1er Año en Hogwarts

Aquí os dejo con el siguiente capítulo, que trata del primer año de nuestros protagonistas en Hogwarts. Quiero dedicar este capítulo a tod los que habéis puesto mi historia entre vuestras favoritas.

Un beso a toda y espero comentarios para animarme a seguir. Que lo disfrutéis!

El tiempo en el castillo fue pasando rápidamente. Casi sin darse cuenta, el frío y blanco invierno sustituyó al templado y amarillento otoño, llenando con su espíritu navideño a todos los habitantes del castillo. A todos menos a uno.

El joven Riddle miraba aburrido el paisaje nevado que se observaba desde los grandes ventanales de la Biblioteca. Había ido a adelantar la tarea de Navidad. En el castillo apenas quedaban alumnos. Todos se habían ido a pasar las vacaciones con sus familias. Por un momento pensó en lo que se sentiría al llegar a casa después de meses de ausencia y ser abrazado cariñosamente por un padre y besado en ambas mejillas con efusividad por una madre.

Tom no recordaba a nadie que le hubiera dado una pequeña muestra de cariño. En el orfanato todos le rehuían; le tenían miedo. Y la dueña lo único que hacía era mandarle azotar por haber tenido un mal comportamiento encerrarle un día entero en una vieja habitación oscura donde lo único que se podía oír era el paso de las pequeñas ratas a su alrededor.

A pesar de que su vida había cambiado tanto en unos pocos meses, el 31 de diciembre seguía siendo igual. Todos sus cumpleaños habían sido grises y solitarios, y por lo que vio este iba a seguir igual. Con rabia y los ojos más fríos que nunca, se levantó de la silla y salió de la Biblioteca, dispuesto a pasar lo que quedaba de día encerrado en su habitación. Sin embargo, al llegar a su habitación se sorprendió al ver un paquete delicadamente envuelto sobre su cama junto a una carta.

Sin poder evitarlo, sus ojos se iluminaron con ilusión. Nunca, en sus once años de vida, le habían hecho ningún regalo. Con delicadeza a pesar de estar tan emocionado, quitó el lazo plateado y el envoltorio verde, quedando a su vista "Quidditch a través de los Tiempos". Sin poder evitarlo, sus dedos recorrieron con cuidado la cubierta del libro, como si pudiera desaparecer en cualquier momento.

Con curiosidad abrió el sobre, deseando saber quién le había hecho el regalo.

"Querido Tom;

No sé si hago bien enviándote un regalo por tu cumpleaños. Al fin y al cabo, si no nos dijiste nada fue por algo, pero lo leí en la cadena de oro que siempre llevas colgada al cuello. Espero que no me llames entrometida por eso. Te he estado observando cada vez que montas en escoba. Se nota a la lengua que te encanta. Por eso decidí que lo mejor que podía regalarte era "Quidditch a través de los tiempos". No sé si lo sabes, pero a partir de segundo está permitido entrar en el equipo, así que te lo regalo para que aprendas lo básico de su historia y de cómo se juega.

Espero que no estés muy aburrido por ahí. Yo te hecho mucho de menos, bueno, a ti y a todos, pero tenía ganas de ver a la familia, sobre todo a mi padre.

Bueno, me despido, que no te quiero meter más rollo.

¡Feliz Año Nuevo!

Blake."

Tom no se había dado cuenta, pero según leía una carta una enorme sonrisa se instalaba en sus labios, haciéndose cada vez más grande.

Las Navidades pasaron para alegría de Tom y todos se reunieron de nuevo. A pesar de que el joven Riddle no le dijo nada sobre su regalo, Blake supo que le había gustado. Siempre lo llevaba encima y lo guardaba como su mayor tesoro, y eso a Blake le valía más que cualquier gracias.

Febrero llegó, y Hogwarts era un revuelo preparándose para el día de San Valentín.

Dios, ¿podéis callaros de una maldita vez?- gritó Alycia, exasperada ya por haber tenido que leer tres veces la misma línea de su Trabajo de Transformaciones sobre el conjuro de Conmutación para entenderla debido a que todas las chicas Slytherins cotilleaban sobre lo que harían es San Valentín, los regalos que esperaban recibir, etc. Ellas le miraron con mala cara, pero tan solo una, una pelirroja guapa con rasgos felinos, la encaró de forma venenosa.

