Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, sólo la trama es mía.


-Capítulo 3-

–Mamá, ¿puedes no mirarme así? –le pedí, colorado como un tomate y nervioso perdido.

Ella se limitó a reírse suavemente.

–Hijo, no sé qué tiene de malo que te guste esa chica.

Apreté las manos sobre los brazos de la silla.

–No sé de dónde has sacado la idea de que me gusta. Somos vecinos y amigos.

–Y es tu medio-enfermera. Que por cierto, aún tienes que explicarme a qué se refería con eso.

Alice se había marchado hacía unos veinte minutos y, por desgracia, había conseguido encandilar también a mi madre. Desde entonces, mi progenitora no había dejado de hablar de Alice hasta que sacó el tema de que haríamos una pareja preciosa, bla, bla, bla. Obviamente, no pude evitar sonrojarme, y fue entonces cuando comenzó a mirarme con mucho interés, queriendo sacarme información sobre nuestra relación. Deseando que dejara estar el tema de mi "enamoramiento" con Alice, le expliqué en resumidas cuentas la rehabilitación extra-lectiva que hacíamos durante tres tardes a la semana.

– ¡Eso es genial, Jasper! ¿No ves lo adorable que es esa chica?

–Mamá, ya vale, por favor.

– ¿Y ahora qué he dicho?

–Sácate de la cabeza esa idea de que Alice y yo hacemos buena pareja. Ella no está interesada en mí, y aunque lo estuviera no importaría, ¿vale?

Mi madre se acercó a mí y me acarició la mejilla con suavidad.

–Hijo, no quiero presionarte. Y sobretodo no quiero que te sientas mal, pero deja de torturarte de esta manera. No puedo soportarlo.

Alcé la cabeza y miré fijamente a mi madre, sin entenderla.

– ¿De qué estás hablando?

–No alejes de ti a las personas que te quieren.

–Alice no me quiere.

–Es tu amiga y se preocupa por ti, al igual que yo, que tu padre y que Edward –cerré los ojos al escuchar la mención del nombre de mi ex mejor amigo. –Todos nosotros queremos estar contigo, pero tú no nos dejas.

–Todos vosotros estaréis mejor sin mí –mascullé en voz baja.

–No es cierto. Ni tu padre ni yo queremos perder al único hijo que nos queda.

Alcé la cabeza de golpe y respiré hondo, sorprendido por aquellas palabras. Ambos nos quedamos en silencio sin dejar de mirarnos. Yo fui el primero en apartar la mirada, pues no quería ahondar en el tema.

–Mamá, es tarde. Papá te estará esperando, y yo… he de cambiarme.

Mi madre me sonrió con tristeza y se inclinó para besarme la mejilla.

–Prométeme que vas a estar bien, Jasper.

–Te lo prometo –ella asintió no muy convencida. –Dile a papá que… iré a visitarle –le pedí, y ella me sonrió.

–De acuerdo, cariño. Hasta pronto.

Detuve los pensamientos inoportunos que intentaron hacerse paso por mi cabeza en el instante en el que me quedé solo. Me dije a mí mismo que aquél no era el momento para pensar, sino para cambiarme de ropa, pues había quedado con Alice dentro de poco y no quería hacerla esperar.

A las siete y media estuve delante de su puerta, nervioso hasta más no poder. Llamé al timbre y esperé hasta que la puerta se abrió en menos de dos segundos.

– ¡Sí que eres puntual! –exclamó ella sorprendida. –Pasa, pasa.

Se hizo a un lado para que mi silla y yo pudiéramos entrar, y fue entonces cuando me di cuenta de que parecía avergonzada.

– ¿Qué pasa? –pregunté alzando una ceja.

–He tenido algún que otro problemilla con la cena y no me ha dado tiempo a cambiarme. Por eso voy así –abrió sus brazos en actitud resignada, y yo me limité a mirarla detenidamente.

Llevaba unos pantalones anchos de deporte y una camiseta básica y sin mangas de color rosa. Aparte de eso, calzaba zapatillas de estar por casa con forma de conejito y su cabello estaba recogido en una informal cola de caballo. Sin embargo, a mí continuaba pareciéndome preciosa.

–Pero si estás muy… bien –fue mi absurda respuesta, pero me tranquilicé cuando Alice me dedicó una sonrisita divertida.

–Supongo que gracias. Tú también estás muy bien –me siguió el juego.

Asentí en silencio, entretenido, y me sobresalté cuando escuché el sonido del timbre.

–Será nuestra cena –supuso Alice, y yo fruncí el ceño sin poder evitarlo.

