Paralelos

Capítulo IV

"Ojos rojos"


Pasaron días, tantos para completar semanas enteras.

Él trataba de ir siempre que podía, para reír, jugar y compartir. Ella esperaba con ansias para recibirlo y sonreír tan cálidamente como le era posible.

Ese contacto lograba anestesiar dolores. Se olvidaban de todo, ignoraban aquello que le molestaba y, sobre todo, les hacía mantener una traviesa mirada llena de travesuras listas para ejecutarse al volverse a encontrar.

El jardín era su lugar favorito, con ese césped siempre húmedo y esos brotes que señalaban que pronto hermosas flores empezarían a salir. A pesar de que sus ropas quedarán mojadas y, en muchas ocasiones, con costuras deshechas difíciles de arreglar, amaban esa fresca brisa que los acompañaba junto al anaranjado cielo. Triste era cuando una repentina lluvia de verano aparecía, pero, como todo niño lleno de energía, se las ingeniaban para hacer enfadar a las mucamas con sus diversos juegos.

Sus sonrisas eran inquebrantables juntos.

A su alrededor era lo contrario.

El padre de la familia Kido se llenaba de cuentas y, con ello, agonía. Ya ni salía de su habitación y menos veía a sus hijas, arrepentido estaba de haberlas abandonado tanto y condenando a tan miserable verdad. Se hundía más y más lleno de vergüenza, pronto ni casa tendría y no tendría el rostro y la valentía de mostrarse a su familia… Se derrumbaría.

La señora Kano sufría en silencio. Veía como la sonrisa de su hijo aumentaba, pero junto a las marcas que él traía cada vez, los rumores entre sus compañeras también lo hacían. No eran todas, la mayoría era amable y dedicaban su trabajo por el bien de las familias que traían de por sí, pero un grupo, tan pequeño, se encargaba de presionar su mente. Las risas a su espaldas, los voces llenas de desprecio, las miradas burlescas… No aguantaría.

Y un día, ambos niños, se separaron.

Aquellas pequeñas manos que solían estar entrelazadas en los pasillos y esas cabezas juntas al quedarse dormidos en cualquier parte eran un lujo lejano y deseado.

Siguieron como si no hubiera existido el otro hasta que las tragedias sucedieran.


Su brazo adolorido era menos que su parpado palpitante, pero ese profundo color rojo se expandían casi hasta su codo. El delgado abrazo que le proporcionaba su madre opacaba todo, lleno de arrepentimiento que ya era usual para él.

Permanecía igual que al principio, mas algo faltaba.

Las marcas las tapaba, evitaba que individuos ajenos a su familia lo viera, pero… un vacío en su pecho le molestaba tal como una basura en el ojo de insistente.

Lo ignoraba. Su madre lloraba constantemente, gritaba con todas sus fuerzas hasta quedar sin voz y no comía, desde que había dejado de trabajar no era la misma. Como todo con el tiempo, iba desapareciendo y no volvía, los muebles de la cocina estaban llenos de polvo y la vajilla con utensilios sucios. Tenía hambre y no lo demostraría, tenía que ocultarlo a su madre.

Él ordenaba como podía, pero no se le permitía. Su madre lo quería, lo abrazaba y no lo soltaba. Su labor era permanecer tal como un muñeco a las necesidades de su madre.

Aunque… ella ya ni siquiera reía.

Los insultos al bastardo de su padre variaban al contrario del alivio usual que él podía ver en sus ojos.


Ella esperó y esperó. Él nunca apareció.

Volvió a estar sola en las tardes y desaparecer cuando sus compañeros se amontonaban. Esperaba a su hermana que ya tenía suficientes problemas con los rumores que se esparcían en su escuela sobre la familia Kido.

Por cada día, el rostro de su padre iba siendo más lejano, casi un recuerdo que era llevado por el viento. Olvidaba que corbatas solía usar y que tan brillantes eran aquellos zapatos que tanto adoraba el mismo.

Pronto se quedaron solas. No había nadie más que ellas en la gran mansión.

El polvo se llenaba en los finos muebles carentes ya de atractivo. El piso y las murallas al pasar las semanas se volvieron tan opacos que ni su rostro podía enfocar.

Las burlas eran distintas ahora, pues trataban más sobre su padre y una deuda que no lograba entender del todo. Decían que pronto vivirían en la calle y que ya no se molestarían en ni siquiera tomarla en cuenta otra vez. Eso era bueno… ¿no?

Su hermana cocinaba, siempre dedicándole la más grata sonrisa a pesar de quemar la comida. Ella sabía que detrás de ella ocultaba tanto que ni imaginar el calibre podía. Apreciaba y odiaba eso.

¿Era su culpa? Ella no lo sabía, pero si era así, quería desaparecer lo antes posible para que el dolor en sus seres queridos se esfumara también.


— ¿Pero que tenemos aquí? Este mocoso tiene agallas— la risa del hombre resonó en las paredes junto a la de sus dos compañeros.

Kano Shuuya se volvió a levantar recuperando todo el aire que se le había quitado en ese impacto. La adrenalina corría por sus venas junto a su sangre que hervía del solo recordar como esos tipos habían empujado a su madre al abrir la puerta.

Eran unos asquerosos ladrones. Ladrones que se habían metido con su única familia.

Con toda la fuerza que tenía y con el impulso de sus piernas, impactó con la pierna de uno, quien de una patada en el abdomen lo dejo inmovilizado. Los sostuvo del cabello con esa asquerosa sonrisa solo para que Kano lo mirara fijamente. Ese hombre deseaba ver el temor en sus ojos, cosa que le negó. No cedería, no ante ellos.

