RENDEZ VOUS

Capítulo 3

Los dos días siguientes transcurrieron de la misma manera que la tarde en la que llegaron. Clint sólo dejaba el refugio de su habitación para asearse, aceptar un plato de comida o tumbarse en el sofá, el cual abandonaba cada vez que Natasha se le acercaba.

En silencio, ella lo veía marchar, despacio, próximo a las paredes, tanteando el camino. Y después de aquello, invariablemente, él cerraba la puerta. Cada vez que ocurría, el alma de la mujer caía a sus pies.

Si de algo estaba segura Natasha era que no iba a ser condescendiente con él. No lo había arrastrado medio mundo para ser su perro guía ni para que llorara sobre su hombro. Eso no era lo que él necesitaba. Lo conocía bien, mejor que a ninguna otra persona en este mundo, pensó con tristeza, y lo que él necesitaba era darse cuenta de que seguía siendo el mismo que era antes de sufrir aquel infortunado accidente. Que, pese a haber perdido la vista, aún seguía siendo alguien valioso.

Natasha dedicó gran parte del tiempo que tenía libre a pasear por la isla. Era bastante pequeña, apenas dos kilómetros de perímetro pero, en algunos tramos, las rocas la hacían casi inaccesible. Bajar y subir aquellos riscos era todo un desafío. Necesitaba concentración, destreza, habilidad y una buena dosis de ímpetu. Además, era un buen entretenimiento para alguien que quería alejar la mente de quien había dejado en la cabaña.

Incluso se atrevió a ascender la escarpada loma de cortantes rocas de casi cien metros para llegar al punto más alto. Desde allí podía divisar otro pequeño islote, más cercano a la costa, en el cual existía una antigua torre genovesa de observación, que era un reclamo para los turistas que se acercaban hasta allí. El límpido horizonte, el celeste del cielo apenas jalonado por nubes y el cambiante color del agua del mar se abrían ante ella. Cerró los ojos y dejó que la brisa marina le acariciara la cara y le despeinara el cabello.

Cuando regresó, Clint estaba tumbado en el sofá, boca arriba, como solía hacerlo; con la cabeza apoyada sobre sus brazos y las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, completamente relajado. Natasha lo miró desde la puerta; un muro se estaba levantando lentamente entre ellos, pero ella estaba más que dispuesta a resquebrajarlo y hacerlo pedazos. Así que debía ponerle fin a aquella situación, cuanto antes. Y sabía perfectamente qué hacer para conseguirlo.

Entró en el salón, asegurándose de hacer ruido para que él la oyera. Pero Clint debía estar dormido, porque, en aquella ocasión, no se apresuró a ponerse en pie y salir huyendo hacia su habitación como solía hacer. Natasha se paró a su lado y lo observó desde arriba. Incluso dentro de la casa, Clint se empeñaba en llevar siempre puestas las gafas de sol, ocultando así deliberadamente sus ojos. Y aún las llevaba puestas. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, con una respiración pausada y profunda. Se sintió tentada a dejarlo allí y que continuara descansando. Pero no habían ido hasta el otro lado del mundo para descansar; al menos, ella no. Estaba allí para recuperar a Ojo de Halcón, agente de S.H.I.E.L.D. Y a su compañero. Y su amigo.

Con un gesto rudo, le palmeó una pierna.

-Despierta – le ordenó, con voz autoritaria.

Clint reaccionó como accionado por un resorte. Con un rápido movimiento se sentó al borde del sofá.

-¡¿Pero qué demonios ocurre?! – preguntó, absolutamente sorprendido, alzando el rostro hacia la mujer que estaba en pie ante él.

-Levántate.

-Natasha… -intentó hablar, pero su compañera lo tomó por el codo y lo levantó.

-Vamos fuera.

Clint no puso objeciones, aunque su disposición no era la mejor. Dejó que ella casi lo arrastrara hacia el exterior. Antes de salir, Natasha alcanzó una gran bolsa de deportes negra que había traído consigo el primer día.

Pese a su ceguera, múltiples puntos de luz le atravesaron los párpados. Se quedó inmóvil en los escalones de la cabaña, con Natasha a su lado, tomando su codo.

