Capítulo 4
Arendelle, tres años antes, reunión de verano
Una sonrisa de placidez iluminaba los varoniles rasgos del cobrizo ante la ventana que daba al soleado exterior, desde donde podía atisbar a Elsa acompañada del muñeco de nieve amante de los abrazos, ambos sentados a la sombra de una pícea, que debía sufrir también por el calor de la estación.
Le gustaban esos momentos en que tenía la oportunidad de maravillarse con las diversas expresiones de la rubia, cuando nadie más estaba viéndole. Si adivinaban su gran atención a la reina de Arendelle, podrían interponerse en su camino, y no quería que nadie le obstruyera sus acercamientos con la huidiza mujer que deseaba.
De poder hacerlo, la habría raptado hasta convencerla, en sus brazos, de explorar el deseo existente entre los dos, pero la escandalizaría y sería contraproducente. Ya era demasiado que aceptara hablar con él sin atacarlo o emplear a sus guardias para que le mantuvieran a distancia.
Eso significaba que ahora ella no era tan renuente a tenerlo cerca, aun si trataba de fingirlo con justificaciones inocuas. Tal vez Elsa no lo identificaba, pero también le deseaba, porque su cuerpo cambiaba al estar cerca, era una fuerza inexplicable que los afectaba a ambos.
Y por eso no le cerraba el paso, ni lo promovía expresamente.
Él era respetuoso con ella en la medida que no dejaba de flirtear descaradamente. Saboreaba esos momentos de estar juntos, conversando inocentemente; o las ocasiones en que la acechaba para poder compartir una plática o solo el respirar simultáneo.
En esa ocasión vio su oportunidad cuando el muñeco de nieve la dejó a ella sola, con un libro en el regazo.
Afortunadamente la princesa Anna se había llevado a los demás a una visita a la montaña donde trabajaba el Repartidor de Hielo Real —responsabilidad de nombre estúpido, si podía opinar—, así que Elsa se hallaba sin distracciones y un tiempo para sí misma, que él iba a importunar inocentemente.
Ella se acomodó en el pasto cuando sus hombros se tensionaron, imaginándose qué pasaba.
—¿Puedo sentarme, reina Elsa? —le preguntó Hans en tanto ella elevaba el rostro.
El cobrizo la observaba con una sonrisa ladeada, admirándose discretamente del vestido color caramelo que, raramente, no le lucía mal con su tonalidad de piel.
Sin embargo, en su opinión, la reina lucía espléndida en lo que la ataviara.
Con un suspiro, la rubia asintió, señalando un espacio apartado de ella, casi donde el árbol no cubría el sol. De cualquier forma, ninguno podía refugiarse debajo del falso abeto, pues sus ramas estaban muy cercanas al suelo.
Indolente, Hans se acomodó en el pasto, a medio metro de ella.
—¿Le gustaría que le leyera, Majestad? Debe tener sus ojos agotados de tantas responsabilidades que tiene a su cargo.
Sin poder evitarlo, Elsa esbozó esa sonrisa amable que dedicaba a muy pocas personas. Él estaba en lo cierto; pero aun agotada, le encantaba leer.
No obstante, poco podía darse el lujo de responder educadamente. Le crispaba la presencia del sureño, de un modo que nadie más le hacía. —En efecto, príncipe Hans, y más aprecio encontrarme en solitud cuando tengo la oportunidad.
A modo de respuesta ante su ingenioso comentario, él alzó una ceja, porque ella había abandonado su habitual consideración a su persona.
Le gustaba más, significaba que se volvía más verdadera en su compañía.
—Yo también aprecio la soledad, pero hay momentos en que estar acompañado vale la pena, ¿lo negará? —rebatió, eliminando una invisible mota de polvo de la parte superior de su camisa blanca, libre de chaleco por el calor.
La vio seguir el movimiento con interés y reprimió una sonrisa. Ella también le observaba, aunque quisiera ser discreta.
