¡Hola nuevamente! Les dejo otro capítulo. No hay grandes sucesos todavía, pero se va preparando el terreno.
Para quienes estén interesados, el cuento El hombrecito del azulejo se puede leer, quitando los espacios, en:
h tt p : / / www . literatura . org / Mujica_Lainez / hombrecito . html
Los personajes de esta historia no son míos (con la dudosa excepción de Anneley Buchwurm) sino de Meyer, los tomo prestados para jugar y torturarlos un poco. Otra cosa: para conveniencia de la historia, Bella trabaja en la tienda de los Newton los lunes, miércoles y viernes por la tarde, y un sábado de cada dos.
Los dejo con la historia. ¡Muchas gracias por leer! Se agradecen los comentarios.
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Capítulo 3: la tarea
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El miércoles, la profesora Buchwurm apareció vistiendo una blusa casi más transparente que translúcida de ese color rosado muy claro que llaman malva, pero que quedaba disimulada por la gruesa bufanda que le rodeaba el cuello y cubría el pecho, y un llamativo abrigo de terciopelo color fucsia largo hasta las rodillas. Llevaba además unas calzas (leggins) con un colorido estampado de flores multicolor, encima de las cuales llevaba la más minúscula de las minifaldas de jean que yo haya visto en la vida real. Aunque casi no había piel al descubierto, su indumentaria insinuaba… todo. Completaban el atuendo unos zapatos similares a los zuecos, pero con unos tacos que daban vértigo de sólo mirarlos, y los mismos collares y aros del día anterior.
Mike miraba a la profesora como si quisiera saltarle encima y hacerle un bebé.
Jessica miraba a Mike como si quisiera saltarle encima y hacerle una vasectomía.
Una vez que nos recuperamos de la sorpresa que era el vestuario de la profesora, la clase de literatura del miércoles fue muy interesante. Angela estaba embobada con el cuento, tanto como Alice lo había estado la noche anterior. Mike no lo había entendido, aunque resultó que no había prestado atención al leerlo. Jessica estaba decepcionada de que no hubiese romance.
Analizamos la personificación de la Muerte, descrita como un esqueleto con un gran vestido negro repleto de crespones, encajes, cintas y un sombrero con plumas. Analizamos los otros personajes, los primarios y secundarios. Estudiamos las partes de la estructura del cuento: principio, nudo y desenlace, y me gané un 'felicitado' cuando supe decir que el narrador era omnisciente. Cuando llegó el momento de hablar del contexto de escritura del cuento, la profesora Buchwurm nos habló de Buenos Aires, de la zona colonial, de las casas antiguas, altas y angostas, construidas en torno a un patio central donde estaba el aljibe en que se recogía el agua de lluvia, de las galerías en que se leía, se hacían manualidades en el caso de las mujeres, y en todos los casos se bebía mate, sobre todo en las calurosas tardes de verano.
Aunque me reconcilié parcialmente con el cuento, seguía sin gustarme del todo. Era demasiado fantasioso para mi gusto, pero ahora que podía imaginarme el lugar un poco mejor, no me parecía tan terrible como antes.
—Mañana terminamos con este cuento —anunció la profesora cerca del final de la clase—. Como tarea, quiero que redacten la historia de nuevo, desde la perspectiva de un narrador personaje. Pueden elegir cualquiera de los personajes que estuvimos analizando, o crear otro que encaje en la estructura de la historia y cuya presencia esté justificada. Si tienen dudas o consultas pueden preguntarme mañana, o mandarme un correo electrónico. Al texto final van a enviármelo por correo electrónico, como archivo adjunto de un correo que tendrá por asunto su apellido y el título del cuento. El texto estará escrito en tipografía Times New Roman, color negro, tamaño 12, interlineado 1,5 y con márgenes superior e inferior de 1,5 centímetros y derecho e izquierdo de 2,5 centímetros. No se preocupen si no pudieron anotar todo —nos tranquilizó, viendo lo frenéticamente que estábamos tomando apuntes—, les mando la consigna bien formulada y con todos los requisitos esta noche. Sólo quise que supieran cuál era el trabajo final, para que vayan pensando cómo redactarlo. Tienen que enviármelo el lunes próximo en cualquier momento, lo importante es que el correo me llegue con fecha del lunes.
El timbre sonó justo entonces, dando la hora de clases por terminada.
