Capítulo 4! Un personaje nuevo hace su aparición. Gracias otra vez a KidApocalypse por ser mi beta en esta aventura :))
NOTA: los personajes NO ME PERTENECEN, SON TODOS PROPIEDAD DE MARVEL COMICS Y SUS RESPECTIVOS AUTORES.
Capítulo 4
Oportunidades
Redd relajó la mirada, pero su ceño seguía fruncido.
—Quédate con los niños —le dijo a Arcángel—. Clint, ven conmigo.
—¿Es peligroso?—preguntó él a su vez.
—Solo está un poco asustada.
Clinton siguió los pasos de Redd con firmeza. Ella caminaba despacio, como si analizara cada paso que daba.
—Siendo sincero, pensé que traerías a Arcángel en lugar de mí —confesó Clinton detrás de Redd.
—Piensa: ¿quién luce más amedrentador para una asustada chica de dieciocho años?
—Creí que yo.
—Puedes guardar tu arco.
—Tú puedes arreglártelas sin ninguno de nosotros, Redd.
—Quizás, pero tú, Clinton, tienes carisma para estas cosas. ¿Recuerdas cuando me encontraste?
Los dos se detuvieron un momento antes de bajar los escalones de lo que parecía haber sido el sótano.
Tranquila, no te haremos daño.
Una mujer joven de estatura promedio y peculiar pelo los enfrentó.
—¿Quiénes son ustedes? —quiso saber la muchacha en cuanto los vio entrar.
—Soy Redd, él es Clinton…
—¡Eres tú! —soltó—. ¡La voz en mi cabeza!
—Tengo… ciertas habilidades —contestó Redd, levantando una cajeta en el aire. La chica observó esto con inquietud—. No pretendemos molestarte, Anna Marie, aquí todos somos iguales. Ya ves, no eres la única que ve esto como un refugio.
—Solo llevo aquí una noche —admitió Anna Marie, no muy segura de querer decir aquello—. No tengo otro lugar a donde ir.
—Quédate con nosotros —le sugirió Clinton—. Aquí todo somos amigos —sonrió.
—El hombre de piel azul… ¿está con ustedes?
—¿Arcángel? Es un buen tipo, no tienes que temer.
Anna Marie miró a ambos con desconfianza y retrocedió un paso.
—No los conozco… Yo…, yo no debería estar hablando con ustedes…
—Entonces déjame mostrarte —le dijo Redd ofreciéndole su mano.
Anna la miró casi horrorizada. ¿Quiénes eran ellos? ¿Y quién era esta mujer?
—Si realmente eres una mutante… y puedes leer mi mente, sabes lo que ocurrirá —le advirtió Anna Marie.
Clinton giró la cabeza hacia Redd mirándola confundido. ¿Qué estaba pasando?
—Confío en ti, Anna Marie —aseguró Redd.
Ella lo pensó unos segundos y entonces se quitó uno de sus guantes y colocó sus dedos sobre la palma de la mano.
Kurt Wagner estaba a tres maletas de abordar su tren cuando vio a Pietro Maximoff y a su hermana corriendo hacia su dirección. ¿Qué les había ocurrido esta vez?
Una vez hubieron abordado, Wanda se sintió a salvo. Deseó ir tan lejos como se podría llegar, y sin embargo, tenía el mal presentimiento de que, algún día, volvería a verle la cara a Víctor Von Doom.
Se sentó en el piso frente a Pietro, con el pequeño botiquín de primeros auxilios que muy amablemente Kurt les consiguió a último momento. Respiró hondo y presionó un pedazo de gaza contra la punta de su ceja. Él se quejó.
—Tienes un golpe en la cabeza, Pietro —le dijo—. Debes poner de tu parte para que mejore.
—No debí dejarte sola.
—No fue tu culpa. Doom planeó esto desde el principio… ¿Cómo lo hubiéramos previsto? —se preguntó también a sí misma. Remplazó la gaza por una bandita —. De cualquier manera, fui yo quien nos llevó al Castillo. Tampoco esperaba un matrimonio.
—Bueno, tú pudiste ser una mala esposa —bromeó Pietro.
Wanda sonrió y arqueó una ceja. ¿Cómo podía estar haciendo bromas en su estado? Tomó otra gaza y la presionó varias veces contra el labio inferior.
—¿Estás seguro?
—Quería matarlo, Wanda —respondió el peliplateado, tomando de sus manos e impidiendo que ella siguiera trabajando—. Juro que quería hacerlo. Aún quiero.
