V.
Sosteniendo el tripie en una mano, y apretando el estuche de la cámara con la otra, Francis estaba de pie frente al tattoo parlour sin atreverse a llamar a la puerta. Era temprano en una mañana de sábado, y un pequeño letrero que decía «cerrado» aún estaba colgado en una ventana. La puerta había sido tapada con una tela negra, por lo que Francis no podía ver hacia adentro.
Al despertarse esa mañana, le mandó a Arthur un mensaje avisando que se prepararía para ir a tomar las fotos para su tarea. No recibió respuesta, y se temía que el gruñón lo ignorara y decidiera no abrirle las puertas. Era posible que incluso se hubiera quedado en casa, luego de decidir no abrir el lugar solo para sabotear los planes de Francis.
Mientras aún consideraba las posibles situaciones en las que terminaría, la tela negra se levantó un poco del otro lado antes de abrirse la puerta, y Chris salió de estampida a la calle, casi chocando con Francis.
"¡Buen día!" Saludó el muchacho, algo sorprendido, y volteó a la evidente cámara que Bonnefoy llevaba en su lujoso estuche. Su expresión se iluminó. "¡Ya veo!" Exclamó, juntando las manos. "¡Por esto es que está tan emocionado!"
"Huh… buen día…" Saludó apenas, con un signo de interrogación en la cara.
"Esta mañana mi hermano ha salido corriendo de casa, murmurando cosas como: «¡Las visitas se anuncian con anticipación!»" Imitó la voz de Arthur de forma aplaudible, para después reír un poco. "Nosotros vinimos para traerle el desayuno, pues salió de repente, ¡y de inmediato nos ha puesto a limpiar con él! Justo ahora, me mandó—"
De nueva cuenta, la puerta detrás de ellos se abrió, pero ahora la tela del otro lado había sido removida de su lugar completamente. Arthur volteó hacia su hermano menor, frunciendo el entrecejo. "Ya te hacía de regreso con lo que te pedí, Chris. ¿Qué esperas?"
El muchacho no perdió más tiempo, y salió corriendo hasta dar vuelta en la primera esquina. Al perderlo de vista, la atención de Francis se posó en el hombre frente a él. Arthur llevaba una camiseta roja con mangas un poco más largas de lo que usualmente se ponía, y un pantalón corto a las rodillas de color caqui. Iba descalzo. Francis se dio cuenta de que sus pies no tenían ningún tatuaje a la vista.
"Llegas diez minutos tarde de la hora que dijiste," Gruñó, mientras indicaba a Francis que entrara.
"Pensé que habías ignorado el hecho de que iba a venir, ya que no recibí respuesta."
"Apresúrate con lo que tienes qué hacer," Arthur se adelantó al interior del lugar, ignorando ese último comentario, y tomó un plumero que había sido abandonado en una mesita de metal, que tenía pequeñas llantas en cada pata. Con la primera mirada alrededor, Francis vio a Kyle barriendo diligentemente al fondo.
"Francis, qué bueno que viniste," Saludó el joven, aún despeinado y con cara adormilada. Llevaba una camiseta de pijama afelpada con un curioso estampado de un canguro. "Arthur ya estaba empezando a desesperarse, diciendo que no ibas a venir y—"
"Más vale que te apures en terminar, cara de idiota."
"¡Hey! ¡Mamá te dijo que no me llamaras así!"
"Registra lo mucho que me importa. Terminas, y sales a esperar a Chris; en cuanto llegue quiero que ambos saquen sus traseros de mi vista."
Kyle infló las mejillas, pero continuó barriendo. "¡Qué grosero! Y yo que te ayudé a limpiar…"
Francis solo escuchaba en silencio. Si antes el tattoo parlour le había parecido ordenado y limpio, ahora no tendría palabras para describirlo. El piso estaba tan reluciente que le daba lástima pisarlo; los espejos no tenían rastros de manchas. Las plantas estaban adornadas con pequeñas gotas de agua, seña de que habían sido regadas sin falta esa mañana, y los cuadros en las paredes alineados correctamente. Incluso las herramientas de Arthur por aquí y por allá, posadas en sus lugares de forma descuidada, daban la impresión de que estaban justo en los lugares correctos.
Colocó el tripie en el piso, luego de extenderle las patas metálicas, y sacó la cámara de su funda. Al ponerla en su lugar, metió una mano a las bolsas de su abrigo para sacar un pequeño cuaderno y una pluma. Empezó a hacer apuntes mientras observaba a su alrededor. Kyle estaba levantando la basura que le quedaba, y Arthur se había dispuesto a guardar sus herramientas apresurado, cuando Francis le pidió que las dejara en su lugar. El de los tatuajes no protestó (para sorpresa de Francis), y se alejó para permitirle trabajar en paz.