Había notado, también, el modo en que reaccionaba a las miradas que le regalaba del otro lado de la mesa, unas cuantas de admiración por su apariencia, otras a su inteligencia. Era consciente de perturbarla, cuando nadie más se daba cuenta de su placer silencioso, maestro como era en mostrar lo que quería. Aunque había dejado de lado esa estupidez de Arendelle de comportarse solícito sonriente, pues era irritante para él esa conducta.
Ser un príncipe de esa clase era horroroso.
Mientras él parecía pensar, sin haber escuchado su contestación, ella lo contemplaba, pregutándose qué urdid tramaba en aquella ocasión, o si simplemente estaba enfrascado en sus propios pensamientos, como alguien normal.
Su expresión reflexiva no revelaba nada; poco cambiaban sus gestos, sin indicar si era agradable o desagradable lo que pasaba por su mente.
Se decía que quería saber si osaba en cometer un nuevo truco.
"¿No es interesante el libro, Majestad?" "¿En qué piensa?", preguntaron simultáneamente.
Ella se sonrojó por lo que escapó de su boca, en tanto Hans hizo lo posible por no revelar el asombro y el triunfo por que Elsa se interesara en él.
—Pienso sobre muchas cosas, aunque ahora mismo en que me apetece comer sándwiches y el tema del libro en sus manos. ¿Puedo? —cuestionó señalando el tomo que ella cogía con su mano izquierda.
Incapaz de pronunciar palabra, todavía abochornada, la rubia afirmó con la cabeza, facilitándole la novela.
—Me gusta mucho leer, veamos. Jane Eyre, interesante. ¿Le molesta si leo en voz alta?
Elsa realizó una sutil negación.
Él se aclaró la garganta, comenzando en la primera línea de la página, en que ella no había ni empezado el capítulo uno.
Escuchando las desafortunadas circunstancias de la protagonista, bajo la rica voz grave de él, los dos no pudieron evitar pensar en sus respectivas infancias, tampoco agradables, aunque a diferente manera de la joven Jane. Era un relato bastante triste que les dejó en silencio cuando él concluyó el segundo capítulo.
—No me equivoco al afirmar que es la primera ocasión en que lo lee —musitó Hans tras humedecer sus labios.
—Buscaba la oportunidad entre mis ratos libres y solo hasta ahora he podido —explicó ella.
—Los relatos sombríos son de mi agrado, ¿y a usted?
—Trato de evitarlos lo más posible, pero llegaré al final porque ha atrapado mi curiosidad.
Hans dejó escapar una risa.
—Me temo que dice mucho de usted esa confesión.
—¿Sí? —inquirió ella arrugando graciosamente la nariz.
—No diré nada más al respecto; pero, dígame, ¿encontraría desagradable que nos tuteáramos, reina Elsa?
Ella se puso en pie y le pidió el libro de vuelta. —Creo que he de dejarte a solas, príncipe Hans —expresó en un murmullo, antes de alejarse.
Algunos de los momentos compartidos con Hans habían sido muy gratificantes para Elsa, incluso teniendo que soportar ese calor que la abrasaba en su cercanía, junto al aire difícil de aspirar en el ambiente.
Nunca se había atrevido a preguntar a Anna si sentía lo mismo por Kristoff, o si únicamente le ocurría a ella, con ese hombre.
En realidad ese era un secreto que guardaba celosamente; confiaba en su hermana en lo que correspondía a todo lo demás, pero lo tocante a Hans era suyo nada más, incluso si le suscitaba grandes inquietudes. Tal vez Anna lo sospechaba, ya que muchas veces parecía querer decir algo luego de cruzarse con él, mas luego parecía arrepentirse.
Elsa lo agradecía, pues no sabía con exactitud qué diría. Y menos quería saber de la opinión de su hermana, con el temor de que sus palabras de desagrado al respecto pusieran una carga más pesada de la que tenía actualmente.