Lo que pasa es que eres una envidiosa. Odias esta fiesta porque nunca en tu vida has tenido un admirador que te dé algo por San Valentín. Eres una amargada, normal que ningún chico se te acerque.- Orión, quien acababa de llegar a la mesa a comer después de las clases de la mañana, se quedó de piedra al oír las palabras de la pelirroja, y no pudo evitar enfurecerse.

¿Eso crees?- respondió Alycia, levantándose. – Estoy segura de que mañana tendré en mis manos la carta de algún admirador- Ella sabía que era mentira. Los chicos la temían por su carácter fuerte e indomable, por su gran seguridad en sí misma y, si a todo eso le sumamos que era una excelente jugadora de Quidditch que había podido ganar a un chico tan bueno como Konnor… las cosas no pintaban demasiado bien.

Está bien… si la niñita está tan segura… apostemos algo. Si ganas tú… te quedas con mi pulsera- dijo señalando su muñeca, mostrando una hermosísima pulsera de plata con eslabones finamente entretejidos, un ónix en forma de corazón, un dado cuyos puntos eran finos cristales de Svarosky y un corazón de plata colgando.- Y si gano yo… me quedo con tu relicario- señalando el cuello de Alycia. Era un relicario de alas de ángel en forma de corazón, finamente pulido y tallado. Dentro, Alicia guardaba las fotos de sus padres, lo único que se los recordaba cada día para que no desaparecieran de su memoria.

Yo… n-no puedo hacer eso- dijo bajando la cabeza apretando el relicario entre sus manos.

Ohhh… miradla. Sabe que no puede ganar.

Aceptamos el trato- dijo Orión levantándose y estrechando su mano. Alycia le miró con los ojos como platos, hasta que sus ojos llamearon negros como ónix y su pelo se alargó hasta los hombros del mismo color. Sabía que en cualquier momento se iba a poner a llorar, y decidió salir antes de hacerlo delante de todo el comedor.

Orión la siguió, hasta que se detuvo y lo enfrentó. Por primera vez en años, de sus ojos caían pequeñas lágrimas saladas.

¡Te odio, te odio, te odio!- le gritó pegándole en el pecho con furia.- ¡No sabes lo que acabas de hacer! Orión permitió que le pegara, hasta que al final terminó abrazándolo con la cabeza escondida en el hueco de su cuello. Él no dejaría que perdiera.

Tom se sentó en última fila, como siempre hacía, esperando a que llegara Blake, su compañera de pupitre. Con cuidado, sacó el trabajo, hecho con un gran cuidado y letra alargada y elegante. Al sacarlo, sus dedos rozaron "Quidditch a través de los tiempos". A pesar de habérselo leído ya tres veces, siempre lo llevaba encima, le gustaba sentir su peso extra en la mochila.

Tom- llamó su atención Blake antes de sentarse.- Tengo una noticia que te va a encantar.- le dijo con una enorme sonrisa que sin saber por qué, lo deslumbró.- Mientras estaba en el baño del segundo piso, oí a unas chicas cuchichear…

¿Y? – dijo Tom, alzando una ceja desinteresado.

¡Están locas por ti! Te van a regalar cartas y bombones, ¿no es genial?

No me interesa- dijo frío.

Pero Tom, lo van a hacer con todo su cariño- le rebatió ella, poniendo una de sus manos en su brazo, que apretaba fuertemente la pluma como si quisiera partirla. Riddle sintió una corriente de calor subir desde su brazo a su pecho. Su toque era cálido, y podía sentir su mano suave a través de la tela. Con sorpresa, retiró el brazo bruscamente, dejando a Blake confundida.

No pudieron decir más, pues el Profesor Albus Dumbledore apareció. Sumamente alto y bastante fuerte, el Profesor Dumbledore imponía. El mentón duro y la nariz un poco aguileña le daban un aspecto rudo, sin embargo, sus bellos ojos azul cielo eran comprensivos y curiosos y sus rizos pelirrojos caían a ambos lados de su cara. Una túnica azul oscuro cubría su largo cuerpo, dejando ver solo el inicio de unos zapatos dorados.

Accio- dijo nada más entrar, haciendo que todos los trabajos fueran a parar a sus manos. – Sacad "La Guía de Transformaciones para principiantes" y abridlo por la página 160.

Dumbledore empezó a explicarles como hacer transformaciones sencillas, y todos estaban tomando apuntes. Cuando terminó, delante de cada alumno había una cerilla.

