Juego Peligroso
Draco Malfoy no es partidario de hacer cosas peligrosas. Para nada. Él es partidario de hacer cosas irresponsables, lo cual conlleva, al menos a su modo de ver, una gran carga diferencial. Hacer cosas peligrosas sería, por ejemplo, meterse en el Bosque Prohibido a buscar unicornios heridos, lo cual era una completa locura. Hacer cosas irresponsables, por el contrario, es divertido, como beber whisky de fuego con sus amigos hasta perder el sentido.
Sí, eso es una irresponsabilidad divertida, solo que aquella vez había sido peligrosa. Nunca debió haber aceptado ir a beber con Nott y Zabini aquella noche. Y, desde luego, no debió beberse aquella botella de vino antes de empezar. Hicieron una competición y eso nunca termina bien. No era la primera vez que les pasaba, pero al parecer nunca aprenderían.
Un trago, otro, otro. Una copa. Varias más. Directamente de la botella. Así había transcurrido la noche. Y en una de esas, él había caído completamente inconsciente.
Y ahí estaba el meollo de la cuestión. No había caído al suelo completamente inconsciente. No, había caído sobre el borde de una mesa dura como una roca, y esa mañana cuando se había despertado, había notado el lado derecho de su cara totalmente dolorido, como si un gigante le hubiera dado un puñetazo.
Tras abrir los ojos y ver a un Nott y a un Zabini dormidos en casi peores condiciones que las suyas-o al menos eso esperaba-, había ido al baño para ver su aspecto y la causa de tanto dolor. Se detuvo frente al espejo y masculló cosas que no pueden transcribirse a un texto escrito por considerarse indecentes. Tenía el lado derecho del rostro enrojecido y casi morado, e incluso sobre el pómulo tenía una herida que debía de haber sangrando durante su inconsciencia.
Alzó una mano para tocarse la mejilla. La apartó de inmediato. Dolía, muchísimo. Parecía que alguien le hubiera dado una paliza. Y entonces aquel golpe, aquel dolor, aquel tono enrojecido y, sobre todo, aquella extraña sensación incómoda, le hicieron recordar otro golpe que recibió tiempo atrás. Otro golpe que no tenía nada que ver en cuanto a situación.
Y es que todo el mundo creía que había visto la primera y única vez en que Hermione Granger se había atrevido a ponerle una mano encima. Aquel fatídico día en que la comelibros le había abofeteado delante de todo el colegio humillándole públicamente de una forma escandalosa.
No, lo cierto era que había habido otra ocasión. Para ser exactos, ese mismo año, solo que algo más tarde. Draco recuerda que por aquel entonces entre su grupo de amigos se había puesto de moda un juego que, lejos de ser peligroso, era irresponsable. Solo habría podido ser peligroso para los que tuvieran falta de autoestima pero, a decir verdad, en aquel momento y en aquel año, ningún Slytherin padecía de falta de amor propio. Y menos aún él. Más bien al contrario, se consideraban perfectos y superiores.
Se trataba de un juego totalmente irresponsable, y por eso mismo era extremadamente divertido y todos ellos habían decidido participar. Pansy fue la ideóloga, por supuesto. Siempre era ella la que creaba los juegos que exponían a todos a una posible humillación pública o a un encumbramiento de alabanzas, según la suerte y la habilidad de cada cual. Y era justo ese poder sobre los demás lo que siempre les incitaba a participar y a arriesgar sus petulantes autoestimas.
El juego consistía en una pequeña esfera negra encantada. La esfera esgrimía una prueba en voz alta mientras una persona la tocaba, y si la persona que había tocado la esfera no realizaba la prueba exigida, padecía durante tres días una deformación física que era imposible de quitar con ningún hechizo.
Al parecer, la esfera había pertenecido a la madre de Pansy, que la había adquirido en Hogsmade en su época de estudiante. El juego dejó de comercializarse poco después por considerarse excesivo para niños y adolescentes, y por eso mismo llevar a cabo las pruebas era aún más entretenido.
Porque estaba prohibido. El juego estaba incluso incluido en la lista de artículos ilegales enarbolada por Argus Filch. Y ningún Slytherin podía resistirse a las cosas prohibidas. Era una tentación demasiado grande.
Que no era una leyenda y puro mito lo del castigo para quien no cumpliera, ya habían comprobado que era cierto. Goyle había sido incapaz de llevar a cabo su prueba y ya llevaba dos días en la enfermería quejándose de falsos dolores de tripa para que el resto del castillo no viera que sus manos se habían convertido temporalmente en algo parecido a despojos leprosos de carne viva.
