La ira corría por sus venas, la certeza de saberse inferior lo paralizaba, y la humillación de haber sido tan confiado le ordenaba mantener la cabeza lo más fría posible para recuperar su estatus cuando ese patán perdiera el poder que le otorgó momentáneamente la fruta sagrada. Sus efectos no eran eternos, mucho menos a largo plazo y ni hablar por comer una pieza tan tempranera como ésa. Como mucho le quedaba una hora. Una maldita hora en la que Turles se regodearía de su poder pensando que lo tendría por siempre y, si tenía suerte, por querer resarcir su lastimado amor propio.
Sólo se trataba de aguantar la vanidad exacerbada de esa rata de cloaca unos instantes y luego impartiría justicia sobre él. Una vanidad en forma de risas toscas sobre su rostro y torpes movimientos lascivos de la excitada entrepierna de Turles sobre su vientre, regodeándose en su efímera superioridad. Las manos del pirata rasgaron el pantalón negro del dios, dejando a la luz del día sus musculosos muslos y la erógena piel de sus caderas, donde empezaba a cubrirse con las prendas grises y negras que aun vestía en la parte superior de su cuerpo. Jugaba con la parte más terrenal del mismo, y Black sentía el tacto en su perineo de los dedos cálidos y rudos del saiyan. Odió esa sensación. Se odió a sí mismo. Comprendió que por mucho que deseara serlo, ya no era el ser puro que fue algún día, pues su propio cuerpo lo estaba traicionando al disfrutar de ese toque, al gozar del contacto sobre él de un pecador que sólo merecía ser condenado por osar alcanzar un poder reservado a unos pocos elegidos.
Un leve gemido escapó de su garganta, traicionero, y se sonrojó al instante. Turles lo miró sonriendo de lado, socarrón, y le propinó un soberano puñetazo en el estómago que lo dejó doblado, apoyado sobre él, con la barbilla reposando sobre su hombro tratando de recobrar el aliento. Los labios de Turles esbozaban una sonrisa que resonó escuetamente junto al oído de Black. El pirata, aún con el puño en la boca del estómago del otro, lo empujó para que reposara la espalda sobre el tronco del árbol, como quien empuja un pesado mueble que llevara cargado sobre sí.
En el semblante del extraño Kakarot se dibujaban el estupor y la congoja del desconocimiento de su devenir, y de su labio inferior un hilo de sangre descendía lentamente hacia su barbilla. Emocionado, Turles recorrió con su lengua el camino inverso de ese fluido, saboreando la salada piel de su oponente y amargor de la herrumbre y la hiel que brotaban de sus carnosos labios.
Sabía bien la boca de ese hombre, le gustaba el cosquilleo que le producía en los propios el sabor se la sangre y le agradó notar la presión de la lengua de Black sobre la suya. Se veía que al majadero le gustaba ese extraño juego, ya que suspiraba como solían hacerlo las mujeres que yacían con él.
Siguió besándolo en profundidad, probando el sabor de la deshonra en su enemigo, y subió la mano de la ingle de éste a su miembro, completamente enhiesto, provocando un agudo gemido de placer en el otro a la vez que un ferviente y desconocido deseo en él. Quería humillarlo de la misma manera que él lo hizo antes para, después de desquitarse, matarlo con sus propias manos. Sin embargo, Turles no estaba preparado para esa reacción de placer en él. Eso lo hacía más interesante que el follarse a la hembra más portentosa del universo, por lo que no debía dejar pasar la ocasión de disfrutar doblemente del acto. Lujuria y orgullo elevados a la máxima potencia con un sólo acompañante. Espectacular.
—Parece que el dios es más mundano de lo que parece —Habló sobre los labios entreabiertos y jadeantes de Black, estrujando entre sus dedos el pene de éste, hincando el suyo en algún punto de la tibia ingle del otro, aferrando con la otra mano la ropa en torno a la estrecha y firme cintura de ser antes superior a él—. Yo también podría llamarme dios ahora, ¿no? —Lamió nuevamente los labios de Black. Sonrió—. Porque se ve que no soy el único que se divierte con ésto, puta.
Entre carcajadas le dio otro puñetazo en el estomago y lo obligó a arrodillarse.
"Qué compleja y extraña es esta abominable forma de vida", pensaba Black, aturdido por la superioridad del poder de Turles y por la imprevisible reacción de su organismo ante los rudos estímulos del pirata. ¿Seria la propia violencia la que lo excitaba? ¿O era el olvidado estado de sumisión en el que se encontraba? Lejos de poder responderse esas cuestiones, a su alma pura de kaioshin le estaba costando un esfuerzo titánico recobrar el control de sus acciones, cada vez más a la deriva debido a la sensación de complacencia que suponía el infame contacto de la piel del saiyan. Debería ser una tortura para él, un martirio previo a la redención final del blasfemo saiyan, mas no era así más que en su mente y, poco a poco, ésta también se iba dejando llevar por su indigno cuerpo.