Arthur se quedó al margen, junto a Kyle, mientras ambos observaban al francés concentrado en lo que hacía. Se veía muy profesional, haciendo apuntes y de vez en cuando asomándose a la cámara para ajustar algo. Arthur se encontró un poco contrariado, pues no pensaba que Bonnefoy de verdad se iba apresurar con eso. Se imaginaba que el hombre iba a intentar hablar de cualquier cosa y perder el tiempo.
"Por como Francis nos habló de su tarea," Dijo Kyle de repente, en voz baja. "Me pareció que no le gustaba nada de… esto, de las fotos. Pero en realidad, parece muy interesado."
Arthur, perdido en la forma en que Francis se acomodaba el cabello detrás de las orejas, asintió de forma distraída. Kyle volteó un poco hacia él, y sonrió. "Se nota que se esfuerza en hacerlo lo mejor posible. Me alegra que aceptaras ayudarlo."
"Ya cállate," Apartó su vista de Francis, y dio un codazo a su hermano menor. "Creí haberte dicho que salieras luego de terminar."
Kyle no tuvo que salir, pues Chris había llegado con una bolsa de la panadería de la señora tuerta. Arthur inmediatamente los mandó a casa, y sus hermanos no se fueron sin antes dirigirle unas miradas pícaras y sonrisas confianzudas.
Intentando ignorarlos, el mayor de los Kirkland caminó hasta un pequeño pasillo al fondo del establecimiento, y entró en la última puerta. De prisa, sacó de una insípida alacena un plato transparente para acomodar en él los panes que estaban dentro de la bolsa. Cuando regresó a la tienda, Bonnefoy ya estaba tomando fotos a todo lo que podía. Continuaba haciendo apuntes. Arthur se sentó en una silla alta, y puso el plato con los panes a su alcance. Observó a Francis masticar de forma distraída la tapadera de la pluma, mientras analizaba sus apuntes o mientras veía las fotos que acababa de tomar. Sin interrumpir, Arthur solo se mantuvo al margen de forma orgullosa, comiendo croissants, y viéndose incapaz de ofrecerle a Bonnefoy algo de comer o al menos agua.
"Para ser alguien con problemas en el curso, te veo tomando fotos sin ningún problema," Arthur no pudo soportar el silencio más tiempo.
"Me estoy esforzando, sabes," Aún concentrado en lo suyo, Francis respondió despacio. "Quiero que Wang se quede con la boca abierta, aunque signifique estar viendo cada detalle de estas condenadas fotos. Nunca me han gustado mucho; ni verlas, mucho menos tomarlas." Dijo, de forma un poco amarga.
Arthur gruñó al sentir el cambio en el tono del otro, y decidió cambiar de tema. "Yo preferí dejar toda esa mierda. ¿Por qué hacer algo que no me gusta? Además, tener que soportar gente inepta y estúpida a la que llaman profesores no me hacía ninguna gracia."
Aprovechando que el chico gruñón estaba muy parlanchín, Francis decidió al menos intentar calmar su curiosidad. "Emma me ha dicho que ibas en una carrera donde la gente prácticamente se fusiona con las matemáticas y la física," Decidió no usar el nombre de Afonso en esta afirmación, y lo cambió por el de Emma. "¿No será que no entendías nada?"
Ignorando por una vez el nombre de la joven, Arthur volteó indignado hacia Francis debido a la última acusación. "No me hagas reír. Esas ciencias son simples, siempre y cuando sigas las reglas que van con ellas. Nunca se me dificultó ningún tema." La forma en que habló no era por ningún motivo de alarde, sino afirmando un hecho, y Francis no pudo evitar notarlo. "Lo que no soporté, fueron los profesores y sus idioteces."
"Te comprendo en eso último," Asintió, alejando la vista de la pantalla en la cámara para ver los cuadros con antiguos trabajos de Arthur en ellos. "Pero si eras tan bueno en ello, debiste continuar estudiando."
"Que entienda toda esa mierda no quiere decir que me guste," Arthur tomó otro pan, y le arrancó un pedazo con enojo. "El viejo nunca comprendió eso, pero ahora ya no está para reprocharme nada."
Francis se armó de valor para preguntar, y se preparó para recibir la respuesta que temía. "¿Qué le pasó?"
Enfocando su vista hacia el francés, Arthur lo vio con una expresión inusualmente seria. "Murió," Dijo, confirmando los temores de Francis.
Estuvo a punto de disculparse, muy apenado, cuando Arthur empezó a reír como loco, retorciéndose en su silla. "¡Debiste ver tu cara!" Gritó, entre risas. Francis no tenía idea de qué demonios pasaba.
"No está muerto," Explicó entonces Arthur. "Solo me largué de casa, y ya no tiene ninguna autoridad sobre mí."
