Free! - Iwatobi Swim Club pertenece a Kyoto Animation.

Friendzone.


4.1.

Pocas cosas le molestaban a Makoto en realidad, y la mayoría de ellas las sobrepasaba con una sonrisa en el rostro y una actitud relajada. Pero nada se comparará a ese trece de febrero.

Los pies de Makoto caminaban sin muchos ánimos por las calles costeras de Iwatobi; los turistas huían a la playa en épocas de frío, creyendo —absurdamente— que el espíritu de spring brakers los mantendría cálidos, y restos de estos visitantes aún yacían en las playas. Por ser la fecha antes mencionada, las aceras estaban abarrotadas de colores rojos y blancos, mientras los comercios ofertaban sus productos en rebajas relativas a la fecha.

En Japón, como es bien conocido, las chicas preparaban el chocolate para sus enamorados y allegados, lo cual no aislaba el alza en la materia prima para preparar los dulces. El catorce de febrero se dividía en dos bandos; estaban aquellos que creían que "La celebración del amor debería ser un ejercicio diario"; y estaban los que se dejaban envolver por el espíritu de las fechas.

¡Ah! Y también estaba la gente como Makoto, que se abatían en silencio recordando que no tenía pareja, pretendientes ni perro que les ladre. Desde aquél febrero, el catorce de abril se veía muy lejano. Debía admitir, nunca había deseado tanto el Día Negro. No es que Makoto fuera así todos los años —en general, la fecha le era un tanto indiferente.

Era precisamente ese año el que lo frustraba.

A cada paso no podía evitar pensar, casi como tortura: "Sousuke se le declarará a Rin, mañana." , lo que le oprimía el corazón y le llenaba los ojos de tristeza ¡Era absurdo! Es decir, ¿cuándo, exactamente, comenzó a sufrir por alguien más? Porque llegados a este punto, Makoto estaba seguro que tenía alguna filia por el sufrimiento, de lo contrario no quedaba más que declararse tonto. Primero con Haruka, ahora con Sousuke.

Y como lo viera, aun con todas las coincidencias en su atracción por ambas personas, era diferente.

Con Haruka el amor fue algo platónico, unilateral. Sabía que Haru nunca lo vería con esos ojos con los que miraba a Rin, cuando sus orbes azules se abrían y la emoción se reflejaba en su rostro —casi la misma reacción que lo invadía cuando estaba al filo de un piscina. Makoto se trató de engañar, por muchos años, repitiendo que él era prioridad en la vida de Nanase —lo cual resultó lastimándolo, pues tarde se enteró que el amor que Haruka le otorgaba era enfocado a lo fraternal... Y no, el incesto no era opción. Era duro aceptar que su amor nunca fue correspondido, pero, lejos del ojo del huracán, Makoto se daba cuenta que, en realidad, era mejor así. El apoyo incondicional de Nanase siempre estaría ahí y tampoco era como que pudiera obligarlo a que lo ame. Haruka le dio buenos momentos con todo y las fechas recientes —lo podía considerar su primer amor precisamente porque lo recordaba con cariño y sin rencor, atesorando su eterna amistad.

Sousuke, era punto y a parte.

Por el contrario, enamorarse de Sousuke era lo más parecido a dormir, primero lento y después de golpe. Así era como, después de conocerlo, nunca se imaginó tener tantos sentimientos encontrados gracias a él —enamorarse de Sousuke parecía una idea lejana y absurda, ¿cómo cambiar tantos años de lealtad a su amor por Haruka por unos meses "junto" a Sousuke? Era tonto e ilógico. Pero así es el amor..., no, así son los enamorados. El golpe llegó después de aquel último mensaje, cuando se dio cuenta que estaba perdidamente enamorado de él; de un desconocido que se acercó con intenciones de conquistar a alguien más; de un tipo alto y de hermosos ojos aguamarina, sonrisa traviesa y comentarios desvergonzados; un sujeto llamado Sousuke —no Sasuke, que olía a mar y seguramente besaba muy bien; el mismo que parecía proteger con manía todo aquello que quería; un intolerante al alcohol que se quebraba rápidamente ante sus sentimientos; el chico que escribía los mensajes de texto más simplones y que causaban un terremoto en el estómago de Tachibana; así fue como Sousuke invadió su vida. Lento y después de golpe.