Hasta ella debería sentir repulsión por la idea de estar con un sujeto como él, pero los momentos vividos en su compañía y su propio cuerpo, se oponían rotundamente. Por el contrario, le incitaban a alimentar el enamoramiento hacia él y la atracción que tenían.
A veces su razón le jugaba una mala pasada y también le decía que Hans tenía vastos conocimientos que aportar como esposo a Arendelle, aun si en el pasado actuó mal personalmente. A su reino fue muy bueno en los momentos de necesidad, y no había quien no pudiera reconocerlo.
Y era un príncipe, una reina podía desposarse con uno sin escuchar muchas réplicas.
Solo que era leal a su querida hermana menor, olvidando que él pudo matarla. Y tampoco podía faltar a la confianza de sus súbditos de actuar concienzudamente, tomando decisiones sin uso de cordura, relacionándose con un hombre que atentó contra la familia Real, por consiguiente a la estabilidad del reino, valiéndose de motivos desconocidos al no dar una explicación completa.
En la posición que ocupaba debía usar más la cabeza que las emociones, aunque para controlar sus poderes se valiera de las últimas.
¿Qué clase de reina sería si cedía a lo que Hans quería? ¿A lo que su corazón quería?
Su padre le había dejado bien en claro que debía hacer ciertos sacrificios para actuar con rectitud y servir de ejemplo a los otros. Seguro que, en su lugar, él habría tomado la decisión adecuada sin pensarlo tanto, ni estar luchando constantemente para no caer en un error. Él siempre estaba seguro de sí mismo y empleaba su juicio propiamente.
No se equivocaba al decir que ella era muy emocional.
La única vez que su padre se había equivocado fue al cerrar las puertas, y era un claro ejemplo de lo que las emociones podían influir en las decisiones. Le había podido más el temor que la capacidad de cordura, y actuó de un modo desesperado, incapaz de analizar las alternativas.
De tal modo que las consecuencias de sucumbir a Hans no podían ser muy buenas.
Estaba dispuesta a comunicarle su decisión.
El aire se oprimió en el pecho de Elsa, pero le bastaron unos movimientos de manos, abriendo y empuñando, para recuperar el control y no caer en el dolor.
Si había alguien que supiera detectar sus emociones, era ella; había tenido trece años para darse cuenta de cada pequeño cambio producido en su cuerpo, por la influencia que tenía en sus poderes. Y, también, era muy buena en suprimir la manifestación de esas emociones, que repercutían en expresiones mágicas.
Le asustaba que Hans tuviera el efecto de poder olvidar a ratos, no al grado de cometer accidentes, porque esos ya no le pasaban, sino en la posibilidad de relajarse en medio del incendio que se desataba. Y el solo quererle, fortalecía también su magia, guiada por el amor.
Con el matrimonio que se proponía, no llegaría a esa plenitud mágica, a pesar de que le tomara inmenso cariño al que fuera su futuro esposo. De alguna manera, llevaba al príncipe en la sangre, y más allá de sus venas, en su espíritu, por lo que un amor como el que le tenía no sería repetible.
Sus poderes habían alcanzado un gran desarrollo con el amor que contaba hacia sus seres queridos, pero cuando estuvo Hans, en su interior había sentido un tirón de llevarlo a una alta cúspide, inexplicable como el surgimiento de sus poderes.
Quería reír, danzar, soñar y vibrar con él, abrazarlo y acobijarse entre sus fuertes brazos, besarlo y escucharlo, o solo verlo, porque una sola mirada a él le hormigueaba en las manos, para hacer lo impensable con sus poderes.
Si ya había liberado sus poderes por no sentir ataduras a nada; por lo pletórica que se sentía al amar de más de una forma, podía hacer más cosas.
Ya conocía el amor en diferentes maneras.
Justo al momento cayó en la cuenta que aun quedaban otros por conocer, que no viviría acompañada del hombre que amaba.
Se dejó caer en el sofá de la cámara del Rey Klaus, conmocionada.
