El castaño abrió los ojos pesadamente, mientras un suspiro de fastidio escapaba de sus labios. Se giró en la cama por milésima vez aquella noche y contempló el cielo, bellamente iluminado por la luna que entraba por las pequeñas ventanas de su habitación. Era su segunda noche en aquel lugar, y todo el día lo había pasado encerrado en su habitación. No había querido abandonar la seguridad que aquellas paredes le brindaban, pues temía encontrarse con Atsushi de nuevo, y no porque no quisiera estar a su lado a cada momento del día, sino porque necesitaba acomodar sus ideas si no quería que sus sentimientos le dominaran completamente. La euforia de volver a verle había comenzado a mermar, y con ello llegaba el momento de tener que obligarse a ser racional, de decirse que no podía hacer las cosas como le viniera en gana, pues jugaba con algo más importante que su trabajo o el bienestar de la organización, era su futuro y el del chico.
Desde que volvió a verle que no lograba calmar su corazón, no podía sacar de su mente su reencuentro, incluso se preguntaba si en verdad no estaba soñando de nuevo, todo era demasiado bueno, demasiado maravilloso para que fuera verdad. Por supuesto que en su mente la idea de que todo aquello fuera planeado por su jefe estaba presente, e incluso si no era así no dudaba el que aquel maldito hombre pudiera ingeniárselas para saber que ese chico al que tanto se había empeñado en alejar estaba en el mismo crucero que su mejor trabajador. Tenía miedo, no por él mismo, sino por Atsushi. ¿Qué sería capaz de hacerle Mori si llegaba a saber que se habían vuelto a encontrar? ¿Volvería a perdonarle la vida? ¿O esta vez, y por más que rogara, lo vería morir por algo que ni siquiera era su culpa? No quería ser el responsable de que esa joven vida se apagara, así como no tenía el derecho de hacer que todo lo que ese chico conocía desapareciera de nuevo. Y también estaba su deseo de permanecer a su lado, incluso si el mundo entero de oponía.
Quería volver a vivir esperando el momento de ver al menor, comprar flores diferentes cada día sólo para obtener una preciosa sonrisa y un beso como agradecimiento, verle dormir a su lado y poder acariciar ese rostro de ángel. Sin embargo ¿un monstruo como él tenía permitido amar? ¿De verdad Atsushi se merecía pasar su vida junto a alguien que había cometido tantos pecados y estaba hasta el cuello de enemigos y problemas? Él había nacido para mejores cosas, para conocer algo más que una vida donde tuviera que huir por siempre. Ya había pasado por demasiadas cosas como para hacerle atravesar más dolor, y aún con todo eso no quería soltarle, no quería regresar a esos días en que llegaba a su solitario departamento y añoraba el calor del peligris.
Se hartó de estar en la cama, y la cabeza comenzaba a dolerle pues llevaba demasiadas horas intentando conciliar el sueño sin éxito alguno, eso sin agregar que no había probado bocado en todo el día y sólo se había dedicado a beber y fumar. No tenía apetito, su cuerpo parecía estar demasiado ocupado procesando toda la información que había llegado a su mente desde que volvió a ver al menor como para preocuparse por nada más. Miró el celular y se dio cuenta de que pasaban unos minutos de las dos de la madrugada, y seguía sin tener ni pizca de sueño. Se dirigió al tocador de la habitación y tomó la botella de bourbon, pero estaba vacía ya. Ni siquiera se había percatado de lo mucho que había bebido, y ni con todo ese alcohol en su sistema conseguía aplacar su mente, que iba mucho más rápido de lo que él podía soportar en ese momento. La lucha de su corazón y su cerebro duraría un buen rato, por lo que se resignó y decidió tomar un baño, tal vez el agua caliente aplacaría un poco sus pesares y le ayudaría a razonar.
Mientras sus músculos se destensaban bajo el chorro de agua su corazón se apretujaba un poco más. En sus manos todavía sentía la necesidad de volver a acariciar esa pálida piel, de rememorar el contacto de esa plateada cabellera, en su garganta las palabras de amor aún lo ahogaban. Casi se merecía una ovación de pie por lo bien que se tragó todo lo que sentía al volver a toparse con esos ojitos dorados y brillantes que le miraban como si fuera una salvación, justo cuando era todo lo contrario.
-Atsushi-susurró antes de apretar los dientes y los puños.
