Nacían de su lengua las estrellas #3
Los primeros segundos de conciencia, Damian estuvo confundido. El techo de la biblioteca le recibió al abrir los ojos y Damian se dio cuenta de que debió haberse dormido antes de terminar el libro sobre sus manos. Un latido después, la voz que interrumpió su siesta volvió a alzarse, desde algún lugar detrás de los estantes, al otro lado de la habitación.
Drake, Damian reconoció de inmediato. Su instinto fue revisar los alrededores, en busca de alguna broma que su predecesor pudo haber instalado mientras él no estaba alerta, pero nada parecía fuera de lugar. Y la voz relajada de Drake seguía regándose por el salón, leyendo algún poema que a Damian se le hacía vagamente familiar —de seguro uno en los grandes tomos del estante más escondido y desordenado. Damian se preguntó si el estúpido adolescente siquiera estaba al tanto de su presencia allí o si, tal vez, había más personas en el lugar y por ello había decidido no molestarle.
Consideró no otorgarle a Drake la misma cortesía y arruinar lo-que-fuese que estuviera haciendo, y se excusó con que estaba demasiado cómodo como para levantarse e iniciar otra pelea, porque era media verdad.
En cambio, con sus sospechas calmadas, volvió a recostarse en el diván y prestó más atención. Drake recitaba versos —con una perfección que sólo otorga la práctica y gran sentimiento en la voz— de una manera que confundía a Damian. Ninguno de los sirvientes en la casa Al Ghul había leído un poema así, las pocas veces que consiguió que le leyeran uno. Y la voz de Talia era fuerte e inflexible cuando leía para Damian. En cambio, Drake se quebraba en dramatismo. Alzaba la voz y susurraba versos, como si las palabras fueran reales y vinieran del corazón en lugar de un papel.
Damian quería reír, porque sonaba como si Drake estuviera llorando, pero… El tono del poema, oscuro y sobre la muerte, cobraba vida de forma interesante en el discurso fluido de su némesis. Pronto, Damian se encontró inmerso en la gravedad de la voz, en las pausas y el sentimiento impregnado a cada una de las palabras.
—may my heart always be open to little
birds who are the secrets of living
whatever they sing is better than to know
and if men should not hear them men are
old… —Timothy inició un nuevo poema. Damian decidió escuchar más de cerca y encontró que, contrario a su temprana suposición de que Drake podría estar leyendo para alguien más, el adolescente estaba acomodado en uno de los sillones junto al rincón, solo, con varios libros regados sobre la mesita cercana y lentes que Damian nunca le había visto usar.
Era una suerte que sus pasos fueran silenciosos. Damian no quería imaginar la vergüenza de ser descubierto mirando —y escuchando— tan atentamente a Drake, de todas las personas. Se acomodó en el suelo, escondido por un estante y cerró los ojos.
Eventualmente, luego de leer y leer, y pasar por varios autores cuyos poemas Damian apenas comprendía antes de escucharlos en boca de otra persona, la voz de Drake se volvió ronca y el joven se detuvo. Damian no vio razón para moverse, decidiendo esperar a que Drake se fuera para salir de su escondite y seguir como si esta tarde nunca hubiese pasado. Sin embargo, una sombra se izó detrás de sus parpados. Al abrir los ojos y encontrarse con la cara de Drake observándole, Damian no supo si sentir ira o correr.
—¿…Quieres hablar sobre los poemas? —Drake formuló una pregunta improbable.
Damian consideró sus opciones. La calma del último par de horas aún estaba allí y Timothy no parecía querer burlarse y, tal vez, si rechazaba la oferta, Drake hablaría de esto con todos…
—Tt. De acuerdo.