Quiero que la transforméis en una aguja. Aunque parezca algo muy sencillo, no lo subestiméis. Cada persona que lo logre, recibirá 5 puntos para su casa. Empecemos.

Al finalizar la clase, sólo Tom y Gwen lo habían conseguido. Dos agujas perfectas reposaban sobre ambos pupitres. La más cercana a la de ellos fue la de Blake, que se había vuelto plateada y puntiaguda.

Gwen no sabía como lo hacía, pero casi a inicios del curso, se dio cuenta de que tenía un don para las Transformaciones. Solo tenía que ver con claridad en su mente el objeto que quería obtener, las sensaciones que le producía… Al pensar en la aguja, no pensó solo en cómo debía de ser, sino también en su tacto frío a metal, el pinchazo que recibiría al tocar la punta y el roce que se produciría al meter el hilo por el ojo de la aguja.

Recogió meticulosamente sus cosas. Siempre era la última en salir, pero le gustaba guardarlo todo perfectamente y con cuidado. Siempre había sido muy olvidadiza, y si no lo hacía así, acababa perdiendo algo. Pensando que estaba sola, se giró, metiéndose un susto enorme. Delante tenía a Abraxas Malfoy riéndose y sujetándose la tripa.

Ella le miró ofendida, y al instante, el paró de reírse.

Lo siento, no era mi intención asustarte- dijo colocando una mano en su hombro.- Per es que tu cara ha sido tan increíble- soltó con una sonrisa traviesa.

¿Qué haces que no estás con los demás yendo a la siguiente clase?- preguntó ella, moviéndose hacia la salida.

Hoy tenemos Astronomía, por si no lo recuerdas. Y te estaba esperando porque me gustaría que me ayudaras a hacer los deberes de Transformaciones. Sé que el último trabajo no me salió demasiado bien, como me ha pasado en los anteriores, y si sigo así, acabaré suspendiendo- dijo ahora serio.

Claro, si quieres a partir de ahora y hasta que termine el curso los podemos hacer juntos. Así no te bajará la media que tienes.- Abraxas la miró curioso.- Tus notas son excelentes, al contrario que las mías.- Es normal que me fije en eso.- le respondió con una sonrisa, avanzando más deprisa y dejando a un Malfoy pensativo detrás. Cuando se dio cuenta de la distancia que le separaba de ella, corrió para alcanzarla.

Afrodite estaba deprimida. San Valentín nunca le había preocupado hasta este año. Esa fiesta siempre le había parecido algo absurdo, hasta que oyó cómo sus compañeras de casa hablaban de ello en la Sala Común. La ilusión de un admirador, que te regalen flores o dulces. Fue entonces cuando no pudo evitar pensar en la suerte que tenían esas chicas y en la envidia que ib a tener al día siguiente. No era justo.

Los pasillos de Hogwarts a esa hora de la noche eran espeluznantemente silenciosos. Por una vez, le hubiera gustado contar con la presencia del joven Potter para distraerla, como siempre hacía durante las largas tardes que ambos pasaban juntos en la Biblioteca. Se había convertido en una costumbre para ambos. Ella hacía la tarea y él la suya, aunque no podía evitar distraerse cada vez que sentía la mirada de Charlus encima. No sabía por qué no le decía nada o lo echaba; tal vez fuera por la calidez que sentía en su interior cuando la miraba o en lo especial que la hacía sentir y temía que si se lo decía, él dejara de hacerlo.

En eso iba pensando, cuando una cálida mano se posó en su hombro. Enarbolando la varita, se dio la vuelta dispuesta a defenderse de quien fuera. Pero se quedó estática al ver a Charlus Potter. Despacio, como si no se lo creyera, bajó la varita, guardándola en el bolsillo.

¿Qué haces aquí?- preguntó Afrodite.

Buscándote. Has salido rapidísimo de Astronomía y no he podido encontrarte hasta ahora.

¿Para qué me buscabas?- dijo sorprendida y con un ligero sonrojo, mientras seguía su camino, esta vez sin mirarle.

No me gusta pensar que vuelves tú sola a la Sala Común. No es seguro.- Contestó él, caminando al lado suyo. Un silencio se creó entre los dos, pero lejos de ser incómodo era agradable. Le gustaba oír los pasos tranquilos de Charlus a la par que los suyos. – Hoy te he notado algo alicaída -comentó el joven Potter como si nada.

Bueno…- empezó ella algo insegura.