En esos momentos, aturdido y doblegado, se postraba ante su futuro ajusticiado, que se sostenía el miembro viril para atravesar su boca con él. Debería negarse, habría de luchar, morder, escupir y oponer resistencia hasta que pasaran los efectos del sagrado manjar en Turles. Aun así, Black permitía profanar su cuerpo, gustaba de saborear el rígido miembro de su condenado. Paseaba gustoso la lengua a lo largo de él hasta llegar al final, donde probaba el sabor del fluido incoloro que brotaba al introducir la punta de ésta por el orificio, succionando con delicadeza después y crispando la entereza del pirata, que reprimía la expresión de su placer en roncos gruñidos desde el pecho.
—Veo que te gusta, hijo de perra —con un rodillazo en el pecho lo tiró de espaldas y lo mantuvo tumbado poniendo un pie sobre su hombro. Black, con la respiración entrecortada por el golpe, miraba desde abajo la intolerable imagen del jactancioso saiyan sobre él, humillándolo. Turles, por su parte, se excitaba aún más con la vista del impostor de Kakarot debajo de él, con el rostro acalorado, sin resistirse, humillándose sí mismo y con la polla tiesa—. Tengo más para ti.
Apartó el pie de su hombro e impulsó la pierna desde atrás para arrearle una patada en el trasero y levantarlo. Al vuelo, Turles tomó las corvas de Black con las manos y abrió todo lo que pudo las piernas de éste, dejando libre su entrada a la altura perfecta para penetrarlo.
Apuntó y, pasando sus grandes manos debajo de los muslos hasta tomar con ellas las nalgas de Kakarot y sus caderas, lo atrajo hacia sí para introducirse en él con mayor comodidad... y placer.
Cabeza abajo, con el cuerpo suspendido y los brazos, los hombros y la cabeza apoyadas en la hierba, Black sentía el calor de Turles partiéndolo en dos desde la parte más privada de su cuerpo robado. "Después de todo —pensaba el Zamas de su interior—, éste no soy realmente yo, está lastimando y vejando el cuerpo de un congénere suyo. Sólo tengo que soportar un poco más esta deliciosa pesadilla, un poco más".
—Un poco más... —mascullaba con la vista perdida y el cuerpo lángido.
Turles rió. No hacía falta que se lo pidiera, el orificio de Black cedía con sorprendente facilidad y, en poco tiempo, se encontraba embistiéndolo con total comodidad. Las piernas que sostenía, lacias en un principio, fueron enroscándose progresivamente en torno a sus brazos y su cuerpo. Así, Black se apoyaban en la hierba con sus brazos para ayudar al cuerpo a acompasarse a los movimientos de Turles, y su torso se tensó en su zona abdominal, mostrando su apariencia firme tonificada debajo de la ropa que resbalaba después de cada empuje y por la gravedad hacia la parte superior del cuerpo de Black, insinuando sus pectorales.
Turles salía y entraba de Black con pasmosa facilidad debido a los fluidos que secretaban ambos. Los dedos del primero se hundían en la carne del otro y los gruñidos de ambos atravesaban sus dientes, que apretaban con ganas para resonar por toda la pradera circundante.
Haciendo gala de su portento físico, Black se incorporó para quedar sentado sobre las manos y el vientre de Turles, que flexionaba las rodillas para no perder el ritmo en sus acometidas.
El semidiós miró a los ojos de su jadeante homólogo y paseó sus callosas manos desde las muñecas ensangrentadas de éste a lo largo de sus musculosos brazos, al tiempo que movía sus caderas facilitando la penetración, arrimando sus rostros, intercambiando los hirvientes alientos que proferían sus labios entreabiertos, rozándose. Al llegar a la altura de las hombreras, dirigió el rumbo de sus dedos al sudoroso cuello del saiyan, enredando los de una mano en el encrespado pelo del otro que nacía detrás. ¿Qué tipo de sublime placer carnal era ése? Ni consigo mismo, la persona que mejor lo conocía en todo el Multiverso, había catado nada similar. Era detestable, pecaminoso el que se sintiera de esa manera con la piel de un impío, mas ¿qué esperaba si él vestía con la piel de uno de ellos? Era esperable, delicioso a la vez que adictivo, pero también asqueroso. Debía terminar cuanto antes, no esperar a que el impuro agotara la energía divina que poseía injustamente. Apartó una mano de la piel del pirata, entonces, ocultando de la vista de éste el ataque que preparaba esperando el momento idóneo para asestarle el golpe de gracia.