Nunca podría permitirse liberar una expresión tan patética frente a ese niño, no podía volver a quererle, de su boca jamás saldría otro te amo para sus oídos. Habían pasado tres años, ¿es que ese tiempo no era suficiente para borrar tanto amor? Antes no había tenido problema para olvidar, había estado con tantas mujeres, había probado muchos labios, y sin embargo ninguno fue memorable. No era de sorprender que al día siguiente despertara junto a una mujer cuyo nombre había olvidado, incluso que tal vez ni siquiera se molestó en escuchar, ¿por qué entonces ese chico era tan diferente? ¿Por qué sus ojos eran tan bellos? ¿Por qué su risa era tan adorable? ¿Por qué tenía que ser tan malditamente auténtico?
Quería verlo, tenía que verlo.
Salió del baño sintiéndose todavía derrotado, pensando que el menor ya dormía tranquilamente mientras él aún se rompía la cabeza intentando encadenar la poca razón que le quedaba, y que le gritaba que abandonara todo lo que sentía si era verdad que amaba tanto como decía al peligris. Después de todo soltar no siempre significaba perder, a veces significaba que valoraba demasiado lo que tenía como para atarlo a una vida difícil, y claro que adoraba con su existencia a ese muchacho, tanto como para dejarle ir de nuevo, pero la vida sin él era demasiado difícil, simplemente era muy duro toparse con una existencia vacía luego de tantas canciones, tantas memorias, días y noches.
Se vistió rápidamente y encendió un cigarrillo antes de salir de su habitación. Aspiro el humo y cerró la puerta tras de sí, comenzando a caminar por el pasillo antes de exhalar el tabaco. Quiso detenerse un momento a contemplar la noche, las estrellas titilar y unas cuantas nubes moverse sigilosamente por ese maravilloso cielo. Ya comprendía perfectamente por qué Atsushi podía pasarse las horas embelesado, aquella vista era simplemente preciosa.
-¿Cuándo vas a dejar de torturar mi mente?-preguntó a la nada, como si quisiera que las olas del mar o el plateado satélite le dieran una respuesta, como si les rogara entre líneas que le salvaran de cometer una tontería, una que no lo mataría solamente a él.
Terminó de fumar el cigarro y arrojó la colilla al mar, sus más profundos deseos yéndose con ese vestigio ardiente. Ojalá fuera tan fácil deshacerse de todo.
Emprendió su camino hacia el bar mientras miraba a su alrededor, aunque realmente no veía nada en concreto, sólo dejaba su mente divagar mientras tocaba las paredes con las yemas de sus dedos y suspiraba ante el cálido viento de la noche, el sonido del océano llenando sus oídos. Las cicatrices de su fallido intento de suicidio asomaban bajo el borde arremangado de la camisa, y sonrió, si hubiera logrado morir aquel día ya no tendría que estar pensando en qué hacer, no tendría que decidir de nuevo si dejaría ir todo, o si se quedaría a enfrentar al dragón con tal de salvar a la princesa.
En cuanto llegó a su destino se adentró lentamente en el lugar, ignorando al grupo de personas que reían y conversaban ruidosamente en el fondo del salón. Ya ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que sonrió con tanta libertad, como si nada importara en el mundo más que abrir la siguiente botella y continuar la diversión hasta el amanecer. Les envidiaba un poco.
Se dirigió a la barra, que un joven camarero pelirrojo limpiaba mientras parecía seguir la letra de una canción en su mente. Ocupo uno de los tantos taburetes vacíos y posó su barbilla en su diestra.
-Bienvenido-saludó alegremente el chico-¿qué le gustaría tomar?
-Vino tinto por favor-pidió Dazai mientras miraba el reflejo de las personas tras él en el espejo que adornaba la pared de la barra.
El mesero, que al parecer se llamaba Junichiro según la plaquita que estaba en el lado derecho de su uniforme, dejó la copa frente a él y se disculpó con una leve inclinación antes de dirigirse al grupo que pedía una botella más. El castaño sonrió levemente al ver al chico volver a su lugar con unos cuantos vasos en las manos.
-Parece que es una noche ocupada-dijo sin mirar al camarero.
-Un poco, y no parece que vayan a ceder muy pronto-contestó este mientras también sonreía-Pero ya estoy acostumbrado, siempre pasa eso en los primeros días, personas que se conocen y deciden vivir de fiesta mientras permanezcan en el océano.
-Parece ser una buena vida.
Dazai no se dio cuenta de que era escrutado un segundo por aquel chico. Ese hombre era demasiado joven para el gran pesar que parecía llevar en su mirada.
-Tal vez lo es. ¿Usted no gusta de unirse a la fiesta?-cuestionó el chico mientras hacía una discreta señal hacía el grupo, desde el cual un par de señoritas no dejaban de mirar al atractivo y solitario joven sentado en la barra.