— ¡Suéltalo! —gritó su madre. Un cuchillo lucia en sus frágiles manos y gruesas lágrimas recorrían sus mejillas.

Ellos tomaron la acción como una broma tan divertida, hasta un gesto infantil.

No vio nada, solo sintió la sangre caer sobre su brazo y el gemido que su querida madre emitía desgarrando sus oídos de pura impotencia.

— ¿Quieres más, perra?

—Creo que deberíamos enseñarle a obedecer cuando le dicen algo.

— ¿Qué dices, pequeño? ¿Quieres que le enseñemos la lección a tu "mami"?

No escuchaba la voz de su madre, ni siquiera un movimiento tras su espalda. Sus ojos empezaron a aguarse y hacer deslizar lágrimas por montón. Los hombres notaron su debilidad, el hecho de como él se rompía y nada podía hacer para detener ese proceso causó gracia absoluta.

Un golpe, una patada, un filo hundirse fácilmente en la carne; su madre moriría por su culpa. El solo oír le desesperaba.

— ¡Déjenla en paz! —exclamó. Se balanceó soltándose del agarre de su captor, dejándolo en el piso bastante cabreado.

Mordió el brazo del hombre que agredía a su madre, lo hizo hasta que sus dientes se hundieron lo suficiente para romper la desagradable piel de éste. Lo apartó de un empujón y abrazó a su madre en busca de calor, pero solo encontró los finos brazos convertidos en fría porcelana.

— ¿Mami? —susurró apretando su cabeza contra el que debía ser un cálido pecho— ¡Mamá!

Nada. Ningún latido, ningún calor.

Ella no podía estar muerte. Era imposible. Si hace solo minutos ella lo abrazaba y miraba… Pero, ¿de verdad sus ojos demostraban vida esos días? Lo entendió.

Lo arrebataron de ella y no forcejeó, ¿qué objetivo tendría si ella no estaba?

Su nariz fue estrellada en la pared causando que un pequeño hijo de sangre bajara hasta sus labios. El sabor metálico y singular lo mareaba, pero no lo suficiente para ser embriagado y dormido.

Su pecho y brazos recibieron finos cortes que solo tenían como objetivo hacerlo gritar de dolor, pero ya nada dolía. Su vista y oído eran lo único activo, deleitándose de esas risas y ojos despiadados que enterraban una y otra vez las hojas de los cuchillos en su cuerpo.

Pronto todo se desvaneció. La pantalla negra apareció terminando su función.

Acabando su vida en un simple parpadear.


— ¡Tsu-chan, despierta, por favor! —le decía su hermana con desesperación. Sus parpados se cerraban al igual que sus sentidos, el calor tranquilizaba y relajaba sus músculos no contribuyendo a lo que le pedían.

La agitó con fuerza.

— ¿Qué ocurre, onee-chan…?—preguntó la pequeña Tsubomi frotándose sus ojos con somnolencia.

Sus ojos se irritaron al intentar verla y su nariz tardó un respirar para que un fuerte aroma rozara con dolor el interior de esta. Despertó totalmente, levantándose de golpe.

Humo, mares de llamas bañando cada parte de la habitación y el singular aroma de madera quemada. Sus muñecas se chamuscaban y sus desfigurados rostros parecían pedir algún socorro del sufrimiento, algo que no podía hacer.

—Rápido, Tsu-chan—le volvió a decir su hermana tomándola de la blusa y sacándola de la cama—.Buscaré a Papá, tú debes salir.

Kido quería obedecer lo que esos ojos suplicantes pedían, pero no tenían tiempo de pensar. El fuego se propagaba y el humo la asfixiaba, pronto las llamas rozaban sus tobillos haciéndola saltar torpemente.

Se agarró lo más rápido posible de las ropas de la mayor y siguió el paso. Las lámparas caían rompiéndose en miles de pedazos, los cuales brillaban con el color del ardiente fuego; un espectáculo hermoso que la dejaba hipnotizada por segundos hasta que volvía en sí debido a terror.

Parte del techo cayó muy cerca de ambas causando que se separaran. Tsubomi tuvo miedo, mucho miedo.

— ¡Quédate ahí, iré por ti! — le gritó su hermana. Su lejana silueta se acercaba con lentitud, el espeso humo no la dejaba respirar y la intensa tos lo señaló perfectamente.

Kido vio como parte de la muralla caía sobre su querida hermana y ésta entre gritos de dolor y terror iba siendo dominada por las llamas. Su blanca tez se transformaba y su largo cabello verde se consumía con una lentitud desesperante. Sin moverse, Tsubomi la miraba, sus extremidades no reaccionaban.

La ronca voz de su padre llegó a sus oídos. Tsubomi lloró para ladear la cabeza a su dirección.

Lejos e indistinguible era consumido al igual que su hermana, su rostro iluminado por el mismo fuego mostraba culpa, arrepentimiento.

—Pa-papá—sollozó ella queriendo ir corriendo hacia él.

—Lo siento, de verdad lo siento.

Kido cayó de rodillas sin dejar de ver el espectáculo infernal. Su padre consumiéndose y desapareciendo y el rojizo cuerpo de su hermana rogando ayuda.

Y con una caída en seco sobre el piso, su piel se calentaba y sus pequeños pulmones ardían. Cerró los ojos para soñar eternamente.


Las serpientes actuaron. La situación era distinta y los deseos también, pero ambos ya no existían en ese mundo.

¿Una nueva oportunidad?

¿Una nueva vida?

Algo curioso y sin final escrito, las serpientes determinaron a cada portador tomando ese precio tan valioso.

Engañar y Desaparecer, aquellos persistentes deseos se cumplieron con ironía.


Fin del capítulo IV