Si no quieres contármelo no pasa nada. Hay cosas que es mejor guardarse para uno mismo- dijo Charlus volviéndose a mirarla con una sonrisa. En ese momento, Afrodite sintió la necesidad de contárselo.

Es que mañana es San Valentín, y he oído a las chicas de segundo de Slytherin comentar lo que les iban a regalar o los admiradores que tendrían.

¿Y qué problema hay?- preguntó el joven Potter, confundido.

Pues que yo no voy a recibir nada. Estaré todo el día sola.

¿Por qué? Seguro que tienes muchos chicos detrás- soltó Charlus Potter incómodo, mirando para otro lado.

No es verdad. Soy una Black, pero mírame. No soy hermosa, al contrario que Orión, ni tengo ese aire magnético que parece tener él. Ningún chico parece mostrarme atención.-"Porque yo no se lo he permitido"- pensó para sí Charlus. Algún día, Afrodite Black sería la Señora de Potter, estaba seguro; y no permitiría que ningún otro chico la tocara ni se aprovechara de ella.

¿Y qué te gustaría que te regalaran por San Valentín?- preguntó interesado.

Una rosa.

¿Una rosa?

Sí. Una rosa negra, con los pétalos suaves como el terciopelo y el tallo tan verde como el color de Slytherin. Y a su lado, en pergamino finamente enrollado con un lazo de seda roja, un poema de Bécquer.- dijo ella con un suspiro.- ¿Por qué te extraña?

Supuse que siendo una Black, te gustaría algo caro y ostentoso.- soltó él sin pelos en la lengua.

Pues ya ves que no todos los Black somos así- dijo ella enfadada entrando en la Sala Común, dejando a un confundido Potter detrás.

Todo Hogwarts estaba revolucionado. Las chicas, en sus habitaciones, se habían levantado más temprano de lo normal para poder arreglarse, ya que este era el único día del año, además de los fines de semana, en el podían vestirse con lo que les diera la gana.

Por una vez, al bajar las Slytherins, los chicos las estaban esperando sentadas frente a la chimenea, y no era para menos, pues a pesar de ser febrero, el castillo estaba helado. Lucius llevaba unos pantalones marrones a cuadros rojos, unas botas marrones, un jersey marrón rojizo y una cazadora de cuero gris; Tom un sencillo jersey negro fino, unos vaqueros azul claro y unas viejas converse negras; Orión unos pantalones de tipo harem de tela vaquera, una sudadera marrón con capucha y unas deportivas altas negras; Evan una camisa blanca, unos pantalones crema, una chaqueta de traje azul marino y un grueso pañuelo rojo y Charlus unos vaqueros ajustados, una camisa a cuadros morada y gris, una camiseta de manga larga encima morada y blanca y una cazadora tipo anorak de un morado oscuro junto a unas converse negras.

Gwendoline fue la primera en bajar, con una camisa blanca de seda con un lazo en el cuello, una falda a la cintura tableada hasta el medio muslo a cuadros en blanco y azul, medias gruesas azul cielo, bailarinas blancas y una chaqueta de punto con reborde en azul. Su cabello rubio estaba recogido en una fina trenza francesa desde la frente a modo de diadema, dejando caer el resto liso. Evangeline llevaba un chaquetón azul de tipo marinero hasta el medio muslo con volantes al final, de grandes botones dorados y unas botas de tipo lluvia con lunares en marrón y dos simpáticos lazos. Su pelo rubio estaba delicadamente ondulado y recogido con una diadema del color del chaquetón, con el flequillo sobre la frente. Blake llevaba un chaquetón azul marino ajustado hasta la cintura de grandes botones forrados de terciopelo que después caía en forma de globo hasta el medio muslo, unas medias a rayas blancas y grises y unas UGG hasta la rodilla rosas. Alycia llevaba un vestido ajustado al cuello negro y blanca hasta la cintura desde donde caía hasta el medio muslo en morado y negro, un chaquetón muy parecido al de Blake pero en azul cerúleo, unos calcetines largos a rayas blancas, grises y azules y unas botas grises. Su pelo estaba sujeto por dos finísimas trenzas que salían de la frente y se agarraban por detrás en un lazo azul. Afrodite llevaba un precioso vestido gris perla con dibujos en negro hasta el codo, donde acababa en volantes, ajustado a la cintura por un lazo de raso negro ancho y de ahí suelto hasta el medio muslo, con calcetines largos grises y bailarinas negras. Su pelo estaba recogido en una trenza de espiga estilo francés hecha a partir de dos trenzas.

