Sherlock

Por

DarkCryonic

29/03/2012 05:58:18 p.m.

Caminaron hacia el taxi en silencio. John aún arrastrando a Sherlock del brazo, gesto que no pasó desapercibido para el más alto, pero que por alguna razón no quiso evitar. Una vez sentados ambos, Sherlock se le quedó viendo por un momento antes de perderse la vista en los asientos de cuero frente a ellos. Tuvo la idea de preguntarle por qué él y su hermano le creían inocente. Qué era aquello que hacía que tuvieran esa idea, ya que por lo poco que recordaba y por lo que las pruebas de la muerte generaban, el asesino era él. Aunque en verdad no hubiera un motivo o un conocimiento de la víctima. De todas formas, él sabía que aquellas cosas no importaban cuando se trataba de personas con desórdenes de personalidad y de manejo social. Las reglas con los psicópatas y sociopatas no servían. No eran predecibles tampoco. La motivación profunda y fundamentada no era una regla general para hacer algo. Podría sólo haber estado más aburrido de lo acostumbrado. Sonrió levemente ante el último pensamiento.

-¿Algo que deba saber?—Preguntó John mirándole con fijeza al sorprenderle sonriendo de una manera que no le agradó. Sherlock le miró devolviéndole la mirada con su acostumbrada cara de nada.

-Sólo pensaba en la manera fácil que tiene mi hermano de poner a un criminal en la calle como si nada.—Dijo acomodándose mejor en el asiento.

-Quizás fue fácil porque no eres un criminal.—Dijo en un todo que denotaba el fastidio.

Sherlock le miró levantando una ceja. Ridículo. Tanta fe puesta en alguien que no era confiable. Acaso John no aprendía. Las personas no son confiables. Cómo podía decir ese tipo de cosas sin el menor cuidado.

-No entiendo. Y creo que nunca entenderé esa manía tuya que hasta se le pegó a Mycroft. Las evidencias…

-¡A la mierda las evidencias!—Gritó John girándose hacia él y apresando los brazos de Sherlock con sus manos como queriendo que le pusiera mucha atención y que le mirara muy bien mientras decía lo que tenía que decir:- Si por alguna razón, terminas siendo tú, podrás decir todo lo que quieras y morirte en la cárcel si te parece bien. Pero mientras no pueda quitarme esta sensación de encima… ¡Maldición, Sherlock! No importa cuantas estupideces digas, eres humano igual que todo el mundo. ¡Un humano! ¿Entiendes? Y no puedo evitar confiar en ti… Las cosas no cuadran… Hasta Lestrade lo dijo, y tu hermano parece estar de acuerdo. Acaso no encuentras raro que no recuerdes nada. Algo pasó y lo vamos a averiguar ahora mismo desde el principio.—Dijo soltándolo algo más calmado, mientras el pelinegro no le quitaba los ojos de encima tratando de entender tanta información.

El taxista se había mantenido en todo momento con un ojo en el camino y otro en el par de pasajeros tan extraños que le habían tocado esa noche.

Frenó frente al 221b y se quedó esperando a que se dieran cuenta, solos, de que habían llegado. John fue el primero en reaccionar alargando un par de billetes hacia adelante y abriendo la puerta salió sin voltear a ver a Sherlock que salió con calma y se quedó parado en la acera dejando que el viento frío le ayudara a recordar. Se quedó allí con las manos en los bolsillos de su abrigo, con la vista perdida en alguna parte de la calle. Diez treinta de la noche.

John se había quedado de pie junto a la puerta de entrada, intrigado al ver a Sherlock parado allí perdido en quien sabe qué pensamientos, en medio de la noche apenas iluminado por las luces de los faroles. Aquello parecía ser una especie de señal, cómo si recién ahora fuera consciente que a fin de cuentas nunca estaría totalmente unido al detective, como para llegar a acompañarle cuando éste le necesitara. Porque Sherlock era incapaz de necesitar de alguien y él, era incapaz de no necesitarle.

La soledad parecía ser tan distinta para ambos. La misma, pero la que los separaba a fin de cuentas. Ni siquiera era algo de confiar o no como quería hacerle creer el detective. Era algo mal en el origen. Y no quería decir que eso estaba mal en el detective como si tuviera un cromosoma extraño y él no. A veces creía que para el mundo era más normal la forma del pelinegro que la que tenían los demás. El mundo era demasiado frío y cruel como para tener los sentimientos a flor de piel. Y él lo sabía. Lo había visto, pero aún así su cromosoma normal, común, estaba terriblemente equivocado. Y era Sherlock el que podía vivir allí sin ser herido, o por lo menos, sin ser herido de forma visible, porque heridas había, las había logrado ver fugazmente algunas veces, pero no estaban presentes en pesadillas o en sensaciones frías recorriéndole la nuca, como le pasaba a él. Estaba a salvo de la humanidad corriente y su estupidez.

Apretó sus manos como única forma de liberar algo de aquella sensación que llegaba a desesperarle en lo más profundo. Tenía ganas de gritar. De golpear una pared hasta verse sangrar los nudillos. Hasta que el dolor le evitara seguir pensando en otra cosa. Pero no podía hacer eso ahora. No era esa la forma en la que podía cambiar las cosas. No. Tenía que pensar fríamente. Era su turno de hacerlo. Tenía que tomar el papel que siempre llevaba encima el pelinegro. Le tocaba encontrar al verdadero culpable. Rastrearlo como si fuera lo único importante frente a sus ojos. Y de paso demostrarle con hecho a Sherlock Holmes porque creía tan ciegamente en su inocencia.