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El miércoles a la tarde yo trabajaba en la tienda de los Newton durante unas horas después de clases. Edward, pese a que no se había opuesto estrictamente cuando tomé el trabajo, había estado menos que contento con la idea. El que yo pasara tres tardes a la semana sin él era algo que aunque no le gustaba aparentemente podía tolerar. Pero el que lo pasara trabajando para pagar al menos una fracción de mis estudios aparentemente no podía entenderlo. Y el que trabajara casi codo a codo con Mike era algo que a Edward lo hacía gruñir y refunfuñar.
—¿Trabajas esta tarde? —me preguntó Edward con un suspiro de frustrada resignación cuando salíamos de la escuela rumbo a su flamante Volvo.
—Sí —respondí, sin hacer caso de su tono de voz—. Recibimos por fin el pedido de mantas térmicas que Karen encargó la semana pasada. Tengo que controlar que esté todo en orden, cargar el stock en el sistema, sacar las mantas de la caja y ponerlas en el estante. Sobreviviré.
—Bella, sabes que no hace falta que trabajes, ¿verdad? —empezó él de nuevo—. O al menos, no ahí…
—No empecemos de nuevo —gruñí, yendo a zancadas hasta el auto. Edward me siguió el paso sin problema alguno, por supuesto.
—Los Newton te pagan muy mal por cada hora de trabajo, es casi explotación lo que hacen —siseó Edward en voz muy baja—. No tienes cobertura de salud ni aportes al sistema de jubilación. ¿Tiene aseguradora de riesgos del trabajo ese local? ¿Cuándo fue la última vez que hicieron una inspección sanitaria? ¿O de seguridad edilicia? Apuesto a que las salidas de emergencia no están despejadas ni debidamente señalizadas…
—Edward, soy una estudiante de secundaria que pone mercancía en los estantes y tipea algunas cosas en la computadora del local, oh, y de vez en cuando atiendo algún cliente —le repliqué al tiempo que él abría para mí la puerta del automóvil—. No soy una doctora en administración de empresas ni una licenciada en márketing. Mi trabajo es informal, y son pocas horas por semana —añadí, sentándome en la butaca del acompañante. Él cerró la puerta—. Desde luego que no van a pagarme una fortuna, pero cada centavo ayuda —añadí, sabiendo que él podía oírme, por más que iba caminando hasta la puerta del lado del conductor.
—Sabes que con tus notas podrías pedir una beca y es seguro que te la darían —señaló Edward al tiempo que abría la puerta del conductor.
—Nada es seguro. No quiero correr riesgos, y mis notas no son nada maravilloso —corregí—. Son buenas, pero totalmente dentro del promedio normal. Como yo.
—No, no tienes nada promedio en ti —sacudió la cabeza Edward, sentándose y cerrando la puerta—, y tus notas son muy buenas.
—No lo suficiente como para que pueda dar la beca por segura —insistí.
—Siempre hay otros modos de financiar tus estudios —empezó él.
—No, no quiero que los pagues por mí —me negué en redondo, cruzando los brazos sobre el pecho—. De ninguna manera. Me haría sentir como si estuviese vendiéndome.
Él se quedó en silencio. Me giré a mirarlo, estaba impactado y un poco herido.
—Bella, no pretendo hacerte sentir mal, y no quiero, de ninguna manera, que te sientas así —dijo lentamente, avergonzado—. No es por eso que te lo ofrezco todo el tiempo. Es sólo que quisiera darte todo, todo lo que soy y lo que tengo. No iba a ofrecerte pagar tus estudios, sino prestarte el dinero. Hasta puedo cobrarte intereses si quieres —dijo con una débil sonrisa.
—Gracias, pero no —respondí, firme—. Por favor, comprende mi punto de vista —intenté explicarle en voz más amable—: siempre tuve lo necesario, no estoy acostumbrada al lujo. Tanto Charlie como Renée tienen salarios aceptables, pero no extravagantes. Si bien nunca pasé hambre ni frío y tuve juguetes de pequeña y libros de mayor, mis cosas siempre fueron de segundas marcas, opciones modestas, que funcionaban perfectamente pero no eran ostentosas. Las cosas sólo se consiguen con trabajo, esfuerzo y ahorro según mi cabeza.