Francis sentía que podría vomitar en cualquier momento. "Tienes muy mal gusto…"
"Mira quién lo dice. Alguien que no aprecia mis obras no puede hablar."
"¡Claro que las aprecio! ¿Les estoy tomando fotos, no? Que no me guste tener tus queridas obras de por vida en mi piel, es otra cosa."
"Les estás tomando fotos solo porque aprovechaste la situación, no porque de verdad te interese."
"Las oportunidades son para aprovecharse," Recitó entonces, de forma solemne, para después guiñarle un ojo al de los tatuajes. Inspeccionó de nuevo sus alrededores, para agregar: "Quién diría que este negocio tan bien equipado surgiría de un día al otro luego de que te escaparas de casita."
"Sueño con este lugar desde que usaba pañales, tengo toda mi vida ahorrando. ¿Y qué es esto? ¿Un interrogatorio? Ponte a hacer lo tuyo, y déjame en paz."
"Pero si fuiste tú quien me habló primero…"
Francis alcanzó a ver las mejillas de Arthur ponerse coloradas mientras el gruñón apretaba los dientes. "¡Pues ahora quiero que te calles!" Luego, bajó de la silla alta en que estaba y salió de estampida rumbo a las puertas en el estrecho pasillo del local, dejando el plato con los panes solos en una mesa.
Con el silencio invadiendo el lugar, Francis retomó su manía de morder la tapadera de su pluma con el objetivo de concentrarse y poder tomar más fotos. Cambiaba cosas de lugar, y las ponía en posiciones específicas para alguna buena toma. Antes de capturar cada escena, intentaba pensar en lo que le gustaría transmitir con cada foto, pero falló en repetidas ocasiones. Se le daba fatal todo eso, y se había conformado solo con hacer su presentación sobre algo que a Wang le pareciera interesante, pero no le gustaba la idea de tomarse a la ligera sus asignaciones. Intentaba encontrar una forma de transmitir algo, solo algo, lo que fuera, en cada fotografía; pero trabajar en un lugar tal como un tattoo parlour no estaba ayudando en lo más mínimo.
Sintió la mañana irse un poco más lento que de costumbre, pues podía trabajar tranquilamente y no era necesario preocuparse por horarios fijos y carreras a cada minuto para llegar a tiempo a clases. Cuando Arthur salió de la habitación donde se había metido, Francis ya se había comido unos panes que habían quedado olvidados en el plato y discutieron un poco como niños pequeños. Esencialmente, el joven fotógrafo consiguió las tomas que necesitaba y se dispuso a guardar sus materiales mientras agradecía a Arthur su ayuda. Había considerado que podía preguntar muchas cosas para calmar su curiosidad con ciertos asuntos, pero Francis prefirió no jugar con su suerte.
Cuando iba de camino a la calle principal para tomar un taxi de vuelta a casa, Francis se topó con Chris de frente, que iba cargando unas bolsas con paquetes de comida rápida.
"¡Francis! ¿Ya te vas? Les llevaba un poco de comida…" El rostro del muchacho se dibujó con una enorme decepción que encogió el corazón de Francis. "Intenté llamarle a mi hermano para preguntarle si era una buena idea llevarles la comida, pero no contestó…"
"Sí, lo siento. Ya he terminado y preferí no molestar más," Se excusó. "Tu hermano no acostumbra a usar mucho su teléfono, al parecer. Creo que es inconveniente," Francis sacó el cuaderno de apuntes que llevaba en el bolsillo del abrigo, y en una hoja garabateó rápidamente unos números. Luego arrancó el papel, y se lo entregó a Chris. "Éste es mi número, por si lo necesitas alguna vez," No terminó de hablar, pues pasó un taxi cerca de ellos y se dispuso a subir enseguida. Apenas pudo despedirse, dejando a Chris un poco sorprendido en su lugar.
Cuando iba ya rumbo a casa en el taxi, sintió una ligera vibración de su teléfono. Lo sacó de una bolsa interna del abrigo, y leyó el nuevo mensaje de un remitente desconocido.
«Buen día, Francis, soy Chris Kirkland. Quise mandarte esto para que registraras mi número y evitar malentendidos en el futuro. También, quería agradecerte por venir a ver a mi hermano, por las razones que fueran. Aunque no lo diga, sé que está feliz.»
Francis sintió algo cálido y nostálgico expandirse dentro de sí, y sonrió ampliamente por la forma tan sincera en que Chris se preocupaba a todas horas por su hermano mayor. Tecleó una respuesta rápidamente, y procuró no usar ningún tipo de jerga usual, pues por la forma correcta en que Chris escribía el francés se podía inferir que quizás no entendería el lenguaje vulgar escrito.