La mujer lo acicateó para que bajara.

-Vamos.

Al bajar el pequeño porche, Clint trastabilló ligeramente pero Natasha lo sujetó, impidiendo que cayera de bruces al suelo.

Al notar la tierra firme bajo sus pies y que había recuperado su precario equilibrio, Clint se zafó de la mano que lo sujetaba con un brusco movimiento.

-¿Se puede saber qué te pasa?

Clint no podía verla, pero Natasha se colocó delante de él, con las manos apoyadas en las caderas, las piernas ligeramente separadas y la barbilla alzada, beligerante.

-Tú eres lo que me pasa – le respondió, entre dientes.

Sin comprender a qué venía aquella reacción tan poco proporcionada por parte de su compañera, Clint se enderezó de hombros y compuso un rictus serio.

-¿Cómo?

Ella dio un paso al frente, acortando la distancia que los separaba.

-¿Te crees que te he traído hasta aquí para ver cómo te quedas en ese sofá, mascullando tu desgracia? – comenzó diciendo.- ¿Crees que estoy dispuesta a verte de esa manera? Pues si piensas que es así, estás muy equivocado.

-Yo no te pedí ir a ninguna parte – argumentó él, dando un paso hacia ella. Sólo un metro los separaba. –Es más, no te pedí que vinieras conmigo a ningún sitio.

-Cierto. No me pediste que vinieras. ¿Pero pretendías que te dejara allí?

-¿Qué te puede importar a ti, Natasha, como yo esté?

La pregunta del hombre la tomó por sorpresa porque aquella misma pregunta se la había hecho ella muchas veces con anterioridad. A su mente acudió aquel día en El Cairo, cuando Ojo de Halcón se presentó ante ella y lucharon hasta casi la extenuación cuando él, por sorpresa, cambió de idea, y la dejó viva y con una deuda. Tal vez sólo los dioses sabrían por qué había sido. Había llovido mucho desde entonces. Giró su cabeza hacia la bolsa que había sacado de la casa y la dejó en el suelo.

Clint esperó a que ella le respondiera. Pero no lo hizo. Por unos momentos pensó que se había marchado pero sabía que no era así. Escuchaba su respiración, percibía su presencia y su calor. Natasha seguía frente a él.

Notó cómo la mujer tomó su mano, alzándola entre los dos. Y de repente sintió el peso de un objeto; algo conocido y que había estado echando de menos aún sin pensarlo. Lo tomó con ambas manos y resiguió su silueta, despacio y lentamente, como si fuera el cuerpo de una amante a la que hacía largo tiempo que no poseía, intentando que su mente rememorara cada uno de sus recovecos. Le había entregado su arco.

Tardó unos minutos en recobrarse del desconcierto de volver a tener consigo aquello que lo identificaba. Sin saber qué decir, alzó el rostro hacia el lugar donde intuía estaba su compañera.

-¿Cómo has podido traerlo hasta aquí?

-Siempre hay alguien que te debe algún favor – respondió Natasha en voz baja, intentando restarle importancia.

Con un movimiento seco y rápido del brazo, Clint desplegó el arco en su totalidad. El arma respondió inmediatamente, dócil, con un sordo sonido, preparada para ser usada.

En un gesto casi inconsciente, el hombre estiró su brazo y tensó el arco, como había hecho miles de veces antes para, lentamente, dejar que la cuerda volviera a su posición inicial, emitiendo un sibilante eco. Bajó el brazo, cansado y con los hombros visiblemente hundidos.

-Te lo agradezco, Natasha, pero no puedo dispararlo- dijo, tendiéndole el arma. Ella se negó a tomarla y él quedó con los brazos extendido entre ambos.

-Hay arqueros ciegos. Los he visto en algunas competiciones.

Ojo de Halcón ladeó un poco la cabeza.

-Pero esos arqueros no están poniendo en juego sus vidas, Natasha. Ni las de otros.

La mujer pareció considerar aquellas palabras y, sin más remedio, sólo pudo asentir con circunspección.

-Touché.

El hombre recogió el arco lentamente y se lo tendió a Natasha.

