Por aquel entonces, y teniendo en cuenta dónde vivían, encontrar una moneda de oro—inclusive si se trataba de otro material menos valioso—era solo una cosa que sucedía en los sueños.
Pero a él le había ocurrido. Frente a su casa nada más y nada menos… Una moneda de oro puro que ahora sujetaba con una sonrisa en sus labios, haciéndola rodar entre sus dedos de varón sin moverse un milímetro (que no fuera aquello) delante la puerta abierta que había dejado a su espalda.
-Bonita moneda-la voz de un hombre llamó su atención, colocado sigilosamente a su lado, provocando que de inmediato salvaguardase el objeto en un puño-. He pasado por aquí días y días y jamás te había visto, dime, ¿cómo te llamas, joven?
El chico fornido lo miró de arriba abajo, desconfiado, pero no aparentándolo—le sonreía de forma afable—: gafas, barba y cabello largo, aún traje de señor…
"Un mediocre burro".
-Mi nombre es Reiner.
El adulto produjo una fatigosa mueca, ajustándose las lentes y dando pasos cojos gracias a su bastón; hacia él.
-Precioso nombre para un precioso hombre. Dime algo más, por favor.
-¿Qué desea?-indiferente comenzó a rodar la moneda de nuevo, percatándose del aliento del varón en su oreja.
-¿Cuántas monedas más de esas harían falta para que vinieras a mi cama?
-Tiene narices recordar eso ahora-dijo Reiner, sonando burlón, tumbado y malherido en el suelo de la cuesta sin rodar (tampoco podría); sosteniendo sin firmeza el boquete chorreante de sangre que permanecía intacto en su abdomen. Atravesando su camisa, ahora algo sucia. Completamente solo en aquella llanura donde solo soplaba la brisa fría en dirección al abandonado castillo, al que tanto deseaba entrar—y pertenecer—desde que solo era un crío pobretón.
No pudo evitar reírse de sí mismo un buen rato al recordar su anhelo y lo rápido que había sucumbido a la bestia, antes de que, de repente, y contra todo pronóstico, comenzara a tararear con el nombre de la que fue su gatita en sus labios.
Marco arrastraba a Petra junto a él cuesta abajo, en una carrera en las que las pocas posibilidades que tenían para salir indemnes, le eran suficientes para continuar, incluso el agotamiento de ambos.
Petra gemía su nombre como en gritos ahogados, sintiendo los zapatos rojos de sus pies destrozarse todavía más—de lo que ya estaban—.
-¡Ya queda poco!-respondía él, sin detenerse, animándola no solo a ella-¡Ya queda poco…, seguro!
Un nuevo ruido le hizo voltear a medias, observando al animal perseguirles entre árbol y árbol. Ya sin rastros de la que algún momento fue su—aparente—humanidad, haciendo que se detuviera el corazón del muchacho en un cascarón.
-¡Rápido!
Marco aceleró el paso, casi tropezándose con su compañera.
Todavía tenía grabado en la retina el momento raudal en el que una de las extremidades de la criatura atravesó el torso de Reiner y no quería que eso le sucedería a alguno de los dos. Sobre todo, a él.
Va demasiado lenta, echó un vistazo a la fémina, Si no logro voy a tener que… ¡No!, pensando en alguna idea viable que le ayudara a sobrevivir. Pero rápidamente la descartó en cuanto el sacrificio implicaba la vida de otro.
Había quitado la vida a dos gigantes, la libertad a un unicornio y la cabeza a un jabalí, pero no conseguía verse como el principal cómplice de asesinato de un humano. Menos de una princesa.
De pronto, una luz cegadora proveniente de enfrente suya provocó que la sonrisa le surgiera, esperanzado y encaminándose hacia la salida con más firmeza.
La bestia dorada solo les perseguía porqué se encontraban en su territorio (como bien había dicho en un principio). Si salían de él, no tendría por qué tener un motivo para acabar con su existencia, ¿cierto?