Solo entonces Francis puso especial atención a sus recuerdos en las pláticas que había tenido con los hermanos Kirkland, y notó que los dos menores en verdad hablaban de forma muy correcta y a veces pausada. No se aplicaba lo mismo con Arthur; a él parecía no importarle dejar su acento inglés de lado, y pronunciaba las palabras de forma seca y sin gracia, pero rápido, e incluso con abreviaciones coloquialmente usadas. Francis dedujo que Arthur estaba acostumbrado a hablar ese idioma, mientras sus hermanos no del todo. O quizás era simplemente que el inglés gruñón se mostraba reacio a hablar correctamente el francés.
Llegó a casa antes de seguir formulando sus usuales teorías, y luego de pagar al taxista entró a su vivienda con todas las intenciones de no salir el resto del fin de semana sin antes haber arreglado todos los detalles necesarios para su presentación de fotografía.
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"¡Soy tu único amigo!" Se escuchaba estridente la voz de Antonio por la bocina del teléfono móvil de Francis. "¡No puedo creer que me rechaces cuando te invito a salir!"
"Ya te dije que tengo cosas qué hacer…" Suspiró Francis, frunciendo el entrecejo con indignación. "¿Y quién te dijo que eres mi único amigo? ¡Soy muy popular, sabes!"
"Claro, como digas, lobo solitario," Le habló burlón. "Entonces… ¡en cinco paso por ti!"
Ante la frase que usaba siempre Antonio a pesar de nunca llegar a tiempo, y sin tener más ánimos de discutir, Francis sacudió la cabeza en negación. "Está bien, terco, ¡pero tú pagas!"
Antonio soltó una ligera carcajada. Antes de despedirse y colgar, Francis alcanzó a escuchar: "Ni lo sueñes."
En su sagrado tiempo del fin de semana, Francis estuvo trabajando en su presentación de fotografía, e inesperadamente se le había complicado un poco; además de que ayudó a su abuela a hornear galletas el sábado y con su abuelo arregló el jardín. Como resultado, el domingo por la tarde aún no había concluido su tarea, y encima Antonio quería arrastrarlo a beber y perder el tiempo.
El desgraciado de Antonio siempre se las arreglaba para que Francis actuara a su antojo, a pesar de estar muy ocupado o tener otras cosas por hacer. Entonces Francis recordó a su nuevo amigo, Gilbert Beilschmidt, pues justo el día anterior lo había invitado a salir y Francis terminó por rechazar la invitación. Sintiéndose algo culpable, le mandó un mensaje preguntando si estaba libre en aquel momento. Como era costumbre del albino, contestó casi inmediatamente, y de forma muy efusiva. Rápido quedaron en el bar favorito de Francis y sus amigos, por lo que el francés se dispuso a arreglarse.
Las pláticas con Gilbert no eran muy profundas. Solo divagaban con tonterías, y más que nada era el alemán quien llevaba el hilo de la conversación, con datos curiosos sobre gallinas y pollos. No acostumbraba a hablar mucho de él mismo, por lo que Francis se conformaba con intentar comprenderlo por sus comportamientos. Que eran algo inusuales, por decir lo menos; aunque apenas se podían apreciar como comportamientos extraños, quizás por el hecho de que el muchacho era ya de por sí muy excéntrico.
Cuando Francis llevó a su nuevo amigo al café que frecuentaba, no fue mucha la sorpresa al ver que Antonio y Gilbert se llevaban muy bien. El español era casi tan espontáneo con sus conversaciones como el albino, y no tardaron en acoplarse.
"¿Lo invitaste? ¡No importa! De hecho, hace poco vi un documental en la tele que me recordó mucho a él, y quería comentárselo," Dijo Antonio de forma despreocupada cuando por fin llegó a casa de Francis para ir al bar. "Será mejor que nos vayamos, entonces. Gilbert es muy puntual siempre, ¿cierto?"
"Sí, es cierto," Francis se despidió de sus abuelos y tomó uno de los abrigos que estaban colgados junto a la puerta. "¿Hoy no hubo chofer?" Preguntó ya afuera de la casa.
Antonio empezó a caminar, y Francis lo siguió desconcertado. El bar quedaba ciertamente muy cerca de la casa de Francis, pero Antonio nunca había llegado caminando hasta ahí, pues no residía tan cerca.
"Vamos a pie por ahora. Gov me dejó aquí, porque él y Afonso tienen unos pendientes que atender. Más tarde nos encontrarán en el bar," Explicó, mientras se frotaba las manos y soplaba en ellas ligeramente para amainar el frío.