Entonces Hans hizo su aparición, ingresando contento por la puerta principal, con una mano apoyada sobre el lateral de su muslo, donde estaba el bolsillo de su pantalón color chocolate, en el que tenía guardada la cajita de terciopelo que contenía el anillo hecho para Elsa. Un diamante rosa engarzado como si fuera una flor, con una banda platinada, parecida al cabello de la rubia.
Su diseño era especial y había llevado su tiempo tenerlo listo, pero estaba en el momento exacto para proponerle matrimonio a la mujer que amaba.
La sonria en su rostro se apagó al notar el estado en que ella se encontraba, con la vista baja y la impresión de estar indefensa en medio del sofá gris cerca de la ventana. Sin apenas pensarlo, sus pasos se aceleraron para llevarle a donde estaba ella, deseoso de saber el por qué y auxiliarla.
Se arrodilló ante Elsa, acunando su rostro para que sus miradas se encontraran. Le llenaba de inquietud que algo pudiera afectarla a tal grado.
—Elsa, amor, ¿qué sucede?
Ella alejó su rostro y negó, inspirando repetidamente para recuperar el temple, aunque solo quedó rígida, como había dominado para estar en público.
—No me digas así —pidió poniéndose en pie para concentrarse en los pasos que daba, y no en el rostro preocupado de Hans. —¿Qué tenías que decirme?
—Si algún tema te aflige, puede esperar.
—Me temo que te equivocas al pensar que estoy afligida, el rictus que pudieras ver solo era resultado de estar analizando temas de interés para mi reino. —Hizo lo posible por no hablar atropelladamente, acomodando la trenza sobre su hombro.
Él hizo un resoplido con la nariz, levantándose del suelo.
—Imagino que en este caso no puedes compartirlos conmigo.
—Solo el que te compete.
Confundido, Hans achicó los ojos. Con el vestido azul índigo y su tono de voz, le parecía que era un asunto serio.
—Estás obligado a mantener la distancia a partir de ahora, y es en serio. A mi futuro esposo no le será agradable.
A Hans, el mundo que pisaba se desplomó bajo sus pies.
—¿Pretendes casarte? —preguntó deseando que fuese una broma de mal gusto.
—Así es; no me hago joven. Debo hacerlo para tener hijos.
Bueno, eso era lógico. Solo le quedaba saber a quién amenazaría. —¿Con qué sujeto? —siseó.
Elsa se encogió de hombros. —No lo sé, todavía no he decidido de entre los hombres disponibles.
La mandíbula de Hans cayó, mientras se decía que no había un rival verdadero; pero rápido pensó que ella no le tomaba en cuenta, pues le pedía distancia.
¿Podía ser que creyera que sus intenciones no eran honorables?
Aprovechando que ella se giró, sacó el anillo de su pantalón y respiró hondo. Las palabras que practicó se le habían borrado de la mente y, desesperado, solo dijo lo primero que acudió a su consciencia:
—Elsa, ¿te casarías conmigo?
Como la caída de un rayo, ella se volvió, ojiabierta, para ver a Hans con un rodilla en la alfombra, sosteniendo un estuche que tenía un anillo precioso.
¿Él le estaba proponiendo matrimonio? No, no. Con eso no podía. Le había tomado mucho esfuerzo pronunciar sus palabras de rechazo, todo ese tiempo. Y a una proposición verdadera, con los orbes de él resplandecientes, era pedirle mucho.
Hans no debía estar pidiendo que fuese su esposa. Ni siquiera lo había esperado.
Claro que su corazón le pedía aceptar.
Pero tenía que negarse, si le decía que sí, si respondía como su corazón le exigía, sería un desastre, se estaría llevando por una pasión. Y como la reina que era no debía permitirlo.
—Si vas a escoger a alguien; hazlo conmigo, cásate conmigo —susurró él suavemente.
La práctica de vida le orilló a inspirar y endurecerse.