-Gracias de todas maneras.

Como si al objeto que tenía frente a ella le fueran a salir dientes, Natasha lo miró con el ceño fruncido. Luego desvió la mirada hacia Clint. Involuntariamente, dio un paso hacia atrás.

-¿Qué es lo que haces?

-Quiero que lo guardes – respondió él, con un dejo de tristeza en la voz. – A mí no me sirve de nada.

-No.

-Hazlo, Natasha – insistió, alejando el arco de sí, estirando aún más el brazo.

Ella se acercó hasta él y, con su mano, bajó la de Clint.

-No lo he traído aquí para nada. Yo te ayudaré.

-¿A qué vas a ayudarme, Nat? – preguntó ente dientes, dejando entrever que su paciencia estaba llegando rápidamente al límite de lo que últimamente aceptaba.

-A disparar.

-¡¿Cómo?!

Sin añadir ni una sola palabra, Natasha tomó del codo al hombre . Anduvieron unos cuantos metros, hasta que ella consideró que existía una distancia prudencial entre ellos y una estaca de madera clavada en la tierra.

-Arma el arco – le ordenó.

Clint aguardó unos instantes hasta que accedió a hacerle caso. Extendió el arma y colocó una flecha en ella con destreza.

-¿Puedes ponerte de rodillas?

-¿Cómo dices?

-Ponte de rodillas. O no podré ayudarte.

Con cierta reticencia, el hombre puso una rodilla en tierra, manteniéndose en equilibrio sobre la otra.

-Ténsalo.

-¿Vas a seguir dándome órdenes? – preguntó mientras hacía lo que ella le había exigido; extendiendo el brazo derecho y tensando la cuerda cerca de su rostro.

-Sí.

Entonces, ella se colocó a su espalda. Rodeó con sus brazos los hombros de Clint y colocó ambas manos sobre sus antebrazos. Mejilla contra mejilla.

Lo que a priori le había parecido una buena idea, se estaba tornando poco a poco en una gran equivocación. Su cuerpo fue consciente inmediatamente de la proximidad del de Clint. Su pecho contra su espalda, sintiendo cómo su torso se expandía cada vez que tomaba aire para, al segundo siguiente, relajarse de nuevo. Era absolutamente consciente del calor que éste desprendía, de la fuerza que exhibían sus bien formados brazos y el cosquilleo que le producía el vello de los antebrazos bajo las palmas de sus manos y que se irradiaba por su espalda, en pequeñas oleadas.

Cerró los ojos e intentó dominar su respiración, apelando a todo el autocontrol del que era capaz y que había ido adquiriendo con los años y con la experiencia. Se acercó todo lo que pudo a él, recolocó la posición de los antebrazos de Clint con suaves movimientos, corrigiendo así levemente la inclinación del arco hasta que estuvo conforme con sus cálculos.

-Dispara – le susurró al oído.

Los dedos de Clint dejaron escapar la cuerda, que bailoteó graciosamente. La flecha salió disparada, silbando con suavidad. Un segundo después, la flecha rozó la estaca, perdiéndose en algún lugar tras ella.

-¿Y bien? –preguntó el hombre, aún en la misma posición, impaciente.

Natasha apretó fuertemente los labios, que se convirtieron en una dura línea de expresión. Miró de reojo hacia su compañero. La barba del hombre le cosquilleaba la mejilla y podía oír perfectamente su respiración, agitada y ansiosa, y los músculos tensionados de sus brazos bajo la palma de sus manos.

-Hemos fallado.

Clint se puso en pie tan rápidamente que no le dio tiempo a reaccionar y casi cae de bruces al suelo. El hombre se giró hacia ella, visiblemente decepcionado.

-No va a funcionar – y le volvió a tender el arco.

Natasha se quedó mirando fijamente al lugar donde la flecha había desaparecido, no tomando en cuenta la reacción del hombre. Se giró de nuevo hacia él.

-Volvamos a intentarlo.

-No – fue la única réplica que obtuvo.

No contenta con su respuesta, Natasha lo tomó de los brazos y, con un brusco movimiento, hizo que se girara y se arrodillara ante ella, dándole la espalda. Ella volvió a ocupar la misma posición tras él.