"¿Cuándo vas a arreglar tu aparatejo?" Se quejó Francis, disgustado por tener que caminar en aquel clima. "Admito que es mejor ese trasto a andar caminando…"
Desde que el auto de Antonio se había averiado misteriosamente, el moreno se negó a pagar el costo exageradamente alto por la reparación y las piezas estropeadas, por lo que se las había arreglado para que Govert le sirviera de chofer mientras tanto. Francis aún no entendía cómo el moreno había logrado tal hazaña.
"¡No insultes a Lucrecia, ya te lo he dicho!" Hizo un puchero. "Estoy considerando seriamente ir a otro taller para que me den un precio, porque Kiku la verdad se está aprovechando de mi amabilidad."
"Yo creo que debes confiar en un trabajo de alta calidad, hecho por alguien de confianza," Francis no cabía en sí por la molestia. Encima de que lo sacó de su casa cuando estaba ocupado, ¡Antonio lo llevaba por la calle caminando! Habría que ser descarado.
"Además tienes el dinero," Zanjó Francis, intentando dar fin a ese tema. "Que no se te pegue la tacañería de Govert."
"Estoy ahorrando, Francis," Antonio caminaba diligentemente hasta su destino. "No puedo gastar en cosas de mínima importancia."
"Pues no sé tú, pero yo daría lo que fuera para no tener que tomar esos endemoniados trenes todas las mañanas," Gruñó con mal humor, ya que los climas helados lo ponían de los nervios.
Antonio infló el pecho, orgulloso. "Diferentes percepciones."
Francis se burló de su amigo troglodita por creerse un intelectual solo por pronunciar una palabra larga.
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Como se lo habían imaginado, Gilbert ya estaba en el bar para cuando ellos llegaron. Apenas entrando y ya lo habían divisado al fondo del local, extremo contrario a la barra, donde acostumbraban sentarse todo el tiempo luego de llevar por primera vez al albino con ellos. Por alguna razón, Gilbert se había mostrado reacio a sentarse en otra mesa, siempre dando como razones, o la perfecta calefacción o la buena ubicación.
En realidad se habían sentado ahí la primera vez que invitaron a Gilbert, solo porque el lugar estaba inusualmente lleno, ya que de positivo no tenía nada aquella mesa: estaba lejísimos de la barra, y por más activo que fuera el camarero, siempre tardaba con sus pedidos. Aunque sí era una parte cómoda respecto a la calefacción, por lo que Francis no se quejaba mucho, tampoco Antonio (solo porque era demasiado amable como para ello); el problema era Afonso, que nunca se callaba los comentarios negativos sobre aquella mesa.
"Hey, ustedes dos," Una voz conocida les llamó desde junto a la barra, antes de que se dirigieran a donde estaba su amigo esperándolos. Español y francés voltearon al mismo tiempo hacia la fuente de aquel llamado: uno de los trabajadores del bar.
Era un muchacho de cabello lacio y rubio, que tenía una forma muy amanerada de hablar y comportarse. Los esperaba recargado en la barra, y al continuar hablando, se puso una mano en la cadera. "Gilbo de nuevo causó un alboroto por la dichosa mesa, y como es costumbre, no pude hacerlo cambiar de opinión. ¡O sea, nos hace quedar mal con los clientes! De no ser porque ustedes se la viven aquí, ya—"
"¡Feliks!" De una puerta que estaba detrás de la barra, salió el bartender del lugar. Era un joven de cabello largo castaño, con apariencia de siempre tener jaqueca. "Disculpen su descortesía, Francis, también Antonio… es solo que está, preocupado, por la situación…"
Francis se disculpó en respuesta, muy apenado, explicando (como en antiguas situaciones parecidas) que Gilbert era muy expresivo respecto a lo que pensaba, y que no medía sus palabras.
Feliks soltó un bufido, molesto. "De eso nada. Antes no teníamos estos problemas cuando venía con—"
De nuevo se vio interrumpido el rubio, pues el bartender le tomó de la oreja y le siseó en señal de que se callara.
Algo curioso pasó cuando Francis llevó a Gilbert a ese bar por primera vez: los dependientes del lugar ya conocían al alemán, pero tanto éste último como los otros, se hacían de los oídos sordos cuando se inquiría sobre esta coincidencia.
"Dios mío, Toris, deberías dejar de interrumpirme cada cinco segundos," Se quejó el rubio mientras se frotaba ligeramente su adolorida oreja. "¡Pero bueno!" Se volvió hacia Francis y Antonio de nuevo. "Vale más que hablen con él y le expliquen que no es dueño del lugar."
Con gesto indignado, Feliks se dio media vuelta mientras se movía ligeramente el cabello, y caminó hacia unos clientes que le llamaban.
Para ese entonces, Gilbert los veía impaciente desde su lugar, moviendo las piernas de forma incesante y algo desesperada. Aprovechando estos gestos y alegando que su amigo se enojaría, Francis se alejó de la barra con paso veloz, dejando al moreno a cargo de las disculpas. Antonio frunció ligeramente el entrecejo, y luego de maldecir para sus adentros al francés, sonrió y se preparó para hablar un poco con el bartender que sufría de ansiedad y problemas respiratorios.