Habían pasado 10 minutos cuando Sherlock le vio desde su sitio. Mantuvo su mirada, como siempre lo hacia. Era el único que no evitaba ver esos ojos escrutadores más de lo sanamente aconsejable. Pero que más podía ver dentro de él, que ya no hubiera sabido desde el primer momento en que se conocieron en el laboratorio. Sólo le habían bastado 5 minutos de conversación y un par de miradas para reconocerle como un militar, herido y demasiado cansado. Y aún no entendía por qué le había elegido… por qué le había permitido compartir su espacio… por qué siempre se mostraba como un buen amigo-enemigo…

-Creo que es mejor que descansemos hoy…-Dijo Sherlock caminando hacia él.—Mi cerebro no me está ayudando a recordar.—Agregó lo último pasando junto a él y abriendo la puerta se perdió en el interior.

Por alguna extraña razón John no le creyó. Sherlock no podía estar tan calmado. "No era correcto que lo estuviera" repitió en su cerebro al mismo instante que las imágenes del detective saltando alegre frente a un triple asesinato le pasaron por la cabeza llevándose todo tipo de pensamiento de "correcto" unida a la imagen de su compañero de piso.

Miró el suelo y respiró con fuerza. El aire frío le trajo algo de calma. Sonrió tristemente y con algo de cansancio cruzó la puerta, cerrándola a sus espaldas.

Cuando subió la escalera, notó que Sherlock no estaba en el salón, ni en la cocina. Miró la puerta del cuarto del detective con fijeza. Rascó su nuca con nerviosismo. No podía evitar pensar cualquier cosa. ¿Qué tenía que hacer?

El sonido de un mensaje en su móvil lo distrajo.

"Cuide de mi hermano. MH"

Se quedó viendo el mensaje por más de un minuto, tratando de descifrar que realmente esperaba Mycroft de él. Que significaba cuidar de Sherlock. Ojalá tuviera un manual. Podía amarrarlo a la pata de la mesa, o dispararle el mismo en el corazón y ahorrarse que el pelinegro se matara solo…

Caminó a la cocina y se preparó un té. Era media noche cuando se dio cuenta de que se estaba quedando dormido en el sillón. La casa estaba en silencio.

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Sherlock se tiró en la cama boca abajo. Ni siquiera se quitó el abrigo. Tenía frío. Pero comprobó al rato que el frío no era físico. Venía desde dentro mismo. Cerró los ojos. Si no supiera que podría ser problemático, ya se habría puesto alguna de las drogas encima. Pero John estaba demasiado pendiente. Y creía que aquello tampoco le ayudaría mucho a saber que diablos había pasado con él, aquellas 10 horas que no recordaba.

¿Cómo llegué a ese lugar? ¿Quién es esa mujer? ¿Por qué me miraba de esa manera? ¿Por que tengo marcas de sus uñas en mis brazos?¿Por qué?

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Eran las 5 AM cuando John despertó agitado. Se asustó al no poder acercar sus manos a la cara sin libertad. Una manta que lo cubría le estorbó un momento. Sus manos apretaron la manta con fuerza.

-John.—Escuchó su nombre desde menos de un metro. Sherlock lo observaba desde el sillón de enfrente envuelto en una manta. La chimenea estaba encendida, lo que provocaba que el lugar se sintiera levemente más acogedor que cuando se había quedado dormido.

Sus ojos se conectaron con la realidad después de unos minutos en que cientos de imágenes del pasado y preguntas del presente se le mezclaron dejándolo un poco aturdido. Aquello estaba siendo demasiado agotador.

Sherlock se quedó allí mirándole con tranquilidad, envuelto en la manta como si nada. Sus ojos agarraban un tono acaramelado a causa del reflejo del fuego en ellos. John cerró los ojos y suspiró. Aquello, si no terminaba pronto, terminaría por matarlo. No puedo evitar la imagen del caso del taxista asesino serial. Sherlock y la manta naranja en la ambulancia. Fue cuando lo supo. Sherlock no le tenía miedo a morir, igual que él. Pero ambos tenían diferentes motivos para acercarse a la muerte. Para él la muerte tenía que tener un sentido. Para el detective, no era más que una posibilidad que aceptaba si podía ganar en un maldito juego para saber quien era más inteligente.

-¿Algo que quieras contarme?—Preguntó por preguntar. Sin la esperanza de que el pelinegro quisiera si quiera compartir alguna de sus deducciones con él.

-Ayer estuve en el callejón que esta a dos calles al norte. Uno de los sin casa me dijo que un hombre se había estado paseando por el sector y que les parecía sospechoso. Porque no hacía nada en verdad. Sólo se paseaba.

John se removió en el sillón y le prestó atención.

-Lo demás está en algún lugar de mi cerebro.—Dijo sonriendo un poco y mirando el fuego, como si lo que sucediese fuera la cosa más normal. Cosa que hacía que todo el mundo que lo estimaba un poco tuviera ganas de golpearlo hasta hacerle notar toda la frustración que sentían.

-Entonces iremos a ver a ese sin casa para que nos repita la información que te entregó. A ver si sabe algo más.

-Ya lo hice.—Dijo el pelinegro como si nada.

-¿Qué?—Preguntó. Medio gritó. Se paró de un saltó y empezó a pasearse por el pequeño salón. Sherlock sospechaba la reacción, pero no la comprendía.

-Mañana iremos a otro lugar.—Dijo Sherlock agazapándose más en el sillón y cerrando los ojos.

John se detuvo al instante. Sherlock alargaba una de sus manos en su dirección con una cajita de fósforos de color azul fuerte entre sus dedos.

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Continuará…

DarkCryonic

30-03-2012 0:02:11