Capítulo IV

Memorias de una noche tormentosa

I

-¡Anciano idiota! ¡Anciano idiota! ¡Eres un idiota! ¡Idiota! –Gemía Katherine contra uno de los cojines del sofá, que abrazaba de forma efusiva, los ojos de zafiro cerrados por completo. –Idiota…

Sentía que la sangre le hervía intensamente por el encuentro que había tenido hacía media hora, donde aquella esplendorosa mujer se había aparecido, la mentada "Bárbara", con sus elegantes curvas y andar presuntuoso, yéndose del brazo de su maestro como si aun fuese la dueña de aquél hombre; sentía mucho coraje… ¿por qué? Por haberse dejado llevar ante la imagen de aquella dama, aquella que se supone ya no tiene ningún negocio en su vida. Por haberse puesto a hablar con esa chica, la mentada "Nat" por teléfono como si fuese un maldito colegial. Por dejarla sola en su departamento. Sentía celos, si, algo nuevo para ella. Celos.

-No tengo celos. –Intentó convencerse a sí misma. –Pero igual es mi sábado. Él huyó de su responsabilidad como mi maestro, por eso estoy molesta.

Eso servía para su cabeza, por ahora. Aunque su alma impetuosa se empeñara en echarle en cara que se estaba engañando vil y descaradamente.

Tratando de que el coraje sin sentido (o eso pensaba ella) se enfriara de una vez por todas, salió por la puerta corrediza de vidrio hacia la terraza con su arco y las flechas de él, bastante dispuesta a perderlas en la oscuridad de la tarde lluviosa; tensaba el arco y lanzaba sus flechas al cielo, a las nubes que no dejaban de tirar su carga fría y húmeda, como si quisiera echarle bronca al mismísimo dios del trueno. Su maestro… su maestro no era un mal hombre. Era perezoso, si, bastante desordenado, estaba viejo, parecía no rasurarse a menudo, era un completo pervertido (por aquello de la dama contra la pared)… pero, al final de todo, era buena persona, ella lo supo tras haber convivido tanto tiempo con él y conocer su noble personalidad. Había una sombra en su sonrisa despreocupada, como si tratara de ocultar lo que realmente sentía. Soledad. Esa misma soledad que ella miraba en su rostro cuando se veía en el espejo.

-Pero, ¿adivina qué, anciano? Me doy cuenta porque yo conozco esa emoción… pero tú… tú me crispas los nervios.

Vio aquél pino en lo alto de la loma, ladeándose suavemente por el golpeteo de la lluvia sin viento, y apuntó hacia éste con una de las flechas cromadas, aquellas que él jamás había utilizado en prácticas y que ella secuestró en su arranque de coraje; se sentía bastante egoísta en ese momento, un sentimiento casi ajeno en ella, por la simple razón de que quería que él se quedara, que tirara a aquella mujer fuera del departamento y volviese su atención hacia ella. Bajó la flecha, sintiéndose muy confusa con esos pensamientos, con esas emociones nuevas…y notando que se había mojado la camisa que él le había dado.

-Me dará una gripe de miedo. –Susurró para sí misma, ya con el ánimo más tranquilo.

Lo mejor para ella era marcharse en ese momento, pues no estaba segura de querer ver a Clint cuando llegara, no así de confundida como estaba; se dio media vuelta y abrió la puerta corrediza, andando dentro con la precaución de no mojar aquella pulcra alfombra (sabía que él no lo notaría pero igual no quería hacer más caos del que ya había), dejando su arco fuera ya que escurría de agua de lluvia. Sin embargo, de pie en medio de la sala, se percató de que no tenía idea de dónde estaba su ropa humedecida.

-Se lo di a él cuando salí del baño. –Razonó con levedad.

Tras unos segundos de meditación, optó por comenzar a buscar por ella misma el misterioso lugar donde él pudo haber puesto su pantalón y su blusa, incapaz de salir con la ropa del anciano (nana Vivi iba a matarla si llegaba a casa con ropa de hombre encima), con lo desordenado que era… después de hurgar un buen rato por el departamento, comprendió que el único lugar donde no había buscado era su habitación, un lugar en el que, aunque él le habría permitido entrar sin permiso, no se había atrevido a pisar por considerar los dormitorios como un santuario personal. Pero era su ropa, al fin y al cabo, y, como se dijo antes, él no iba a molestarse si entraba.