"Hey Gilbert," Saludó Francis, sentándose junto a su amigo en el sillón que rodeaba la mesa, e intentando ignorar los pensamientos asesinos que Antonio le mandaba desde el otro lado del bar. "¿Esperaste mucho?"
El alemán inmediatamente se alejó de Francis, deslizándose por el asiento de cuero, y sin levantar la vista. Esa era la rutina de Gilbert cuando alguien se reunía a él junto a la mesa. "Ya te lo dijo, ¿verdad?" Preguntó, con las manos bajo la mesa y frotándoselas incómodo. Seguía sin levantar la vista. "Ya me disculpé, además Adnan dijo que ya se iba. Feliks solo está exagerando."
Francis había aprendido que Gilbert usualmente no contestaba preguntas cuando se veía así de contrariado, así que el francés optó solo por darle una palmada en el hombro. "¡Vamos, ya deja esa cara larga, que me pones de malas!" Sonrió, con intenciones de animarlo. "Si tú dices que no fue para tanto, te lo creo."
Gilbert devolvió la sonrisa, por fin volteando hacia Francis. "¡Sabía que tú si entenderías, Francis! No eres como los demás, que solo me cuestionan y no me escuchan, y me ven con caras raras y… ¡y dicen que no soy genial! No hablo de Luddy, él sí que entiende… ¡pero otros no entienden! ¡Pero tú sí entiendes! ¿Lo entiendes, cierto? Yo soy genial, ¿verdad?" El muchacho ya sonreía radiante de nuevo, y veía a Francis expectante.
"Claro que sí, amigo mío," Sonrió con su encanto de siempre; ese mismo encanto del que Arthur se reía con sorna. Joder, siempre pensando en ese… "Pero me temo que no cualquiera lo comprende. Aunque estoy seguro de que lo harían, si de vez en cuando te conformaras con, no sé… ¿sentarte en otra mesa además de esta?"
Listo, lo había hecho. Había tocado el tema tabú. La sonrisa de Gilbert se fue borrando poco a poco, pero no del todo. La última vez que Afonso hizo un comentario parecido, el albino soltó un berrinche sobre la importancia de las rutinas y sobre cómo el portugués no entendía su «genial vida». ¿Pero qué se le podía hacer? Solo era un comentario inocente, eso era todo.
"Yo…" El «genial Gilbert» se llevó una mano a la barbilla. Francis esperó que la bomba llegara, por lo que le pareció una eternidad. El alemán ponderaba en silencio y su vaivén de piernas no se detenía. "Creo… que puedo intentarlo."
Francis se quedó atónito. Ganó compostura, para preguntar: "¿De verdad?"
Como si no fuera la gran cosa (que ciertamente no lo era), Gilbert se encogió de hombros y sonrió amplio. Sus ojos ligeramente rojos, brillaban. "¡Claro! Si tú lo dices, no debería ser algo malo."
"¡Exacto, exacto! Puedes confiar en mí," Exclamó, feliz. Su yo del pasado nunca se hubiera imaginado que alguna vez se mostraría tan eufórico, por el simple hecho de persuadir a alguien para hacer lo correcto en situaciones sociales básicas, como si de un niño se tratase.
Al ver a su amigo tan alegre, Gilbert Beilschmidt se elogió para sus adentros. ¡Había respondido bien! Francis siempre era muy comprensivo, pero muchas veces en el pasado había errado sus respuestas con otras personas, y le había tocado vivir muchos malos ratos por eso. Por fortuna, antes de recordar aquellos malos ratos con detalle, Antonio llegó junto a ellos y le dio un golpe a Francis en la mollera.
"¡Gracias por eso, Bonnefoy!" Dijo, mientras se sentaba de forma descuidada. "¡Me dejaste tratando con el neurótico ese!"
"¡Te lo mereces!" Respondió Francis ipso facto. "¡Mira que traerme aquí caminando…! ¡No me hagas reír!"
"¿Vives en carro o qué? Muy bien puedes usar esas piernas flacuchas tuyas, ¡que el ejercicio ya te hace falta!"
Los amigos continuaron discutiendo, y Gilbert los miró atentamente. Le parecía fascinante cómo ellos podían decirse ese tipo de cosas, y nunca terminar en una pelea seria. Él había dicho pequeñeces más insignificantes, que le habían ganado peleas idiotas.
También le parecía fascinante, que podía reír de lo que sea que le pareciera divertido, y ni Francis ni Antonio se enojarían ni dirían cosas como «eso fue imprudente» o «qué irrespetuoso» (citando a sus queridísimas abuela y madre).