Abrió la puerta y pude ver a un repartidor de pizzas con un par de pizzas en las manos, por lo que sonreí levemente. Mientras Alice interactuaba con él, me dediqué a observar su piso. O, al menos, me entretuve contemplando el salón. Era un lugar amplio y luminoso, a pesar de que a aquellas horas no había demasiada luz natural. Había un par de sofás y de sillones repartidos por la estancia, una pequeña televisión y, por supuesto el reproductor de música. Aparte de eso, las paredes estaban decoradas con cuadros muy sencillos, con marcos de fotos y con estanterías repletas de libros.

–Bueno, pues aquí tenemos la cena.

Giré mi silla lentamente y me encontré de frente con Alice, que se había soltado el cabello, sujetando las dos pizzas.

– ¿Qué problema has tenido con la cena? –le pregunté con las cejas alzadas, consiguiendo que se sonrojara.

–Se me ha chamuscado… un poco.

– ¿Han quedado al menos las cenizas? –intenté bromear, y me sorprendí cuando la hice reír a carcajada limpia.

Dejó las pizzas en la mesa sin dejar de reír y se acercó a mí para darme un golpecito juguetón en el hombro.

–Sí que estás graciosillo esta noche. Tendré que invitarte a cenar más a menudo.

Quise decirle que me encantaría cenar y, ¿por qué no? También desayunar y comer con ella todos los días, pero me mordí la lengua y me limité a responder:

–La próxima vez me toca invitarte a mí.

–Como quieras, pero que sepas que espero que lo hagas porque de verdad quieres, no porque creas que debes devolverme la invitación.

Rodé los ojos y negué lentamente con la cabeza, sin saber si debía o no alegrarme de que Alice no supiera lo que sentía por ella. Pocos minutos después se sentó en una de las sillas y yo coloqué la mía cerca de la mesa, quedando así enfrente de ella.

–Que aproveche –me dijo justo antes de coger un gran trozo de pizza y de darle un mordisco descomunal. – ¿Qué? –preguntó cuando tragó, al ver mis ojos abiertos de par en par.

–Nada. Sólo… –sacudí la cabeza, rectificando antes de meter la pata. –Nada.

Pero mi sorpresa fue en aumento cuando Alice se comió la mitad de una de las pizzas y un cuarto de la otra. Yo, en cambio, con un trozo y medio tuve bastante.

– ¿No comes más?

–No, gracias. Ya estoy lleno.

– ¿Cómo vas a estar lleno? Come otro trozo, que tienes que alimentarte bien.

Alcé una ceja con escepticismo.

–Una pizza no es una grandísima fuente de alimento.

Alice puso los ojos en blanco.

–Por un día que no comas sano no pasa nada.

–Eso no te lo niego, pero no quiero más, de verdad. En cambio, tú pareces tener hambre –apunté con una sonrisa divertida.

– ¡Oye! –hizo una bola con su servilleta y me la arrojó a la cara. – ¿Me estás llamando glotona?

–En absoluto. Pero me sorprende que… estés tan delgada si cada día comes tanto como hoy.

–Debería ofenderme, ¿sabes? Pero por esta vez te perdono. Además, respondiendo a tu pregunta indirecta, te diré que hago mucho ejercicio.

Bueno, no se podía decir que no lo supiera.

–Lo sé. Ojalá yo pudiera decir lo mismo.

–Tú haces mucho más ejercicio que yo.

–Pero tú lo haces por placer. Yo lo hago para nada.

–Eso no es cierto –Alice se levantó de su silla, rodeó la mesa y se sentó en la silla que estaba a mi lado. –Sabes que la rehabilitación te ayudará, ¿verdad?

–Para mí es una pérdida de tiempo y siempre lo ha sido.

–Jasper… tienes que tener esperanza y ser positivo.

En aquel instante recordé a mi hermano y toda la horrible situación que había vivido con mis padres durante los meses que precedieron al accidente. ¿Esperanza? ¿Positivo? Hacía mucho que aquellas palabras habían sido suprimidas de mi diccionario.

–Los médicos te dijeron que existían posibilidades de que volvieras a caminar, ¿no?

–Sí. Pero son mínimas.

–Pero tienes posibilidades, Jasper, y te aseguro que haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte a que vuelvas a andar.

La observé a los ojos con el ceño fruncido.

– ¿Por qué?

Alice se encogió de hombros.

–Porque quiero ayudarte. Porque creo que te lo mereces.

