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Capítulo IV
"Gokudera Hayato"
Sorpresa.
Era la palabra que definía a la perfección la cara de los guardianes.
Los ojos totalmente abiertos, cejas alzadas y bocas a las cuales una mosca podría entrar fácilmente. El hecho de que sus rostros estuvieran negros por la pólvora no los ayudaba a presentarse más "serios".
¿Y de donde la pólvora? De aquella explosión enorme que surgió desde la sala este. Misma explosión que acabó por completo con ésta.
A pesar de todo, de alguna manera estaban acostumbrados a eso. Todos los días, algo se rompía, acababa destrozado, cortado, incinerado o algo parecido. Lo que les sorprendía era quien había provocado dicha explosión.
Giotto caminó entre los escombros para encontrarse a su mano derecha, quien portaba su arco mirando desinteresadamente al niño a quien le correspondía cuidar. El menor lo miraba con los ojos abiertos, con la cara de un cachorro emocionado.
- ¿Y? - se quejó G mirando al niño - ¿Ahora admites que soy mejor creando explosiones que tú? - dijo de manera arrogante mientras bajaba su arco y sacaba una caja de cigarrillos de su pantalón.
Todo fue bastante extraño.
Comenzó cuando el resto de los guardianes logró escuchar unas pequeñas explosiones. Yendo directo a donde provenían los sonidos, quedaron algo confundidos al percatarse del sitio. ¿Qué no era donde hace unos minutos se encontraba G con su niño encargado? Se miraron entre sí, y antes de que fueran capaces de abrir la puerta y preguntar que pasaba, todo había quedado reducido a escombros con una explosión mucho mayor.
- Vale. Lo admito - admitió de mala gana el menor cruzándose de brazos. G sonrió con satisfacción.
- Eh, G… - Giotto se acercó a su amigo con una forzada sonrisa en el rostro - ¿Qué pasó aquí?
- Ah - el mencionado suspiró - Larga historia.
- Viejo, ¡dame eso! - gritó dando saltos tratando de alcanzar su anhelada forma de entretenimiento.
G se preguntó mentalmente si no se daba cuenta que era inútil. No iba ser capaz de quitárselo de las manos por la obvia diferencia de estaturas que tenían.
- No
- ¡Dámelo!
- No
- ¡Dámelo, dámelo, dámelo!
- ¡Que no! - le repitió con un palpable tono de enojo. Sólo ocasionó una mirada de odio del pequeño - Joder, pareces piro maniaco con eso.
El chico frunció el ceño y le dio la espalda saliendo corriendo a buscar más de aquello que le había quitado.
El guardián de la tormenta suspiró de forma cansada. ¿Pero de dónde demonios había conseguido el crio dinamita? Cuando se había dado cuenta, el mocoso ya tenía todo un empaque del explosivo. Y el muy maldito lo quería hacer explotar.
Se sobó las sienes mientes se sentaba en una silla cercana y ponía el empaque de dinamita en sus piernas.
Eso era tan estresante.
Bien, podría ser que a Giotto y Daemon les haya funcionado eso de que estuvieran solos con sus niños, pero a él no. Aunque todavía tenía dudas de como alguien como Daemon habría hecho para simpatizar a un infante. Un sudor frio le recorrió la espalda al recordar las palabras de Elena: "Que cada quien se encargue de cuidar al niño con quien más se parezca", si el niño realmente se parecía a Spade, que el dios de Knuckles los salve.
- ¿Quieres una taza de té para calmar los nervios? - G se sobresaltó al oír otra voz en la habitación. Tan adentrado estaba en sus pensamientos que no notó cuando alguien más había entrado.
Asari le dedicó una sonrisa de disculpa.
-No creo que sea lo que necesite ahora para calmarme - respondió con una media sonrisa cansada - Pero gracias - su compañero asintió en entendimiento.
- Es bastante estresante, ¿no? - habló con una extraña mueca en la cara, algo nada típico en él - Me sorprende que Daemon lo haya logrado antes que nadie. No me esperaba que tuviera ese lado paternal.
G estuvo de decir que de padre Daemon no tenía ni un pelo, pero se lo pensó. Después de todo su chiquillo lo seguía muy contento a donde iba. Tal vez realmente el ilusionista tenía un lado amable desconocido para la mayoría.
