Los personajes son propiedad de Rumiko Takahashi.

Este capítulo podría tener vocabulario obsceno, sólo para personas maduras.

"Más que Apariencias"

Cap. 4

Aquella mocosa lo había sacado de quicio nuevamente. Es que la chica se empeñaba en contradecirlo; ya tenía suficiente con su padre para que ahora viniera ella a querer imponerse también. Salió echando humo de aquel carruaje, había tenido que controlarse demasiado para no perder la paciencia con ella. Para completar su tormento, se apareció la esclava en su camino con carita de perrito faldero.

—¿Qué quieres, Kikyo? —le dijo demostrando en su tono de voz lo estresado que se encontraba.

—No deberías tratarme así por culpa de tu esposita, desde que ella apareció en tu vida no haces más que maltratarme —expresó dolida la muchacha.

—Cuando hables sobre ella hazlo con respeto, Kikyo. Estás hablando de mi esposa, no de la ropa sucia — lanzó una mirada seria.

—Claro, perdona, había olvidado que ella era todo para ti ahora y yo sólo una esclava.

—Sabes bien que tú y yo tenemos mucha historia juntos; eres más que una esclava —comentó con la intención de sacársela de encima, pero ella se abalanzó a sus brazos y le plantó un beso.

Al principio le correspondió, pero luego recordó que ahora estaba casado; así que la separó.

—¡¿Te has vuelto loca?! —exclamó irritado.

—Perdona, me he dejado llevar —murmuró. Pero aquello era mentira, había divisado a Kagome que se aproximaba hasta ellos y aprovechó para besarlo. De esa manera demostraría que Inuyasha era suyo y que no se lo iba a dejar quitar tan fácilmente.

—Nos ha podido ver alguien —regañó Inuyasha—. No puedo permitir que me vean manteniendo amoríos contigo.

—Últimamente estás más amargado que nunca —comentó enfurruñada la sierva.

—Te prohíbo tus encuentros emotivos en público —demandó el joven—. Ve a hacer tus labores—. Ella lo miró enfurecida, pero se marchó sin rechistar. De igual forma ya aquella mujer había visto lo que tenía que ver.

Por su parte él intentó seguir tranquilo, pero luego de un rato se dio cuenta que hacía mucho tiempo que no sabía nada de su esposita. Esa maldita mujer sí que era resbaladiza. La buscó por todo el campamento que habían improvisado para descansar. Le preguntó hasta los caballos por ella y revisó hasta debajo de las rocas; pero aun así la niñata llorona no aparecía por ningún lado. Él se caracterizaba por tener poca paciencia y esa chiquilla no hacía más que incordiarlo; su paciencia estaba llegando a su límite.

—Miroku, ¿Aún no aparece? —preguntó ya exhausto de tanto buscar.

—No, tu doncella no se encuentra en el campamento.

—Tus deducciones me impresionan, Dr. Miroku —dijo con tono burlón.

—¡Já! Si eres tan listo como presumes, dime, querido primo, ¿por qué no la haz encontrado aún?

—Cállate y ayúdame a buscarla —comentó irritado.

Si a su recién adquirida esposa le pasaba algo su padre lo mataría. Encontrarla era su mayor prioridad en aquel momento.

Mientras tanto, la suave brisa acariciaba sus mejillas de una forma tan exquisita que la tenía embelesada; era un lugar increíblemente fresco. No supo cómo llegó allí. Después de aquella escena entre su esposo y la esclava se había sentido muy miserable; le dio por correr como una desesperada, hasta que llegó aquel prado tan hermoso, lleno de flores silvestres de diversos colores que la cautivaron por completo.

Lo peor de todo es que no recordaba el camino de regreso al campamento, se había extraviado como una niña pequeña. Al principio no le incomodó para nada, pero al pasar el tiempo temía que se hubieran ido sin ella.

Se estaba comenzando a desesperar, se sentía sola en el mundo; su padre estaba bastante lejos al igual que todas las personas que amaba. Estaba sola, sola con esas personas que no la conocían en lo más mínimo.

Con mucha nostalgia se tiró en la hierba y mirando al cielo su cabeza comenzó a dar más vueltas de las que normalmente daba. No entendía por qué se sentía traicionada, desde el principio él dejó claro que no la quería en ningún aspecto. Tal vez no era su culpa, ni de la esclava; la única que sobraba en todo eso era ella, ¿quién más? Era evidente que aquella pareja estaba junta mucho antes de que ella apareciera en sus vidas; ella era la sobrante. Lagrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas de forma traviesa, trató de limpiarlas, pues no debía llorar por esa estupidez.