El mayor rio con un poco de amargura y negó ligeramente con la cabeza.
-Paso por hoy.
-Parece que el desamor es suficiente para dejar sin ánimos a alguien ¿cierto?
El castaño miró sorprendido al muchacho, quien pareció darse cuenta en un minuto que lo que se suponía que debería quedarse en su cabeza había salido de sus labios sin el más mínimo cuidado. Se apresuró a disculparse haciendo reverencia tras reverencia al hombre que sólo le miraba con curiosidad.
-Lo siento de verdad, no era mi intención ser tan grosero.
Luego de unos segundos en que Dazai salió de su estupefacción sonrió y le restó importancia con un gesto de la mano.
-Descuida, tal vez no estás muy alejado de la realidad-dijo con pesar mientras miraba su copa.
-En serio lo lamento, es sólo que usted parece demasiado abatido para una noche tan bella-se excusó el camarero en voz baja.
-Sí, creo que tienes razón-concordó el mayor, mirando a la noche a través de los grandes ventanales del salón-. Supongo que una mirada bonita es suficiente para hacerte perder el sueño.
-Seguro que sí. ¿Es por una chica que no ha podido dormir?-indagó un poco más Junichiro. Aquel tipo parecía ser demasiado agradable, sin contar que era como si quisiera liberar todos sus pesares antes de que éstos terminaran por consumirle.
Dazai movió la cabeza de un lado a otro mientras ponía una ligera mueca, gesto que el chico interpretó rápidamente.
-Sólo sé que pensé que tal vez podría librarme de su presencia si bebía un poco más-admitió el castaño.
-¿Eso significa que no hay ninguna oportunidad de arreglar las cosas?
Un amargo suspiro acompañado de un triste intento de sonrisa pareció contestar su respuesta.
-Lo dejé ir hace tres años, más por su bien que por gusto propio. Sé que se supone que debí olvidar y seguir, pero puedo jurar que no hubo día en que no pensara en él, en que no quisiera que él también pensara en mí incluso cuando sabía que eso nunca iba a pasar, pues yo sólo esperaba que pudiera continuar con su vida-se sentía estúpido, ¿por qué le estaba contando su desastrosa vida amorosa a un desconocido? E incluso con todo eso sabía que no quería detenerse, pues ya no deseaba seguir guardando para él mismo todo aquello que le torturaba tanto-. No esperaba volver a verle, y ahora que eso ha pasado no sé qué hacer.
No intentó ocultar su desesperación y hundió sus dígitos en su cabellera chocolate mientras masajeaba su cráneo. Pensar tanto cansaba demasiado.
-Bueno, tal vez es decisión del destino. Tal vez no era su momento de despedirse y por eso debían verse de nuevo.
Dazai negó con la cabeza y el dolor que por momentos mermaba volvió a hacerse de él. Por muy caprichoso que fuera el destino, él no tenía la opción de dejarse llevar por él. En su vida no existía momento alguno que no debiera ser cuidadosamente planeado, y ahora Atsushi llegaba de nuevo como si nada, desordenando el horrible futuro que ya había trazado, y lo amaba más por eso, pero no quería enfrentarse a la idea de perderlo de nuevo. No quería darle la bienvenida sólo para tener que decir adiós, quizá para siempre.
-No quiero volver a acostumbrarme a él cuando no sé si podré quedarme a su lado. No deseo volver a hacerle daño.
Y aquellas palabras dolían más de lo que podía expresar. Esa era toda su verdad.
-¿Y no se ha peguntado qué es lo que quiere él?-cuestionó el pelirrojo con inocencia.
El mayor le miró como si fuera un completo lunático y el chico sólo pudo alzarse de hombros ante el silencio y el escrutinio de su cliente.
-Bueno, sólo digo que una relación es de dos. Tal vez usted no quiere hacerle daño, pero si no sabe qué es lo que la otra persona quiere entonces nunca sabrá qué debe hacer. No digo que él desee ser lastimado, pero ¿acaso no vale la pena sufrir un par de heridas por amor? Si no duele, entonces nunca sabrá cuándo es realmente feliz.
-Él no se merece a alguien como yo-sentenció el castaño con resignación
-¿Por qué no deja que sea él quien lo decida?
Dazai miraba a aquel joven como si fuera una revelación total, todas las preguntas que se había hecho, las horas que había pasado sin dormir, los años que había sufrido, todo resumido en unas cuantas palabras.
¿Qué era lo que quería Atsushi?
