Cap. 4: La prueba de fuego.

Eran ya las doce de la noche y Lisbon no podía pegar ojo. Normalmente tardaba en dormirse, pero no dos horas. Estaba de espaldas a Jane, el cual dormía plácidamente. Lisbon se giró un poco para comprovar si realmente dormía, cosa algo difícil de averiguar tratándose de Jane. Se puso boca arriba, a pocos centímetros de él, sacando los brazos fuera. Reposó las manos en el estómago mirando al techo. Fue entonces cuando Jane se movió de repente, dándole un pequeño susto. Pero entonces Jane alargó su mano hasta las suyas y se acercó un poco más a ella, la cual se quedó rígida como una tabla de surf.

- Jane, aléjate -dijo serena, pero no le hizo caso-. No tiene gracia, Jane. Intento dormir, ¿sabes?

Pero estaba completamente dormido. Sus actos eran involuntarios, a menos de que hubiera programado su subconsciente para que lo hiciera, que veniendo de Jane no sería de extrañar. Lisbon se giró hacia él para apartarle las manos, aunque al acerlo se encontró de frente con su rostro. Tenía una carita de ángel igualita que la de un niño, un soñandor empedernido, cosa que se alejaba bastante de la realidad. Le observó unos instantes hasta que se quedó dormida, tal cual, a escasos centímetros uno del otro.

Jane se despertó unos minutos antes que el despertador. Sin embargo, cuando la vió tan cerca de él no se sobresaltó, tan sólo esbozó una sonrisa. Pensó en acariciarla un poco, pero tenía miedo de que se despertara y se enfadara. Pero entonces sonó el despertador. Lisbon abrió los ojos lentamente y se encontró con la cara sonriente de Jane apoyada en su brazo sobre el cogín.

- Buenos días, bella durmiente.

- ¿Cuánto llevas despierto? -preguntó girándose para parar el despertador.

- Lo suficiente como para verte desestresada -dijo con una pequeña sonrisa.

Lisbon se giró hacia él-. ¿Desestresada?

- Sí, desestresada, relajada. Da gusto verte así.

- Lo que tú digas -dijo pasando un poco.

Se sentó en la cama dejando colgar sus piernas por el borde de ésta. Jane, por el contrario, no movió ni un músculo.

- ¿Te duchas primero?

- ¿Quieres ir tú? -preguntó de espaldas a él.

- Las mujeres primero.

Lisbon se levantó y puso rumbo al baño-. Qué caballeroso -dijo con cierto sarcasmo.

Jane hizo una pequeña risa mientras se sentaba en la cama. Estiró los brazos mirando a la pared. Se quitó la camiseta. No le gustaba que se le enganchara la ropa de buena mañana. Lisbon, con pies de plomo sobre la moqueta, irrumpió de nuevo en la habitación para coger la ropa. Jane no la oyó y, puesto que estaba de espaldas a la puerta, tampoco la vió entrar. Cuando Lisbon le vió hizo una pequeña sonrisa.

- No sabía que te cuidaras tan bien -dijo acercándose al armario.

- Lisbon -se giró algo sorprendido-. Deberías llamar antes de entrar, ¿no crees?

- ¿Por qué? -cogió la ropa-. Es mi habitación -dijo con una pequeña sonrisa.

- Y también la mía -dijo levantándose de la cama-. Y en un momento dado podría estar cambiándome y entrar tú, y no sería muy cómodo, la verdad -Lisbon le miró mientras cerraba la puerta del armario-. Además, si fuera al revés estaría muerto.

- Correcto -afirmó saliendo de la habitación-. Además -se detuvo en el marco-, tampoco estás tan mal.

Y desapareció. Jane se quedó algo cortado, aunque también salió de la habitación.

- Tú tampoco -le dijo antes de que entrara en el baño.

Lisbon le miró y luego entró en el baño. Cerró la puerta. Jane no pudo evitar reírse. Después de que ambos se ducharan y vistieran, con ropa de marca obviamente, bajaron al comedor para desayunar. Nada mejor que a las siete de la mañana te sirvan un buen desayuno a base de huevos, bacon, arroz o embutido si querías salado, pues como dulces tenías tostadas con mermelada, croasanes, cereales de mil tipos diferentes, etc.

A las siete y media salieron del hotel, donde se encontraron con Rigsby y Cho, quien les entregó las llaves de un Porsche 911 plateado. Se quedaron alucinados al ver tal maravilla.

- ¿De donde lo has sacado? -preguntó Lisbon con los ojos como platos.

- Mis amigos de las calles me debían una, así que...

- Es genial -celebró Jane acercándose al coche.

- Estaremos a tres manzanas, tal como nos dijo, jefa -dijo Rigsby.

