con lentitud, concentrándose en todos los recovecos. Su perfil derecho estaba casi intacto, solo tenía el pómulo algo inflamado. Pero el izquierdo era otra historia. Estaba prácticamente deforme. La cicatriz del latigazo que le había cegado el ojo había unido un parpado con el otro y no podía abrirlos. La marca, curvilínea, llegaba hasta el inicio de su pómulo. Otra cicatriz le tensaba la mandíbula y el labio inferior.
No pudo culpar al chiquillo por salir corriendo.
Pero, ¡joder! Si no le doliera tanto el cuerpo hubiera hecho justo lo que su instinto le pedía que hiera. Buscar a alguien, quien fuera, y sacudirlo por los brazos mientras le decía una y otra vez que era libre. ¡Libre!
En su lugar tomó una gran bocanada de aire. Los aromas eran intensos y penetrantes. Tan maravillosos que le arrancaron dos lágrimas del ojo sano. Olía ligeramente como Hogsmeade. Agua fresca, aderezado con el dulzor de la cerveza de mantequilla, madera y musgo. Pan recién horneado, ranas de chocolate, tierra removida. Animales de compañía y fango. Podían ser bellos olores o hedores putrefactos, pero para ella todos eran invaluables.
"Huele a belleza. A vida" pensó, tensando nuevamente sus labios en una sonrisa cuando en realidad lo que quería era reír a carcajadas.
Se agarró a la pared más cercana y comenzó a caminar. Los frascos de los recuerdos de Snape tintinearon al chocar unos contra otros dentro del bolsillo externo de su túnica. Palmeó el bolsillo para comprobar que ninguno se hubiera roto y descubrió con sorpresa que también estaba su varita.
Otro gran peso liberó su alma cuando al meter la mano pudo tocar la madera tallada tan familiar. Ese cosquilleo no podía provocarlo otra cosa que la varita que Ollivander le había vendido tantos años atrás en su primera incursión en el callejón Diagon.
El estrecho callejón que recorría estaba prácticamente desierto. La actividad bullía dentro de los edificios y las calles principales estaban abarrotadas de vida, así que le extrañó no ver a nadie más que a un par de viejos vagabundos roncando uno junto al otro en un rincón.
Le recordaron a Mundungus Fletcher.
No había avanzado mucho cuando escuchó el sonido de una discusión. Las voces, una más que la otra, le resultaron vagamente familiares.
"Mis enemigos retroceden, flaquean, perecen delante de tu rostro"
Procuró no hacer ruido mientras se acercaba, lo cual era una tarea difícil teniendo el cuerpo tan maltrecho y entumecido. A cada paso las piernas le temblaban, amenazando con dejarla caer de bruces al suelo y sus brazos solo le proporcionaban un precario soporte.
En un rincón alejado y culto se detuvo y buscó a los hombres que se enzarzaban en la discusión. Detuvo el impulso de jadear sonoramente al ver a los dos que se escondían de las miradas de los curiosos. El primero le producía una cantidad de sentimientos contradictorios impresionantes. A causa, debió admitir, de lo que le había mostrado Mnemosine. Iban desde el desprecio hasta la compasión. El segundo… El segundo solo le provocaba unas terribles ganas de matar. Y revivirlo y volverlo a matar.
Así hasta que en algún momento se cansara.
Lucius Malfoy y Peter Pettigrew.
Tomó la varita mientras se pegaba todo lo posible a la pared en un intento de fundirse con ella. Camuflarse para eliminar cualquier posibilidad de ser descubierta.
Discutían. O más bien, Pettigrew discutía con Malfoy. Porque si algo debía de reconocerse era que Lucius Malfoy nunca perdían los papeles. Con todo su porte aristocrático, Lucius parecía fuera de lugar en ese callejón oscuro y hediondo. Más aún con la compañía. Se mantenía sereno y contestaba a cada una de las provocaciones de Pettigrew con comentarios mordaces.
¡Merlín, Circe y todos los magos! Rita Skeeter habría matado pro algo como eso.
Malfoy tenía la belleza de una cobra. Bella y aterradora. Cuyos defectos se ven completamente eclipsados por un conjunto de movimientos y actitudes airosas, veloces y seductores. Además de poseer una admirable inteligencia predadora. Ese tipo de belleza que te dice "mírame pero no me toques".