Estuvo así un largo rato, hasta que una voz rompió su estado depresivo. Le pareció conocida, aunque no podía reconocerla. La llamaban a ella, pues pronunciaba su nombre:

—¡Señorita Kagome! —se escuchó a lo lejos—. ¡Señorita Kagome!

Trató de limpiar su rostro para borrar la evidencia de su llanto, también sacudió un poco su vestido y se dispuso a contestar:

—¡Aquí estoy! —repitió varias veces haciendo señas con sus manos hasta que el joven la encontró.

El chico de ojos azulados se acercó a ella.

—¡Gracias al cielo que está bien! —comentó con aire de preocupación.

—Disculpa, pero no sé quién eres —trató de ser sutil.

—Discúlpeme usted, no nos han presentado formalmente. Mi nombre es Miroku Taisho y soy el primo de su esposo —dijo el joven educadamente mientras hacía una reverencia.

—Creo que no necesito presentarme —sonrió ella.

—Así es, señorita —respondió el chico de ojos azules—. Debo informarle que mi primo está buscándola desesperadamente —intentó ponerse serio. Kagome frunció el ceño inmediatamente.

—¿Buscándome? ¿Es que ahora sí le intereso? —murmuró con sarcasmo.

—Es que ha estado alrededor de dos horas extraviada —notificó el joven pelinegro.

—Oh… —Kagome se sintió algo culpable, no pensó que se había perdido tanto tiempo.

—Él está muy preocupado por usted.

Ella no creyó ni por un momento que eso fuese verdad.

—¿Sabes, Miroku? Dudo mucho que tu primo esté tan preocupado como aparenta, pues no me necesita para nada. Ya tiene esclavas que lo complacen —mencionó muy seria y el chico prefirió no seguir tocando aquel tema.

—¿Qué le parece si regresamos al campamento?

La chica sonrió en aprobación a la idea del muchacho. Comenzaron a caminar a internarse dentro del bosque por donde había aparecido el joven. Kagome no recordaba ninguna de los sitios por los que pasaba ahora; en aquel momento su mente estaba tan perturbada que todos sus recuerdos eran borrosos. Estuvieron mucho rato caminando y caminando en silencio hasta que Kagome rompió el hielo:

—¿No pasamos ya ese árbol? —preguntó intrigada.

—¿Usted cree? —sonrió, aunque su cara parecía algo nerviosa.

—Creo recordar ese rama de allí —señaló una rama que estaba en el suelo.

—Entonces parece que nos hemos perdido —suspiró.

Kagome suspiró. Estaba perdida nuevamente y además había arrastrado al primo de su esposo. Las cosas no se podían poner peor para ella. Ambos decidieron que lo mejor era permanecer en el sitio y esperar a que los encontraran, de lo contrario corrían el riesgo de extraviarse aún más.

Inuyasha, en cambio, sentía que le iba a dar algo debido a la ira contenida y a la preocupación. Hacía tanto tiempo ya que no sabía nada de ella, que empezaba a preocuparse demasiado. Absolutamente todos los integrantes del campamento estaban buscándola y aun así nadie daba con ella.

Algunas horas más pasaron de la misma manera, comenzaban a impacientarse y Kagome comenzaba a pensar que se habían ido sin ellos.

—Inuyasha no haría eso, lo matarían —comentó Miroku para tratar de darle alguna esperanza a la chica.

Pero Kagome lo dudaba demasiado. Inuyasha estaba desesperado por deshacerse de ella y no había dudas de aquello. La única razón por la que seguiría buscándola, sería porque de lo contrario su padre lo mataría. Incluso, ya sus esperanzas comenzaban a ceder, cuando escucharon a lo lejos la voz del chico llamándola:

—¡Hey, niña malcriada! ¡Sal de donde estés, maldita sea! —Su mal carácter estaba a flor de piel.

—Es Inuyasha, de eso no tengo dudas —suspiró Kagome—. Al menos podía llamarme por mi nombre —comentó muy bajo, casi como si sólo lo mencionara para ella misma.

Escucharon cada vez más cerca aquella voz que la llamaba. Mientras la chica de cabello negro se sentía cada vez más inquieta, ¿qué sucedería si la encontraba? ¿Qué haría él? Sus manos comenzaron a sudar exageradamente; sentía muchos nervios.

—Estamos aquí, Inuyasha —gritó el joven Miroku y sólo así se pudieron aplacar los gritos del otro joven.

Inuyasha apareció entre algunos arbustos, se acercó a ellos con pasos firmes y le lanzó zendo puñetazo al joven de ojos azules. Kagome se sintió indignada ante su comportamiento.