Abrió aquella puerta con lentitud, sintiendo un poco de frío por la humedad de la camiseta que llevaba encima; la habitación no era de esplendor envidiable como hubiese imaginado, sino que tenía la simpleza del departamento en general y decorado con el desorden usual de quién no tiene cuidado consigo mismo: había una cama bastante amplia, increíblemente tendida con sábanas blancas y lisas, decorada con seis almohadones del mismo color, así como dos mesitas de noche de madera café, donde había dos lámparas de noche con la pantalla blanca y el cuerpo dorado; sobre la cama se encontraban prendas de ropa sin doblar, entre pantalones de trabajo, camisas de botones manga larga de colores neutros, corbatas… ¿Clint usaba corbatas? No podía imaginarlo con eso puesto. Había una chaqueta de piel color café, aquella que usaba en el torneo donde lo conoció. Al fondo estaba otro ventanal tal como el de la sala, cubierto con finas cortinas blancas, y al lado de ella un closet hasta el techo de madera blanca, cerrado a cal y canto. El suelo era alfombrado en color café muy oscuro, casi negro.

-Está bien, es menos de lo que esperaba. –Se consoló.

Incapaz de dejar ese monumental caos tal y como estaba, comenzó a ordenar todas las cosas que había sobre ésta, notando que, bajo aquella ropa, había toda clase de menesteres masculinos desbalagados, como corta uñas, una rasuradora eléctrica, etcétera. Abrió sin inhibición alguna el closet, tomando percheros desocupados de entre las prendas colgadas, comenzando a acomodar pulcramente aquellas camisas y pantalones en éstos con bastante calma, sintiéndose mucho más tranquila que cuando había llegado la rubia Bárbara. Cada camisa que colgaba le hacía repetir en su mente la letanía de lo perezoso y desordenado que era su maestro, a pesar de su encantador carácter.

-Encantador, claro. –Dijo con ironía, como si respondiera a aquél absurdo pensamiento entrometido.

Esa maldita cajonera.

Tras terminar con toda aquella ropa que tenía poco para que le salieran arrugas irreparables, comenzó a guardar todos aquellos menesteres masculinos con los que más de una vez debió haberse lastimado al dormir; recorrió el baño unas cuantas veces para acomodar ciertos artilugios, quedándose en la cama con dos libretas de apuntes, una agenda del tamaño de un diccionario y un aparato completamente desconocido para ella, por lo que optó por meterlos dentro de un cajón de las mesitas de descanso, al fin que él ni siquiera se iría a enterar probablemente del destino de aquellos artilugios. Abrió el cajón de la mesita del lado derecho a la cama, notando que estaba lleno de papeles, tickets y notas hechas a mano por él mismo; tomó una de aquellas notas, leyendo apenas números y palabras que no tenían mucho sentido para ella.

-¿Será de su trabajo? –Susurró suavemente, acomodando un poco aquél reguero de hojas.

Antes de meter una de las libretas, sintió con los dedos algo duro y metálico en apariencia; con la yema de los dedos se atrevió a levantarlo, sacando un portarretrato con el marco grueso y cromado, bastante pesado. Curiosa, lo giró suavemente para contemplar la fotografía… en esta se encontraba una mujer, sumamente hermosa, sentada en el barandal de la terraza del departamento de Clint, vistiendo unos ajustados pantalones de piel color negro y una blusa de tirante grueso color blanco; sus ojos eran de un color aguamarina, intensos y vistosos, así como esa cascada de rizos rojos que caían hasta media espalda y pechos caprichosamente. Una hermosa pelirroja de ceño fruncido, como quien se ve sorprendido por la cámara. Giró el cuadro de inmediato, descubriendo tras éste una inscripción en grafito sobre el negro plástico que cubría la parte trasera de la fotografía, una escritura estética en cursiva. "Natalia R."

-Natalia. Nat.