- De acuerdo. No sé qué nos harán hacer o donde nos llevarán, pero si la cosa se pone fea no aparezcáis hasta que os haga una señal.

- Está bien -dijo Cho.

Entre tanto, Jane dió la vuelta al coche y lo examinó hasta el más mínimo detalle. Aquella preciosidad era un V-8 que podría dar mucho de sí, aunque tampoco lo iban a explotar mucho, al menos por ahora. Lisbon fue quien condució, pues se suponía que era una estrella del volante y sería lo más lógico ante Los Rufianes de Santa Mónica.

No tardaron en llegar al antiguo muelle. Cerca del carguero estaba Collin, junto con tres hombres y dos coches más. Lisbon aparcó al lado de éstos, captando las miradas de todos. Salieron del coche sin prisas, aunque no hizo falta que se acercaran a Collin; él ya lo hizo por ellos.

- ¿Y esta preciosidad? -preguntó alucinado.

- Bonito, ¿eh? -vaciló Jane.

- Joder, ya lo creo -miró a Lisbon-. ¿Me lo dejarías probar alguna vez?

- Puede -miró a Jane de reojo y luego volvió a mirarle-, más adelante quizás.

Collin hizo una leve risa y se fue hacia los coches. Se acercó al primero y se apoyó en éste de cara a ellos.

- Bien, la primera prueba es para tí, querida. ¿Ves esos conos? -señaló tras la valla de los contenedores de carga-. Señalizan un especie de circuito. La salida es desde aquí. Tan sólo tendrás que seguir los conos y volver aquí. Tendrás que clavar freno justo delante de nosotros y cruzar el coche, sinó no vale -Jane y Lisbon se miraron de reojo-. Saldrás desde aquí con ésta maravilla, un Ford Mustang 67. Va bien cuando tienes que cambiar rápido de marchas y encaja muy bien los derrapes -se apartó del coche y se acercó a ella-. Tienes un minuto. Si tardas más, adiós.

- Está bien -dijo con seguridad-. Cuando quieras.

Lisbon se subió en el coche y encendió el motor. Se adelantó unos metros y se preparó en la marca de salida. Aunque antes de que Collin encendiera el cronómetro, Jane se apoyó en la ventanilla del coche un momento.

- Ten cuidado.

- Tranquilo -dijo despreocupadamente-. Hace tiempo que no corro de ésta manera, pero es como ir en bici.

- Nunca se olvida -sonrió Jane-. Buena suerte.

Se apartó del coche y se puso al lado de Collin. Contó hasta tres y en cuanto bajó la bandera Lisbon salió como un cohete. El cronómetro comenzó a correr, igual que Lisbon. Siguió las puertas de conos, pasando entre ellas con gran habilidad. En realidad estaba disfrutando con aquello. Desde donde estaban podían verla en todo momento, al menos el primer trozo. Jane vió el giro cerrado al que se acercaba, y le daba un poco de miedo, la verdad. Pero depositó confianza en ella repitiendo todo el rato lo mismo "vamos, Lisbon, vamos". Llegó al tramo de tierra y comenzaron las curvas, aunque en la última estaba el giro cerrado. Sabía que si frenaba iba a salirse y no podía permitirse el lujo de perder segundos. Así pues, clavó el freno de mano girando a la izquierda. Puso las ruedas en dirección a la derecha para mantener el equilibrio del vehículo y pasó la curva sin ningún problema. Jane sintió un gran alivio.

- ¡Sí! -dijo cerrando los ojos.

- Realmente es buena -comentó Collin.

Después de ése tramo la perdieron de vista tras los edificios del muelle. Lisbon vió que el último cono la enviaba directa a un puente medio destrozado de madera, el cual desembocaba en el aparcamento del antiguo muelle. Estaba muy oscuro y encendió las luces del coche sin detenerse. Subió por la rampa y se encontró con otro cono que le indicaba subir a la planta superior, donde tuvo que pasar por escaleras, pues allí no podían entrar los coches. Le quedaban veinte segundos. Subió dos plantas hasta encontrarse con con una rampa improvisada que subía a la azotea. Quince segundos. Siguió otra rampa que pasaba al edificio de al lado, una planta más baja que en la que se encontraba.

- ¿Qué hace en esa azotea? -preguntó Jane al verla allá arriba.

- Ya lo verás -dijo Collin con una sonrisa-. Le quedan diez segundos.

Entonces tanto Jane como Lisbon se dieron cuenta de que tendría que saltar y aterrizar plana, pues no había ningún tipo de rampa.

- Se va a matar -dijo Jane girándose hacia Collin.