-¡Ahí está, Petra!-le indicó a gritos, aun la alegría se esfumó por la presencia del alimaña, rozando su costado. Como conteniéndose…
La mujer echó un alarido, aun Marco, al darse cuenta del detalle—insignificante y poco visible—, solo pudo sonreír más, al borde del final de la pendiente.
-¡Tranquila, Petra!
A botes, consiguió adentrarse dentro del área del Sol—finalmente—, acogiendo en sus brazos a la muchacha asustada para saltar junto a ella hacia al medio de su salvación. Recibiendo un único zarpazo al aire del cuadrúpedo que, como tenía previsto, se quedó quieto en la oscuridad que yacía bajo las hojas negras de los árboles, viéndoles fríamente mientras ellos jadeaban de rodillas en el suelo. Marco riendo al ojear que, como siempre, era nuevamente el ganador de la batalla.
-Marco…
O al menos hasta que Petra alzó la palabra y su risa se estrelló, trastornados por la figura del ogro en cuclillas que los miraba desde lo alto, a tan solo unos centímetros de sus seres minúsculos—en comparación—. Conjunto a una gran hilera de dientes que superaban con creces a los de la fiera de atrás; fija aun en su sitio.
La sala había caído otra vez en el silencio con la marcha de Conny hacia el sótano de la casa. Encubierto por una puerta más bien estrecha, pero no muy difícil de divisar si no fuera por la enorme alfombra que la cubría en el suelo y que ahora Fiddler salvaguardaba en el regazo, sentado en una silla extraída de fuera, y fumando sin miedo a que el saco pudiera prenderse; al lado de Armin y sus lágrimas secas, rendido en la mesa.
-Sabes-Fiddler se golpeó las rodillas, suspirando por un costado el humo del cigarrillo en sus labios.
No solía ser muy dicharachero—como si lo era Conny o Piper—, pero aquella zona sin ruido comenzaba a ponerle irritado. Y los que bien le conocían sabían que un Fiddler irritado rozaba lo maníaco.
-Sé lo que les hiciste… A tus hermanas-aclaró ante la mirada perdida de Armin, que se ensanchó con esto último, ocultado el rostro a un lado segundos después.
-No eran mis hermanas-susurró el chico, casi con rabia, aun Fiddler lo ignoró, dando otra calada más profunda.
-Les sacaste los ojos con un pico de pájaro-Armin tragó saliva-. Y eso que la pequeña estaba tan enamorada de ti… ¡Y no era muy fea! Hasta podrías haberla hecho tú mujer y salir de esa vida de mierda por la que te llevaban... Pero no. Tuviste que encapricharte de ese principito-de pronto, el hombre se dio cuenta de los puños formados en las manitas del muchacho, rojos de tanto apretar debido a la vuelta a aquellos recuerdos desagradables por los que tanto ha rezado por librarse-… ¿Qué pasa? Si te molesta dímelo-apagó el instrumento encendido de llama cerca de sus muslos, haciendo que diera un respingón, nervioso-. Yo no soy como Conny.
-Eso es porqué Conny es un tonto que hace todo lo que tú no quieres hacer.
El mencionado apareció desde el sótano, con la bolsa de manzanas colgándole de un brazo y cerrando de inmediato aquel portón con más dificultad que cuando lo abrió.
Con faz de fatiga, regresó hacia los dos varones, posando veloz sus manos callosas—a pesar de su juventud—en las piernas del rubio; acariciándole junto a cierta indiferencia y sin saber realmente el porqué.
-Ha vuelto a vomitar a algunas-dijo, arrancándole algún vello a Armin-, y tiene diarrea. Está realmente asqueroso. ¡Además! Parece que le han salido algunas manchas raras en el lomo… Verdes, parece moho.
Fiddler apoyó entonces la cabeza en ambas manos, gimiendo un lúgubre "¡Dios!" que hacía notar su preocupación.
-¿Crees que deberíamos-
-¡No!-le interrumpió Conny, al fin dejando en paz los muslos del chico al que había secuestrado-¡No, no y no! ¡Me niego en rotundo!
-Conny. Se muere.
-¡No se muere!-negó la evidencia, golpeando la mesa-¡Es nuestro hermano mayor, es Piper! ¡No puede morir!