Todos juntos fueron hasta el Gran Comedor, desayunando tranquilamente hasta la hora de las lechuzas, que eran las encargadas de repartir el correo.

Alycia cruzó los dedos al ver entrar a las lechuzas, y se quedó totalmente sorprendida al ver una carta delante suyo. Ansiosa, la abrió.

"Querida Alycia Yaxley;

Sé que hace unos meses no empezamos con muy buen pie, de hecho creo que fue mi culpa por insultaros a tus amigas y sobre todo a ti. En ese momento todavía no te conocía, e hice caso a lo que decían mis compañeros de casa sobre los Slytherins. Lo siento muchísimo. Aunque reconozco que sin eso, nunca hubiera visto como eras realmente. Te he estado observando en clases desde que empezaste a llamar mi atención, al ver tu manera tan perfecta de volar y esa magnífica captura con la Snitch, con la que me derrotaste totalmente; aunque eso nos convierta en futuros rivales en el campo de juego. Me encanta tu sonrisa, siempre tan brillante, tus ojos de ese color tan especial, tan fríos como un bloque de hielo e intensos como una llamarada de fuego, incluso adora esa naricilla llena de pecas. Para mí y gran parte del alumnado, eres la más hermosa del castillo, pero tan hermosa como lo eres por fuera lo eres por dentro. Recuérdalo siempre.

Prefiero no darme a conocer, al menos todavía. Aunque tal vez sepas ya quien soy.

Se despide cordialmente,

"Tu más ferviente admirador".

Oh Dios mío, es preciosa. – susurró Alycia, llevándose una mano a la boca. Gwen, que estaba a su lado, le arrebató la carta de las manos y la leyó.

Madre mía, este chico está completamente enamorado de ti. Y ambas sabemos quién es- dijo mirando a la mesa de Gryffindor. Alycia volvió su vista, sonrojándose.- Vaya suerte que tienes, amiga. Ya me gustaría a mí que un chico la mitad de guapo que ese se fijara en mí. ¿Qué piensas hacer?

Esperaré a que se me declare en persona, si no me ha querido decir su nombre a pesar de los indicios, es que prefiere que todavía no se sepa. Pero… espero que lo haga pronto- dijo Alycia con las mejillas totalmente arreboladas. Orión, que hasta ese momento tenía una enorme sonrisa, se quedó helado.

Flashback

Orión iba por los pasillos, hasta encontrar al grupo de Gryffindors de primero.

Konnor, necesito hablar contigo. A solas- dijo al ver la poca disposición de los amigos de este a marcharse. Konnor les indicó a estos con un movimiento de cabeza que desaparecieran.- Necesito pedirte un favor, en pago a la deuda que todavía tienes con Alycia. De hecho lo que tengo que pedirte esta relacionado con ella.

Está bien. Habla.

Verás. Alycia a hecho una apuesta a que al menos tenía un admirador mañana, y yo le he dicho que lo tendría. Y ese vas a ser tú.

Todavía no estoy interesado en ninguna chica. Aunque he de reconocer que Yaxley es muy guapa y atrayente, sobre todo con su forma de jugar al Quidditch. Pero no sé me da bien escribir, si es lo que pretendes.

No. Solamente que me dejes usar tu nombre y tu lechuza. Si la gente ve la mía, verá que es falsa. Y un cuaderno tuyo para poder copiar tu letra. Alycia conoce a la perfección la mía.

Trato hecho, Black-dijo Konnor extendiendo su mano. Pero que sepas que después de esto, ya no le debo nada a ningún Slytherin.

No pensaba pedirte nada más- dijo mirándolo con superioridad. Esa misma noche, escribiría la carta de su puño y letra.

Fin del Flashback

¿Bueno, entonces supongo que ya puedes ir a pedir tu premio no?- dijo Orión Alycia. Ella se puso a un más radiante, y en un impulso, lo abrazó. El joven Black no pudo evitar sonrojarse ante su contacto. Nunca se había imaginado que un abrazo pudiera despertar esa sensación de calidez y protección en él. Y deseó que el abrazo no terminara nunca. Alycia se soltó rápidamente, dándole un beso en la mejilla a Gwen y yendo a la otra punta de la mesa de Slytherin -¿Y a ti te ha llegado algo, Gwen?- preguntó Orión tratando de cambiar de tema.