- Si él puede, nosotros también - declaró G. Más para Asari que para sí mismo - Vamos, si el tuyo no aprende a estar contigo es porque algo malo tendrá en la cabeza. Eres una de las mejores personas que hay.
Lo dijo sinceramente. Como respuesta Asari le brindó una sonrisa de agradecimiento.
- Opino lo mismo contigo. Serás, literal una tormenta con tu carácter, pero eres de las mejores personas que jamás he conocido, G.
Eso fue suficiente para subirle los ánimos al pelirrojo. Aparte de Giotto, la persona quien más lo conocía y era cercano, era el guardián de la lluvia. Al principio no se caracterizaban por llevarse exactamente bien, en el pasado G se molestaba que su compañero lo tomara todo tan calmado. Con el paso tiempo comprendió que esa era una característica invaluable.
Con un pequeño gesto, Asari se despidió mientras le deseaba suerte con su tarea. Él le devolvió la manera y le deseó lo mejor con la suya.
Con él, el escenario siempre era el mismo. El menor lo insultaba, le lanzaba mil y un maldiciones, y luego salía corriendo a quien sabe dónde. El pequeño tenía un carácter que ponía a prueba su muy poca paciencia. Si no fuera por las sonrisas burlonas del guardián de la niebla que recibía, ya habría hecho añicos al niño.
- Nufufu, nuevamente perdiste contra él ¿eh? - "Hablando del diablo" pensó G.
- ¿Qué quieres Daemon? - preguntó de mala gana. El mencionado dio una de sus típicas sonrisas.
- ¿Tiene algo de malo venir a ver como estas?
- Viniendo de ti, si - contestó sin inmutación, aunque como siempre a la niebla solo parecía hacerle gracia.
- ¿No has logrado nada en común? Deberías tratar de buscar algo en lo que te parezcas - sugirió, fingiendo no darle mucha importancia - Claro además del físico y la mala actitud.
- ¿Desde cuándo eres amable? - como siempre, G iba directo al punto sin darle vueltas al asunto. Habilidad que le ayudaba mucho a Giotto a la hora de las juntas con las demás familias, pero que en convivencia diaria era poco más que una molestia - Ah, claro. A Elena le gustaría que todos nos lleváramos bien con los niños, debí suponerlo.
Ante el hecho de ser descubierto Daemon le dio la espalda enojado mientras caminaba en dirección opuesta donde se encontraba G. La tormenta rió interiormente. Después de todo algo bueno tendría que tener ese tipo para que Giotto y Elena lo apreciaran.
- Alguna cosa en común, ¿eh? - dijo mas para sí mismo mientras volteaba a ver la caja de dinamita en sus piernas. Una idea cruzó por su mente en ese instante.
Estúpido. Era la definición que tenia para ese hombre de cabello rojo. ¿Por qué simplemente no podía dejarlo en paz? Desde que aquel niño llorón y el que tenía los ojos raros se encariñaron con sus compañeros, los demás trataban de simpatizar más con ellos.
¡Por supuesto que no iba a hacer lo mismo que esos dos!
Si bien, bien. Tenía que admitir que lo habían rescatado. Pero en primera los habían atacado por su culpa.
Al pensar en eso, una voz trémula y suave frase resonó en su cabeza.
"No fue su culpa"
Es lo que le había dicho aquel niño de cabello castaño mientras esperaba a que el líder de sus salvadores terminara de hablar con alguien.
Lo que más le molestaba de todo el asunto, es que realmente estaba empezando a querer acercárseles. Los dos que estaban los afamados guardianes se veían…
Felices.
Extrañamente felices.
Incluso aquel sádico de los ojos raros se veía algo contento.
"No juzgues antes de conocer" Le había dicho su adorada madre cuando aún estaba viva. Pero ahora que ella ya no estaba con él, nada era lo mismo. Había muerto junto con toda su familia. Todos habían muerto por una estúpida guerra de la cual ni siquiera estaban enterados.
"Los Vongola son los protectores de los débiles. Ellos harán lo que puedan por protegernos. Mas sin embargo no son dioses. No los culpes por no poder salvar a todos"
Las palabras de su difunta hermana se repetían una y otra vez en su mente.