"Ah, por cierto, Gilbert," Antonio pausó su riña con Francis, levantando una mano por un momento frente a la cara del francés. "¿Viste el documental sobre canarios que pasó la otra noche en el canal ese de naturaleza? ¡Me recordó tanto a ti!"
Pero lo que sin duda le parecía más fascinante, era poder hablar de cosas que le interesaban, con personas a las que les podía llamar amigos.
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Había pasado apenas un rato desde que cierta discusión se calmó y unas bebidas llegaron, cuando Afonso entró por la puerta del bar y saludó a todo cuanto se encontró a su paso hasta arribar justo a la mesa que ya tan bien conocía.
"Hey, monstruos, qué tal la tarde," Afonso se sentó junto a Antonio con pereza, casi cayéndole arriba, y logrando que Gilbert se quejara con un gruñido por el poco espacio que estaba quedando alrededor de la mesa. Tomó el primer vaso que vio a su alcance, y le dio un trago. Hizo una mueca de asco, pero luchó contra sí mismo para tragar el contenido y no empezar a escuchar un sermón del alemán sobre la limpieza y el orden. "¿Qué puta mierda es esto?" Lloriqueó, asqueado.
"Pues una michelada con jugo de tomate, claro está," Antonio le arrebató su vaso, y se acabó el contenido de un solo trago. "Nadie te tiene tomando lo que no es tuyo," Dijo, desafiante.
"Mierda, Antonio, ¿qué no puedes vivir sin tomates? El italiano ese de verdad te dejó un trauma…"
El aura de superioridad que había tomado Antonio antes, se derrumbó un poco. Volteó hacia Afonso, con una escalofriante y falsa sonrisa en el rostro. "Ya te he dicho que no hables de eso, ¿no es cierto?"
Afonso sonrió de forma macabra. "Bueno, es verdad que antes ya te gustaban los tomates pero desde que—"
"¡Ya vale, capullo, he entendido!" Lo interrumpió Antonio en su natal español. "Joder, eres un pesado…"
Francis sabía la historia de Antonio y el famoso italiano, pero no le daba mucha importancia, pues las relaciones son algo que van y vienen. Antonio sí que le daba importancia, pero no tanto por el dolor de la separación, sino por el bien de su actual interés amoroso. Cosa que a Francis tampoco le importaba, por lo que cambió de tema bruscamente: "Oye Afonso, ayer fui a hacer mi tarea de fotografía, y algo me intrigó…"
Sin prisa, Francis les contó su desventura en el tattoo parlour, y le habló a Afonso sobre las razones de Arthur para dejar la escuela.
"¿Es cierto lo que me dijo?" Preguntó finalmente, curioso.
Antes de responder, Afonso rió un poco por el arduo interés que le ponía Francis a todo eso. "Ah, sí, por supuesto. Era el mejor de la clase; un total nerdo, gruñón, torpe con la socialización, y muy exigente con los maestros," Se encogió de hombros, y estiró el brazo para quitarle a Francis su bebida. Al francés no le importó. "Empecé a hablarle porque necesitaba ayuda con unas ecuaciones que el zombie simplemente no explicaba bien," Cualquiera que hablara por lo menos media hora con Afonso, sabía que el zombie era un profesor al que él, y otro puñado de estudiantes, le tenían rencor. "Es difícil acercarte a él, porque prefiere no meterse en los problemas que rondan como telenovela por la escuela, pero en realidad él necesitaba un amigo… aunque no lo acepte."
Por unos cuantos instantes, los tres muchachos presentes pudieron ver el rostro de Afonso al hablar de algo serio; era un espectáculo que rivalizaba a todo lo desagradable y mundano. Sin embargo Francis le ponía más atención a lo que estaba contando, y no a sus gracias. Pensó en un Arthur solitario, con aire desolado y nada desafiante como el actual. De alguna forma, le resultó muy fácil imaginárselo.
"Cuando dejó la escuela, todo tipo de rumores se expandieron, dignos de una noticia tal como lo era un estudiante estrella dejando tirada su carrera," El aire burlesco de Afonso volvió a él, mientras recordaba alguna cosa ridícula. "Uno de los mejores rumores decía que el director en persona fue a pedirle de rodillas a su casa que volviera a la escuela, ¿no te suena de nada?" Preguntó al final, entre risas.
"Para nada," Respondió Francis, totalmente ajeno a los problemas en la escuela, y más hablando de una facultad tan alejada de la suya. Ciertamente, se consideraba interesado en los chismorreos y ese tipo de cosas viles, pero solo porque vivía con dos ancianos que no tuvieron oportunidad de apreciar las dichas del estudio en su juventud, y su único entretenimiento era hablar sobre la muchachita de la otra calle que recientemente había quedado embarazada de su padrastro.