—Levántate, príncipe Hans —pronunció con dureza, tratando de ignorar el modo en que sus ojos verdes se apagaron.
—¿Qué?
—No puedo aceptar tu proposición —informó entre dientes, con el corazón latiendo lento, en medio de un esfuerzo hercúleo por no correr a sus brazos.
Hans se irguió y Elsa tuvo que mirar hacia arriba.
—¿Por qué? —preguntó él ecuánime, aunque sus ojos delataban las emociones contradictorias por dentro.
—Tengo mis razones.
Aquello prendió una mecha en el cobrizo.
—¡Maldición, Elsa! ¿No puedes considerarme a mí! ¿Irás corriendo a esconderte en brazos de alguien más para no enfrentarte a lo que tenemos?
—No tenemos nada —dijo Elsa con calma, alimentando la furia de él, que la sujetó de los codos, haciéndola respingar.
—Deja de mentirte, Elsa. Reacciona. Me deseas, como yo a ti. ¡Maldita sea! ¿Por qué te niegas?
—¡Pero solo es eso! ¡No dura! Se te pasará una vez que consigas saciarte. —Con mucha fuerza, ella se soltó.
—¿Saciarme? ¿Eso crees? ¡Te quiero! ¡Yo quiero casarme contigo y me importa un carajo si no soy tu rey! ¡Solo te quiero a ti!
Elsa abrió los ojos, incrédula, pero se recompuso rápido.
—Deja de insistir.
Hans se pasó las manos por el cabello y resopló. Le importó poco que la cajita cayera al suelo.
—¿Sabes? —articuló, desmoralizado—. También tengo mi orgullo. Desde hace un año, la hija del rey Maximus, su heredera, necesita un esposo, que gobernará con ella en el futuro. A él le agrado y ya me ha insinuado que me aceptaría como su yerno y sucesor. Y si no puedo tenerte, al menos conseguiré algo que quiera, aunque no como a ti. Si me caso con ella, no volverás a verme, ¿eso es lo que deseas?
Ella desvió la mirada, dolida de pensarlo. ¿Por qué, imaginándose ella con alguien más, no le dolía tanto como él estando con otra?
Le quemaba el pecho. De dolor y de celos. ¿Qué esperaba? ¿Hacerlo su amante?
Eso era egoísta.
Lo de ella eran suposiciones de casarse, y él ya tenía una candidata. Era más real. La posibilidad de no verlo era más clara, que sus planes. Finalmente estaba allí la posibilidad de alejarlo, pero, ¿podía aceptar no verlo de nuevo?
¿Podía aceptar estar con él y asumir las consecuencias que acarrearan?
Él incluso acaba de pedir su mano, hasta confesado que la quería, algo que no llegaba a su comprensión.
Debía ser el calor del momento.
¿Y si no lo era?
Su corazón latía desbocado, mientras su cabeza confusa no se daba abasto.
Mirándola sin reaccionar, como una estatua, a Hans se le ocurrió que tal vez todo ese tiempo fue él creándose ilusiones y le dolió como nada antes lo había hecho.
¿Qué sentido tenía amarla e insistirle más?
—Entonces lo que quieres es que no vuelva a aproximarme a ti —concluyó, apretando la mandíbula.
Elsa lo miró tratando de no dejar que sus sentimientos se interpusieran a lo correcto. Pero, en su interior, rogaba que le pidiera una vez más estar con ella y aceptaría sin importarle otra cosa.
Hans no lo hizo.
—Parece que ya lo has dicho todo —susurró él antes de inclinarse y besar su frente, rompiéndoles el corazón a los dos. —Adiós, reina Elsa.
Ella observó el suelo, mientras Hans daba un paso atrás y se volvía hacia la puerta.
—Tu anillo...
Él soltó una carcajada rota.
—Quédatelo, que te pertenece —manifestó yendo lentamente a la salida.
Con lágrimas en los ojos y la garganta cerrada, Elsa se quedó mirando el sitio en que él desaparecía, sin hacer nada.