Aquella mujer en la fotografía era sumamente hermosa, demasiado, como una especie de modelo de pasarela, visiblemente fuerte y esplendorosa… ¿era por eso que el anciano estaba tan obsesionado por ella? Y pensar en Bárbara, la otra voluptuosa mujer que había conseguido casarse con él. Cerró el cajón con algo de fuerza tras guardar aquél portarretrato, y corrió con prisa hacia donde el baño, encendiendo la luz al notarse tan extrañamente oscuro, parándose inmediatamente frente al espejo… y comenzó a analizarse en el reflejo; el largo cabello negro ya no tan empapado cayendo sin gracia por sus hombros, el esbelto cuerpo sin curva aparente por aquella camisa holgada, aunque no es que su copa B de sostén fuese mucha curva qué mostrar a la hora de ponerse las blusas. Era una especie de caricatura más bien pálida, delgada y completamente infantil para sus dieciséis años.

-Bueno. –Susurró para sí misma. –Al menos entiendo por qué no se distrae conmigo.

Y volvía aquél estúpido pensamiento a abordarla a tropel, tan intensamente en esta ocasión que la onda de calor la hizo ruborizar de vergüenza… ¿en qué diablos estaba pensando? El anciano andaba con aquellas mujeres esplendorosas, y ella se miraba fijamente por primera vez en su vida, como si quisiera ser interesante para él. ¿Qué? ¿Interesante para él? No era más que una chiquilla, en todo caso, no había manera de que él pudiese verla de otra manera. ¿Para qué querría verla de otra manera? ¡¿Para qué?!

Con la suficiente carga mental para esa tarde, decidió que se robaría alguna otra prenda del anciano al no encontrar la suya por ningún lado, y por el camino pensaría qué le contestaría a nana Vivi cuando se apareciera frente a ella vistiendo aquellas ropas masculinas; se dispuso a abrir el closet, pero el sonido de la puerta al abrirse detuvo sus intenciones fugitivas. Corrió literalmente hacia fuera de la habitación, presa de su mismo nerviosismo, pensando en arrojarse al sofá y fingir que nada había sucedido (siendo que la habitación estaba ordenada y ella agitada), pero se frenó de inmediato al llegar a media sala, pues la puerta se había abierto tan bruscamente que casi le arranca un grito de susto.

Por aquella puerta había entrado su maestro… más ebrio que una cuba de fermento, sosteniéndose del marco de la puerta para no irse de bruces al frente, la grisácea mirada entrecerrada, el rostro sonrojado completamente; Kate se dio cuenta entonces que él se había perdido cerca de tres horas, y ya había oscurecido. El sujeto dio dos pasos al frente, pasos inestables, y se fue de frente sin más contra la barra de granito que estaba en la cocina, para el horror de ella, a partirse la crisma otra vez tal como la primera vez que lo encontró en ese estado. Aterrada, se lanzó hacia su maestro para evitar que se abriera una nueva herida en la cabeza, atinando a empujarlo con ambas manos hacia el frente con toda su fuerza, provocando que se fuera a estampar pero con la pared al lado del refrigerador de espaldas, sacándole el aire sonoramente; percibió su aliento alcoholizado, y su perfume masculino envolviéndola sutilmente… sus mejillas se sonrojaron intensamente, y los ojos se le pusieron brillosos como si fuese a llorar en cualquier momento de la impresión.

-Clint. –Pronunció, y se enfureció gravemente. -¡Clint! ¡Maldito anciano! –Gritó más fuerte, empuñando ambas manos de coraje al verlo allí sentado en el suelo, contra la pared. -¡Casi te matas con la barra!

-Au… Katie, no seas tan ruda. –Susurró él con levedad, sin sentir del todo el golpazo que se había dado en la espalda, dejando caer la cabeza al frente como un muñeco de trapo.

-¡Ibas a golpearte otra vez, idiota!

-No tienes que ponerte tan neurótica.

-No sé por qué me preocupo por ti, viejo mal agradecido. –Bajó un poco el tono de voz, notando que se le estaba quebrando.

-Katie…

Katie. La había llamado tan suavemente, tal como a veces la llamaba Tamara. Estaba más que furiosa con él, y pensó seriamente en dejarlo tirado en el suelo para que amaneciera adolorido por la posición en venganza por haberla dejado sola durante su día de entrenamiento, por haberse largado con aquella mujer y embriagado de esa manera… pero no podía ser tan cruel con ese hombre. Se inclinó levemente hacia él, tratando de corroborar que seguía consciente, y tomó su brazo derecho para pasarlo por sobre los hombros de ella, ayudándole a levantarse del suelo con mucho esfuerzo ya que ella no era tan fuerte como para levantar a un anciano que pesaba una tonelada.