—Entiendo eso —aceptó Edward, con todo respeto y una nota de admiración en sus ojos dorados—. Por favor, comprende mi punto de vista: cuando tienes décadas por delante, casi no gastas en comida ni productos de higiene personal y ni siquiera deberías gastar mucho en ropa, y por si fuera poco tienes una hermana que te puede hacer ganar fortunas en la bolsa, el dinero es algo de valor muy relativo. No me interesa el dinero por el dinero en sí, sino por el confort que puede brindarme. No puedo comprar comida ni bebida para saborear, no puedo viajar a lugares soleados, hay demasiadas cosas que no puedo comprar ni con toda mi fortuna. Lo acepto, es el precio por ser como soy. Pero si voy a gastar dinero, me encantaría gastarlo en hacerte sentir cómoda, en evitarte molestias y contratiempos, en hacer tu vida más fácil o más cómoda o más segura o más interesante —explicó, sus ojos rogando por comprensión.
Suspiré. Sus intenciones sólo eran buenas, como de costumbre, pero desmedidas, también como de costumbre.
—Entiendo eso —le aseguré—. Ahora que nos entendemos mutuamente, ¿podríamos dejar el tema?
Edward volvió a abrir la boca, probablemente para insistir con su punto de vista, pero Alice abrió la puerta trasera y se deslizó dentro del auto con su elegancia habitual.
—¿Discutiendo? —preguntó retóricamente, acomodándose su cabello peinado de punta.
—Nah, intercambiando opiniones —mascullé.
—Ah, bien, entonces. Viniendo hacia el auto creí oír la enésima repetición de la conversación sobre las becas y universidades, pero debí oír mal —sonrió Alice burlonamente.
—Oíste mal —gruñó Edward, poniendo el automóvil en marcha—. Yo nunca me opondría a que Bella trabaje en un lugar inseguro y poco saludable en el que la explotan laboralmente sólo porque ella prefiera eso a pedir una beca que puede dar por segura.
—El sarcasmo no es lo tuyo —chascó la lengua Alice—. Oh, Bella —añadió girándose hacia mí—, hoy cuando a Mike se tropiece con la carpa [tienda de campaña] y se caiga, no intentes ayudarle, o vas a tropezarte también y acabar en el hospital con una contusión cerebral.
—Y después nadie me toma en serio cuando hablo de un lugar de trabajo peligroso —me parece que gruñó Edward, pero fue en voz muy baja y ni Alice ni yo dimos muestras de haberlo oído.
—¿Cómo va a hacer Mike para tropezarse con una carpa? —quise saber. Claro que había carpas desarmadas en la tienda, después de todo eran una de las cosas que más se vendían, pero no acertaba a imaginarme cómo podía Mike tropezarse con una de ellas.
—Los Hetze van a devolver una carpa que compraron y que según ellos vino fallada de fábrica. Pero no van a llevarla correctamente empaquetada sino hecha un bollo de caños, tela y cuerdas, y Mike va a tropezarse con una de las correas sueltas mientras lleva la carpa al fondo de la tienda —explicó Alice—. Mike no va a acabar con más que unos moretones en las rodillas, pero si intentas intervenir, te veo en una cama del hospital de Forks, con un paquete de hielo en la cabeza y Carlisle a tu lado.
Edward gruñó y yo asentí.
—Bien. Nada de acercarme a la carpa de los Hetze —asentí—. Gracias por el aviso.
—¡De nada! Siempre me alegra el día salvarte de acabar en el hospital —sonrió Alice.
Edward detuvo el auto; habíamos llegado al frente de la tienda. Con un suspiro que era casi un resoplido, Edward abrió su puerta, salió del auto, caminó hacia mi lado y abrió mi puerta. Tras ayudarme a salir, me dio un beso de esos que me dejaban jadeando por aire.
—Te busco cuando termines —murmuró en mi oído, dándome los más deliciosos escalofríos cuando rozaba mi oreja con sus labios helados.
—Ajá —fue toda la respuesta que pude hilar.
Edward volvió al automóvil sonriendo. Sólo cuando me dirigí hacia la puerta del local vi a Mike y a su madre, Karen Newton, mirando hacia mí a través de la vidriera. Mientras que Karen tenía una sonrisa entre contenta y pícara, la cara de Mike revelaba despecho. Suspiré mientras empujaba la puerta para entrar.