Y, una vez más, era tarde para darse cuenta de eso. "Sousuke se le declarará a Rin, mañana." . ¿Dónde quedaba Makoto en aquella frase?

4.2.

Catorce de febrero caía un día sábado. Los mellizos Tachibana prepararon chocolates y cartas para su madre, padre y hermano. Nagisa, Rei, Gou, Nitori y los hermanos Mikoshiba planearon una salida grupal, Makoto fue invitado, pero el día sólo lo deprimía como para querer subirse a algún juego mecánico del cual saldría vomitando. El señor y la señora Tachibana salieron a una romántica cena a esa de las siete de la noche.

— Ran y Ren se irán con los vecinos, sus hijos organizaron una fiesta de pijamas, dormirán allá para que tú puedas salir, Mako-chan —dijo la señora de cabellos castaños, a pesar de que Makoto insistió en que no saldría a ningún lado y no le molestaría el cuidar de sus hermanos.

Haruka desapareció alrededor del medio día junto con Rin. Rin. Desde la primer hora del día, Makoto no paró de cuestionarse, en silencio, ¿a qué hora Sousuke le diría a Rin? ¿Sería antes de que el pelirrojo huyera con Haruka o sería después? ¿Le diría personalmente o por mensaje de texto? Pensar en la segunda posibilidad le causaba un cierto malestar —sentía que los mensajes de texto eran algo muy de Sousuke y él. Y la interrogante que más le comía el alma era: ¿qué respondería Rin? ¿Qué si correspondía? ¿Qué si lo rechazaba?

Pensar tanto le hacía demasiado daño, y su cara de tristeza opacaba el colorido día, tanto que Ran y Ren lo notaron. ¿Y cómo no notarlo? El siempre sonriente Makoto se hallaba tumbado en un sofá, pensando demasiado en silencio, suspirando pesadamente cada tanto y con los ojos hechos agua.

— Hermano —llamó Ran, con el rostro reflejando cierto consuelo—, ¿te quedarás aquí, solo? Nosotros nos quedaremos contigo, si quieres.

— No —sonrió—, vayan a la fiesta, estaré bien —aunque su excusa no pareció convencer a sus hermanos—. Pensaba en... rentar alguna película. En serio, estaré bien.

Los niños se miraron entre sí, y aún a regañadientes, se marcharon a la casa del frente donde globos rojos y blancos adornaban la entrada y niños de la misma edad corrían por la entrada. Makoto suspiró pesadamente. Realmente deseaba deprimirse en soledad aquel día; tomó las llaves de su hogar y su billetera, consideró que, tal vez, era buena idea rentar una película.

El lugar donde rentaba los films no había cambiado desde la última vez que lo visitó; seguí igual de ordenado y seccionado, tal vez con la diferencia de que, considerando la fecha, las películas nacionales con temática romántica se hallaban en la entrada del lugar. No había mucha gente, y la música de fondo era lo único que interrumpía la calma y soledad del lugar. Sin pensarlo mucho, Makoto se dirigió en automático hasta el estante de películas americanas, buscando casi con desesperación el título necesario. Lo vio en el mismo lugar en el que recordaba haberlo tomado. "Dedication". Estiró la mano hasta la caja de plástico y al sus dedos alcanzarla, como reflejo, volteó la mirada hacia el pasillo.

No había nadie ahí.

Sonrió con tristeza, mordiéndose el labio para evitar sollozar. ¿Qué esperaba? De verdad creyó que al tocar la portada de la película una mano chocaría con la suya, entonces giraría la cabeza y ahí estaría Sousuke, con su ceño fruncido —pareciendo indiferente a todo lo que lo rodeaba, entonces Makoto no podría más y le diría todo lo que pensaba sobre su "confesión", le diría lo equivocado que estaba y cuánto lo había extrañado. Pero no había nadie ahí.