Fiddler le dio la razón por un momento, memorizando como este—Piper—les protegía siendo ellos unos niños. Después de que su madre les obligara a abandonar el hogar donde habían nacido.
De hecho, cualquiera que hubiera conocido a Piper como humano, no podría negar que, aunque asoliera una enfermedad mortal, él la superaría con facilidad.
Desgraciadamente ese dicho le abandonó hace mucho tiempo.
-Conny, quizá ella-
-¡Me niego a tener trato con brujas!
De repente, un ruido fuerte en el exterior—concretamente en el porche del que Conny estaba tan orgulloso—acalló su conversación, provocando que, segundos después de haberse escuchado, Conny asumiera un gruñido en su boca. Encaminándose furioso hacia la puerta.
-¡No puede ser!-murmuró entre palabras malsonante, abriendo la entrada para encontrarse la figura femenina que antes había echado de mala gana, de nuevo en su propiedad. Respirando agitada en el interior del pórtico (transportando este huellas de sangre secas, y no tan secas, que apuntaban a sus pies—los de ella—).
En un principio, Conny se quedó en silencio, intercambiando miradas con la chica hasta que el tic nervioso de sus ojos frenó y él se acercó a ella, sujetándole firmemente el cabello; largo y sedoso.
-¡Estoy hasta las narices!-chilló, arrastrándola por el atrio, manchando así la especie de tela blanca que la envolvía, con cuerdas-¡Límpialo! ¡Límpialo con la puta lengua!-estrujó la cara de ella contra el suelo-¡Deja mi porche tal y como estaba, bruja!
Desde dentro, Armin había levantaba nuevamente la cabeza, visionando el espectáculo gracias a la puerta abierta con horror, mientras Fiddler suspiraba en su silla.
-Pero si no tiene lengua-aclaró este último, con un tono de voz alto que alertó a su hermano menor para alzarle el cráneo—ahora con la faz cubierta de sangre suya—a la muchacha, a quién se la oía respirar nada más-. Se lo oí a Ymir.
El joven rapado rugió una vez más, insultándola aun tan solo tocándole diversos mechones de pelo que ya comenzaban a escurrírsele.
La boca de la chica estaba abierta, aspirando aire malsanamente, pero dándole la oportunidad a Conny para cogérsela y hacerle ver que sí, que no había más que dientes y encías. Ni rastro del músculo que ayudaba a batir la comida.
-Mierda-dijo por primera vez en alto—tras dos mil veces en su mente—, soltándola sin ni siquiera mirarla, sintiendo emociones cada vez más siniestras en su corazón; que lo obligaban a rechinar la dentadura.
Ella empezó a gatear, bajando los escalones con lentitud, hasta que Conny regresó de su mundo en negro, sosteniéndole una de las extremidades inferiores y llevándola consigo al interior de aquel caserón de madera. Sin pensar nada que no fuera—y que de hecho dijo en alto—:
-Primero le daremos a esta zorra-la cual luchaba por librarse enganchando las uñas en cualquier parte-como aperitivo. Y reservaremos el plato especial-echó un vistazo a Armin, quién se encogió al reconocerse como comida-para la noche… ¿No te parece?
Sin recibir respuesta de Fiddler, Conny sostuvo con fuerza sobrehumana los ropajes de la fémina hasta el punto de casi romperlos. Lanzándola a la madriguera que llevaba hasta Piper (el sótano).
Estaba seguro de que cuanto más humano devorara, más humano se volvería de nuevo.
Era lógico, ¿no?
Ymir silbaba alegremente, sin prestar atención a donde se metía ni por donde andaba entre los troncos huecos del bosque, al que pertenecía desde hace tanto. Haciéndose camino hasta llegar a uno propio (de su nombre), adonde Reiner continuaba tumbado.
La chica no rehuyó la risa cantarina que le surgió al descubrirlo en ese estado. Casi muerto, o al menos cerca de ello.
-Vaya, vaya, la ratita presumida ha querido echarse una siesta en el peor lugar.
Y aunque era más cruel que gracioso, Reiner esbozó una sonrisa mezquina.