-Tensa el arco – le ordenó con autoridad.

A Clint no le quedó más remedio que hacerle caso. El hombre estiró los brazos y Natasha puso sus manos sobre él, como la primera vez. Y como la primera vez, una corriente eléctrica recorrió su cuerpo de pies a cabeza.

Inspiró y espiró un par de veces, concentrándose. Dirigió los brazos de su compañero hacia la derecha, poco a poco.

-Dispara.

La flecha abandonó el arco con una suave danza en busca de su objetivo. Un segundo después, la punta de metal se clavaba de lleno en la estaca.

-¿Qué tal? – quiso saber Clint.

Ella reprimió una sonrisa de autocomplacencia.

-Directa en el blanco.

La mujer no pudo verlo debido a su ángulo de visión, pero en el rostro de Clint se dibujó una media sonrisa, esperanzada y orgullosa. Lo que sí pudo percibir Natasha fue cómo esa tensión que había percibió en él hasta ese momento, había ido desapareciendo gradualmente. No tuvo que preguntarle si quería tirar una vez más; Clint sacó una nueva flecha de su carcaj y la colocó en el arco. Natasha ocupó su lugar tras él, en la misma postura que lo había hecho la primera vez y apuntó. La barba de nuevo le cosquilleaba la mejilla. Clint olía a jabón; nada de colonias ni lociones ni ningún otro producto de higiene. Era sólo jabón y el propio olor masculino que emanaba. Y hasta podía decir que era intoxicante. Maldijo a sus sentidos por responder de aquella manera ante su presencia. Pero, desgraciadamente, aquella reacción no era nada nuevo para ella. Se esforzó por hacer regresar a su concentración. Dirigió el arco a través de sus manos, presionando en los brazos del hombre para que él se moviera sutilmente, adecuando la posición.

-Dispara.

De nuevo, la flecha se clavó en la estaca, diez centímetros más hacia abajo.

Tras aquella flecha lanzaron más. Natasha lo ayudaba cada vez y, en cada ocasión, la flecha terminaba clavada en el trozo de madera. Poco a poco, Natasha fue retirando su guía, haciendo menor la mediación que ejercía sobre el disparo. Y Clint fue tomando el control progresivamente, sin darse apenas cuenta, corrigiendo ángulos y posiciones por sí mismo. La flecha terminaba siempre en el mismo lugar.

Tras casi una hora de práctica, la brisa del mar comenzó a hacerse más fresca y la luz más insuficiente. Natasha se acercó a él, pues se había ido retirando poco a poco para dejarlo actuar por sí solo.

-Vamos a dejarlo por hoy.

Clint se enderezó y se puso en pie, con los hombros erguidos.

-Está bien.

-Recogeré todas esas flechas – se ofreció Natasha, a la vez que se encaminaba hacia la agujereada estaca que le había servido para practicar.

-Nat – oyó la voz del hombre que la llamaba a sus espaldas. La mujer se giró para enfrentarlo.

-¿Sí?

Clint hizo un sutil gesto con la cabeza.

-Gracias.

La agente de S.H.I.E.L.D., Natasha Romanoff, sonrió genuinamente por primera vez desde que habían llegado a la isla. Había conseguido que, al menos, Clint saliera de la casa y dejara de compadecerse de sí mismo. Tal vez, aquello sería el primer paso para que él comenzara a creer que era el mismo de siempre. Y que lo conseguirían. Ella estaba allí para asegurárselo.

-De nada – y, girándose de nuevo, fue a recoger las flechas.

Esa noche, la actitud de Clint varió sustancialmente. Dejó de rehuir la presencia de Natasha y, cuando se retiró a su dormitorio, dejó la puerta abierta.

El sol apenas se vislumbraba por el horizonte cuando él salió de su habitación al día siguiente. Natasha alejó la manta con la que se cubría, apresurándose a incorporarse del sofá y saltó grácilmente el respaldo casi sin hacer ruido. Sin tiempo para vestirse, aguardó unos segundos antes de comenzar a andar hacia su compañero.