A veces Edward no podía evitar actuar como un adolescente enamorado y fanfarrón después de todo.
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Cerca de las cinco de la tarde, los Hetze trajeron la carpa hecha un enredo tal que haría falta agilidad vampírica para desenredarla sin frustrarse en el intento y atacar a cuchilladas los nudos.
Mike, protestando que la tienda no vendía cosas falladas a sabiendas y que lo más probable era que ellos la hubiesen roto, tomó la maraña deforme color azul eléctrico y empezó a ir hacia el depósito.
Yo estaba detrás del mostrador principal, doblando los pantalones de montañismo descartados. Un hombre muy quisquilloso había estado un rato antes, y se había probado la mitad de los pantalones de su talle, antes de quedarse con el primero de todos los que le había mostrado. Desde mi punto de observación, vi el momento exacto en que Mike estaba por pisar una de las cuerdas y tropezar, y no pude evitarlo.
—¡Cuidado, Mike! —exclamé, señalando la cuerda.
Mike se giró para mirarme cuando le hablé, pisó exactamente la cuerda que yo estaba señalando, tropezó y cayó de rodillas delante y encima del bulto azul. Recordando la indicación de Alice, por si acaso no me acerqué, pero no pude evitar estirar el cuello.
—¡Perdón! Vi que estabas por tropezarte y te quise advertir —me disculpé, conteniéndome para no ir a ayudarle. Por mal que me hiciera sentir el dejarlo que se las arreglara solo, la perspectiva de acabar con una contusión cerebral me mantuvo detrás del mostrador.
—Gracias, Bella —refunfuñó Mike, volviendo a levantarse—. La próxima vez que me veas a punto de tropezar, mejor no me digas nada, ¿sí? —agarró una de las tantas cuerdas que sobresalían del bulto y se fue arrastrando la carpa hasta el depósito detrás de sí.
Suspiré y seguí doblando pantalones. Al menos Edward iba a recogerme de la tienda y no del hospital. Eso debería ayudar a mitigar sus preocupaciones, esperaba yo.
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El correo electrónico de la profesora había llegado cuando volví a casa. Teníamos los lineamientos de presentación y la consigna debidamente formulada.
Esa tarde y noche, que pasamos en casa, me rompí la cabeza en busca de un personaje original desde el que volver a narrar la historia. La Muerte me parecía un personaje muy obvio, y además yo no tenía idea de cómo meterme en la cabeza, el cráneo, o como sea, de nada menos que la Muerte.
El niño, Daniel, era una buena opción, pero yo quería hacer realista mi narración y no tenía idea de cómo piensa un chico, sin mencionar que no era un personaje que me gustara demasiado, además que durante toda la parte de la historia en que el duende entretiene a la Muerte el chico está enfermo en su cama y no se entera de nada. Descartado.
La otra elección obvia era el hombrecito del azulejo, al que el niño llamaba Martinito. Pero Martinito era otro personaje que no me gustaba dentro de un cuento repleto de personajes que no me gustaban, y yo no sabía tampoco cómo se suponía que relataría la historia un enano pintado en un azulejo. Descartado también.
Di con la solución por pura casualidad. Releí el cuento, en la esperanza de inspirarme, y encontré justo el pasaje que necesitaba: decía el cuento que quienes pueden ver a la Muerte (perros, gatos y ratones) huyen de ella o enloquecen a la cuadra con sus chillidos, pero ante la aparición del enano los gatos que habían sido trastornados por la Muerte se sorprenden tanto que dejan de maullar. También la "gata gris" que parece pertenecer al niño y que él arrastra hasta el azulejo para mostrársela al hombrecito aparece nombrada un par de veces, y eso acabó por decidirme.
Ahí estaba: eso yo podía imaginármelo bastante mejor. Un gato de la casa, cómodo y un poco haragán, que sabe que 'la cría' de su ama, el niño, está enfermo. Llega la Muerte, el gato se aterroriza, y observa desde una prudente distancia todos los hechos, con mentalidad gatuna, sin entenderlos a veces del todo, pero describiéndolos lo suficiente como para que cualquiera que lea el cuento sepa de qué se trata.
Mi narración era más corta que el cuento original, pero no se dejaba nada esencial. Yo había recortado todo lo que no pudiera saber un gato o que no le importara, como lo que pensaba la Muerte cuando el hombrecito se le acercaba o las descripciones físicas de los médicos que atendían al chico.