Unos bombones y varias cartas de admiradores.- dijo mostrándoselas. – pero ninguno de ellos me interesa, aunque las guardaré de todas formas.- dijo con pesadumbre.- Por cierto, he visto como la miras y como te has sonrojado cuando te ha abrazado. ¿No estarás empezando a sentir algo por Alycia… verdad?- preguntó con una sonrisa pícara.

Claro que no. Los Black nunca nos enamoramos. Para que tener a una cuando las puedes tener a todas.- dijo Orión, aunque por una vez, no estuvo satisfecho con la respuesta.

Como digas.- contestó Gwen, quitándole hierro al asunto.

Blake, sentada al lado de Tom, estaba sorprendida por la cantidad de cartas que había recibido, además de dos cajas de bombones y tres preciosas rosas rojas. Tom a su lado, tenía tantas como ella.

Tom escuchaba indiferente y frío su parloteo ilusionado, aunque en realidad por dentro todo era distinto. Sentía como si un gran dragón rugiera en sus entrañas, deseando acabar con todos aquellos imbéciles que se habían atrevido a declararse a Blake. Llegó un momento en que no aguantó más la situación.

¡Basta! Tú voz es irritantemente molesta.- les espetó, con voz furiosa a pesar de sus esfuerzos porque saliera fría. Sus ojos irradiaban tanta frialdad en ese momento que podían congelar el corazón más apasionado. Blake cayó, estupefacta, para bajar la cabeza, escondiendo su vista de la mirada de Tom.

Por otra parte, Evangeline miraba aburrida su montón. Todas las cartas le parecían aburridas y sin sentimientos. Aunque lo que no quería admitir es que estaba decepcionada por no haber recibido ninguna del chico de ojos negros que tenía a su lado. Este comía con total tranquilidad su desayuno, ignorando el montón de cartas y bombones al lado de su vaso de jugo de calabaza. Se volvió a mirarle discretamente de forma dolida. Durante esos meses habían tenido varias discusiones, todas iniciadas por ella solamente para llamar su atención, pero parecía que el joven Rosier no la tomaba en cuenta.

Se fijó en la sencilla rosa blanca que reposaba a su lado. Era lo único que le había gustado de todo lo que había recibido. No estaba completamente abierta todavía, y sus pétalos estaban aún húmedos de rocío, dándole un aspecto más delicado. Con cuidado, acarició uno de ellos, absorbiéndose en su tacto como el terciopelo. Lo que no sabía era que el joven en el que pensaba hace unos minutos, la miraba sonriendo por su reacción.

La joven Black aún no podía creerse que tuviera tres cartas frente a ella. Las abrió con cuidado, leyendo las líneas infantiles que a pesar de todo, le encantaron. Una lechuza de suave pelaje negro se detuvo delante suyo, con un pergamino enrollado en seda roja y una bellísima rosa negra. Con una agilidad y entusiasmo no muy propias de su persona, tiró suavemente de los extremos del lazo, quedando ante ella un pergamino extendido.

"Podrá nublarse el sol eternamente;

Podrá secarse en un instante el mar;

Podrá romperse el eje de la tierra

Como un débil cristal.

¡todo sucederá! Podrá la muerte

Cubrirme con su fúnebre crespón;

Pero jamás en mí podrá apagarse

La llama de tu amor."

Lágrimas de felicidad salieron de sus ojos tan felices que su luz podría competir con la del mismo sol.

Charlus mira. Mi deseo se ha cumplido. Alguien se tiene que haber fijado mucho en mí, ni siquiera mi hermano sabe que mi flor favorita son las rosas negras y que mi autor favorito es Bécquer.- dijo acurrucando junto a su pecho ambas cosas, como si fueran lo más importante del mundo.- Charlus… sé que no debería pedirte esto. Al fin y al cabo, nunca he sido muy cortés contigo, pero eres la única persona a la que le puedo pedir este favor.

Charlus Potter no cabía en sí de felicidad. Parecía que al fin había conseguido dar un paso con la pequeña de los Black. Lo que no sabía, es que muy pronto su sonrisa quedaría congelada en su cara.

Tú… ¿Podrías ayudarme a encontrarlo?- le preguntó avergonzada. El joven Potter sintió como si un enorme jarro de agua fría le hubiera caído encima.- Tengo la certeza casi absoluta de que se trata de un Ravenclaw, solo alguien como ellos podría tener la sensibilidad como para adorar a un poeta como Bécquer. Muy poca gente en el castillo lo conoce.