Un castigo cruel por no cumplir su cometido. Y por ello aún más excitante.
Aquel día le tocaba jugar a él. Pansy actuaba como la líder del juego, puesto que ella había participado con Goyle el primer día y, al contrario que aquél, sí había llevado a cabo su tarea. Y robar una bludger del despacho de la señora Hooch no había sido tarea nada fácil. En su opinión se lo tenía un poco creído, pero por el momento no le apetecía enfadar a Pansy. Al menos no hasta que cumpliera su prueba y ambos quedaran en el mismo glorioso nivel.
—Bien— dijo Pansy una vez que todos estuvieron sentados haciendo un círculo en una esquina apartada de la sala común de Slytherin—, hoy es el turno de Millicent y de Draco— sonrió hacia el rubio al nombrarle.
Sacó de su bolsillo la esfera negra que no brillaba en absoluto, ni siquiera con el reflejo de las llamas. Draco se acercó tratando de hacerse el valiente hacia la esfera negra y tomó aire. Tenía tanto miedo que, de no ser porque sabía que si no lo hacía Zabini se burlaría el resto de su vida de él, habría dicho que no pensaba jugar a aquel estúpido juego para librarse.
—Millicent, ¿es que piensas quedarte ahí parada todo el día?— inquirió Parkinson con dureza— Hay más gente que tiene que jugar, ¿sabes?
La enorme chica parecía algo más que temerosa. El resto, como buenas serpientes, observaban y esperaban con morbosa fascinación si se atrevería o sufriría la humillación de la cobardía. Bulstrode se acercó finalmente junto a Draco hasta la esfera, y Pansy esbozó una pérfida y amplia sonrisa.
—Estupendo. Millicent, tú serás la primera. Apoya el dedo índice en la esfera y pregunta— ordenó con un tonito que a Draco le resultó insoportable.
Millicent tragó saliva titubeante, e incluso siendo mucho más grande y corpulenta que Draco, en aquel momento pareció empequeñecerse y encogerse como si quisiera desaparecer. Finalmente fue Pansy quien tomó su mano, le extendió el dedo y lo apoyó sobre la esfera para poder empezar el juego con un bufido molesto.
—Pregúntale— volvió a ordenarle divertida.
—¿Qué tengo que hacer?— preguntó Millicent con voz gangosa.
La negrura de la esfera pareció agitarse y, finalmente, la misma voz como de gnomo de la vez anterior se escuchó lo suficientemente alto como para que todos los que formaban el círculo lo oyeran.
—Conseguir la insignia de prefecta de Penélope Clearwater— fue la prueba estipulada.
Se escucharon silbidos y expresiones de impresión. Bulstrode estaba pálida. ¿Robar la insignia de un prefecto? ¿Y además de otra Casa? ¡Eso era imposible!
—Interesante— comentó Nott tras Draco.
Malfoy comprendió entonces por qué había sido prohibido aquel juego. Incitaba al robo y al quebranto de todas las leyes cívicas, morales y del colegio. Todo un reto.
—Ya puedes apartarte Millicent— dijo Pansy alejando a la chica casi catatónica, y después se volvió hacia Draco—. ¿Quieres que te ayude, Draco?— inquirió con voz empalagosa.
Malfoy frunció el ceño. No necesitaba ayuda. Lo que necesitaba era buena suerte para que no le tocara una prueba tan imposible de cumplir como la de Millicent. Apretó la mandíbula manteniendo un gesto arrogante y acercó el dedo falsamente seguro e impertérrito hasta tocar la esfera, que volvió a agitarse. En el fondo le hubiera gustado largarse de allí cuanto antes, pero tenía una reputación que mantener.
—¿Qué tengo que hacer?— preguntó, felicitándose por la falsa seguridad de su tono.
Hubo un momento de silencio, como si la esfera pensara en algo cruel que ordenarle.
—Besar a una sangre sucia.
Los silbidos y los aplausos fueron instantáneos. Si Draco creyó que Bulstrode se había puesto pálida, él mucho más. Definitivamente aquel juego era ilegal. Dudaba mucho que fuera lícito que un juego para niños y adolescentes pudiera decir "sangre sucia" en aquellos tiempos. No podía creer su mala suerte. Definitivamente alguien debía de haberle gafado. La risa de Zabini lo sacó de sus pensamientos haciendo que volviera en sí.
—Es tan cruel que incluso yo creo que es demasiado— dijo Zabini riendo todavía.