-Clint, ayúdame, ¿quieres? –Exclamó ella con esfuerzo.

Notó que, a pesar de verse adormecido, había hecho fuerza suficiente con ambas piernas para así levantarse del suelo y ponerse de pie, aunque aun se balanceaba como un péndulo que amenazaba con arrojarlos a ambos contra el suelo en un movimiento brusco; finalmente pudo andar con él en dirección a la habitación, sintiendo su peso de más en algunas ocasiones, su aliento cálido y alcoholizado, su perfume tan usual… su inusual cercanía. Era la primera vez que lo tenía tan cerca a ella, que sentía su peso y su calor en ella. Pensó en todo lo que aquella mujer pudo haberle hecho o dicho como para que él volviese al departamento en semejantes condiciones… ¿o es que él se había comportado como un completo idiota con ella? No, estaba segura de que eso no pudo haber pasado, ya que él siempre había tratado con cordialidad a cuanta mujer se le había acercado, las cuales lo miraban tan apuesto y se le echaban encima como fieras hambrientas. ¿Qué era, entonces?

-Me desmayaré. –Gimió.

-Ni se te ocurra, anciano. Pesas mucho y nos vas a tirar a los dos.

Tan pronto llegaron a su habitación, le soltó sin el más mínimo cuidado sobre su cama ahora desocupada de la ropa, escuchándolo gemir de incomodidad al sentir el golpe sin aviso aun contra el suave colchón, casi yéndose de bruces sobre él ya que no había hecho por soltarla; con el aliento agitado, se tomó la molestia de incluso quitarle las botas húmedas (pues aun llovía torrencialmente fuera) y se dispuso a volver a su tarea de saquear cajones buscando algo decente que echarse encima…

-Eres lo único que me queda, Kate.

Antes de que se levantara de la cama, pudo percibir que la amplia mano de su maestro se había colocado sobre la de ella en el colchón, ajustándola con suavidad, sin siquiera abrir los ojos. Kate se paralizó completamente al escuchar aquello… ¿qué demonios quiso decir con eso? Sintió que su corazón había comenzado a palpitar dentro de su pecho con mayor celeridad, mareándola considerablemente hasta casi hacerla vomitar; una oleada de sensaciones espantosas, las cuales iban desde fríos que la dejaban tensa hasta calores que la sofocaban hasta casi sudar, le recorrieron el cuerpo de pies a cabeza, mientras contenía las ganas de reír como una loca del puro nerviosismo. Sentía las mejillas arder, y unas cuantas lágrimas habían escapado sin permiso de sus mejillas, las cuales se apresuró a limpiar con la mano libre.

-Estás ebrio. –Susurró ella finalmente, incapaz de que se le ocurriera algo más en ese momento.

-Claro. –Contestó él, y notó que había reído suavemente, sin moverse de la posición en la que estaba o abrir los ojos. –Sábado, ¿puedo pedirte algo? Es de niños, no te alarmes.

-Ya te he dicho que no me llames Sábado. –Susurró, avergonzada aun, sin poder dejar de mirar su rostro dormido. –Está bien… con que me digas Katie. –Tensó los labios. -¿Qué es lo que quieres, anciano?

-Quédate… hasta que me duerma…

Fue lo último que pronunció antes de quedarse estático, respirando de forma calmada y profunda; Kate tuvo que tranquilizar sus emociones en ese momento, dejando la mano en el mismo lugar bajo la de él, sintiéndose incapaz de retirarse de su contacto, debiéndose acomodar un poco mejor por sobre la cama para observarle detenidamente al dormir. Al mirarle así, los ojos claros cubiertos con los parpados decorados con rubias pestañas, la respiración calma, sus gestos relajados… pensaba que no era tan viejo como ella le hacía entender cuando le hablaba, pues Clint le llevaba acaso catorce años de diferencia. Sin embargo, bajo su faceta desaliñada había un gran hombre, bastante jovial y relajado. Un hombre sumamente bueno, con la sonrisa fácil y contagiosa.

