Disclaimer: ya sabemos de quien es Gintama, esto está de más colocarlo pero ya que xD

N/A: Pues, es lo primero que subo en el año y encima con gripe fue que me decidí a escribirlo. Contiene más fanservice, capítulo corto no muy relevante (no se me ha olvidado el encendedor XD) y ya no sé si es gracioso. Sí hay errores, por favor avísenme.


Capítulo 4: Vigila lo que miran los niños en la televisión, porque ellos son esponjas.


Nada más estacionar la scooter en un sitio disponible, Kagura —con el casco puesto— fue la primera en bajarse de forma abrupta, en el proceso golpeando con su cabeza la barbilla de Gintoki. Los demás pasajeros también se bajaron a estirar un poco las piernas, los oficiales ya se habían quitado los cascos y Gintoki tenía las gafas protectoras colgando de su cuello.

El alivio por estar en tierra firme era evidente en Hijikata, Gintoki se sobó la barbilla adolorida sintiendo los dientes flojos por el accidental cabezazo (o al menos era su impresión). El trasero de Okita aún sentía los estragos del humo caliente y se apoyó del vehículo para sostenerse en pie: tuvo la mala suerte de tener un calambre en la pierna derecha.

Mientras, Kagura apretó las piernas, de alguna manera corriendo hacia el primer local que divisó, desesperada por alivio ya que a estas críticas alturas ya no tenía la motivación, resistencia o remilgos para evitar lo inevitable.

Aunque consiguió detenerse un rato (sin voltear) para quitarse el casco... y arrojárselo en la cara en un alarde de mala —o probablemente no— puntería a su acalambrado rival.

Okita lidiaba con el ya soportable dolor de su pierna, y por supuesto iba a recoger del suelo y lanzarle el infame objeto de vuelta a la cabeza cuando Gintoki ya lo tenía en sus manos.

Hijikata se sacaba de una de las mangas su ya maltratada caja de cigarrillos —gracias a los tirones de Okita— y se metió uno a la boca... sólo para recordar con amargura que ya no tenía como encenderlo. En un arranque de ira mezclado con frustración tiró el cigarro intacto al suelo, aplastándolo con el pie sin importar que más tarde lamentará desperdiciarlo así.

Los otros dos no le prestaron atención ocupado en otras cosas; la pierna de Okita apenas reaccionaba cuando miró con rabia a Kagura entrando en ese local, lamentando que el Jefe le confiscara los caramelos de menta que iba a echarle a la gaseosa de China sin que ella se diera cuenta. Hubiese sido de lo más hilarante empapar a la mocosa gracias a la química*, pero bueno, lo tendrá en cuenta para otra ocasión.

Gintoki miraba con ojos muertos el centro comercial que estaba a dos paradas. Sí hubiesen aguantado un poco más la posible amenaza de Kagura estallando, ella hubiese podido acceder con facilidad a un baño que quizá tendría áspero papel industrial para limpiarse (aunque es mejor que usar sus escasos fondos para lidiar con el inconveniente) que estar perturbando un negocio aparentemente promedio por querer mear.

Health me! —el grito se escuchó hasta donde estaban, enfocándolos en la actual situación.

A los tres les chirriaban los oidos con esa terrible pronunciación, mordiéndose la lengua para no replicar a gritos con un es «help me!».

«Kagura, no rompas nada porque te lo descontaré de tu sueldo», deseó Gintoki en su cabeza ignorando cuando fue la última vez que le pagó el salario. Sí ella destrozaba algo, era su asunto. ¡Él no iba a meterse!

Más gritos siguieron escuchándose y Okita —recién recuperado del calambre— caminaba lentamente hasta la entrada de esa tienda de tipo occidental. Así aprovechaba para burlarse un rato y usar la fuerza bruta si hacía falta.

Gintoki tenía la meta de montar su scooter y huir de una vez por todas del desperdicio de día que estaba teniendo: Al cuerno con el «piedra, papel y tijeras», con el par de mocosos, con la deuda que no era suya y sobre todo con ese ladrón de impuestos.

—Ni se te ocurra —una dura advertencia y un jalón en la yukata arruinaron los planes de Gintoki.

«Demonios», pensó Gintoki con presteza.