-Te has levantado temprano – le dijo, mientras se acercaba hacia la cocina.

Clint se detuvo con una mano apoyada en la pared próxima, ligeramente sorprendido.

-¿Te he despertado?

Ella negó con un gesto cansado antes de contestar.

-No, ya estaba despierta.- Al llegar a la cocina, sacó la cafetera y la puso sobre el fuego. -¿Quieres café?

Él alzó una ceja tras sus gafas negras.

-¿Sabes hacer café?

Natasha puso la cafetera al fuego y asomó la cabeza por el hueco de la puerta de la cocina.

-Llevamos aquí tres días. ¿Y ahora me preguntas si sé hacerlo? ¿Quién te crees que ha preparado la comida que hemos comido durante este tiempo? – Hizo una mueca con los labios. – Bueno, técnicamente sólo la he descongelado. Pero el café es todo mío.

Clint se separó de la pared. Dejó en el suelo la bolsa negra que llevaba y dio un paso en dirección hacia donde le llegaba el sonido de la voz de su compañera.

-Lo siento, Nat – comenzó diciendo, ligeramente apesadumbrado. – No he sido la mejor de las compañías estos últimos días.

Ella se encogió de hombros, aunque en su rostro se podía ver la satisfacción que sentía por oír aquellas palabras.

-Bien, no voy a hacer un drama de ello.

-Gracias.

-¿Qué piensas hacer hoy? – preguntó la mujer.

Clint dio un paso hacia atrás, en busca de la bolsa que había dejado tras de sí, en el suelo, sólo unos minutos atrás.

-Voy a entrenar.

Una sonrisa de autocomplacencia se manifestó en el bello rostro de la mujer.

-¿Quieres que te acompañe? – preguntó, mientras lo observaba con detenimiento. El hombre estaba en pie, a pocos pasos de ella. Pese a su aparente calma y frialdad, Natasha sabía que interiormente no sentía ni lo uno ni lo otro. Lo delataba ese minúsculo movimiento en la mandíbula y en sus manos, que se abrían y cerraban en puños, haciendo que los músculos de todo el brazo se contrajeran.

Clint abrió la boca pero la cerró al punto, como si no hubiera encontrado las palabras adecuadas que decir.

-En realidad no lo sé – respondió en voz baja, eluyendo dirigir el rostro hacia donde creía que se encontraba su compañera. Movió inquieto el peso de su cuerpo de una a otra pierna. – Lo de ayer… necesitaba lo de ayer. Pero ahora no sé por dónde comenzar.

La cafetera silbó en ese momento, y ella se apresuró a retirarla del fuego.

-Te diré qué podemos hacer – le dijo alzando la voz desde el interior de la pequeña cocina, para que pudiera oírla por encima del pitido del agua hirviendo. – Terminaremos este café y saldré contigo ahí fuera y te marcaré el blanco. Después, tú podrás trabajar a partir de ahí, ¿trato hecho?

Clint asintió con un movimiento escueto de cabeza.

-Trato hecho.

Conforme el día pasaba y el sol se elevaba en el cielo, el gris acerado de la vista de Clint iba tornándose más luminoso, más brillante. Parpadeó varias veces, esforzándose en concentrar la visión en algún punto indeterminado frente a él. Débiles y desvaídos, como aquellas películas antiguas que alguien, con mala fortuna, coloreó, así estaban regresando los colores a su retina. Pero ahí estaban. Se sentó en el suelo empedrado a tomar aire, más por el reconocimiento a su sorprendente, aunque lenta, mejoría que por que estuviera realmente cansado. Las manchas eran más grandes que sólo días atrás pero la luz era lo más importante. Le ahogaba sólo pensar en la oscuridad; esa oscuridad completa y sin tregua que se lo tragaba todo y que no dejaba nada a su paso.