- Yo lo llevo haciendo dos años y no me he muerto -le miró y luego volvió a mirar a Lisbon-. De lo que tienes que preocuparte es del tiempo -Jane le miró-. Siete segundos.

Lisbon no lo pensó. Dió marcha atrás y aceleró quemando ruedas. Sabía que si se quedaba corta el morro bajaría y se comería literalmente el suelo. Debía alcanzar una velocidad superior para que eso no pasara, y lo consiguió. Logró mantener el morro el alto, aunque el trasero del coche golpeó con fuerza contra el suelo. Lisbon se llevó un buen meneo, pero le quedaban cuatro segundos para llegar hasta donde estaban, así que no aflojó la velocidad. Incluso Collin se asustó un poco en verla venir tan decidida hacia ellos. Aunque clavó freno de nuevo y se detuvo justo delante de ellos, quedando así atravesada horizontalmente.

- ¿Qué tal lo he hecho? -preguntó como si nada.

- 58'62 -dijo Collin mirando el cronómetro-. Te ha ido de poco.

- ¿Entonces hemos superado la prueba? -preguntó con una leve sonrisa.

- Tú sí -miró a Jane-, él todavía no.

Ordenó a los hombres que se llevaran el coche. Él, Jane y Lisbon se dirigieron al otro coche, el cual era algo más discreto. Lisbon se puso atrás y Jane al lado de Collin, quien se puso al volante. Salieron del muelle y se fueron hacia la zona oeste. Al cabo de un rato Collin llegaron a un barrio de poca monta, aunque decente a comparación con otros.

- Esta zona es propiedad de Tico. ¿Habéis oído hablar de Tico?

- No -dijo Lisbon.

- Es alguien que nos debe algunos favores que están a punto de pasarle factura como siga así -hizo una pausa y se dirigió a Jane-. Algunos lo cogen al vuelo, otros no. ¿Tú? Ya veremos -aparcó en un aparcamiento al aire libre, justo al lado de un local-. Se les ha agotado el tiempo esta mañana. Vas a hacerles una visita -le dió una HK MP-54 cargada hasta arriba-. Quiero que acribilles ése bar, déjalo como un colador. Que se note que pasamos por allí.

Jane miró el arma, luego a Lisbon y luego a Collin con una sonrisa-. Dicho y hecho.

- Te esperaremos en el coche. Y, por cierto, no estaría mal que acabases el trabajo antes de que llegue la poli, tú ya me entiendes -dijo con una sonrisa de doble sentido.

Cogió el arma y salió del coche mostrándose decidido. No había vuelto a tocar un arma desde que mató a Hardy para salvar a Lisbon. Pero no podía vacilar. Cogió fuerte el arma e intentó no pensar. Al menos no le tocaba matar a nadie para demostrar lo que valía. Si Lisbon podía saltar desde un segundo piso en coche él podría cargarse un bar. Por suerte a esas horas no había nadie, tan sólo el camarero limpiando vasos.

- Salga -dijo contundentemente.

El hombre no dudó en obedecer y salió corriendo por la puerta trasera. Jane cargó el arma y comenzó a disparar. En verdad aquello se podría considerar como una terapia. Destrucción constructiva. Empezó a dar tiros a diestro y siniestro, cargándose el televisor, las mesas, la barra, los espejos, la vagilla, las botellas, los cuadros, las plantas... Todo lo que había en ese pequeño lugar. Pero entonces entró en una habitación parecida a un almacén pequeño, donde encontró un par de cargas de C4.

- Fuegos artificiales... -sonrió maliciosamente-. Tengo una idea.

Poco después salió del bar y entró en el coche. Le devolvió el arma tan sólo entrar con una sonrisa.

- ¿Ya está? -preguntó Collin algo extrañado.

- Sí, todo listo -dijo sin perder la sonrisa-. Por cierto, será mejor que salgamos de aquí, y rápido.

- ¿Qué has hecho? -preguntó Lisbon con desconfianza.

Collin encendió el motor y salió del aparcamiento no muy convencido. Jane se giró hacia Lisbon.

- Cariño, ni que no me conocieras -dijo sonriendo.

Y justo después de que lo dijera el bar explotó en mil pedazos, afectando también a los edificos de al lado. Jane se asustó un poco por el ruido, aunque nada comparado con el salto que dieron Collin y Lisbon sobre el asiento.

- ¡Tío, te has lucido! -dijo eufórico-. ¿De donde has sacado los explosivos?

- Los encontré en el almacén y se me ocurrió utilizarlos.

- No está mal, lo reconozco, no ha estado nada mal. Ahora ya sois de los nuestros. La siguiente fase consiste en acabar con Gator. ¿Habéis oído hablar de Gator?