En contraposición con él, Peter se veía aún más pequeño, regordete, estúpido y miserable de lo que ya era. Simplemente verlo ya le provocaba tomar aún con más fuerza la varita, tanta que sus nudillos seguro que estaban completamente blancos. Eso y la necesidad de un férreo autocontrol para no delatarse.
"Pues tu has llevado mi juicio y mi sentencia, sentándote en el trono cual juez justo"
- ¡El Señor Tenebroso dijo que me recompensaría! – chilló la rata, haciendo que su voz se distorsionara con tonos agudos casi adolescentes. - ¡Yo le di la dirección de los Potter! –
- El Señor Oscuro hará lo que tenga que hacer a su debido tiempo – siseó Lucius sin perder la calma – Tal vez te recompense cuando la Sangre Sucia, el traidor de sangre y su hijo estén muertos -
Dicho comentario acabó con toda simpatía que Hermione sintiera hacia el rubio. La sangre le hirvió en las venas, calentándole también la cabeza. Podía haber estado enamorado de Remus, incluso pudo haber sido medianamente decente en el pasado. También, de haber sido diferentes las cosas, podría haber dejado todo por el licántropo. En ese momento su voz destilaba desprecio, maldad y una retorcida indiferencia hacia la muerte.
No podía ser rescatado. Se había entregado completamente a la oscuridad, hasta consumir el último resquicio de bondad de su alma.
Fue casi milagrosa la forma en que su cuerpo obtuvo fuerza de la ira. Por un momento se olvidó del dolor punzante del costado y de sus piernas temblorosas. Le bastó una fracción de segundo para colocarse en la posición adecuada y disparar con precisión quirúrgica un petrificus a Lucius.
- ¡Maldito traidor de mierda! – gritó ella con su voz distorsionada.
De haber estado más calmada se hubiera sorprendido de poder moverse con tal agilidad.
Desprevenido, Pettigrew buscó a tientas la varita entre sus ropas mientras retrocedía con desesperación. Las manos le temblaban mientras rebuscaba y sus rasgos parecían aterrados. Una maldita rata en presencia de un gato feroz.
Para su mala suerte, la varita – que estaba dentro de su manga izquierda – salió disparada por sus movimientos frenéticos lejos de su alcance. Ella, con una sonrisa, se apresuró a hacer un accio para invocarla.
- ¿Quién… eres? – tartamudeó Peter y Hermione casi pudo ver en él lo mismo que los otros merodeadores veían. Un chico tímido e inseguro que no había sido capaz de matar a una mosca. Pero ella sabía que esa inseguridad podía llevarlo a cometer los actos más ruines. A moverse hacia el lado de los poderosos solo para acabar traicionándolos a beneficio de su propia seguridad.
"Has reprimido a las gentes, has perdido al impío"
Como vender a los Potter a Voldemort para salvar su cabeza de la guerra. O matar a más de una decena de muggles y dejar que un inocente pague por sus culpas, aún cuando dicho inocente fue su amigo durante tantos años. O pasar trece años en forma de rata para protegerse.
Vender su mano para regresar al Lord.
- ¿Dime Peter…? – escupió su nombre - ¿Qué se siente saber que has vendido a las personas que más te han querido y han confiado en ti? –
- ¿Cómo…Cómo sabes mi nombre? –
Ampliando su sonrisa maquiavélica, rompió la varita del traidor en dos.
- ¿En verdad crees que Voldemort y sus seguidores te aceptarán en su círculo? –
En ningún momento dejó de apuntarle. El brazo extendido y tenso; la varita una prolongación de su cuerpo. Lista para matar como una boa que se siente amenazada.
- Déjame te digo que pasará – le clavó la varita directamente en el cuello – todos te abandonarán y ya no tendrás amigos en los que refugiarte. El miedo a ser atrapado te llevará a vivir como la rata que eres y al final, te venderás a ti mismo para conseguir ser algo aún más bajo que un elfo doméstico – gruñó – siempre lamiéndole las botas a tu amo –
Estaba comportándose justo como los mortífagos hubieran hecho, lo sabía. Aún así no lograba sentirse culpable por ello. La maldad de sus actos manchaba su conciencia. Aunque su víctima era un traidor sin moral o escrúpulos que vendió a sus mejores amigos, lo que estaba haciendo estaba mal. Muy pero que muy mal. Pero no se detuvo. Se estaba retorciendo de gusto interiormente viendo como Pettigrew quedaba acorralado en una de las paredes del callejón. Como buscaba con ojos desenfocados una manera de escapar.