Sacudió la cabeza para despejar todos sus pensamientos. No le dolía el que se fuera a declarar a Rin, dolía que, después de todo aun tenía intención de hacerlo, todavía le amaba. Se dirigió a la caja, donde la mujer que lo atendió pareció estar igual de sola que él. Pagó el alquiler y sostuvo la caja entre sus manos un memento. Debía dejar de sentirse desdichado. Debía, en todo caso, poner su mente lejos de su vida amorosa; debía alejarse de ahí, irse a Tokio, olvidarse de lo mucho que tendía a sufrir por amor; debía superar el rechazo y aprender de sus errores. Debía avanzar, por más que doliera.

Y al salir del local su firmeza se vino abajo al toparse de frente con los ojos azul-aguamarina que tanto lo atormentaban los últimos días.

Se preguntó dos veces si la persona que tenía enfrente era real o su despecho lo hacía alucinar. Sousuke lucía ligeramente sorprendido, e incluso, sacó las manos de los bolsillos de su chaqueta y abrió ligeramente la boca. El ambiente se palpaba distante; era como si dos desconocidos que se conocen demasiado tratasen de entablar una conversación.

— Tachibana —el primero en ceder fue el moreno. Makoto tragó grueso, sin saber bien qué decir—. Yo... pasaba por aquí y... ¿rentaste algo?

— ¿Eh? —Los ojos verdes viajaron a la bolsa en sus manos—. Oh, sí. Es la misma que la de la otra vez.

—... Tachibana, sobre lo que te dije por teléfono la última vez-

— ¡Hey! ¿No quieres venir a verla a mi casa?

Makoto actuó por reflejo, claramente esquivando el tema de Rin y la confesión, y todo aquello que no harían más que terminar de romperlo frente a Yamazaki. El azabache no parecía contento, ni indiferente o ligero como solía ser —fruncía el ceño y hacía ademanes con la boca, tratando de decir algo y arrepintiéndose en el momento.

— Quiero decir —continuó Makoto—, si es que no tienes nada qué hacer. O sea, no es que diga que no tengas nada qué hacer en catorce de febrero, es decir, por la fecha tal vez estés ocupado; bueno, tampoco digo que tengas algo qué hacer sólo por la fecha..., cualquier otro día podrías estar ocupado y no poder ir y-

— Me gustaría ir a tu casa —lo interrumpió, algo más relajado, casi aliviado por un sinsentido.

4.3.

Era claro que, cuando Makoto se arrepentía, era demasiado tarde para hacerlo. Pensaba esto ya cuando marchaban hasta su casa, con Sousuke —reciente desilusión amorosa— siguiéndole de cerca, tan cerca que su hombro chocaba ligeramente con el de Tachibana, y su calor y olor a mar invadían los sentidos del muchacho de ojos verdes.

— Compraré algo —anunció, algo nervioso, mientras entraba en la primer tienda de autoservicio que encontró de paso. Tomó un refresco de cola, comida chatarra y dos litros de helado de vainilla.

— ¿No es mucho helado? —Comentó Yamazaki y un respingo surgió del cuerpo contrario—, imaginaba que eras más riguroso con las dietas.

— Bueno —un ligero rojo se apoderó de las mejillas trigueñas, pero no de pena sino de algo de enojo—. No es como que coma helado a diario... —sentía cierto resentimiento ante el comentario. ¿Le estaba diciendo... gordo?

— Oi —soltó, algo divertido con el rumbo de la plática—. Lo decía porque tienes un cuerpo envidiable como para devorar dos litros de helado.

El rojo llenó por completo su cara, mezcla de enojo y vergüenza. Gou siempre alababa su espalada y músculos en general, pero ninguno de sus bochornosos comentarios había nunca apenado tanto a Makoto. Era, cabe señalar, la ligereza con la que los soltaba lo que desesperaba al castaño. Corrió a pagar su chatarra y sin decir más palabras se encaminó a su hogar, sin verificar si Sousuke le seguía el paso —cuando se encontraba en la puerta de su casa, dio la vuelta y un alivio silencioso cubrió su pecho cuando, a sus espaldas, estaba la figura de Yamazaki, tan desentendido de todo y cool.

— Mis hermanos no limpiaron antes de irse —se excusó cuando, en la recepción, los juguetes y mochilas de los pequeños se hallaban desperdigados por todo el suelo.