Dejó el arco a su lado y encogió las rodillas, apoyando los antebrazos en ellas. El ruido del mar en absoluta calma llegaba a sus oídos, produciéndole una sensación de tranquilidad. Cerró los ojos y los volvió a abrir, sólo para asegurarse de que la luz seguía ahí. Sonrió para sí. Si alguien, sólo una semana atrás, le hubiera dicho que ese día estaría en una isla perdida en el Mediterráneo y experimentando una mejoría en su ceguera, se hubiera reído amargamente en su cara. Pero así era. Y no porque él se lo hubiera ganado. Si por él hubiera sido, estaría en algún bar de Nueva York, con una cerveza en la mano y otras muchas, vacías, sobre el mostrador, ahogando en ellas su amarga suerte.

Pero su verdadera suerte era la mujer que lo había traído hasta allí; la que no lo dejaba descansar; la que lo interpelaba y lo desafiaba y, en muchas ocasiones, la que lo traía de cabeza. Sin ella, en aquel momento, no sería nadie. O, más bien, sería un desecho de sí mismo. Retiró las gafas y las dejó a su lado, junto al arco, y alzó el rostro hacia el cielo. Jamás había habido grandes diálogos entre ellos. Sobre todo porque no los necesitaban. Siempre, desde que habían comenzado a trabajar juntos, se habían entendido con sólo mirarse, con cruzar una mirada y un parco gesto para saber perfectamente al instante siguiente qué necesitaba el otro o qué paso iba a dar. Echaba aquello de menos; echaba de menos mirar a Natasha y que ella le dijera sin palabras cómo se sentía, qué necesitaba o qué iba a hacer. Echaba de menos, simplemente, mirarla.

Él día anterior, cuando ella lo ayudó por primera vez con el arco, su mente se había bloqueado por completo cuando comprendió lo que ella pretendía hacer. Su cuerpo reaccionó a la proximidad del cuerpo de la mujer, pegado a su espalda, respirándole en la oreja y rozándole la mejilla con su piel. La tibieza del cuerpo femenino que lo abrazaba lo había dejado sin palabras y con un millón de impulsos nerviosos recorriendo vertiginosamente su cuerpo de arriba abajo. Si habían dado en el blanco en algún momento, había sido, sin lugar a dudas, gracias a ella. En algún lugar, los hados, las Moiras, o quien quiera que estuviese al cargo del destino de los hombres, se lo estaba pasando en grande haciéndole pagar su tozudez.

En aquel momento pensó que su vista bien podría darse prisa en regresar y dejar aquella isla lo antes posible. Porque, de lo contrario, tal vez ocurriera algo de lo cual ambos podrían arrepentirse.

Enfrascado como estaba en sus pensamientos, no oyó los pasos de la mujer hasta que estuvo a su lado.

-¿Descansando, agente Barton? – la voz sonó ligera y divertida. Él alzó el rostro hacia ella y le sonrió a su vez.

-Así es.

El ruido de una ola al chocar contra la orilla distrajo a Natasha durante una fracción de segundo. Tras ello, regresó su mirada hacia su compañero.

-Me he encontrado esto mientras venía hacia aquí.

Natasha colocó delante del hombre una de sus flechas, ensartada en una gaviota.

-¿Qué es? – quiso saber Clint.

-Creo que la gaviota se ha topado con el Halcón.

En el rostro del hombre se dibujó una sonrisa de satisfacción al escuchar aquello.

-Así que le di.

La mujer se sentó a su lado.

-Eso parece. ¿Has sido capaz de dispararle a una gaviota? – preguntó, intrigada. Nada más lejos de su intención que recriminarle por haber matado a un pobre, aunque escandaloso, animal.

Clint se encogió de hombros.

-Quería ver si era capaz de acertar a un blanco en movimiento. Y en esta isla no hay otra cosa. Además, hacen el ruido apropiado para poder localizarlas.

-¿Y cómo te sientes?

Él giró la cabeza hacia ella.

-Bien, creo. Ha sido… ha sido como volver a ser un poco más quien soy.

Natasha buscó su mano y la apretó fuertemente.

-Siempre eres tú. No lo olvides.

De nuevo, el rugido de una ola encontrándose con la orilla y deshaciéndose en espuma blanca hizo que ambos se quedaran en silencio.

Otras gaviotas y pequeños pájaros acuáticos sobrevolaron sus cabezas, buscando con total seguridad, algo que comer. Natasha recordó en aquel instante lo que la había llevado hasta allí.