"Yo sí me enteré," Comentó Gilbert de forma entusiasta.
"Por fin, alguien que habla mi idioma," Dijo Afonso con sarcasmo.
Gilbert juntó las cejas, y decidió ignorar ese comentario. "Todos hablaban de eso, ¡así que él es el famoso «loco de los tatuajes»! Antonio, ¿por qué le dices loco? Si es tan inteligente no creo que sea loco. Aunque he leído que muchos científicos tenían ciertos comportamientos—" Gilbert se interrumpió a sí mismo. "Creo que nunca me haría un tatuaje, seguro debe ser horrible…"
"Yo creo que sería horrible tener tu cerebro," Dijo Afonso, esta vez sin sarcasmo.
Francis, que había estado perdido en sus pensamientos, volvió en sí para hablar por su amigo alemán, que parecía estar cavilando con cuidado cómo reaccionar ante la hostilidad de Afonso. "Ya, hombre, no molestes a Gilbert. Esto se quedó en que todo el mundo supo los rumores, ¿y?"
"Pues nada, ya te imaginarás el desastre cuando se enteraron de que el cerebrito había abierto un tattoo parlour," Prosiguió con su relato de forma natural, como si no hubiera existido una intromisión espontánea. "Arthur era popular con las escasas chicas en mis clases, pues como sabes, «la inteligencia mata cejas» para esos raros especímenes femeninos," Afonso rió de forma patética por su propio chiste. "Aunque para todo lo que no sean números, Arthur es un idiota."
Francis anotó mentalmente cada detalle, más intrigado entre más se movía aquella asquerosa lengua portuguesa.
"Pero de momento no necesita ninguna inteligencia el cabrón, pues con solo el rollo de los tatuajes ya están todas mojando las panties por él," Un brillo malicioso se coló en los ojos verdes de Afonso. "Creo que tú las entiendes respecto a eso, Francis…"
"Qué gracioso," Francis suspiró y frunció el entrecejo. Hasta ahí había llegado el informe de Afonso. "No esperaba que soltaras tanta información, creí que a Arthur no le gustaba la gente chismosa…"
"¡Imagínate!" Rió. "Si me pagas, puedo decirte con quien fue su primera vez, y hasta puedo conseguir una lista con sus fetiches," Guiñó un ojo de forma descarada, para dejar más en claro que él hacía lo que le daba la gana cuando le daba la gana.
"Preferiría que te callaras la boca."
"Apoyo la noción," Comentó Gilbert, algo molesto porque el camarero no se acercaba a atenderlos de nuevo, pues su vaso ya estaba vacío. "¡Pero qué mal servicio! Y dicen que yo los hago quedar mal, qué valor…"
"Oye Afonso, ¿y Govert dónde quedó?" Preguntó Antonio, que había estado en la novena nube por un rato.
"Ya sabes que no le gusta gastar más de lo necesario en nada. Luego vendrá por nosotros, como siempre."
"¿Sigue con lo de dejar el vicio?" Preguntó Francis de repente.
"Desde que Emma le dijo que estaba preocupada por él y su salud, intenta lo que puede," Afonso suspiró y recargó todo su peso en el respaldo del asiento. "Cree que no me doy cuenta de cuando fuma a escondidas en la noche."
"Si se está engañando a sí mismo, déjalo," Antonio se levantó un poco y llamó al camarero de forma escandalosa. Gilbert empezó a decirle que si no lo hacía alguien pronto, él mismo iba ir y decirle al afeminado ese que antes de quejarse de sus clientes, aprendiera a atenderlos.
"Es tu culpa de un principio, por sentarte hasta el fondo del culo del diablo," Se quejó Afonso.
Mientras ellos discutían, Francis permanecía en silencio pensando y formulándose todas esas teorías que tanto odiaba pero era incapaz de ignorar. Poco a poco las cosas caían en su lugar, especialmente las razones de la personalidad hostil de Arthur; aparentemente sus comportamientos eran una forma de defensa personal, pues no estaba acostumbrado a tratar con las personas.
Cuando Feliks se acercó con más bebidas, Francis ya había concluido que había valido la pena aplazar un poco su tarea a cambio de información. Era una lástima que aún no resolvía el misterio que más le intrigaba, el de aquella noche en que Arthur salió a emborracharse sin razón aparente a mitades de semana, pero Francis era paciente, y podía soportar un poco de intriga.
Notas:
Sigo viva, lo juro.
Ésta parte tardó, pues además de que la uni me tiene contra la espada y la pared, participé en inktober y la verdad no tuve tiempo de nada más en mi vida.
A quien siga leyendo esto, muchas gracias. Si me dejan algún comentario de lo que sea seré muy feliz.
