Cuando llegamos a casa, se despidió de mí con otro abrazo tierno y suave. Y yo salí del coche tambaleándome, podría sufrir un ataque de combustión espontánea?, estaba ardiendo, pero me sentía tranquila y feliz?. No podía pensar, mi mente era un completo galimatías de sensaciones, de imágenes, de sentimientos. Creo que me dijo buenas noches y le respondí?. Se fue. Lo vería mañana. Me senté en las escaleras de entrada a la casa. Él me entendía, sabía con exactitud todos los extraños procesos por los que estaba pasando, conocía mi frustración, porque él ya lo había vivido. Dijo que todo se pasaría. Dijo que era maravillosa y me abrazó. Bueno… todo no lo sabía, él no podía entender toda mi frustración, no sabía que me estaba muriendo por él. Dijo que era especial. Me acarició. Cariño me había llamado. Estuve pegada a su cuerpo, había sentido el ritmo acompasado y suave de su corazón, su calor abrazador, su intenso y delicioso olor. Lo amaba. Esa era mi gran verdad, un sentimiento adherido a mi piel que me acompañaría el resto de mi existencia. Un sentimiento contradictorio, el maravilloso placer de amarlo y el dolor humillante de amarlo en vano.

Qué haces aquí, cielo-, preguntó la abuela con su melodiosa y armónica voz, apareció de la nada, ni siquiera la oí llegar. Esme se sentó conmigo en las escaleras y se puso a jugar delicadamente con los tirabuzones dorados de mi melena, su tacto era agradable, ahora el cabello me llegaba casi por la cintura. –ummm…nada especial-, y le sonreí tímidamente. Las dos mirábamos al frente. No era una mala mentirosa si me lo proponía de verdad, y no estaba muy por la labor de exponer las trágicas y patéticas angustias que me dominaban. –estás bien, te noto triste-, me observó, -quizás no es tristeza- dijo casi en un susurro, y se quedó pensativa analizando mi rostro, lo vería?. No es tristeza abuela, pensé. Es frustración, es rabia. Sentía rabia, casi tenía ganas de echarme a reír, desde cuándo sentía rabia. Supongo que era normal sentir rabia, qué extraño es el amor, sentía rabia. No sólo rabia, sentía miles de cosas que rebotaban en mi cerebro, que me angustiaban, todo era confuso y desconocido para mí. Estaba aturdida. He descubierto algo nuevo de mí, me regodeo en mi sufrimiento y lo alimento con angustias innecesarias. Jacob tenía razón, soy pesimista, una patética pesimista, una frustrada y patética pesimista. Decidí que bastaba de pensar, de torturarme inútilmente. Dormiría, me olvidaría de todo y mañana, emulando a la señorita O'hara, "finalmente mañana será otro día", otro día…volvió el sentimiento de angustia. Definitivamente esto no se iba a acabar nunca.

Esme era encantadora, no empezó a someterme a preguntas que no podía responder, simplemente se limitó a hacerme compañía. Una vez leí una frase en un libro de Nicholas Sparks, que decía "cuando hay dos, el silencio es comunicación." Recién ahora descubría que quería decir Noah Calhum con esa frase. Miré a la abuela en silencio y le tendí mi mano, ella la tomó suavemente y entramos en casa.

Rosalie y Emmet estaban en el salón, sentados en el sofá, frente a la enorme pantalla de plasma pasando canales. Tía Rossie pasaba canales, Emmett tenía cara de fastidio. Me vio y me sonrió alegremente, hizo un gesto para que fuera donde ellos, su mirada era de súplica. Rosalie también me sonrió. De un brinco llegué al sofá y me apoltroné cómodamente entre Rosalie y Emmet. Era agotador y francamente aburrido ver pasar canales a 30 km/hora. Rosalie dejó que me colocara en su costado frío y duro como una piedra, y soltó el mandó del televisor para mirarme y peinarme el cabello con sus manos. Aja, por eso Emmet me había pedido auxilio, con un gesto rápido y efectivo recogió el mando de la mesilla donde Rosalie lo había depositado y puso su canal de deportes favoritos. Esbozó una amplia sonrisa de triunfo, y me guiñó un ojo. Creo que le dedique una medio sonrisa, cerré mis ojos, Rosalie me mecía suavemente, y me puse a escuchar la retransmisión del partido de beisbol, en algún momento dejé de oírla.