Sabía que exudaba maldad por todos los poros del cuerpo y se sentía francamente orgullosa de ello. Provocar ese terror la tenía eufórica.
- O eso hubiera pasado. Esta vez, no te dejaré llegar a mañana –
"Has borrado su nombre para siempre jamás"
¡Dios! No podía quitarse la sonrisa macabra de la boca.
Pettigrew se retorció sobre sí mismo y se transformó en su forma animaga. Scabbers corrió por la orilla del callejón, buscando un desagüe por el que escapar. De nada le serviría. Ella estaba preparada para algo como eso. Después de todo, Peter no era más que un ser despreciable y rastrero… justo como una rata.
No pudo evitar que una carcajada maniática brotara de su boca al escuchar los chillidos del animal cuando, en un rápido movimiento de varita, la levito. Sin intención de dejarla escapar de ninguna forma, comenzó a jugar con él, lanzando su cuerpo de roedor hacia arriba y hacia abajo en el aire, deteniéndose justo frente al suelo, todo ello a una velocidad vertiginosa.
Ella sabía, por experiencia apropia, que lo más terrorífico de una tortura así era no saber cuando llegaría el dolor.
- De nada te servirá ese truquito Scabbers – siguió riendo - ¿Crees que no sé de Moony, Padfoot y Prongs? –
Mientras la rata chillaba de terror, Hermione no se detuvo. En unas cuantas ocasiones lo dejó chocar contra el suelo, escuchando con satisfacción enfermiza como los huesos se rompían, sin llegar a matarlo. El olor de la sangre le embotó los sentidos. Sangre que se deslizaba por el suelo de piedra, salpicándole a ella los faldones de la túnica. También los dedos amoratados de los pies.
A medida que seguía con la tortura, Pettigrew se convirtió en una especie de máquina, un objeto inanimado sobre el cual ejercitaba su furia y el odio visceral que sentía por todos los mortífagos y sobre todo hacia Voldemort y Draco Malfoy, un objeto que le permitía fortalecer sus sentimientos destructivos. No podía detenerse. No quería hacerlo. La sangre de la rata era como combustible y sus emociones descontroladas la mecha. Era inevitable que todo estallara.
Concentrada completamente en su tarea macabra se acercó a una de las esquinas del callejón, donde había un montón de basura y desperdicios abandonados. Arrugó la nariz al sentir como en ese lugar se concentraba aún más el hedor. Junto a una botella de Whisky de fuego medio vacía se encontraba el cadáver de una rata… muy parecida a Pettigrew. Sobre la superficie del líquido flotaban toda clase de insectos muertos.
Todo ello le dio una idea magníficamente oscura.
Agarró la botella y la arrojó contra la pared contraria, haciéndola añicos. Los pedazos salieron disparados en todas direcciones y varios se le clavaron en la planta del pie cuando comenzó a caminar hacia donde reposaban los pedazos más grandes.
"Acabado en enemigo, todo es ruina sin fin"
Tomó el trozo más largo de tal forma que los bordes afilados le hirieron la mano izquierda. Dejó de levitar a la rata y la tomó con la misma mano con la que empujaba la varita. Pettigrew chilló débilmente y le mordió a mano con sus dientes puntiagudos pero no logró que lo soltara. Un dolor tan incipiente no podría hacer mella en ella.
Arma y rata en manos, Hermione se acercó hasta un petrificado Lucius Malfoy. Su rostro de perpetua sorpresa era impagable. Lo miró a los ojos grises como la plata que había heredado a su hijo único. Siempre fríos. Faltos de sentimiento alguno. Buscó en las profundidades algo que le dijera que estaba equivocada, pero no había en ellos nada del hombre enamorado que había visto en su visión.
- ¿Eres tan desgraciado que quieres hacerle sentir esa misma desdicha a Remus? – le preguntó, pasándole el trozo de vidrio por la mejilla, justo donde comenzaba la cicatriz que ella misma tenía en el lado izquierdo de la cara. – lo lograste. Siempre noté lo triste que era su mirada cuando hablaba de ti o te veía – cerró los ojos al recordar a su amigo y mentor – cuando se te declaró muerto –
Ciertamente, se sentía como una maniaca homicida… se estaba comportando como una maniaca homicida. Se divertía. Conocía sus puntos débiles y no dudaba en usarlos, hurgando con el dedo en la yaga infectada.
Estaba descargando todo el rencor guardado en sus meces de encierro.