—Preferiría besar a un… a un…— dijo Crabbe tratando de encontrar algo con lo que compararlo mientras se rascaba la cabeza y fruncía el ceño por el esfuerzo mental poco común en él—… a un algo pegajoso y asqueroso.
Draco puso los ojos en blanco. Cómo demonios podía él tener tan mala suerte. Y cómo podía ser Crabbe tan idiota.
—Deberíamos poder cambiar la prueba, ésta es demasiado dura— dijo Pansy con firmeza como si lo estuviera leyendo de algún reglamento.
Evidentemente, la idea de que Draco pudiera llegar a besar a otra chica no le hacía ninguna gracia y la prueba la había molestado bastante. Aunque no precisamente por las mismas razones que tenía el rubio, sino por otras puramente personales y egoístas.
—Lo haré— dijo Draco por fin haciendo que los demás dejaran de cuchichear—. No pienso acabar como Goyle.
Los demás asintieron mientras reían pérfidamente al recordar de nuevo el estado en que había ido huyendo Goyle a la enfermería. Madame Pomfrey todavía no se explicaba cómo no había conseguido aplacar aquel misterioso "dolor de tripa".
—Tienes una semana, ya lo sabes— dijo Daphne Greengrass.
—¡Es muy injusto!— se quejó de nuevo Parkinson guardando la esfera de nuevo en su bolsillo.
Draco no podía creer su propia desgracia. Probablemente aquella era la peor prueba posible que se le podía poner a un Slytherin o a cualquier sangre limpia que estuviera orgulloso de serlo. Habría preferido tener que robarle su fénix al director o bailar un vals con el calamar gigante, o incluso limpiar el estiércol de Fang, el perro del gigante sin cerebro, antes que aquello.
Era la cosa más repulsiva que podía haberle tocado hacer. Besar a una sangre sucia, ¡a una sangre sucia, por Merlín! No se podía caer más bajo, no se podía hacer algo más ruin. Sería como besar a un animal, como besar a un duende. ¿Y si le traspasaba algún tipo de germen muggle que ni la magia podía quitar? ¿Y si él mismo se convertía en un sangre sucia?
Se dijo a sí mismo que eso era imposible y que estaba empezando a desvariar. Pero lo cierto era que aquella prueba era demasiado difícil y demasiado cruel para alguien como él, alérgico a toda aquella escoria de la Comunidad Mágica. ¿A quién iba a besar? ¿Qué sangre sucia podía acercarse mínimamente a su perfección?
Se pasó una mano por el pelo en un gesto que revelaba cierta desesperación. Y repugnancia.
—Menudo asco— resopló mientras salía de la sala común.
Si tenía que hacerlo, mejor que fuera cuanto antes. No quería que se le pasara el plazo como a Goyle y terminar como un trozo viscoso de carne en la enfermería o con un tentáculo en vez de una pierna. Eso no sería fácil de ocultar y terminaría levantando sospechas. Además de que las bromas a su costa no acabarían nunca, y si algún Gryffindor llegaba a enterarse su gloria y fama tendrían los días contados.
Menuda mierda.
Esa tarde fue totalmente infructuosa en su búsqueda de alguien con quien realizar su prueba. Y la siguiente, y la siguiente. Y a partir del tercer día empezó a desesperarse. Nunca había recaído en cuántas sangre sucia había en Hogwarts, y tampoco había notado tan claramente como entonces lo feas, desagradables, antipáticas, inaccesibles y estúpidas que eran.
Pura basura.
Ninguna le merecía ni de lejos. Eran todas…. Argh, maldita sea. La única que podría valer para… No, no, no, no y no. ¡No, por Merlín! Pero en su cerebro había nacido aquella idea desde el mismo instante en que había oído a la esfera dictaminar su prueba, intentando tentarle a utilizarla como salida.
Hermione Granger.
De sólo pensarlo sentía escalofríos. Esa bruja con la cabeza igual que un matorral se había colado en su cerebro como respuesta a su prueba y a su inevitable condena de forma casi automática, pero se resistía a aceptarlo. Ella no podía ser. Poco importaba que su mente traidora le indicara que entre el repugnante abanico de sangres sucia ella fuera la opción menos mala. Esa bruja era un martirio que no podía soportar.
Y con ella no tendría posibilidad alguna, aunque su mente se empeñara. Ese era otro detalle en contra.