Durante la noche soñé que estaba en una playa jugando a hacer castillos en la arena, estaba allí sentada en la suave y brumosa arena de color ceniza, bañada por los rayos del sol con mi cubo y mis palas, intentando hacer un enorme castillo, y no podía, cada vez que me disponía a montar mi torre de vigilancia venía una ola y lo arrastraba todo con ella. Y entonces lo comprendí, no podía luchar contra mi propio cuerpo, no podía empecinarme en construir castillos cuando la marea se encargaría de destruirlos una y otra vez. Tendría que esperar que bajara la marea, tenía que dejar pasar el tiempo y aceptar lo que yo era, una niña, físicamente al menos. Y no podía hacer nada contra eso, solo esperar. El tiempo era mi único aliado. El tiempo y la paciencia. Mucha paciencia.

Así fue como la noche logró barrer mi pesimismo.

A la mañana siguiente me levanté de un brinco y fui directa al armario. Esto era otra cosa, había entrado en el siglo XXI de la moda, ahora mi ropa era algo decente, daba gusto. Estaba disfrutando y admirando mi ropa?. Pobre mama, se quedaría sola. El pequeño duende travieso me sonreía. Ay, tengo que darme prisa, fui a asearme rápidamente, hoy tenía excursión con papa. Me di una ducha ligera, me cepille los dientes y me vestí con lo primero que pillé en el armario, unos vaqueros y una camisa color beige sin mangas, me calcé mis deportivas, cogí mi abrigo y bajé corriendo a desayunar.

Papa me esperaba en el pasillo, -olvídate del desayuno, cazaremos algo por ahí-, dijo alegremente. –oh genial, nos vamos ya-, replique impaciente. Le di un fuerte abrazo a mama, que se quedaba haciendo compañía a Alice, el tío Jasper se había ido de caza con Emmet. Habían decidido ir al norte, cerca de la frontera con Canadá, porque era temporada de osos, temporada de osos para nosotros, bueno para ellos, yo no me incluía. Los gigantes e irritados osos canadienses no eran para mí. Mi dieta vegetariana se limitaba a pequeños ciervos.

Salimos disparados, corriendo por el bosque, dejamos atrás la casa, el río y continuamos rumbo al sur. Nos reíamos, papa de vez en cuando se paraba a explicarme cualquier detalle de la selva. Como afectaba el clima a la aparición de una determinada fauna o flora, la interrelación de todos los seres vivos en el ecosistema, hasta los descomponedores o sea los hongos son útiles en la sociedad animal, su función es pudrir los desechos alimentándose de ellos, obteniendo energía. No podía ir al colegio debido a mi particular velocidad de crecimiento, pero sin duda alguna tenía al mejor profesor que puede desear cualquier alumno. Papa decía que todo estaba en perfecta y singular armonía. Todo forma parte del todo. Incluso yo formaba parte de la naturaleza, como una depredadora feroz, pero pertenecía a ella, supongo que éramos el escalafón más alto en la cadena alimenticia.

A veces si había algún obstáculo complicado para mi, papa me daba la mano o me tomaba en brazos para pasarlo. Así nos pasamos la mañana hablando sobre bosques y ecosistemas y corriendo por ahí, cazamos a ratos.