-¿Quieres un sándwich?

Clint se encogió de hombros.

-Está bien.

Le tomó una mano y puso sobre ella un pequeño bocadillo.

-Aquí tienes.

En silencio, ambos dieron buena cuenta de sus refrigerios, sentados uno junto al otro, hombro con hombro. El mar estaba en absoluta calma y las olas, lánguidas en su mayoría, morían en la orilla con un suave murmullo. La brisa, ligera y cargada de sal, apenas les mecía el cabello.

-Creo que los colores están regresando – dijo Clint, rompiendo aquel cómodo silencio en el que ambos se habían sumergido.- Quiero decir, aún no puedo distinguirlos del todo. Es como que todo es un poco más claro.

Ella le tomó la mano derecha y apretó fuertemente.

-Me alegro de escuchar eso, Clint.

Despacio, él cubrió la mano de su compañera con su izquierda y la mantuvo allí, acariciando la suave piel con su dedo pulgar, reteniendo el calor.

-Gracias – le dijo en voz baja y un tanto ronca.

-No.

Él insistió.

-Sí. Porque, de no ser por ti, no hubiera salido de aquel agujero.

Natasha se tomó la libertad de mirarlo abiertamente. Paseó la mirada por el perfil del hombre, con su incipiente barba, que oscurecía la mandíbula. Por la línea del mentón, la curva de los labios y la nariz, recta en el puente. Y en sus ojos, en aquella ocasión, desprovistos de sus sempiternas gafas. Se fijó especialmente en ellos; no sabía bien de qué color eran. No eran realmente azules, tal vez de un tono celeste más claro. O incluso grises. Creía firmemente que dependía del color que recibieran. Caprichosos. Cambiantes.

Se obligó a centrar de nuevo su atención en lo que su compañero le acababa de decir.

-Bueno – carraspeó, - estabas a punto de marcharte cuando te arrastré hasta aquí. ¿Dónde hubieras ido?

Él le soltó la mano que hasta este momento había estado acariciando. Se encogió de hombros e hizo una mueca con los labios.

-Tal vez hubiera buscado un tugurio en Little Italy, y beber hasta caer redondo. Y buscar pelea hasta que me dejaran inconsciente.

Natasha lo empujó sutilmente con su hombro.

-¡Ah, no! Yo no lo hubiera permitido – intervino, con una amplia sonrisa en los labios. - Sólo yo tengo el privilegio de dejarte inconsciente.

De nuevo quedaron en silencio. Una gaviota pasó sobre ellos en un vuelo perezoso, en busca de alimento.

-¿No tendrás problemas por estar tanto tiempo fuera de S.H.I.E.L.D.? – dijo Clint al fin, con el rostro alzado hacia el sol y los ojos cerrados, dejando que los rayos le bañaran la cara.

-No. No hay ninguna misión a la vista – respondió ella al punto, con seriedad.

-Pero Fury puede…

-Fury sabe dónde estamos, Clint- lo interrumpió. – Volveremos cuando tengamos que volver. No antes.

Tras unos instantes, el hombre asintió.

-¿Qué tal el sándwich? – preguntó Natasha, cambiando completamente de tono de voz y de tema.

-Muy bueno.

-Ah, bien. – terció la mujer a la vez que se ponía en pie. – ¿Clint?

Alzó el rostro en un acto reflejo, pese a que ella seguía siendo sólo una sombra borrosa para él.

-Tenía mermelada de cebolla.

Clint hundió la cabeza entre sus hombros en un gesto melodramático y negó con vehemencia.

-Natasha, eres un dolor de cabeza – le dijo, conteniendo una sonrisa.

Ella, satisfecha, le palmeó un hombro y, agachándose, le dio un fraternal beso en la cabeza.

-Lo sé. Y por eso me quieres. – La mujer dio media vuelta, emprendiendo el camino hacia la cabaña.

Sí, quizá era eso, pensó Clint. Tal vez no había escuchado una verdad mayor en mucho tiempo. Porque sí, la quería. Extraño sentimiento para un maestro asesino.

CONTINUARÁ