Además, ¿cómo demonios iba a besar esa boca si estaba ocupada por aquellos dos dientes inmensos? De sólo pensarlo sentía escalofríos. Era de Gryffindor, era amiga del estúpido de San Potter y del retrasado de la Comadreja. ¿Es que no existía otra opción más horrible? ¿O es que su mente disfrutaba torturándole de aquella manera? No, Comelibros Granger no, ni hablar.
Pero conforme pasaban los días y su séptimo día de plazo se acercaba, aquella sangre sucia se fue perfilando más y más como su mejor opción. O más bien como su única opción. Las demás resultaban demasiado aterradoras como para considerarlas siquiera. El resto de sangres sucia que se hacían llamar brujas eran simplemente patéticas e insignificantes.
Qué calvario.
—Malfoy, ¿qué te crees que haces?— aquella voz lo sacó por completo de sus pensamientos, y se encontró frente a frente con el motivo de sus tribulaciones.
Se detuvo en medio del pasillo mirándola con su habitual superioridad innata.
—Espero que no te estés dirigiendo a mí, ratón de biblioteca— respondió él mirando a ambos lados del pasillo y esperando que nadie viera que estaba teniendo una conversación con ella.
—Sí, te hablo a ti, y créeme que me supone un gran esfuerzo— respondió la Gryffindor apretando con aún mayor fuerza los libros que llevaba contra su pecho—. Quiero que pares ya.
Aquella frase lo descolocó por completo.
—¿Qué?— preguntó sin entender a qué se refería.
—Quiero que dejes de seguirme, Malfoy— explotó ella elevando el tono de voz—. Sé que a ti te resulta igual de desagradable ver mi cara en todos los pasillos igual que a mí la tuya, así que haznos un favor a los dos y dejar de perseguirme por todo el castillo.
Por fuera se mostró indignado, pero por dentro se sintió totalmente humillado. Tanto pensar en aquella patética Gryffindor, tanto imaginar alguna forma de abordarla o, mejor aún, de no tener que hacerlo, y al final había terminado siguiéndola a escondidas durante días. Lástima que ella se hubiera dado cuenta incluso antes que él.
Qué indigno. Qué degradante. Pero tenía que sobreponerse. No iba a darle la razón a Granger aunque la tuviera. Y menos en público.
—No sueñes, sabelotodo. No te seguiría ni aunque mi vida dependiera de ello.
Aunque quizá sí lo haría por su imagen pública y su integridad física.
—Entonces procura que tu camino no se cruce permanentemente con el mío, Malfoy— respondió ella apretando los labios como si se contuviera para no gritarle unas cuantas cosas más.
Y por aquel gesto y por extraño que parezca, Draco Malfoy se dio cuenta de que aquellos labios rosados e incluso algo rojizos eran exactamente iguales que los de cualquier sangre limpia. Todo un descubrimiento. Aquello fue una sorpresa no tan desagradable. ¿Tan aterrador sería probarlos? ¿Tan repugnante? Porque mientras hacía aquel mohín de enfado, no lo parecía.
Casi parecían tentadores.
Demonios, ¡era Granger! ¿En qué estaba pensando?
—¿Es que eres idiota? ¿O solo eres sordo?— la voz de la castaña volvió a llamar su atención esta vez más furiosa incluso que antes.
Estaba perdiendo el hilo de la conversación de tanto pensar, y notaba que ella empezaba a mirarle como si tuviera algún retraso mental que hasta ese momento no había notado. Iba de mal en peor.
—No sueñes, impura. Eres tú la que me persigue a todos lados— replicó con malicia.
—¿Cómo dices?— explotó Hermione mientras sus mejillas se arrebolaban.
Empezó a hablar rápido, muy rápido. Tanto, que Draco desconectó completamente la función de audición de su cerebro para concentrarse sólo en la visual. Aquellos labios se movían. Rápidos, rojizos, aparentemente suaves. Y por alguna extraña e incomprensible razón le llamaban. Y mucho. Le instaban a probarlos.
Era una locura, los labios no hablan solos, unos labios de bruja no podían estar dirigiéndole palabras a él en un diálogo, pero casi podía jurar que le estaban diciendo a gritos que los probara, que estarían encantados de corresponderle y de ayudarle con su grave problema. Que se olvidara del sermón de Granger.
Y él estaba escuchando a los labios. No a la sabelotodo. Se estaba dejando encandilar por su rápido movimiento, por esa aparente suavidad que parecían tener y que él acababa de descubrir y quería comprobar. Fue a acercarse, llegó incluso a doblar algo la rodilla derecha para dar un paso hacia delante y acercarse a esos labios que tan solícitos estaban dispuestos a ayudarle, cuando de nuevo su cerebro encendió la perdida capacidad auditiva devolviéndolo al mundo real.