—Terminé —le informé a Edward, satisfecha con mi trabajo, mientras guardaba los últimos cambios del documento.
—Yo también —sonrió él, que se había sacado los zapatos y había estado sentado sobre mi cama con las piernas cruzadas y una computadora portátil en el regazo, tipeando velozmente—. Me gusta que nos hayan dado algo creativo que hacer. Es un cambio agradable.
Asentí al tiempo que me levantaba de delante de mi prehistórica computadora y me iba a sentar a su lado. Charlie aún no había llegado, pero habíamos dejado la puerta de mi dormitorio abierta de par en par, a fin de evitar sospechas y sermones.
—¿Desde qué personaje escribiste? —quise saber.
—Empecé a escribir desde la Muerte, pero es un personaje que el cuento ya explora mucho. Probé con uno de los criados, pero no me convenció. Al final, lo escribí desde la perspectiva de la madre de Daniel, el niño enfermo, pero no estoy seguro de haberle dado un enfoque femenino muy acertado… ¿podrías leerlo y decirme qué te parece, por favor? —me pidió con una expresión de súplica tal que me derritió por completo.
—Claro. ¿Podrías leer el mío y decirme si se entiende al menos quién es el que narra la historia? —le pedí yo.
—Por supuesto. Será un placer —sonrió él, y cambiamos puestos.
Edward se sentó delante de mi computadora, que en comparación con la moderna y compacta máquina de Edward parecía provenir de la era paleozoica, período devónico. Quiero de decir que parecía provenir de hace unos 345 millones de años y era anterior a los dinosaurios, que aparecieron hace "sólo" 193 millones de años.
Delirios aparte, empecé a leer el relato de Edward.
—Padre nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea Tu nombre…
Es cerca de medianoche y mi hijo está muriéndose. Los médicos dicen que la enfermedad hará crisis hoy, y que si mi niño sobrevive a la noche lo más probable es que se cure. Yo sólo puedo rezar y rogar por la vida de mi pequeño. Nadie me asegura que mi hijo llegue con vida al día siguiente.
Otro sollozo escapa de mi boca, mientras mi niño se remueve en su camita, atormentado por la fiebre. Me santiguo y vuelvo a rezar.
—Ave María, llena eres de gracia, el Señor sea contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito sea el fruto de tu vientre, Jesús…
Le rezo a María. Ella fue madre, ella también tuvo un hijo, si alguien comprende mi dolor y desesperación, es ella. "Por favor, por favor", le ruego mentalmente, "salva a mi hijo".
La casa está en silencio. Las criadas están rezando también. Di orden de que todos en la casa caminaran rozando apenas el suelo, como si fuesen ángeles, a fin de no interrumpir el sueño de mi hijo. La fiebre lo consume, en los últimos días nunca durmió más de una o dos horas seguidas. En sueños, en delirios, solía llamarme, a veces en susurros, a veces en gritos estrangulados. Y yo sólo podía quedarme sentada a un lado de su lecho, refrescando su frente con paños fríos y rogándole internamente a Dios que no se llevara a mi hijo, es muy pequeño, por favor, él no, él no…
Angustias, mi hermana, prometió una peregrinación a la Basílica de la Virgen del Luján si Daniel se recupera. La semana pasada, cuando la fiebre de mi hijo aumentaba, prometió hacer la peregrinación descalza. Esta noche, mientras mi hijo deliraba sobre un azulejo y alguien llamado Martinito, Angustias prometió entre sollozos que haría la peregrinación de rodillas, si eso salvaba a Daniel.
Son las once y media de la noche. La casa está quieta, silenciosa como una tumba. Sólo hay una vela encendida, al lado de la cama de Daniel. En el patio, percibo una sombra oscura en el borde del aljibe. No está bien definida, pero tiene algo de siniestro… de sobrenatural… de macabro.
El relato de Edward seguía, con la atención de la madre, que veníamos a saber a mitad del relato que se llamaba Jimena, dividida entre el lecho de su hijo agonizante y el patio, que veía a través de la ventana. El que la Muerte no fuese claramente visible sino una especie de amenaza espectral la volvía mucho más temible y aterradora que la descripción del esqueleto verdoso fosforescente vestido con anticuadas ropas de gala.