Ignoraba cuando fue que ese fenómeno adicto a la mayonesa había dejado de desquitar sus frustraciones —Gintoki hasta sentía lástima por el inocente cigarrillo y las fisuras que dejaba ese pie— en la acera ante el susto de las pocas personas que pasaban por allí. Giró la cabeza para encontrarse con la cara de asesino serial de Hijikata.

—¿Tu intención es destrozarme la ropa? —por supuesto, el imperturbable Gintoki lo encaraba con sus habituales ojos de pescado muerto.

—No vas a escaparte, Yorozuya —sentenció, aún sin soltar su agarre.

—Buscaba la entrada al continente Mu —mintió con pasmosa indiferencia.

—A veces eres tan predecible —Hijikata bufó.

—Y tú eres un fastidio dedicado a amargar vidas —resopló Gintoki, irritado—. ¡Ya suelta mi ropa que no tiene la culpa de tu mal carácter!

—¿Insinúas que mi día es de ensueño? —replicó Hijikata con sarcasmo, soltando bruscamente el pedazo de tela—. ¡Mi encendedor está destrozado!

—Oh, vaya tragedia. ¿Esperas que te dé el pésame? —ironizó Gintoki.

—Arriesgué mi vida montando esa chatarra —dijo Hijikata con los dientes apretados. ¡En verdad ese tipo es molesto!

—Y yo arriesgué mi vida aguantando sus peleas tontas. ¡Te cargaré la factura por la gasolina, bastardo!

—¡Ahora ni siquiera puedo fumar!

—Mejor, así aprovechas y dejas el vicio. Le estás haciendo un favor al ambiente.

—¡Todo esto es tu culpa, Yorozuya! —acusó Hijikata.

—¡Creí que eso se aclaró hace dos capítulos, tu sólo captas lo que te conviene! —replicó Gintoki— ¡Te tomas todo a pecho!

—¡Y tú no te tomas nada en serio!

—Honestamente, yo no le veo nada serio a esto —confesó Gintoki, hastiado.

—Porque tu mente está jodida gracias a esa comida de gato.

—La tuya lo está más con ayuda de toda esa comida de perro.

—¡No rebajes mi Hijikata Special al nivel de la basura que consumes!

—¡Las judías dulces con arroz son un manjar, no basura! ¡Aprende del paladar de un gourmet, idiota!

Ambos ya estaban a los gritos, llamando la atención de las personas que pasaban por allí. Por supuesto, ninguno prestó atención.

—¡Ni siquiera sabes que es un gourmet, imbécil!

—¡Tú no eres quien para hablar, estúpido come penes!

—¡Tú también comiste, bastardo!

Los dos jadeaban por el esfuerzo de utilizar sus pulmones para gritarse el uno al otro.

—Mami, ¿qué es un come…? —una vocecita rompió esa breve pausa.

—¡Shhh! ¡Eso no se dice! —frente a la inocente pregunta indiscreta; una señora cubría la boca de una niña de unos cuatro años, horrorizada y sin tener ganas de adelantar la temible charla reservada para algunos años más tarde.

Ahora las miradas dirigidas a ellos eran una mezcla de horror, sonrojos, algunos que otros ojos brillantes, ojos confundidos. Finalmente, ellos repararon en sus alrededores y sus reacciones fueron como el contraste del día y la noche: Gintoki puso sus mejores ojos vacíos, rodándose el hombro derecho como si nada. Hijikata no sabía en qué piedra esconderse por la vergüenza que se desbordó de golpe, reflejada en el tomate que era su cara.

—E-ehhh... ¡N-nos referíamos a-a los mariscos Amanto con forma... íntima! —tartamudeó Hijikata, intentando salir del problema con la cabeza en alto, consciente de las miradas—. N-no saben t-tan mal, ¿cierto? —balbuceó atropelladamente, sus ojos como platos dándole señales al Yorozuya para que le siguiera la corriente.

—Eh... yo no opino igual —contesto Gintoki con mirada apática, nada dispuesto a hundirse con Hijikata—. ¡Quizá sea un gourmet, pero en el fondo apoyo la comida local! Oogushi, lávate la boca.

«¡Cabrón!», pensó Hijikata, su cuerpo temblándole y sus manos apretadas en puños.

¡En verdad ese sujeto era insufrible!

—¡Tú eres el que habla porquerías frente a menores, boca sucia! —se indignó Hijikata.