—…así que deja de comportarte como un energúmeno y haz el favor de tratar a los demás con el respeto que merecen y que tú pareces desconocer por completo— y entonces los labios dejaron de moverse, y aquel hechizo que parecía haberlo encandilado se detuvo.
Antes de que hubiera podido darse cuenta, Hermione Granger se alejaba de su lado a paso rápido y con esos andares tan dignos que a él siempre le habían puesto de los nervios.
Y él, Draco Malfoy, se había quedado en medio del pasillo con un pie algo levantado como un pasmarote. Como un perdedor.
Despertó de su ensoñación y miró en rededor. Había algunos alumnos y se reían, probablemente de él, lo que aún lo enfureció más, pero ante su mirada se alejaron de allí a paso rápido. Había estado a punto de cometer una completa estupidez. ¿Besar a Granger en medio de un pasillo atestado de alumnos? ¿Es que se había vuelto completamente loco? Sí, eso debía ser exactamente.
Se alejó de allí a paso rápido y elaboró un plan, uno infalible que evitara que acabara como Goyle en la enfermería. Draco Malfoy no acabaría convertido en un monstruo durante tres días, antes muerto. Siguió persiguiendo a la Gryffindor por los pasillos, se aprendió sus caminos en un solo día, sus atajos y sus horarios de memoria, y esperó pacientemente un instante apropiado.
Hasta que llegó el momento de ponerlo en práctica.
La tarde ya había acabado, y los alumnos en general ya se habían dirigido a sus Salas Comunes. Eso le quitaba a muchos posibles testigos. Esperó agazapado a que el ratón debiblioteca se dirigiera hacia la biblioteca desde el Aula de Transformaciones. Sabía que era su última clase, iría a la biblioteca y los demás a la Sala Común a descansar como el resto de las personas normales. Su presa llegaría sola.
La vio aparecer y se acercó hacia ella desde un lateral en sombras cortándole el paso por el corredor vacío.
Ella pareció sorprenderse de verlo, pero después frunció el ceño preparada para otra discusión o ristra de insultos, lo que hubiera. Leona inaguantable. No pensaba darle tiempo siquiera a pensar una sola frase que le detuviera. Se negaba a convertirse en otro leproso en la enfermería o en el mago-calamar. Ni hablar.
Ella se había detenido para encararle, y sus ojos se abrieron más por la sorpresa al ver que él se acercaba hacia ella con más seguridad de la usual. Se tensó al ver cómo él alzó los brazos hacia ella.
Vio que la bruja abría algo los labios como si fuera a decir algo, y supo entonces que debía darse prisa. La sujetó por los hombros con fuerza para que no se le escapara y no le importó que el sorpresivo movimiento hiciera que a ella se le cayeran los libros. Ni siquiera lo pensó, cerró los ojos para soportar lo que se avecinaba y bruscamente chocó su boca contra aquellos labios que habían entumecido su mente un par de días antes.
Hizo sólo un par de movimientos con los labios, para asegurarse de que pudiera ser considerado beso y no tuviera problemas por culpa de inútiles y absurdos detalles. Por fin había cumplido su prueba, se había librado. Pero al mover los labios notó la suavidad de aquella boca, el extraño sabor de su piel y se sintió extrañamente relajado. Volvió a acariciar sus labios una vez más.
No estaba tan mal.
De repente un golpe detuvo su plan de continuar el beso y lo obligó a alejarse para tomar aire y doblarse ante el dolor.
—Mierda— fue lo único que consiguió decir sin apenas voz.
Granger le había dado un rodillazo certero y sin compasión. Se sujetó su parte más masculina apretando los dientes para que las lágrimas de dolor no lo humillaran todavía más. Por Merlín, todavía ahora es capaz de recordar lo muchísimo que le dolió aquel rodillazo en la parte más Malfoy de sí mismo.
Merlín, le dolió durante una semana.
—¡¿Pero qué te crees que haces?— exclamó ella mitad a susurros mitad a gritos, como si estuviera tan desconcertada y perdida que no supiera si gritar o no.
Se tapaba la boca con la mano, como si temiera que él volviera a abalanzarse sobre ella y pretendiera besarla o algo parecido. ¿Que qué hacía él? ¡Era ella la que estaba loca! Malfoy trató de ponerse derecho nuevamente todavía sin destapar su adolorida anatomía, y entonces ella le dio una bofetada con increíble fuerza que le hizo volver la cara hacia un lado, como si hubiera temido que él intentara acercársele de nuevo.