Volvió la vista hacia la rata que chillaba y se retorcía por escapar de su agarre. El sonido ya no le reportaba tanto placer como antes. De hecho comenzaba a desesperarla.
- ¡Cállate de una puñetera vez! – bramó.
"Has suprimido sus ciudades, perdido su recuerdo"
Su rabia había comenzado a rugir y no había manera de detener sus impulsos.
Hundió el vidrio, afilado y alargado, en el cuerpo peludo del animal. También se atravesó la mano en el proceso.
Sin notar el dolor, retorció el vidrio hasta que Peter Pettigrew dejó de moverse.
Su sangre, mezclada con la de Pettigrew se deslizó entre sus dedos, húmeda y cálida, dejando un reguero rojo en el suelo. Siguió con la mirada su recorrido hasta que esta comenzó a ramificarse por culpa de las uniones entre piedra y piedra.
Tomó a la rata por la cola y la observó con mórbida curiosidad. Era como un tétrico muñeco de peluche.
- Moriste como viviste, rata –
Sin más, la botó junto al resto de la basura, junto a la otra rata.
No perdió más el tiempo. Una extraña serenidad se apoderó de ella, moviendo los brazos con una lentitud que pareció infinitesimal. Mientras elevaba la varita, pensó en lo mucho que lamentaba no haber podido hacer nada por él… Lo mucho que le dolería a Remus saber que había muerto. En esa época temporal, Lucius aún no había hecho algo contra él que le diera motivos para odiarlo, y si en aquella época en la que Lucius había sido un completo idiota, Remus lo había llorado, no tenía idea de cuanta podría ser su tristeza en esa.
La punta de la varita tocó el entrecejo de Malfoy.
Se inclinó hacia atrás para poder verlo mejor, apreciar sus rasgos. Sí. Le hubiera gustado salvarlo. Por el bien de Remus… y el de Draco. Pero en el fondo de su corazón había algo que le decía que no había nada que hacer. Se lo llevaba diciendo desde que lo petrificó. Y la última vez que había hecho oídos sordos a esa advertencia, había terminado en las garras de Voldemort.
No pensaba cometer el mismo error dos veces.
Además, comprendió que intentarlo sería como tratar de detener una nevada con las manos. La nieve había caído todo ese tiempo de manera lenta, acumulándose poco a poco, siempre prometiendo más. No había forma de pararla.
A menos, claro está, de que seas el suelo.
Cerró los ojos y suspiró.
- Lo siento – susurró…
Y pronunció la maldición asesina.
La maldición le sacudió la mano… Todo el brazo en realidad. Se tambaleó por completo, de pies a cabeza. Cuando la luz se desvaneció, lo único que quedó fue un golpe seco y sus sonoros jadeos.
Después de eso fue como despertar de un trance. Parpadeó numerosas veces y alternó la mirada entre su brazo extendido y el suelo. El cadáver de la rata quedaba fuera de su campo de visión, no así el de Lucius.
Tardó varios segundos en comprender lo que había pasado. Lentos segundos marcados por un reloj imaginario que parecía ir a su propio ritmo. Lucius estaba tendido de espaldas, en la misma postura con la que había sido petrificado. A decir verdad, hubiera esperado que la imperdonable a quemarropa hubiera mandado a volar su cabeza en pequeños pedazos, o algo melodramáticamente parecido, pero la única evidencia de la maldición era una marca de quemadura sobre el puente de la nariz.
"He aquí que se sienta para siempre, afianza para el juicio su trono"
La comprensión llegó, si, pero no de la manera esperada. Hermione sintió náuseas, como si se hubiese comido un montón de tocino grasiento para la última comida. Se tocó el esternón, donde una herida reciente manaba sangre a borbotones.
Se dio cuenta de que estaba comenzando a vivir al borde de la inconciencia, el fino límite entre la cordura y la total y absoluta demencia. ¡Que extrañas vueltas daba la vida! En el pasado ya había puesto a Harry en esa misma situación. Y él había enloquecido. Solo esperaba no tener la misma suerte.
Pensándolo bien, era posible que ya estuviera cayendo por el largo y doloroso precipicio. Rodando montaña abajo. Y mientras esperaba el último y mortal golpe, chocaba con todo tipo de obstáculos.
Miró hacia izquierda y derecha, preguntándose si alguien podría haber sido testigo de lo que acababa de ocurrir. Si había alguien a quien tuviera que rendir cuentas. "¡Claro que habría alguien!" se dijo mentalmente. Siempre quedaba Dios. O lo que fuera que estuviera por encima de Mnemosine.