La niña retiró la mano que le tapaba la boca y preguntó:

—¿Mami, el señor tiene mal aliento por come...?

—¡No preguntes! —chilló la mujer, tomando la mano de la niña para llevársela a un lugar más sano.

—¡Adiós, señor Boca Sucia! —la muchachita agitaba el brazo libre, despidiéndose— ¡Adiós, señor Come…! —su madre prácticamente se la llevó corriendo de la acera.

Luego de perder a madre e hija de su vista, ambos dejaron de discutir y claro, instantáneamente los curiosos se desvanecieron. Gintoki se picó la oreja, inmutable al pensar en la inocencia de los niños; él aún recordaba con aburrimiento cierto dibujo que hizo aquella niña. Hijikata agradecía por primera vez en el día no estar uniformado... menos mal que desde un coche patrulla podía hacer su trabajo en esa zona.

—Eres de lo peor corrompiendo niños —bufó Hijikata—. Con razón esa mocosa es como es.

—Kagura ya vino así a este planeta, no me culpes —gruñó Gintoki—. Tú le dejaste un trauma a la madre, no me reclames.

Ahora más que nunca, Hijikata ansiaba fumar. De verdad, sus ganas de regresar a trabajar eran superadas por tener su encendedor en mano.

—Toma, a ver si te mejora un poco el humor. Aunque eso es imposible —Gintoki palpaba su yukata, encontrando el barato encendedor de gas que venía en la bolsa de papel (lo que pudo rescatar de las garras de Kagura junto con unas pocas golosinas) y se lo tiró a Hijikata.

—Tch —masculló Hijikata, atrapando el mechero—. Aún me debes mi encendedor.

—Vaya que eres quisquilloso. Quédate ese, ni que yo lo fuera a usar —contestó Gintoki, ya comiendo una parcialmente derretida barra de chocolate.

Hijikata apretó el objeto en un puño, considerando tirarselo en la cara al Yorozuya... también supuso que si lo hacía iba a tener el doble trabajo de recogerlo él mismo porque de seguro el bastardo con cara de sueño eterno no iba a molestarse en entregárselo. Así que —por ahora y renuentemente— sus ganas de nicotina ganaban a cualquier agresión contra ese subnormal, había decidido al encender un cigarrillo.

Gintoki degustaba ese trozo de «oro marrón», en parte porque tenía un poco de hambre; por otro lado, sólo esperaba que el poder del azúcar le ayudara a soportar la presencia de esa chimenea andante. Generalmente no le importaba tanto, pero esta vez necesitaba más autocontrol para no sacarle la cabeza: aguantaba más de lo habitual esas pupilas dilatadas y el puto ceño fruncido.

Permanecieron matando vicio en tiempo record, los dos de acuerdo en que los niñatos ya se tardaban mucho en salir.

-oOo-

Las piernas de la joven dependienta no reaccionaban conforme a sus deseos, de lo contrario hacía ratos hubiese escapado de allí en lugar de estar frente a esa chiquilla psicótica golpeando el mostrador pidiendo un lavabo. Aterrada como estaba ante aquella «amenaza pelirroja», ella había perdido la capacidad de articular palabra; menos podía oprimir la alarma que tenía a pocos metros. No era justo, ¡no le pagaban lo suficiente para aguantar tanto!

Cuando vio entrar a ese oficial; imaginó que todo se solucionaría —porque la policía tenía que servir para algo—. Sin embargo, las ilusiones que la empleada pudo haber albergado sobre un posible rescate se vieron destrozadas en pocos segundos en cuánto el oficial empezó a burlarse de la niña.

Horror.

—¡Quiero un baño! ¿Dónde lo escondes? —exigió Kagura a la muda dependienta. A este punto el mostrador ya temblaba por los golpes y en cualquier momento se rompería.

—Los objetos no tienen la culpa del poco control de tus esfínteres, China —dijo Okita, indiferente—. Si causas destrozos, te arrestaré.

—¡Déjame en paz! ¡Ve a molestar a otra parte, si! —gritó Kagura sin molestarse en mirarlo. ¡Ya estaba a punto de estallar!

—Como policía es mi deber proteger a los ciudadanos de peligros como tú. Sólo hago mi trabajo.

—¿Desde cuándo sabes que significa trabajo, estúpido vago con placa? —siseó ella.