Esas fueron las últimas palabras que escuchó de ella, antes de que la casa se les derrumbara encima y que él haya quedado inconsciente.
Es como si su hermana hubiera sabido que iba a ser rescatado por ellos.
- Al fin te encuentro mocoso - casi da un brinco al escuchar una voz detrás suyo.
Volteo rápidamente y se encontró justamente con la persona en la que estaba pensando. El muy molesto adulto de cabello rojo.
Sin embargo se sorprendió al ver en sus manos el empaque de de dinamita que le había quitado.
- ¿Qué quieres viejo? - dijo lo más brusco que pudo. El pelirrojo suspiró.
- Es G, ¿quieres? - el niño frunció el ceño, G rodó los ojos dispuesto a hablar de lo que venía en un principio - Veo que te gusta hacer explotar cosas.
- ¿Algún problema con eso? - ante tal respuesta tan descortés, el menor recibió un fuerte golpe en la cabeza de parte de su cuidador - ¡Oye!
- Se mas respetuoso - declaró el guardián sacando de su pantalón un caja de cigarrillos - ¿Y bien? ¿Te gusta hacer explotar cosas? - continuó con su interrogación mientras dejaba a un lado la dinamita y prendía su cigarro, fijándose claramente como el niño volteo a ver al abandonado paquete.
- Si - admitió de mala gana. No comprendía que era lo que obtenía el otro con saber eso.
La tormenta sonrió, llamando la atención del pequeño.
- ¿Te gustaría ir a explotar estas cosas? - preguntó señalando con su dedo índice a los explosivos.
El menor se quedó estupefacto. Por puro reflejo soltó un sonoro:
- ¡¿Eh?!
- Señor Giotto , Señor Giotto - el pequeño Tsuna jalaba de la capa del joven líder que estaba sentado en su escritorio viendo unos papeles. El jalarlo de esa prenda para llamar su atención se estaba haciendo una costumbre en él.
Giotto apartó su vista de los documentos para mirar al pequeño, que dirigía su vista hacia la ventana de su despacho, curioso.
- ¿Qué es ese sonido? - el mayor alzó ceja confundido. Tsuna le devolvió el mismo gesto.
Giotto entendió el mensaje y cerró los ojos, concentrándose en los sonidos de su alrededor.
Ahí estaba. Un sonoro "¡pum!" que se repetía numerosas veces. Había estado tan concentrado trabajando en los papeles que no le tomó importancia a todo lo demás de su ambiente. Al reconocer solo una cosa que era capaz de hacer ese tipo de estruendo, se paró de su asiento veloz y se dirigió hacia la ventana, asomándose para ver qué era lo que sucedía.
No supo del todo como reaccionar.
- ¿Señor Giotto? - susurró con un deje de temor el pequeño.
- Calma Tsuna. No pasa nada - Giotto lo tranquilizó mientras lo cargaba, dedicándole una sonrisa acogedora - Solo son G y su niño jugando - el castaño le dedicó una mirada de sorpresa.
- ¿Con que están jugando? - preguntó con evidente curiosidad. Aquellos sonidos que se escuchaban no eran exactamente de juegos. Giotto cambió su sonrisa por una más nerviosa.
- Con dinamita… - contestó casi en un susurro.
- Esto vaya que sirve para quitar el estrés - como si fuera el mejor remedio de todos, G volvió a aventar una dinamita hacia la pared trasera de la mansión, ocasionándole apenas unas pequeñas grietas en la pintura de ésta.
La mansión estaba construida con el mármol y piedra más resistentes de toda Italia, por lo que se necesitaba más que unas simples explosiones de menor magnitud para lograrle hacer algún daño.
- Luego yo soy el piro maniaco - comentó en voz alta el niño a su lado. Desde hace rato miraba como el adulto parecía relajarse con todo aquello.
- ¿Y tú qué? - le dirigió la palabra G. El niño lo observó como preguntado: "¿Yo?" - ¿No piensas intentarlo, mocoso? - preguntó dando una bocanada de aire a su cigarrillo que sostenía con la mano que no usaba para lanzar los explosivos - O acaso… ¿tienes miedo? - comentó con burla, esperando poder sacar una reacción de él además de insultos sin control.