Esta vez su estado pasó del dolor a la furia. O más bien a una mezcla de ambas.
—¿Pero qué demonios te crees que haces?— inquirió furioso y a la vez desconcertado— ¿Cuántas veces piensas golpearme en un solo minuto?
—¡No te acerques!— le advirtió ella totalmente arrebolada, ya con la varita en una mano y los libros en la otra.
Su sorpresa inicial también había dado paso a un enfado digno de una úlcera. Al parecer no estaba muy contenta con su plan de besarla por sorpresa. Y no entendía por qué. Siempre habían dicho que él besaba muy bien y, de todos modos, él había sufrido mucho más que ella. Tendría que lavarse la boca con ácido y no iba a quejarse por ello. No pudo evitar pensar que los labios de la castaña se habían mostrado mucho más comprensivos con su problema que ella. Ojalá en vez de cerebro tuviera sólo labios.
Merlín, qué idioteces estaba pensando. Debía de ser por el rodillazo que había recibido en los…
—¡Eres un completo imbécil!— gritó Hermione agitando la varita como si fuera a utilizarla.
—Y tú una mujer muy violenta, ¡pareces un animal!—replicó él de la misma manera.
—Eres un depravado— dijo ella apretando aún más los dientes e ignorándole por completo—. Me has… Me has tocado, cerdo— le increpó colérica.
—No ha sido por gusto, Granger.
—¡Yo sí que no lo he hecho por gusto!—exclamó agitando de nuevo la varita.
Un gesto muy peligroso cuando era una Granger furiosa quien lo hacía.
Draco levantó las manos tratando de tranquilizar a la chica. Tenerla enfrente mientras le apuntaba directamente al cuerpo con la varita no le inspiraba precisamente una sensación de seguridad. Empezaba a pensar que haciendo aquello había terminado yendo de mal a peor y arriesgando su integridad física.
—A un Malfoy no te atrevas a insultarlo así, Granger— le advirtió él, e hizo un amago de acercarse pero de nuevo aquella varita detuvo sus pretensiones—. Y créeme, no quieres verme enfadado.
—Haré lo que mejor me parezca— respondió ella todavía indignada, todavía rozándose los labios de vez en cuando con la mano libre como si no diera crédito a lo ocurrido—. Voy a advertir a todo el colegio de la clase de pervertido que eres.
Esta vez Draco se puso pálido. Y ahora, mientras se mira al espejo, recuerda la extraña sensación de cosquilleo que tuvo en la palma de las manos, claro indicio de profundo pánico. Hermione Granger le estaba amenazando. Y recalcaba, amenazando, que no chantajeando. Lo cual no le dejaba opción a intentar hacerle cambiar de opinión. Aquella chica iba a hundirlo en la miseria, en el pozo del desconocimiento, en las cavernas del descrédito, en la tumba de los apestados.
Eso era intolerable. No podía permitirlo.
Draco Malfoy no podía ser conocido como un pervertido. Y menos aún como un despojo social.
Maldita Granger.
—Si se te ocurre decir una palabra te arrepentirás el resto de tu vida.
Amenazar. Sí, eso surtía siempre efecto.
—¿Eso crees? — Hermione no parecía estar impresionada.
—Lo creo, porque yo mismo me encargaré personalmente de ello— le advirtió con una seguridad que rayaba en la locura.
—¿Y qué piensas hacer para detenerme?— replicó ella con burla, de nuevo tocándose los labios—¿Intentar besarme otra vez, degenerado?
Draco contuvo una mueca de rabia. No podía creer que estuviera consintiendo semejante insultos contra su persona. Pero iba a hacerle cambiar de opinión.
—Verás, Granger, lo haré de la siguiente manera. Me quejaré a McGonagall y hasta al director si hace falta de que me has atacado en los pasillos, y estoy seguro de que después de verme la cara—y Hermione pareció recaer entonces en el intenso color rojo de su rostro — me creerán sin dudarlo un momento— dijo Draco alzando una ceja arrogante—, después lo pregonaré por el castillo y te aseguro que después de eso no volverán a pensar en ti como la comelibros oficial sino como "la violenta Gryffindor de los pasillos".
Ella le miró pasmada de hito en hito. Él en aquel momento se felicitó por su ilimitada imaginación para los motes.
—¿Estás de broma?
La opinión de los profesores era muy importante para ella, y él lo sabía.