Después de una información bastante importante volvieron al hotel. Entre unas cosas y otras ya era casi la hora de comer. Así pues, pidieron la comida en la habitación. Cho y Van Pelt no tardaron en aparecer. Rigsby les siguió de cerca. Puesto que ninguno había comido Cho trajo comida para más de dos, así que mientras Lisbon les comentaba la informació obtenida iban picoteando un poco.

- Sabemos que trafican con coches. No sabemos qué hacen con ellos, tan sólo que los transportan de un lado a otro y que vienen de diversos puntos. También hemos observado que tienen muchas armas militares, y eso podría ser un problema.

- ¿Una filtración en la armada? -comentó Van Pelt.

- Eso parece -dijo Jane dando un trago de su vino tinto.

- ¿Del ejército americano? -preguntó Cho.

- Sí, y del ruso también -afirmó Lisbon-. Tico era un recuperador, un atracador de coches.

- Aunque a estas horas ya debe de estar en el hospital, o incluso en el depósito -comentó como si nada Jane.

Todos le miraron unos instantes y luego Lisbon prosiguió.

- Van Pelt, ¿has averiguado algo sobre Kate?

- Su nombre es Katherin Becker. Tan sólo se sabe que ha estado en diversas bandas, aunque la última fue hace un par de años. La cosa se complicó cuando, según he leído, había unos mejicanos que debían dinero a la banda. Ella estaba al mando de ésta. Los mejicanos cogieron a unos cuantos chicos e irían matando uno cada hora hasta que se les perdonara la deuda.

- ¿Y lograron convencerla? -preguntó Rigsby.

- Una hora después mataron al primero. Sin embargo, dos horas más tarde el almacén explotó. Se ve que Kate lo preparó todo ella misma. Les dijo que tenían tres minutos para salir. Y atentos al dato, Collin fue el único que salió vivo de allí dentro. El resto están muertos.

- Así que tenían al novio -comentó Cho.

- Al principio no eran nada -dijo Van Pelt-. Lo que surgiera surgió después de aquello.

Se quedaron pensativos durante un rato. Lisbon decidió proseguir con las fotografías e información valiosa sobre Gator que les había dado Collin. Las expuso sobre la mesa una tras otra.

- Este es Gator -dijo pasándoles una foto suya-. Kate lo utiliza como punto de referencia para contactar con una banda de Miami llamada South Beach, pero al parecer Gator la cagó en su último trato -les dió otra foto-. Éste yate es suyo.

- Vaya -dijo Rigsby-. Es enorme.

- Kate quiere abrirle una vía para ajustar cuentas antes de volver a utilizarlo para hacer tratos -explicó ésta vez Jane.

- ¿Lo utiliza como intermediario? -preguntó Cho.

- No tiene más remedio -contestó Lisbon-. Van a recibir veinte, treinta coches de Europa. Se necesita mucha gente para mover tanto material -dijo mirándoles.

- Pero no sabemos quien los quiere, ¿verdad? -dijo Van Pelt.

- Tendremos que dejarles a sus anchas para averiguarlo -dijo de repente Jane.

- ¿Y Logan lo ha organizado todo él sólo? -preguntó Rigsby.

Lisbon se quedó pensativa, aunque Jane intervino con una de sus brillantes deducciones.

- No -dijo en un tono algo pasota-. Es demasiado gordo para ésta mafia, no tienen semejantes contactos -meditó unos instantes-. Pero trabajan para alguien que sí los tiene -miró a Lisbon-. El problema es saber quién.

- Es decir, Logan no está en la cima de la pirámide -resumió Rigsby.

- Y hay que averiguar quién es -dijo Cho.

- ¿Por qué será que algo me dice que esto va a ser más largo de lo previsto? -preguntó Lisbon irónicamente mirando a Jane.

- ¿Y por qué me miras a mí? -preguntó divertido-. ¿A caso tengo yo la culpa de que haya más gente detrás de ésto?

Todos sonrieron y siguieron comiendo. Ahora lo único que podían hacer era esperar órdenes de la mafia.

Esa misma tarde, en un hotel de la ciudad, Arthur Ramírez, el gangster al que la mayoría de los gangsters les gustaría aniquilar, se dirigía al ascensor con su inseparable guardaespaldas, James Transler. No va a ninguna parte sin él. James es el típico abaricioso, calculador, y sobre todo sumamente leal guardaespaldas. O al menos lo habías sido hasta ahora. Justo después de entrar en el ascensor y que las puertas de éste se cerraran, James sacó su pistola con silenciador y disparó a la cabeza de Arthur. Qué ironóa ser asesinad por la persona que se encarga de que otros no te asesinen. Para que digan que te puedes fiar te los guardaespaldas.