—Eres un maldito —comentó fatigado—. ¿Tienes idea de hace cuánto estoy buscándote? —dijo mientras miraba ceñudamente al hombre a quien acababa de golpear. Entonces dirigió la mirada a la pequeña causante del retraso y la acusó rápidamente. —Todo esto es tú culpa —hizo énfasis en el tú y la señaló con su dedo índice. Estaba furioso, la ira se reflejaba a través de sus ojos, sus actos e incluso su caminar.

Kagome se acercó hasta Miroku y le ayudó a ponerse de pie. Este le aceptó el gesto con una sonrisa.

—No tenías por qué golpearle. —Se le acercó retándolo—. Si acaso necesitabas desahogarte con alguien, lo hubieses hecho conmigo. ¡Animal!

—Tranquila, señorita Kagome. Ya estoy acostumbrado a los ataques de mi primo —se limpió el labio con el antebrazo, pues había comenzado a sangrar.

—¡¿Animal?! ¡Tú tampoco has sido considerada al irte del campamento sin avisar! —gritó muy enojado.

—Tal vez, sino fueses tan insoportable, yo no me hubiese ido —contestó colocándose en frente de él, moviendo su cuerpo en forma de burla.

—¡¿Insoportable?! ¿Yo insoportable? ¡Tú eres la insoportable, niña malcriada! —colocó su dedo índice en el pecho de la muchacha haciéndole presión para señalarla. Ella lo miró indignada y cuando se disponía a contestar el joven de ojos Azules se interpuso entre los dos.

—¡Ya basta! ¡Parecen un par de niños! Mejor volvamos al campamento—comenzó a caminar en la dirección de donde había aparecido el chico de los ojos ámbar.

Kagome aprovechó el momento, se acercó a Inuyasha y le susurró en su oído:

—La próxima vez, has tus muestras de amor con tu esclava en un lugar donde nadie pueda verte —siguió los pasos de su acompañante. Él chico se quedó de piedra, no podía mover un músculo. Las palabras de la chica fueron precisas y con algo de odio. No estaba seguro de por qué, pero no le gustaba que ella supiera de sus aventuras con Kikyo.

El viaje por fin pudo continuar, pero esta vez no sería agradable para la chica pelinegra, pues su joven esposo decidió ir en el carruaje con ella, en caso de si se le ocurriera otro paseíto. Además, la esclava había sido mandada a no sabía dónde, así que estarían solos un tiempo significativo.

Él se sentó exactamente al frente de ella, no le quitaba la vista de encima y eso era algo que la incomodaba. Después de un largo rato, el silencio se hizo más que incómodo hasta que él decidió romperlo. Sin embargo, el tema de conversación no fue nada agradable para ninguno.

—Lo que sucedió con Kikyo —hizo una pausa—, pues verás ella y yo…

—No quiero ningún tipo de explicaciones, si es lo que estás tratando de decir —interrumpió la muchacha. Él la miró confundido—. Lo que quiero decir es, que no me interesa lo que pase entre ustedes y es su problema en tal caso. Aun así, sólo te pido discreción. No quiero que la gente esté hablando de más.

—No tenía idea de que te importara tanto la habladuría —sonrió, aunque realmente estaba algo enfadado por la manera en la que le había hablado.

—Ciertamente, no lo hace —expresó con aire muy frío—. Pero estoy segura que a ti sí.

—¿A qué te refieres? —preguntó al sentirse confundido.

—¿Acaso piensas que me quedaré sentada con los brazos cruzados? Si tú quieres jugar a ese juego, pues yo también lo jugaré —se asomó una sonrisa malvada por la comisura de sus labios.

—Eso ni lo pienses —contestó indignado el chico.

—¿Por qué? —preguntó enfadada.

—¡Eres una mujer! ¡Sabes bien que eso no se ve bien …

—Mi reputación no es algo de lo que tengas que preocuparte —interrumpió con una sonora carcajada.

—Aun así eres mi esposa y si quieres tener algún amorío debes tener discreción.

—Tendré la misma discreción que tú tengas con tu esclava —bufó.

—Ni hablar. ¿Sabes qué? —dijo acercándose a ella—. Si necesitas satisfacer alguna necesidad, aquí está tu esposo —. Un aire de picardía se asomó en sus ojos.

—Primero muerta —escupió con rabia. Él rio sonoramente.

—Ya veremos, ya veremos —. Y así terminó la pequeña disputa que se había formado.

El pequeño retraso arruinó por completo sus planes; tardarían al menos medio día más. Por lo tanto, deberían acampar nuevamente al anochecer.

Continuará.

N/A: Rediseño cap 4 listo .

Continuaraaáa...!

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