El aullido que Jimena, la madre del pequeño Daniel, escuchaba cuatro minutos después de la medianoche le helaba la sangre en las venas y la hacía santiguarse tres veces, rogando que "esa pobre alma en pena encuentre descanso". La sombra oscura desaparecía, y con ella, la opresión en el corazón de la narradora. También el niño empezaba a respirar con más facilidad y la fiebre cedía lentamente. Al fin, agotada, la madre se dormía en una silla al lado de la cama de su hijo.
Cuando despertaba muy temprano a la mañana siguiente, su mano derecha estaba entre las de su hijo, que le sonreía con cansancio, pero completa lucidez. El chico todavía estaba pálido y delgado, pero ya no tenía fiebre. Después de una comida ligera, el niño dormía varias horas seguidas en un descanso tranquilo y reparador. Los médicos, que iban a verlo más tarde, confirmaban que lo peor había pasado. El niño reía. Jimena lloraba de alegría, abrazada a su hermana Angustias, que lloraba y reía a la vez. El relato de Edward acababa poco después, narrando los festejos de toda la casa por la recuperación del niño, sin entrar en detalles sobre la recuperación del azulejo y demás.
Acabé de leerlo con un nudo en la garganta. Yo no tenía hijos ni planes de tenerlos, pero no me costaba imaginar que debía ser así como se sentía una madre al ver su hijito gravemente enfermo. El ambiente, con la presencia ominosa de la Muerte en el patio, insinuada pero no mostrada, el suspenso, la tensión, estaban muy bien manejados.
En comparación, mi relato desde el punto de vista del gato era una porquería. No es que yo pretendiera competir con Edward, pero no podía evitar comparar, y mi estúpido gato narrador era un idiota. Ni siquiera me gustaban los gatos. ¿Por qué me había parecido que escribir desde el personaje de un gato era buena idea el primer lugar? ¿Qué sabía yo de gatos, de todos modos?
—¡Es genial, Bella! —rió Edward, señalando la pantalla de mi computadora—. Me encanta. ¡Me encanta! No tenía idea que escribieras tan bien y tan divertido. Si un día encuentras a Kato, quiero adoptarlo de mascota, su mente es la mar de interesante para leer… —su expresión divertida decayó cuando se giró y vio mi cara—. ¿Bella? ¿Qué pasa?
—Kato es un idiota —musité—. No sé por qué escribí eso.
—Pero, ¿qué dices? ¡Es excelente! Sin decir exactamente qué es lo que pasa, uno se da cuenta perfectamente, y las observaciones de Kato son brillantes —me aseguró Edward, que ahora parecía un poco preocupado.
—Hasta el nombre del gato es estúpido —gruñí.
—Al contrario, es interesante que lo llamaras "gato" al gato, pero en esperanto —me aseguró Edward.
—¿Esperanto? —repetí, deseando que la tierra me tragara—. ¡Se suponía que era español!
—Eh, no. Kato es esperanto. Gato es español —me corrigió Edward gentilmente.
—No sirvo ni para ponerle nombre a un miserable gato… kato... gato… como sea —gemí, agarrándome la cabeza con las dos manos.
Edward pasó el siguiente cuarto de hora tratando de convencerme que ni Kato era un idiota ni yo una estúpida, que mi narración era buena y que su historia rezumaba dramatismo, mientras que el tono de humor de la mía era mucho mejor. Yo insistía en que el gato era un imbécil y yo una imbécil al cuadrado por inventar un gato imbécil y escribir un cuento que era un certificado de pobreza intelectual.
Nos interrumpió la llegada de Charlie, que si no hubiésemos pasado el resto de la tarde discutiendo. No mencioné más el tema, pero me propuse borrar mi miserable redacción en cuanto tuviese una oportunidad y escribir algo mejor. Todavía tenía tiempo hasta el lunes, ya se me ocurriría algo.
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El jueves la profesora Buchwurm no tuvo mejor idea que aparecer luciendo un ajustado vestido tejido de lana color amarillo canario con mangas muy largas y falda muy corta, acompañado de un can-can [pantymedias] de nylon negras con un calado de rosas. Para completar, borceguíes suela de tractor y accesorios plateados tintineantes. Por primera vez, llevaba una vincha en lugar de su habitual pañuelo de seda en el cabello enrulado.