— No sabía que tuvieras hermanos. ¿Salieron? —Makoto no miraba a su invitado, pero sentía su presencia a sus espaldas, moviéndose y observando todo cuanto podía. La casa Tachibana tenía ese aire acogedor que invitaba a pasar a todo aquel que pusiera un pie en ella.

— Sí, a una fiesta —Tachibana colocó en un bowl las frituras, sirvió dos vasos de gaseosa, aunque no sabía si el moreno gustaba de la bebida, tomó el helado y dos cucharas.

Cuando llevaba la bandeja con todos los suministros hacia la estancia, donde Yamazaki ya se acomodaba, se preguntó: ¿qué rayos estaba haciendo? El tipo que le había roto el corazón estaba a unos metros de él. ¿Cómo podían, ambos, actuar tan natural? Makoto debería preguntar sobre "la confesión", debería de preguntar ¿por qué dejó de enviar los mensajes? Por qué, de hecho, comenzó a mandarlos. Debería dejar en claro lo mucho que su presencia alborotó sus sentimiento. Debería hacer tantas cosas... pero cada que abría la boca las palabras se le congelaban.

— ¿Tachibana? —Al despabilar, Sousuke se encontraba frente a él, con el ceño fruncido y las manos en los bolsillos de la chaqueta—. Oye... sobre lo de la otra vez, lo de confesarme..., hoy en la mañana-

4.4.

Makoto estaba seguro que aún estaba consciente, seguro de que todavía no rompía en llanto, ¿entonces por qué todo se volvió tan oscuro tan de repente? La obscuridad envolvió cada rincón de la casa, y no solo de esta, sino que las luces vecinas parecían ausentes también. El aroma de Sousuke parecía provenir del mismo lugar donde momentos atrás lo había dejado.

— ¿Un apagón? —Preguntó la voz gruesa de Yamazaki.

— ¡Sí! —Tachibana dejó la bandeja, a tientas, en la mesa más cercana que pudo palpar—. Es muy raro. Deberíamos ver si los vecinos saben algo, Ran y Ren se asustarán si no estoy con ellos yo- —caminó, con torpeza, hacia donde recordaba se encontraba la salida de su casa, chocando sin querer contra el cuerpo de su invitado.

— Makoto —el castaño se paralizó en su lugar al escuchar su nombre en la voz de Sousuke. Los nervios lo invadieron, y sentía el calor del aliento ajeno a no más de medio metro—. No me evadas.

— No lo hago —respondió casi enseguida, con la voz temblorosa. No quería escucharlo. No quería saber qué respondió Rin ante la confesión de Sousuke, no quería recibir el golpe de gracia.

— Yo... no le dije nada a Rin —las manos de Makoto sudaban con el mismo nerviosismo que se sentía al estar frente a un examen sorpresa, como si un hueco ocupara el espacio de sus tripas—. Ni le diré nada.

— ¿Por qué? —Susurró, con cierto miedo a cualquier respuesta.

— Porque creo que me gusta alguien más —el tono del Samezuka disminuyó al mismo nivel. Dio un paso hacia delante y por la escasa luz de la luna, Makoto pudo ver sus ojos aguamarina—. Pero creo que yo no le gusto. Nunca respondió mis mensajes.

El corazón de Tachibana estaba a nada de salirse por su boca. Quería gritar, patalear, llorar de la emoción; necesitaba explicar por qué no respondió, quería decirle lo mucho que sufrió y martirizó sacando conjeturas, decirle lo mucho que soñó con que dijera su nombre —necesitaba correr por todos lados, tocar la piel de Sousuke; acariciar su rostro, abrazarlo con todas sus fuerzas, y besarle.

Pero todo en su cuerpo se paralizó y sólo atinó a cerrar los ojos e inclinarse al frente. Le rogaba a Dios, a Buda, Alá, Mahoma, a toda aquella intervención divina, espiritual o física existente e imaginaria porque el Sousuke entendiera el mensaje. Entonces pop. Los labios ajenos eran tal como los imaginó. Y rogó una vez más porque todo aquello no fuera un sueño.


Final del capítulo cuatro.

Pia~.