Los meses siguieron pasando en el castillo inexorables, llenando de calor las siempre frías aulas del castillo.

Los de primero estaban realizando su examen final de Pociones, consistente en realizar la poción para olvidar. Todos estaban sumamente concentrados calculando ingredientes, removiendo el número de vueltas que era y cortando raíces y tubérculos.

Dios, cgeo que no lo e pasado tan mal en mi vida- suspiro Gwen, apartándose un mechón suelto de la cara. Llevaba un moño alto, pero a pesar de eso dos mechones enmarcaban su rostro sin querer sujetarse. Se aflojó la corbata y se abrió dos botones de la camisa, acalorada.- Por un momento cgeia que se me había olvidado echarle el pus de bubotubérculo y que mi poción estaba acabada, pero gracias adiós no ha sido así- dijo llevándose una mano al pecho.

Yo estoy orgullosa de la mía- dijo Blake rehaciéndose la coleta y remangándose las mangas.- Creo que ha sido la mejor que he hecho este año. Tom la miró discretamente. Desde el incidente de San Valentín, su relación no había vuelto a ser la misma. A Blake también le entristecía este hecho, pero si era una molestia para Tom, prefería no importunarle como hacía antes.

Era ahora cuando se daba cuenta de que la mayor parte del tiempo la pasaba con él, y que ella era la idiota que lo buscaba siempre, tratando de sacarle sin éxito al menos una sonrisa.

¿Os apetece que vayamos al lago?- dijo Narcisa colocándose un mechón rubio que había escapado de la trenza de raíz, detrás de la oreja. – Me apetece remojarme un poco y meter los pies en agua fresca. Además, es la última semana que estamos aquí, y quiero aprovecharla al máximo.

Cuando estuvieron en la orilla del lago, junto al tronco del gran sauce, se quitaron los calcetines y los zapatos, metiendo los pies en el agua.

¿No te metes, Alycia?- preguntó Evangeline, de pie en la orilla, dejando que el agua acariciara sus pies.

Quizás en un rato.- dijo sin prestar demasiada atención. Orión, al lado de Evangeline, se volvió a ver que miraba, encontrándose con el maldito chico Gryffindor. Sin saber por qué, algo se revolvió en su interior, y no pudo evitar bufar con desagrado.

¿Qué te pas- Evangeline no pudo decir nada más, pues unos brazos la cogieron como una princesa. Rosier la llevó hasta que el agua le cubrió un poco por encima de las rodillas, con los pantalones remangados.-¿Qué crees que estás haciendo?- se retorció la Malfoy en sus brazos.-¡Suéltame ahora mismo!

Como ordenéis, princesita- dijo Rosier con una sonrisa ladeada que no auguraba nada bueno. Sin decir más la soltó, dejándola caer al agua. Evangeline trató de levantarse, completamente empapada, pero trastabilló y volvió a caer, haciendo que todos se empezaran a reír. Sus ojos se llenaron de un brillo malicioso, y al fin consiguió enderezarse. Empezó a acercarse al joven Rosier con pasos felinos, y por cada paso que daba uno retrocedía este.

Evan no sabía que le pasaba. Nunca se había paralizado al ver una mujer, como tampoco creía posible sentirse atraído por Evangeline Malfoy toda empapada, con la camisa pegada a sus formas dejando a relucir un top rosa. Cuando ella se lanzó encima suyo, no pudo esquivarla, cayendo ambos al lago.

Tom estaba tranquilamente sentado en la orilla, con los pies sumergidos en el agua. Discretamente, miraba a Blake hablar con Gwen, ambas apartadas del grupo. Estaba metida en el agua hasta la pantorrilla mientras que la otra solo estaba sentada, sin atreverse a meter un solo dedo del pie en el agua.

Se acercó a ellas, y la francesita, al verle venir, fue en busca de Abraxas y Afrodite.

Riddle se metió en el agua con ella, quedando ambos frente a frente, mirándose intensamente a los ojos, tratando de decirse todo lo que ocultaban en su interior. Blake, incómoda por la situación, decidió romper el momento lanzándole agua a Tom, quien la miró primero sorprendido y después malicioso.

Te vas a enterar, Prince.-con esto le lanzó agua a la cara. Blake lo miró furibunda, con pequeñas gotas dulces recorriéndole el rostro.

¿Hemos vuelto a los apellidos, Riddle?- soltó ella mordaz devolviéndole el gesto.