—Seré un vago, pero tengo sueldo fijo —él se encogió de hombros.

—Sueldo mal ganado, sí.

—Al menos mis bolsillos no están vacíos como los tuyos.

—¡Ya cierra la puta boca, Sádico! —demandó y se dirigió a la muchacha— ¡Oye! ¡Dime inmediatamente dónde está tu baño que no lo veo! ¡Me estoy meando! ¡Ya no puedo aguantar más, el pis está a punto de salir y yo no voy a limpiar nada, si!

La expresión maniaca que tenía Kagura sólo sirvió para que la dependienta tuviera cara de tener más ganas de huir. Las pocas clientes del local en un acto de prudencia se dedicaban a permanecer con la vista fija en la mercancía.

—China, vaya modales —se burló Okita.

—¡Oye! ¿Estás sorda, si? ¡Me voy a orinar! —Kagura no escuchó a su rival, sollozando porque la presión era cada vez más fuerte.

A Okita le sorprendía que durante el tiempo que China gastó en atormentar a esa tienda con sus pulmones, no hubiese derramado ni una gota. Que tuviera las piernas apretadas en cierto modo ayudaba, o quizá era cosa del metabolismo de los Yato. De seguro un humano ya hubiese mojado la ropa.

Okita miró a la petrificada empleada —cabello marrón, blanca, ojos castaños— y sólo necesitó esbozar su sonrisa de host para devolverle la movilidad de las articulaciones. Como imaginó al ver su cara ruborizada, era una «M del closet» (él tenía un sexto sentido para esas cosas) a la que podía manipular a su antojo.

—Oye, ¿hay un baño aquí? —preguntó Okita en tono suave.

«¿Este idiota se cree la tapa del frasco o qué?», pensó Kagura.

Aún con el deseo de descargar, ella sintió ganas de vomitar en público todo lo que se comió. De verdad, esto era insólito.

—S-si —las cuerdas vocales de la dependienta volvieron a funcionar, ahora concentrada en quien le hablaba.

—Se dice «Sí, amo» —le ordenó Okita.

—Sí, amo —repitió la chica como autómata.

Kagura los miró asqueada. Ahora sí que estaba a punto de mearse en la ropa y todo por culpa de las mañas raras de ese imbécil.

—Dile donde está el baño a la mocosa. Sí se orina aquí, haré que lo lamas del suelo.

—¡Cómo ordene, amo! —ella contestó— Al fondo, a mano izquierda —dijo, señalando.

A Okita no es que le haya motivado el altruismo ni nada por el estilo. Que China moje la ropa para él equivalía a burlarse por un buen tiempo (se burlaría el doble de tiempo si a ella le hubiesen dado ganas de defecar en el camino), pero le atraía más divertirse a costillas de Hijikata y el Jefe y este asunto está desviando su atención del tema principal. Ya era hora de darle cierre; además, China se la debía.

Kagura no sabía si el Sádico utilizó hipnosis, brujería, o lo que fuera, pero consiguió darle acceso al preciado inodoro. Lo cierto es que tan necesitada de aliviar sus riñones estaba, al punto de no desaprovechar la oportunidad. De todos modos, ella no le debía nada a ese cabrón. Él lo hizo porque le dio la gana.

Kagura no supo nada más (a este punto su vejiga ya era similar a un grifo goteando por quedar mal cerrado), ni oyó la puerta de la tienda abrirse porque ya estaba corriendo hasta su salvación.


I love okikagu: Jajajajaja pobrecita y encima con las porras de Sougo, asi cualquiera lol, gracias por los comentarios, igualmente espero la hayas pasado bien.

Lu89, Mitsuki, Guest (1), Guest (2): Muchas gracias, me alegro de que se rían un rato con mis incoherencias n_n


*Okita se refiere a ese experimento con Mentos y Coca Cola: los mentos favorecen que se formen las burbujas y provocan que la gaseosa salga en forma de geiser (youtube para más explicaciones)… así que Kagura se salvó de una buena empapada XD

Pues… este capítulo era más largo, pero me estanqué. El próximo creo que será el final de este fic si es que no me antojo de dividirlo.

Muchas gracias por leer n_n


EDIT: 12/02/2016 Errores ortográficos. Puedo ir editando si visualizo más.