¿Y si él deseaba estar a su lado de nuevo? ¿Y si, a pesar de no recordar nada, deseaba enamorarse de él una vez más, incluso sin saberlo todavía? De nuevo se había mantenido tan ocupado con sus pensamientos que no había podido pararse ni un segundo a pensar en su amado. Las palabras de Junichiro eran ciertas, él podía evitar a toda costa al peligris, pero si éste quería enamorarse entonces no lograría detenerlo así pusiera al mundo de cabeza, ¿y acaso no era mejor vivir otro sueño, por más corto que fuera?
Un par de semanas, sólo eso. Otra oportunidad.
Tres meses resumidos en unos cuantos días, y si después de eso Atsushi quería permanecer a su lado ¿por qué habría de negárselo? ¿Es que no había podido ya pelear contra tantas personas? ¿Qué le detendría entonces para defender lo que más amaba en la vida?
Incluso ahora podía pensar que fue él quien no le dio otra opción al chico aquella noche en que se separaron. Tal vez el peligris tenía miedo, pero no por eso estaba dispuesto a rendirse, y sin embargo él le había soltado sin pensar que probablemente pudo haber hecho algo más que detenerse a regodearse en su miseria.
-¿Y si después de todo no desea quedarse conmigo?-dejó salir esa pregunta sintiendo que su alma pendía de un hilo.
-Entonces al menos podrá vivir sabiendo que no fue su culpa el que no haya funcionado, porque por su parte dio todo por recuperar lo que tenía. Las cosas no siempre salen como quisiéramos, pero cómo podría usted decir que ama a una persona si tuvo miedo antes de siquiera intentarlo.
Una sonrisa llena de determinación cruzó los labios del castaño y vio su propio reflejo en el espejo frente a sí. Podía hacer mucho para librarse del mundo en que vivía, podía salvar a Atsushi.
Salir de su habitación en medio de la noche y beber una copa había sido la mejor decisión que pudo tomar.
Se levantó de su lugar y sacó algunos billetes antes de ponerlos sobre la barra sin detenerse a pensar que pasaba por una gran cantidad lo que debía pagar por el trago.
-Gracias-dijo sinceramente antes de abandonar el lugar.
Salió del salón a toda prisa, pero se detuvo en seco para consultar la hora en el móvil. No podía ir por todo el barco tocando puerta por puerta para buscar a su muchacho sin parecer un completo desquiciado, y sin embargo su impaciencia crecía con cada segundo. Quería mirarle, incluso si era sólo por un minuto, pero había esperado tres años para volver a encontrarse con él, qué serían ahora unas horas más.
Se dirigió entonces al lugar donde había citado a Atsushi la noche anterior, y se sentó en el suelo a contemplar el oscuro panorama una vez más. Si quería volver a su lado, si le decía que lo amaba entonces podía obtener la fuerza necesaria para quitar de su camino todos los obstáculos que se le cruzaran. E incluso si las cosas no acababan bien, si en esas dos semanas no lograba enamorar otra vez al peligris y debía continuar solo con su vida habría valido la pena, porque al menos habría cerrado un ciclo, se habría despedido como debía y atesoraría ese amor que no profesaría a nadie más por lo que le restara de existencia.
-Sólo espera un poco más-susurró a la noche, añorando porque sus palabras al aire ayudaran a que pudiera hacer realidad sus deseos. Así como algunas personas tenían como confidentes de sus anhelos a un diente de león, una estrella fugaz o un trébol de cuatro hojas, él tenía al mar, y a esos recuerdos que en algún lugar de la mente de Atsushi todavía permanecían, incluso si ya no podía evocarlos a placer.
Por fin comenzó a sentirse soñoliento y volvió a su habitación. Se dejó caer en la cama sin preocuparse en cambiarse la ropa, sólo disfrutando de esa sensación de esperanza que ya creía olvidada.
Buscó en el celular aquella canción que era como un himno a su amor y algunas lágrimas cristalizaron su mirada. Era como si pudiera escuchar la voz de Atsushi siguiendo la letra, como si pudiera verle de nuevo en uno de esos soleados días de aquella ciudad, mientras se movía de aquí a allá en el departamento donde pasaron tantos momentos juntos, siempre con una sonrisa en sus labios y haciendo pregunta tras pregunta a su novio que le miraba divertido ser todo lo infantil que quisiera.
El tic-tac del reloj en la pared le hacían pensar que faltaban menos segundos cada vez para el amanecer, para buscar esos ojos dorados entre la multitud, para emprender una aventura de unos cuantos días, y con la promesa de un corto cuento cerró los ojos, dejándose llevar por el cansancio y con la imagen con un muchacho que en ese momento soñaba con una mirada café que había conocido el día anterior.