Así empezaron una guerra de agua, corriendo el uno detrás del otro durante toda la tarde. Al final terminaron tumbados sobre el césped, riendo sin parar y con las mejillas completamente sonrojadas del ejercicio. Tom la miró intensamente a los ojos, y con algo de temor, puso su mano sobre la de ella. Y ella supo que para él había sido un pequeño gesto de confianza.

Afrodite estaba recogiendo sus cosas después de su último examen de encantamientos. Aún no se podía creer lo bien que le había salido, lo había conseguido a la primera, y sin dudar un instante a pesar de la cantidad de ojos que había observándola.

Se dio la vuelta para irse cuando vio a un chico de la última fila salir por la puerta, dejándose un libro. Rápidamente fue hasta el pupitre, quedándose totalmente impactada al leer el título: "Las mejores rimas de G.A.Bécquer". Sin pensar tan siquiera en que no tenía derecho a cotillear en él pues no era suyo, lo abrió, buscando la rima de "Amor Eterno".

Rápidamente pasó las páginas, hasta encontrar lo que buscaba, y salió atropelladamente del aula.

¡Espera!- gritó, pues estaba a punto de torcer en el recodo que había al final del pasillo. El chico, se volvió en lo que ella le alcanzaba. Era monísimo, con bastantes rasgos infantiles, altos pómulos, barbilla suavemente marcada, nariz respingona llena de pecas al igual que sus mejillas, ojos grandes y almendrados de color azul-verdoso metálico, con largas y abundantes pestañas negras; cejas finas y pelo castaño largo y desigual hasta la nuca, con flequillo que ocupaba toda la frente un poco ladeado. Era alto y de constitución ágil.

Se sonrojó al verla, bajando la vista, y Afrodite, también avergonzada de haberle mirado tan indiscretamente, aprovechó para fijarse a qué casa pertenecía. Ravenclaw.

Se te había olvidado en clase, y al ser el último día no ibas a poder recuperarlo- le dijo incómoda por su atrevimiento. No se podía creer que ella hubiera sido capaz de hacer algo como eso. ¡Era una Black, por dios! Tenía que respetar unas formas y…

Muchas gracias- cortó él sus pensamientos con una tímida sonrisa y sus ojos brillantes de ilusión.- Bueno, creo que debería ir a la Sala Común. Aún me quedan un par de cosas que empaquetar y…

Sí, a mí también.- dijo ella nerviosa- Debería haber un hechizo para hacer el baúl al instante- dijo intentando sacar algo de conversación al que había sido su príncipe azul durante meses.

Lo hay.- dijo él extrañado. Afrodite tuvo que contenerse para no estampar su cabeza contra la pared. Sus mejillas estaban tan rojas que se podrían confundir con dos tomates.

Bueno, ya-ya nos veremos- cortó la conversación corriendo en dirección contraria. Ni siquiera le había preguntado como se llamaba. Decididamente, era idiota.

"Auch"- soltaron ella y Charlus al caer al suelo producto del choque que habían tenido.

¿A dónde ibas con esa prisa?- preguntó sorprendido, ayudándola a levantarse. Afrodite le miró decidiendo si era buena idea o no contárselo. Y decidió que era la única persona que debía saberlo por el momento.

Yo… lo he encontrado, Charlus.- soltó vacilante. – He conseguido encontrar al chico que me envió aquel poema tan bonito y la rosa. Es tan y como siempre me he imaginado a mi príncipe azul- suspiró ella, soñadora.- y es Ravenclaw, como predije.

¿Estás… estás segura de que era él?- preguntó Charlus, con una nota de dolor en el rostro.

Sí. Llevaba un libro con las mejores rimas de Bécquer, y en ella estaba la que me escribió. Además, parecía tímido así que es normal que no pusiera su nombre. Pero ni siquiera le he preguntado su nombre.- soltó ella, bajando la cabeza. En ese momento, sus ojos se abrieron sorprendidos. Charlus la estaba abrazando.

Su calidez la envolvió, y por primera vez se sintió protegida y segura en brazos de alguien. Una corriente eléctrica los recorrió a ambos.

Charlus sintió como su corazón, roto instantes antes, se había recompuesto otra vez, más fuerte que nunca y seguro de que presentaría batalla; al haberla notado temblar en sus brazos y apoyado la cabeza en su pecho. Quizás sería mejor contarle la verdad, o quizás eso solo la separaría de él.

Charlus Potter callaría por el momento.