—No, lo digo muy en serio— respondió Malfoy son frialdad.
—No serás capaz.
Una sonrisa socarrona adornó el rostro masculino.
—Sabes que lo soy.
Hermione se mordió el labio nerviosamente pensando en lo que debía hacer. O en lo que podía hacer. Dejó ese gesto inmediatamente en cuanto vio que Malfoy se estaba fijando de una forma bastante indecente después de lo ocurrido en ese detalle de su boca. Desde luego él todavía recuerda la extraña forma en que llamó su atención la fuerza que sus dientes ejercían en su labio inferior hinchándolo un poco.
Nunca antes le había pasado. Con nadie.
—Eres la peor persona que he conocido en mi vida—dijo la castaña al fin mientras lo fulminaba con la mirada.
—Gracias sangre sucia, pero ya lo sabía, no necesito que gente inferior venga a decírmelo.
—Y además eres un completo imbécil—adujo la Gryffindor.
—Si lo que intentas decirme es que quieres que repita lo de antes, no hace falta que me insultes, sólo que lo pidas, Granger.
Ella le miró entonces como si estuviera loco, y Draco sintió una desconocida satisfacción al conseguir sorprenderla de aquella manera.
—Ni loca— le aseguró con toda la fuerza que fue capaz.
—Bien, entonces haremos como si esto nunca hubiera pasado, Granger.
Malfoy sabía que no le había dejado opción. Ambos sabían que ella no soportaría que McGonagall supiera que le había abofeteado, y resultaba poco creíble contar que él la había besado. Ambos lo sabían, y Hermione finalmente pareció rendirse a la cruda realidad de sus manipulaciones.
—Te aseguro que como mucho lo recordaré en mis pesadillas, Malfoy—resolvió con odio evidente en la mirada.
—Vamos, Granger, ambos sabemos que llevabas deseándolo desde que nos conocimos. No todos los días alguien de sangre tan limpia como la mía se te acerca hasta tocarte.
—Eres un arrogante.
—Uno demasiado atractivo, lo sé.
—Yo no he dicho eso—replicó indignada.
—Entonces estamos de acuerdo. Tú cierras tu bocaza y yo no te acusaré de vandalismo contra mí en los pasillos— resumió Draco ahora más tranquilo.
No lo oía, pero estaba seguro de que ella rechinaba los dientes por la indignación. De repente descubrió lo mucho que le entretenía molestarla.
—Está bien, no diré nada de tu nuevo complejo de Adonis— aceptó Hermione casi a regañadientes con retazos de burla en la voz-, ni de tu nueva afición a robar besos ajenos.
Draco asintió y tras un par de minutos en silencio, empezó a mosquearse. Ella no se había movido ni un milímetro de su posición, y él no podía hacerlo tampoco.
—¿Piensas bajar la varita para que yo pueda bajar las manos, o vamos a pasarnos aquí el resto del día?— inquirió con molestia— Mantenerme aquí eternamente no conseguirá que me atraigas, Granger.
De repente ella sonrió irónica.
—No pienso ser yo la que se marche primero, Malfoy. Si te doy la espalda no quiero saber lo que podrías hacerme— Hermione parecía muy dispuesta a no dar esta vez su brazo a torcer.
—No me malinterpretes, Granger— se burló Draco—, pero hoy no tendrás el placer de repetirlo.
—Más bien la desgracia.
Él se encogió de hombros simplemente.
—Venga, Granger, baja la varita de una vez.
—Ni hablar. Y te aseguro que como no te vayas de aquí ahora mismo me veré en la obligación de utilizarla.
Draco frunció el ceño. No quería ceder, y menos con ella. Pero la firmeza con la que asía la varita no le dejaba opción. Está bien, había conseguido salir bien parado, ella no lo acusaría de acosador ni de pervertido, con lo cual de momento podía darse por satisfecho. Por esta vez sería él quien cediera primero.
Tomó aire y se dio despacio la vuelta. Dejarse las espaldas al descubierto no le hacía demasiada gracia.
—Si me atacas por la espalda haré que te demanden— dijo de malas maneras mientras empezaba a caminar alejándose de ella.
—Malfoy, eres la persona más desesperante que he conocido en mi vida— dijo Hermione tras él, y Draco fue capaz de verla en su mente rodando los ojos y negando con la cabeza—. Haz el favor de irte ya.
El rubio bufó con hastío.
—Cállate, Granger.
La escuchó emitir un gritito de furia mal contenida, y no pudo evitar sonreír triunfante.