Los ojos de su hermano eran amables, incluso tiernos, pero Wanda pudo ver otra cosa más: furia.
Recordó rápidamente su beso en la torre; le supo a amor, a sangre y a caos. Era como si estuvieran condenados a ser siempre los niños Maximoff, siempre perseguidos, siempre airados. ¿Cómo cambiarían el mundo de esta forma? Hacía mucho tiempo que Wanda había dejado de creer en los cuentos de hadas y sin embargo aún mantenía viva la esperanza. Ambos lo hacían.
—Lo sé —aceptó Wanda, apartando la mirada—. Estuve la mitad de la noche sopesando ideas y la otra mitad buscando maneras de regresar a ti. Y a pesar de lo que pasó esta noche, nuestro tiempo en Latveria no fue un desperdicio. Ahora comprendo la magnitud de mis poderes, Pietro. Pero hay cosas que están más allá de de toda compresión, más allá de mí…
—Wanda, mírame —pidió Pietro. Su voz era firme e intentaba ocultar su preocupación por ella, cosa que, desde luego no funcionaba. Se conocían demasiado para poder ocultarse algo del otro—. Mírame. Mírame, Wanda.
Ella finalmente levantó la vista, enfrentándose a los leales y amorosos ojos azules de su hermano. Incluso contemplándole como lo estaba haciendo ahora, le bastaba para sentirse reconfortada.
—No tienes que temer a nada, ¿está bien? No dejaré que nada te haga daño. Ni nadie —prometió—. Lo sabes, ¿no? Sabes que ningún poder en el mundo podrá impedir que te ame.
—Lo sé, querido, lo sé—susurró Wanda, dándole besos por todo el rostro.
Kurt venía entrado en ese instante y por alguna razón que no entendía, encontrarlos ahí sentados en el piso abrazados le pareció más incómodo de lo normal.
—Pensé que tal vez estaban hambrientos, muchachos —farfulló Kurt, trayendo una canasta con frutas y panes. La depositó encima de una de las muchas cajas que abarrotaban el pequeño espacio.
—Muchas gracias, Kurt. Haz sido muy amable con nosotros —agradeció Pietro.
—No es nada, Mein Frein.
—¿Hasta dónde nos lleva el tren? —preguntó Wanda, levantándose del suelo para tomar la canasta.
—Iremos hasta Magnus Garden —le respondió el de piel azul—. Pueden venir con nosotros si así lo desean.
—Aún no lo hemos decidido, pero lo tendremos en cuenta.
—De cualquier forma, los dejaré descansar —dijo finalmente antes de despedirse con un ademán de mano y un movimiento de cabeza—. El viaje es muy largo.
En cuanto los gemelos se vieron solos, tanto Pietro como Wanda, atacaron la canasta, como huérfanos muertos de hambre. Después de todo, lo seguían siendo.
—Ahh… — Redd soltó un quejido cuando los dedos de Anna Marie tocaron su piel.
Clint la tomó de prisa de los hombros y la sostuvo.
—¡¿Qué le has hecho?!—le cuestionó a la chica, confuso y con los ojos abiertos de par en par.
—Estoy bien, Clinton, estoy bi…
—¡Tú eres Phoenix! —exclamó Anna Marie asombrada.
—Lo has visto —dijo Redd aún débil, deshaciéndose de las atenciones de Clinton—. Lo has visto todo.
—¡No puedo creerlo! —volvió a exclamar Anna, oscilando entre la fascinación y el temor—. Entonces era cierto. Todas las leyendas…
—No soy una mesías, Anna Marie. He sido dotada con este poder por una razón, sí, pero sigo siendo humana.
—¡Pero tú eres su reencarnación! ¡Lo he visto!
Redd fijó sus ojos en la joven que tenía frente a ella.
—Así como yo he visto todo de ti —dijo—. Conozco tus temores, Anna Marie…. no están muy lejos de los míos. Y también conozco tus fortalezas. Sé que has estado huyendo por quién eres, y has estado buscando por mucho tiempo una oportunidad. No tienes que ocultarte más ni tampoco temernos pues somos como tú.
Anna Marie analizó las palabras de Redd y después de un momento, mostró una pequeña sonrisa.
—Puedes llamarme Rogue.
Redd correspondió su sonrisa con otra.
—Tú sabes mi verdadero nombre, pero puedes llamarme Redd.
—Yo soy Clint —hizo un gesto con la mano—. Ahora, ¿puede decirme alguien qué demonios acaba de pasar?
Cualquier comentario es buen recibido. Saludos!