La respuesta que recibió fue una que nunca espero obtener.
- ¡No soy un cobarde! - le gritó el menor lo más alto que pudo, con la cara enrojecida y la mandíbula apretada. G lo miró confuso, él nunca lo había llamado de esa forma - ¡No tengo miedo! ¡No soy un cobarde!
- Oie, oie. Calma nunca dije que fueras un-
- ¡No lo soy! - volvió a gritar fuertemente, tan alto que G tuvo miedo de que se lastimara la garganta. El niño terminó cubriendo su rostro con uno de sus brazos, tapando especialmente la parte de los ojos.
Sintió nauseas en su estomago y como las piernas le titiritaban. La escena de sus pesadillas se repetía de nuevo en su mente, atormentándolo incluso durante el día.
" - Je. Tenemos a un pequeño niño cobarde aquí - su voz ronca resonó entre las paredes, su mirada oscura se quedó fija en su cuerpo temblando de miedo. Pareciera que lo estuviera analizando con la mirada. Tuvo aún más temor - Oie, tu. La chica - se dirigió a su hermana que se encontraba delante de él, evitando que se acercaran más - ¿Por qué no dejas al pequeño cobarde que se haga en sus pantalones y te vienes conmigo? Mira que a pesar de ser joven eres guapa - sonrió de manera lujuriosa. Ella sólo lo miro con odio y asco mezclados.
- ¡Vete al infierno! - le gritó a todo pulmón, sin una pisca de duda en su voz.
El hombre a su lado oscureció su mirada mientras pateaba el cadáver de una mujer que yacía en el suelo cubierto de sangre. La madre de su hermana, la esposa oficial de su padre.
Él no lo sabía, pero en realidad, Bianchi se moría del miedo. Solo que no lo demostraba. Y no iba a hacerlo. Iba a ser el escudo de su hermano. Iba a ser su pase a la vida. Era lo mínimo que podía darle, como muestra de disculpa por no poder ayudarlo en nada, como un regalo que demostrara que no importaba que fuera de otra madre, ella lo quería desde el fondo de su corazón.
Por siempre lo haría.
Él estaba temblando de miedo detrás de ella, incapaz de procesar lo que ocurría. Todos los de su casa estaban muertos, y no solo los de ahí, sino también todos los demás de afuera de seguro también lo estaban. Quiso darse la vuelta hacia donde estaba y abrazarlo, decirle unas últimas palabras de consuelo.
Decirle cuanto lo amaba.
Que por favor fuera valiente y siguiera adelante, aunque ellos ya no estuvieran a su lado.
Que dejara de llorar y le mostrara como último gesto despedida una de esas hermosas sonrisas que tenía cuando tocaba el piano.
Pero al ver a los tipos delante de ella, supo que eso era imposible. Si se movía un poco, no dudarían en ir tras el más pequeño.
Volteó levemente, lo suficiente para verlo, y con una media sonrisa tratando de darle valor le susurro:
- Vete…"
Era patético y lo sabía.
Había huido dejando a su hermana con esos tipos, solo preocupándose por él. La había abandonado, era un cobarde. Un cobarde de los peores.
No supo en qué momento había empezado a llorar. Entre sollozos e hipidos incapaces de contener. "Cobarde, cobarde" le repetía su conciencia insaciablemente. Nunca se lo perdonaría. Era como si él mismo hubiera matado a su hermana.
Se sentía terriblemente culpable por haber hecho lo que hizo.
Tal vez esa era la razón por la que no simpatizaba con él adulto delante de él. Porque aquel pelirrojo no era ningún cobarde, era alguien lleno de valor. Lo podía ver en sus ojos. Ojos que eran capaces de desafiar cualquier cosa. Ojos que reflejaban una tormenta feroz.
- ¿Acaso tiene algo de malo tener miedo? - la voz sonaba tranquila, razonable. Tanto así que el niño se atrevió a quitarse el brazo de sus ojos y mirar al guardián entre la vista nublosa por sus lagrimas - Por mi está bien tenerlo - declaró sin un deje de duda en su voz.