Descubrió, finalmente, que Clint le gustaba.

-No. –Se sentenció ella misma, aterrada con la idea. –Eso no puede ser. No puede gustarme. No.

Su mente se lo echó en cara en ese momento de descuido, casi provocándole un colapso nervioso; cerró los ojos, intentando calmarse, analizando todo aquél disparate que tenía por sentimientos… la razón por la que sentía celos, la razón por la que se la pasaba discutiendo con él por nimiedades, la razón… por la que estaba furiosa con él en ese momento, tras haberse marchado con Bárbara y vuelto ebrio. Tenía un genuino miedo a que se hiciera daño. ¿Gustar…?

II

Katherine tuvo sueños curiosos. Cosas como jardines llenos de coloridas flores, de insectos voladores que flotaban al compás de una brisa primaveral, cielos azules y un sol cálido y reconfortante, abrigador, en el que podría vivir envuelta. No hubiese sido de lo más extraño para una persona que tiene sueños mientras duerme, pero ella normalmente no solía soñar tan nítidamente, o al menos no recordaba el noventa por cien de sus sueños, quizá ninguno; sin embargo, aquella ilusión que se había formado en su mente mientras dormía le resultaba reconfortante, sentía que podía vivir en ese bello sueño por siempre… si no fuese por ese estúpido pitido.

Un pitido, constante y espantoso.

El pitido de la alarma sabatina que sonaba en su celular.

Abrió los ojos muy a su pesar, demasiado cómoda en su abrigo matinal como para mover un músculo, sin desear retirarse de aquella grata sensación que existe en la cama cuando debes levantarte por obligación; extendió la mano fuera de la cama hacia donde estaba su buró, dispuesta a callar de un manotazo certero su celular que tenía la maldita alarma, sintiendo el frescor de la mañana… notando absolutamente nada. Extrañada con aquello, quiso incorporarse de la cama pensando que tal vez había azotado en reversa por culpa del día tan intenso que había vivido ayer, notando que no podía moverse. Tardó unos momentos para que su adormecimiento se fuera casi por completo, notando finalmente que no se encontraba en su habitación, sino que seguía aun en la del anciano; a través de las claras cortinas se podía distinguir que estaba amaneciendo lenta y tranquilamente… tuvo un sobresalto que la dejó con los sentidos alertas al notar qué era lo que pasaba, pues había sentido sus brazos alrededor de ella y su tranquila respiración sobre su sien. La tenía firmemente abrazada a él de una manera que daba mucho que desear, profundamente dormido, confundiéndola (o eso creyó) con uno de sus almohadones. Estaba abrazándola. Durmió con él toda la noche.

-Apaga esa mierda. –Escuchó que él había murmurado entre sueños, refiriéndose al despertador.

Tuvo un ataque de nervios en ese momento. El anciano estaba abrazándola con firmeza contra él, y sabía que se trataba de ella la que estaba a su lado… durmió con él… durmió con un hombre…

-Suéltame entonces. –Susurró con nerviosismo, temblando de repente entre sus brazos. Eran muy cálidos. –Déjame ir a apagarlo.

-No. –Le ajustó más contra su pecho, rodeándola casi por completo con suma facilidad, pues era estrecha. –Entonces deja que suene… se apagará solo…

Estaba atrapada en la cama con él. Aquél abrazo le resultó confortante tal como aquél sueño en el que hubiese deseado quedarse, y prontamente asoció aquella sensación con su cercanía. Cerró los ojos, intentando tranquilizarse, y descubrió que podía volver a quedarse dormida plácidamente junto a él, en su calor corporal y su fragancia…

-Clint. –Susurró, aterrada. No podía permitir aquello. –Anciano loco, déjame ir al baño.

Hubo un momento de expectación. Tras unos segundos (treinta y ocho contados), su maestro le liberó de aquél abrazo en el que la tenía atrapada, no sin cierto fastidio por su parte.

-Bien. –Exclamó él, dándose media vuelta sobre la cama para seguir durmiendo.

Kate tomó el primer pantalón que se encontró y salió huyendo del departamento literalmente; al salir y darle el fresco matinal del domingo, se sintió bruscamente con muchísimo frío.