Tragué saliva con dificultad y agaché la cabeza. No quería ahondar en aquel tema. Al menos, no de nuevo ese día.

–Apenas nos conocemos.

Alice colocó su mano sobre una de las mías y esperó hasta que la miré para dedicarme una sonrisa.

–Pero nos conoceremos.

A la mañana siguiente salí quince minutos antes de mi casa sólo para ir al Starbucks más cercano. Salí del establecimiento con dos cafés y regresé a mi calle para esperar a Alice delante de su edificio. En cuanto salió y me vio parado en medio de la calle sujetando un café en cada mano, se echó a reír. Se acercó a mí y cogió el café que le tendí.

–Muchas gracias. Aunque no tendrías que haberte molestado.

–No ha sido molestia. Además, quería disculparme contigo –admití, avergonzado.

– ¿Por qué?

–Porque ayer por la mañana me porté como un capullo contigo.

Alice le restó importancia al asunto con un movimiento de su mano a la vez que le daba un sorbo a su café.

–Ya está olvidado. Además, después de haberme comprado un Capuccino estás más que perdonado, te lo aseguro –sonreí ampliamente y comencé a mover mi silla hacia delante. – ¿Sabes? Se me ha ocurrido algo para esta tarde.

Fruncí el ceño cuando la escuché Se suponía que aquella tarde sería nuestra segunda sesión de rehabilitación, y la verdad era que no me apetecía en absoluto.

– ¿El qué? –le pregunté de todas maneras. Fuera como fuera, yo jamás tenía ganas de hacer ejercicio.

–He pensado que quizá te apetecería que saliéramos a dar un paseo en vez de quedarnos en casa.

Mi ceño se frunció aún más.

–Pero… ¿y la rehabilitación?

Alice se encogió de hombros.

–Podemos dejarla para las otras dos tardes. Total, tú vas a rehabilitación casi cada día, y por una tarde en la que no hagas… No creo que vaya a pasar nada.

Sonreí levemente y alcé la mirada para poder fijarla en su rostro.

–Me parece perfecto.

– ¿Sí? Entonces, ¿te parece bien que dejemos que la tarde del viernes sea nuestra tarde de ocio?

– ¿Quieres estar conmigo cada viernes por la tarde? –intenté rectificar cuando me percaté de lo raro que había sonado eso: –Quiero decir que…

–Ya te he entendido –me ayudó ella con una sonrisa tranquilizadora. –Quieres saber, según tú, si no tengo mejores planes que pasar contigo la tarde de los viernes, ¿no?

–Sí…

–Pues no. Ya te dije que sólo estoy ocupada dos tardes a la semana, y te aseguro que no me molesta en lo más mínimo pasar las otras tres tardes contigo.

Parpadeé seguidamente, sorprendido, y me toqueteé las manos con nerviosismo. Alice quería pasar tiempo conmigo por voluntad propia. Jamás conseguiría terminar de creérmelo.

Por la tarde, a eso de las cinco, Alice tocó el timbre de mi casa. Yo ya estaba preparado para nuestro paseo por el parque, aunque estaba algo nervioso. Hacía tiempo que no salía a pasear. Me pasaba los días yendo de casa al hospital y del hospital a casa, pues mis padres trabajaban, y mi actitud hostil había conseguido alejar a todos los que en algún momento habían sido mis amigos. Por otra parte, jamás había considerado la idea de salir a pasear solo, ya que prefería quedarme en casa leyendo y, para qué negarlo, viendo bailar a Alice.

–Hola –me saludó alegremente en cuanto abrí la puerta. – ¿Estás listo?

–Sí –le respondí sin poder evitar observarla de arriba abajo. Vestía unos pantalones vaqueros oscuros y una blusa azul de manga larga que le sentaba de maravilla.

–Vamos, entonces.

Salí de mi piso y cerré la puerta con llave antes de encaminarnos hacia el ascensor. Una vez estuvimos fuera del edificio, me percaté de la bonita tarde que hacía. El cielo estaba despejado y no hacía demasiado frío, por lo que había bastantes personas en la calle.

–Hemos hecho bien en salir hoy, ¿no te parece? –me preguntó Alice mientras caminaba a mi lado.

–Sí. Aunque ver a tantas personas no me gusta demasiado.

–Bueno, si en algún momento no te sientes cómodo, me lo dices, ¿vale?

Asentí en silencio y moví mi silla con cuidado, intentando esquivar y no chocar con cualquier persona que se interpusiera en mi camino.

– ¿Tenías novia? –aquella pregunta tan repentina por parte de Alice me tomó totalmente desprevenido, por lo que tardé bastante tiempo en contestar.