Los ojos rojos del guardián refulgían como llamaradas. Sin una pisca de vacilación en ellos. Le pareció impresionante. Que alguien pudiera poseer ojos como esos, con tal seguridad y determinación.
- El tenerlo significa que tengo que hacerme más fuerte. Más fuerte para poder vencer aquella cosa a la que tengo miedo - habló, dedicándole una pequeña sonrisa - Así como tu hermana lo hizo.
Su corazón sufrió un terrible jalón que le dolió profundamente.
- ¿Sabes? He conocido a mucha gente, pero pocas tan fuertes y valientes como ella - dijo apretando su puño con fuerza y clavando la mirada en éste - Fue sorprendente, tuvo la suficiente fuerza de voluntad para esperar a que alguien la encontrara y así poder pedirle… - se interrumpió a la mitad, recordando los ojos llenos de esperanza que poseía la chica cuando la vio. El también sintió una punzada en su pecho lo suficientemente fuerte para no poder ignorarla. Relajó su cuerpo y abrió la mano, de la misma forma en que lo había hecho cuando soltó las de ella- … que te salvaran.
Los ojos verdes del menor no dejaban de derramar lágrimas mientras su cara se contorsionaba en un gesto de dolor. Sin saber bien el porqué, G recargó su mano en el pequeño hombro. El niño lo miro entre sollozos.
- Llora ahora todo lo que quieras. Honra su sacrificio como más creas plausible. Pero nunca vuelvas a avergonzarte de tener miedo.
Estuvo a punto de gritarle que eso era imposible. Que siempre se avergonzaría de ser un cobarde, y que siempre lo seria. Pero las palabras quedaron estancadas al notar la mirada especial que destellaba en el otro. Sus ojos mostraban una determinación y valor que lo abrumó desde el fondo de su ser
Era la mirada de alguien que ya había sufrido un miedo terrible antes. De alguien quien tenía incontables cicatrices en su alma. Mucho más profundas que la suya propia. ¿A cuántas personas valiosas había perdido él?
A varias, lo pudo leer en sus ojos.
Y aún así, seguía de pie. Grande y valeroso. Como una fortaleza inquebrantable.
Su mirada era la de alguien que logró vencer sus temores. De alguien que consiguió el poder para proteger lo que quería.
Aquellos ojos rojos escarlata mostraban la boca de un gigantesco huracán. De uno que arrasaría con todo cuanto quisiera.
De una tormenta viva.
Entendió porque ese hombre era llamado "El Guardián de la Tormenta".
Y sintió su corazón hincharse de admiración.
- Tener miedo está bien - concluyó el pelirrojo, apretando un poco su hombro en señal de confianza. El pequeño se secó sus lágrimas al instante con la manga de su camisa - Pero tienes que ser fuerte para afrontar ese miedo. Si te la pasas lamentándote por tenerlo, si serás un cobarde - con estas palabras G liberó su agarre y terminó tirando al suelo su cigarrillo ya apagado para después pisarlo.
- ¿Que clase de nombre es ese? - habló, aún con la voz algo entre cortada. La tormenta lo miró confundido - ¿G Archery? ¡El mío es mucho mejor!
Qué buena forma de arruinar el ambiente de entendimiento que se había instalado entre ellos.
- ¿No me digas? - G lo vio con una vena palpitándole en la frente - ¿Y cuál es tu "genial "nombre" mocoso?
- ¡Gokudera Hayato! - exclamó a todo pulmón - ¡Grábatelo!
G lo miró estupefacto.
¿Enserio el crio le había dicho su nombre? Hace una semana había jurado que nunca conseguiría saberlo. Sonrió ante su victoria, satisfecho como no lo había estado desde hace ya varios días.
- Hayato. Es un buen nombre - declaró - Pero me sigue gustando mas el mío - contestó con una sonrisa autosuficiente.
- ¡G! - le gritó.
- ¿Eh?
- ¡Apuesto a que soy mejor que tu creando explosiones! - declaró mientras agarraba la caja de dinamita y corría adentro de la mansión hacia el ala este.
G tardó solo unos segundos en ir corriendo tras él gritándole.
Bueno, como verán este capítulo empezó por el final. Espero que haya quedado bien.
Re editado y vuelto a escribir por ElenaMisaScarlet el 30 de Agosto de 2015