Por supuesto, a esta altura su excéntrica forma de vestirse ya era la comidilla de todo Forks, tanto o más que los avances en el "caso Berty". Había gente que hacía apuestas sobre qué aparecería modelando la profesora Buchwurm el día siguiente, y no me abandona la sospecha que el que Tyler pidiera salir en clase de Biología explicándole al profesor que tenía diarrea se debía a una apuesta perdida.
Terminamos de trabajar El hombrecito del azulejo, tras hacer un intenso repaso de todos los personajes secundarios y las estrategias de cada tipo de narrador. Después, la profesora respondió algunas preguntas. Ángela quiso saber si podía escribirlo desde el punto de vista del ángel de la guarda de Daniel, el niño enfermo, o si la inclusión de un personaje que no sólo no aparecía en el cuento sino que era fuertemente religioso no sería lo ideal.
—Ángela, yo evalúo redacción, ortografía, asimilación al cuento y estética literaria —explicó la profesora—. Usted puede incluir ángeles, demonios y todas las criaturas religiosas que quiera, siempre que no convierta su redacción en un panfleto.
—¿Podemos escribirlo desde otra persona, así, que sabe todo lo que pasa pero no es un personaje? —preguntó Austin.
—Eso se llama un narrador omnisciente —corrigió la profesora frunciendo las cejas—. Y no, no puede hacerlo. La consigna dice claramente que debe ser un narrador personaje, inmerso en la historia.
—¿Puedo escribirlo desde un objeto inanimado? —preguntó Ben con un poco de timidez.
La profesora parpadeó un poco sorprendida.
—Seguro. ¿Por qué no, en realidad? No se me había ocurrido, pero tampoco se me había ocurrido escribirlo desde el ángel de la guarda —admitió la profesora—. ¿Desde qué objeto pensaba escribirlo, eh…?
—Ben —completó él—. Hum, no estoy seguro, pero pensé en contarlo desde cómo lo vería… bueno, sentiría, o como sea… la pared de la galería. Ya sabe, por todo eso de "si las paredes hablaran", y es ahí donde está el azulejo con el hombrecito, y donde el chico juega… no sé, me pareció buena idea.
—Es una excelente idea, y voy a estar encantada de leerlo —aseguró la profesora con una sonrisa.
Yo permanecía en el más absoluto silencio. No tenía preguntas, y me convencía cada vez más que lo que había escrito era una tontería en cuatro patas (en más de un sentido). ¿Pero cómo entonces? Todas las buenas ideas se les habían ocurrido a los demás por lo visto…
—Eh, yo lo quiero escribir como si fuese la Muerte, ¿puedo?
Bufé. Por lo visto, no todas las buenas ideas tenían dueño ya. O no todos mis compañeros tenían buenas ideas. O al menos Mike no tenía.
—Puede, por supuesto —respondió la profesora.
—¡Y yo desde el hombrecito del azulejo! —chilló Jessica.
Genial. Ésos dos sí que eran tal para cual.
—Puede, claro que sí —concedió la profesora—. ¿Hay más dudas?
—¡Que nadie más escriba como si fuese el duende del azulejo! —advirtió Jessica.
—¿Por qué no? —quiso saber la profesora, enarcando una ceja.
—¡Porque ya lo escribo yo! —respondió Jessica como si fuese obvio.
—Justo por eso me parecería interesante que alguien más también escriba desde ese personaje. Dos personas pueden ver cosas completamente distintas tras mirar por la misma ventana —contestó la profesora con más paciencia de la que Jessica en mi opinión merecía.
Jessica entornó los ojos, pero no replicó.
—Espero sus trabajos sin falta en mi casilla de correo el lunes —advirtió la profesora Buchwurm—. El horario no importa, siempre que lleguen con fecha de lunes. Esta tarde voy a enviarles un nuevo cuento, que vamos a empezar a trabajar mañana, por lo que doy por sentado que lo leerán con atención antes de nuestra clase de mañana. Oh, y repasen sus apuntes de historia sobre la Segunda Guerra Mundial, eso les ayudará a comprender mejor el contexto.
—¿Cómo se llama el cuento? —preguntó Ben con interés.
La respuesta de la profesora estaba acompañada por una sonrisa triste:
—Mil grullas de papel.
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El cuento existe, es de Eleanor Coerr y pueden leerlo, quitando los espacios, en:
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