–Supongo que te refieres a antes de que me quedara parapléjico… Y la respuesta es no. Tuve una en el instituto, pero nada más.

En aquel momento llegamos al parque, que estaba repleto de niños correteando y gritando de aquí para allá. Al parecer Alice comprendió que no me apetecía demasiado permanecer mucho rato entre tanto jaleo, por lo que comenzó a caminar en dirección al lago que había dentro de los jardines, y yo me limité a seguirla. Por aquellos caminos no había tanta gente, por lo que podíamos charlar con más tranquilidad.

– ¿Por qué me has preguntado si tenía novia?

–Simple curiosidad. Apenas sé nada sobre ti, en realidad.

–Bueno, estamos empatados. Yo tampoco sé mucho sobre ti –refuté con una sonrisa que Alice me devolvió.

–En ese caso, vamos a ponerle remedio: Me llamo Mary Alice Brandon y tengo veinticinco años. Estudié Educación infantil en la universidad, pero de momento no he encontrado trabajo, y por eso doy clases de baile a niñas de entre seis a diez años cada martes y cada jueves. Me encanta bailar, la música, leer e ir al cine. Mis padres se llaman Kate y Garret, y viven a las afueras de la ciudad. No tengo hermanos, aunque de pequeña tuve un perro llamado Coop. Actualmente vivo sola y en el edificio que hay enfrente del tuyo, estoy soltera, y dentro de unos años tengo la intención de casarme y de tener un par o tres de hijos.

Parpadeé seguidamente, anonadado, y después, sin poder evitarlo, me eché a reír. Alice me sonrió con diversión.

–Ahora me conoces mejor, ¿no?

–Desde luego. Me ha quedado todo muy claro –sobretodo eso de que estaba soltera.

–Entonces, te toca.

–No creo que sea capaz de hacerlo tan bien como lo has hecho tú. Además, hay poco que contar.

–No seas mentiroso. Tengo la sensación de que eres un hombre muy interesante.

Me ruboricé contra todo pronóstico y agaché la cabeza para ocultarlo.

–Está bien. Yo… Soy Jasper Whitlock y tengo veintiséis años…

–Has empezado muy bien –le dediqué a Alice una mirada reprobatoria, y ella se echó a reír. –Lo siento, ya me callo –prometió.

Sonreí lentamente y cogí aire para darme ánimos:

–Comencé la carrera de Historia en la universidad, pero en mitad del tercer año la dejé. Todos los días por la mañana excepto los lunes voy a rehabilitación, y desde hace poco también me ejercito los lunes y los miércoles por la tarde. Los viernes, en cambio, hago otras actividades. Me gusta mucho leer y ver bailar a mi vecina –pude ver por el rabillo del ojo que Alice estaba sonriendo. –, y antes solía ver mucho la televisión, salir a correr y jugar a baloncesto. Mis padres se llaman Esme y Carlisle, y viven no demasiado lejos de mi piso. Tuve un hermano, y de pequeño fui el orgulloso propietario de un pez que se llamaba Teniente. Actualmente vivo solo, estoy soltero y… dentro de unos años me gustaría… seguir vivo.

Respiré hondo cuando terminé de hablar, y fue entonces cuando me topé de lleno con la mirada de Alice, que se había parado en medio del camino, por lo que yo hice lo mismo. Se acercó a mí y se inclinó hasta que quedó a mi altura.

–Yo me ocuparé de que sigas vivo.

Alargó una de sus manos hasta que la colocó sobre mi mejilla, consiguiendo estremecerme, y dejé de respirar en ese instante. Quise decirle que me encantaría que se quedara conmigo y que todo lo demás me daría igual, pero las palabras no acudieron a mi boca. No me atrevía a decírselo. Temía malinterpretar sus actos y que ella malinterpretara los míos.

Apreté mis manos en puños, e hice el ademán de alzar una mano para devolverle la caricia, pero una risotada muy cerca de nosotros consiguió sobresaltarnos a los dos.

–No puedo creer lo que veo. ¿Me has dejado por este lisiado?


¡Hola de nuevo! Aquí os dejo un nuevo capítulo de esta historia. Además, ahora tendré más tiempo para escribir y para hacer todas las cosas que me gustan, pues ayer hice el último examen del curso (fue peor de lo que me esperaba, realmente) y ya estoy oficialmente de vacaciones :) Espero que os haya gustado el capítulo de hoy y que me lo digáis con un review. ¡Nos leemos en el siguiente!

¡Hasta pronto! Xo