—¡Vete ya!— exclamó ella ya perdiendo la paciencia.
Un hechizo estalló a sus pies y el rubio supo que no podía seguir tentando a la suerte. Se alejó de allí a buen paso todavía con las manos en alto, por si acaso. En cuanto dobló la esquina bajó las manos y se dirigió a la Sala Común de Slytherin. No pudo evitar sonreír torcidamente con satisfacción en aquel mismo instante. Hacía días, puede que incluso semanas, que no se sentía tan bien como en aquel momento.
Draco recuerda que el resto de tiempo que le sobró para cumplir su prueba lo pasó de lo más descansado, metiéndose con todos los Gryffindor y Hufflepuff que pudo, con los sangre sucia y los mestizos, con Filch, con McGonagall, con el guardabosques, con Dumbledore, con los del Ministerio, con el Profeta, con Longbottom, con el guardabosques de nuevo e incluso con los elfos domésticos del castillo con una astucia brillante incluso para él. Una felicidad en cuya causa no recayó hasta años más tarde.
Y cuando por fin llegó pasó el séptimo día y salió de su habitación, se encontró en la Sala Común con todo su grupo esperándole agazapados para verle aparecer lleno de tentáculos, pústulas, deforme o como fuera, pero expectantes por ver algo horrible y ridículo. Todavía recuerda la cara de asombro de Zabini y cómo se le cayó su tentempié a Crabbe. Sí, fue espectacular, y su ego aumentó proporcionalmente al sombro existente.
—¿Lo has hecho?— inquirió Zabini todavía impresionado de no ver a su amigo convertido en un hombre mitad perro mitad humano.
—Tú qué crees— replicó él simplemente.
Echó a andar para ir a desayunar y los demás le siguieron todavía impresionados. Si normalmente se sentía superior, en aquel momento se sentía increíblemente mejor que el resto de los días normales.
—Draco— una Pansy temerosa se adelantó hasta ponerse a su lado—, ¿de verdad has besado a una impura?
Parecía dispuesta a buscar y a hacer pagar a la susodicha su atrevimiento.
—Había mucho donde escoger— replicó el rubio simplemente—. No ha sido tan difícil. Todas se mueren por estar con un sangre limpia.
Después de eso no recuerda mucho más. Sólo que Millicent terminó en la enfermería con tentáculos de medusa en vez de pelo y que así se pasó tres días. Y ahora, mientras se moja la cara con un gesto de dolor y empieza a notar los efectos secundarios de haber bebido en exceso, le jura a su reflejo en el espejo que no recuerda aquellos días en concreto porque hubiera besado a Hermione Granger, ni porque ella lo hubiera abofeteado de esa manera ni porque le hubiera dado un rodillazo en los…
En fin, que no era en absoluto por ella. Ni tampoco recordaba aquello cada vez que recibía un golpe en la cara. Lo recordaba simplemente porque durante un buen tiempo su prueba fue una leyenda dentro de su grupo y se granjeó más que el respeto de sus compañeros.
Fue un héroe. Y Pansy dejó de hacerse la reina del juego durante otra buena temporada.
No tenía nada que ver con Granger.
Ni con su beso.
Ni con su extrema violencia contra su persona cada vez que se encontraban a solas.
Ni con la obsesión que tuvo con sus labios cada vez que la veía durante casi un mes después.
En absoluto. Se trataba de un recuerdo por mero ego y amor propio. Sí, sólo por eso.
Nada que ver con besarla. No, ni muerto.
Oooooooooooooooooooooooooo oooooooooooooooooooo ooooooooooooooooooo
Continuará
Oooooooooooooooooooooooooo oooooooooooooooooooo ooooooooooooooooooo
Hola! Muchas gracias a todas por vuestros reviews! Como siempre, se agradecen mucho. Gracias a Lis y Livier, que como no están registradas no pude agradecérselo antes como a las demás.
-Comentario informativo: He notado una creciente y notable ansiedad por saber qué está pasando o qué va a pasar con la relación de Draco y Hermione en el presente, lo cual me es incomprensible…. (nótese mi risa maligna disimulada tras la seriedad anterior), de modo que, ante las sutiles insistencias, me he planteado hacer en el próximo capítulo una especie de pequeño adelanto de era relación del presente. Olisquearé el aire para ver qué os parecería la idea.
-Próxima actualización: Habremos de esperar tres días –quizá dos, dependiendo de la ansiedad-, a no ser que los polos se derritan y mi ordenador quede sumergido bajo las aguas cuando suba el nivel del mar.