Por su parte, Turles empujaba una vez tras otra su pelvis contra la piel del falso Kakarot entre quejidos guturales, enajenado en un acto que le proporcionaba un placer tal que no supo encontrar en ninguna hembra, notando en la parte alta de su vientre parte de la excitación que sumía también al otro en una burbuja de gozo. Lo sentía en las piernas de éste enroscadas en sus caderas, en sus manos tocando su piel con deseo, en su lengua lamiendo lascivamente sus labios, en los suspiros que escapaban de su boca y penetraban en la propia, y en la rigidez de su polla restregándose contra la parte alta de su vientre.
No podía más, sentía que iba a explotar dentro de ese tío. Y entonces pasó. Su pene estalló y bombeó después de un increíble empujón contra el culo de Black, notando una repentina falta de aire, pero no fue por su increíble orgasmo y eso lo supo después, cuando abrió los ojos a la sonrisa maliciosa del que presumía ser un dios y sintió que de su pecho brotaba un calor inusual.
Trató de respirar, pero el aire no llegaba, y al intentar exhalar sólo pudo expulsar sangre y bilis, derramándolas por sus labios, los mismos que el otro se encargaba de libar henchido de lujuria, lamiendo y sorbiendo los labios y el interior de la boca del saiyan, gimiendo como una puta... corriéndose entre ambos, moviendo las caderas contra el pene aún recto de Turles, acariciando el suyo, sin apartar los labios y la espada de energía del cuerpo de éste.
"Echó, pues, fuera al hombre y puso una espada encendida para guardar el camino del árbol de la vida".
—¿Qué tal te fue —Miró los ropajes de su compañero, hechos jirones, y los restos de sangre en su rostro y en sus manos—... allá donde sea que viajaste?
Black le dedicó una mirada de inocencia fingida, tratando de disimular las huellas de su aventura temporal sujetando como podía su maltrecha ropa. Sin embargo, el gesto de preocupación y curiosidad no desaparecían del perspicaz y delicado rostro de Zamas.
—Oh, muy bien —dijo Black finalmente—. Si me permites, voy al aseo. Perder mis poderes de kaioshin tiene ciertos inconvenientes.
Sonriendo con verdadera diversión, caminó hacia el interior de la cabaña pasando de largo de su otro yo, rememorando la experiencia y haciendo balance de la misma.
—¿Terminaste, entonces, de cancelar esos —Zamas carraspeó— asuntos?
Black se envaró, nervioso por tener que compartir con él esos vergonzosos recuerdos o porque, intuitivamente, lo delatara su comportamiento. Se volvió parcialmente para mirarlo a los ojos.
—Efectivamente.
—Me alegra saberlo. Debo entender que ese tipo de necesidades no nublaran de nuevo tus pensamientos y no serán un obstáculo para nuestro propósito —quiso aclarar Zamas.
—¿Desde cuando mis necesidades como mortal han sido un impedimento? Este cuerpo es nuestro mejor arma...
—Y puede ser tu perdición —le enfrentó directamente el aprendiz de Dios Creador—. Deshazte de ese anillo, es un terrible problema. Y deja de que yo satisfaga todas tus urgencias. Sólo somos necesarios tú y yo en este mundo.
Se fue aproximando con lentitud al otro, fijando sus miradas, quedando a un palmo de distancia el rostro del uno respecto al otro.
Turbado, Black apartó la mirada un instante, sabiendo que nunca podrá desahogarse con su otro él como lo hizo con alguien de su misma especie. Por desgracia. Miró el anillo y pensó en los saiyans, esa raza casi extinta en ese mundo y en la que el único superviviente no era un oponente digno para él, quitándole toda la gracia al ritual.
—Tienes razón —aceptó desprendiendose del anillo, apretándolo en su puño.
Giró levemente su cuerpo y fue hacia un mueble alto de madera oscura, con varios cajones, junto a una atestada librería. De uno de los cajones superiores, al abrirlo, extrajo un pequeño cofre de palisandro cerrado por un lazo de satén dorado. Acarició el lazo, pensando en la exquisitez de su tacto natural, y tiró levemente para desbaratar el nudo. "Sucios y perversos saiyans", pensaba al abrir la cajita y se paralizó antes de depositar el anillo en su interior. En ese mundo no había más individuos de esa raza, pero si viajaba al pasado, en cierta línea temporal, sí encontraría más sujetos a los que atormentar por sus tropelías y, de paso, satisfacer sus ominosos deseos carnales.
Cerró el cofre y lo volvió a guardar en el cajón.
—Has tomado una sabia decisión —le felicitó su compañero a sus espaldas.
—Sí —coincidió Black elevando el rostro, irguiendo su postura y dibujando una perversa mueca de felicidad en su rostro.
Dentro del puño que cerraba su mano derecha, el anillo dorado del pasado palpitaba llamándole para seguir impartiendo justicia divina.
¿Fin?