Echando un último vistazo al cuerpo sin vida del patriarca de la familia Malfoy, comenzó a caminar una vez más, volviendo sobre sus pasos. De quedarse donde estaba acabaría tan muerta como los dos mortífagos que dejaba a su espalda. Abandonada por las repentinas fuerzas anteriores, se tambaleó numerosas veces antes de poder sostenerse en una de las paredes en busca de apoyo. Tenía que encontrar a más gente… Necesitaba que alguien la llevara a San Mungo.
Sí. Sería buena idea que la llevaran a un hospital.
Toda la satisfacción de antes se había ido junto con sus fuerzas. Se evaporó tan rápido como lo hace el alcohol. Ahora solo se sentía enferma y sucia. Asqueada consigo misma por lo que había hecho.
¡Santa madre! Era un monstruo.
"Al menos no sufrió" pensó, tratando de justificarse. Todo en un intento de convencerse para evadir la culpa. Según tenía entendido – aunque nada se hizo oficial – Lucius Malfoy había muerto bajo la mano de su señor como castigo al cambio de planes que había hecho su hijo al unirse a la Orden del Fénix sin consultárselo y dejar que Severus hiciera lo que se le había ordenado a él. Matar a Dumbledore.
El aire fresco le meció los cabellos y la túnica cuando salió a una calle concurrida.
Y por un momento todo pareció detenerse.
Fuera lo que fuese que cada una de las personas en el lugar estuviera haciendo, lo dejaron de lado al verla aparecer, guardando un terrible silencio. Después, como era de esperar, la mayoría rompió en chillidos estruendosos. Asustados, se acercaron desde todas direcciones y la rodearon como si fuese un espectáculo de circo. No se quejó. No tenía fuerzas para ello.
Alguien comenzó a gritar algo que no llegó a entender mientras se abría paso entre la multitud exaltada. Se arrodilló a su lado y con aire profesional revisó sus signos vitales y comenzó a llamarla repetitivamente.
Francamente, no se había dado cuenta de cuando había acabado tirada en el suelo.
"Él juzgó al orbe con justicia, a los pueblos con rectitud sentencia"
- ¿Frank…Longbottom? –
Lo reconoció por las fotos que había visto de la antigua Orden, porque, a decir verdad, no era muy parecido a Neville. En su opinión, él tenía muchos más rasgos de su madre. Aún así no era posible decir que el hombre no fuera apuesto. Al verse reconocido, los rasgos redondeados del auror se crisparon visiblemente y Hermione tuvo que reconocer que ese gesto definitivamente era algo que Neville le había heredado, solo que cuando Neville lo hacía era porque estaba en problemas.
Además, claro está de esa oscura y poblada cabellera.
- No te preocupes, te llevaremos a San Mungo – dijo él.
Pero, para ese momento, ir al hospital mágico ya no le parecía tan buena idea. Si la llevaban ahí alguien podría encontrar las memorias de Severus, verlas y preguntarse de donde era ella. Ciertamente, no tenía problemas porque los merodeadores, incluso la orden completa supiera de su existencia, pero no le apetecía dar explicaciones al mundo mágico al completo.
Además, los viajes en el tiempo tan largos, estaban prohibidos por el ministerio.
- No… Dumbledore – jadeó, casi sin aliento por el dolor lacerante.
- ¿Cómo? –
- Hogwarts… Llévame a Hogwarts. Poppy me ayudará –
- Pero… -
- Por favor – la respiración comenzó a acelerársele, estaba hiperventilando. – Necesito… Necesito hablar con Dumbledore – rogó.
Frank la sostenía de la mano. Tenía la palma húmeda, como si estuviera nervioso. Ella no llegaba a comprender qué podría tenerlo así. Tenía unas manos fuertes, llenas de callosidades, seguramente debidas a su trabajo como auror.
Sin embargo, eso era lo único de lo que era conciente en ese momento.
Se sintió tan entumecida y atontada como si le hubieran metido una sobredosis de morfina directamente en la yugular. En pocos segundos estaba perdiendo hasta la conciencia de su mano sobre la de ella. Se desmadejó, incapaz de manejar su cuerpo a voluntad.
Sin más, volvieron las tinieblas.
Perdió totalmente la conciencia mientras oía a Frank Longbottom prometerle algo que no llegó a comprender.
"Dios es mi luz y mi salvación. ¿A quién he de temer?"
Solo le quedaba confiar.
Continuará…