No es necesario que te esfuerces en analizar una y otra vez todo lo que te he contado, para evitar pensar en él-. –No me esfuerzo, realmente quiero recordar todo lo que me has contado, no lo tengo tan fácil como tú, y no lo evito por ti, lo evito por mí. Te molesta-, le pregunté. Estábamos sentados en el filo de una ladera, yo jugaba con la hierba. –Molestarme-, lo dijo a modo de pregunta, -molestarme no-, me dijo, -me duele que te sientas desdichada, quiero que seas feliz, no quiero que sientas que está mal-, -de verdad no piensas que estoy loca, no piensas que es un error, que es absurdo, yo a veces lo pienso-. Siempre lo he pensado, desde el mismo momento que fui consciente de ese sentimiento. –Soy la persona menos idónea para juzgar si los sentimientos son erróneos o no, si son o no correctos, yo…carezco de moral para juzgarte, para juzgar a nadie, soy tu padre, y qué debo decirte, deja de sentir, eso está mal, si no pudiera leer tu mente, ni siquiera sabría cómo te sientes, no cariño, no tengo derecho a juzgarte-, se echó a reír, -seguramente soy el peor padre que jamás ha existido-, sonreía. -No sé como son los demás padres, pero no creo que tengan que lidiar con una niña medio vampira, cuya edad mental dista en años de la física, enamorada hasta las trancas de un hombre-lobo que la imprimó cuando era un bebe, papa, créeme, lo estás haciendo francamente genial-, sentencié y no podía parar de reír de lo absurdo que era todo. Enamorada de Jacob, suspiré. –No, Renesmee, no está mal, yo diría que ni siquiera puedes evitarlo, no te tortures, crecerás y entonces todo será diferente-.

Diferente.

El viento soplaba suavemente entre las hojas de los árboles, haciendo que se levantara una delicada bruma, se enamorará de mi?, yo estaba condenada a amarlo pero y él. Yo era el centro de su universo, eso decía él, pero quizás siempre fuera como una hermana, como una niña, su niña, a la que cuidar y proteger. Papa sonreía divertido, -no creo que Jacob pueda evitarlo tampoco, eso de la imprimación es fascinante, lo veo en ti y lo veo en él, lo pude sentir desde el mismo momento que os vi juntos, no hay forma humana ni sobrehumana de evitarlo, ni él puede, ni tú tampoco. Es algo parecido a la atracción que ejerce la tierra con los cuerpos. Inevitable e irresistible. Y tú eres su centro gravitatorio-. Me sonrió al tiempo que se levantaba y me tendía la mano. Eso tampoco solucionaba mi problema, yo podría perfectamente, ser su fraternal centro gravitatorio.

Cuando regresamos a casa, a media tarde, Alice y el abuelo discutían afanosamente sobre cómo realizar la nueva ampliación de la casa, que si no se qué tabique por aquí, que si es mejor ampliar sólo la zona del garaje, así no destrozamos la estética de la casa decía Carlisle, que si había unos adoquines preciosos y muy modernos para el jardín. Alice preguntaba si era buena idea plantar orquídeas en el jardín, mama sentada en el sofá, asentía mientras echaba una ojeada distraída al álbum sobre adoquines para terrazas que tenía en las manos. Jacob los escuchaba completamente aburrido repantingado en el sofá al lado de mama. Los saludé a todos y me acomodé en el suelo a los pies de mama, mirando a Jacob que me ponía cara de suplicio y arrugaba la nariz. Supongo que para él, el olor de cuatro vampiros en una habitación cerrada debía ser horrible. Papa se sentó en el borde del sofá, rodeó a mama con los brazos y la besó delicadamente en la frente, mama soltó el libro de hermosos adoquines y extendió los brazos por su cuello, creo que se olvidaron del resto del mundo. Se quedó mirándolo extasiada y lo besó en los labios. Era un momento tan íntimo entre ellos que daba vergüenza mirar. Pero nadie parecía percatarse de ello. O quizás ya todos estaban acostumbrados. Al cabo de unos segundos se levantaron, mama me pasó los dedos por la mejilla tiernamente, y salieron de la casa.

Me senté en el sofá al lado de Jacob y me puse a pasar canales. Estaríamos total y absolutamente imprimados pero jamás tendríamos los mismos gustos televisivos, cuando encontraba alguna serie interesante Jacob ponía los ojos en blanco y suplicaba por otro canal, si llegábamos a los deportes la que los pasaba de largo era yo, al final y después de discutir durante media hora, nos quedamos mirando una película de extraterrestres sangrientos y enormes, que parecían gigantescas torres de telefonía móvil llegados desde una galaxia muy muy lejana, La Guerra de los Mundos se llamaba, me gustaba la niña rubia de la película, Dakota Fanning.

Y así pasaron mis días, entre las visitas diarias de Jacob, mi particular calvario de sentimientos encontrados en el que se mezclaban en un caos absoluto que jamás pude manejar la alegría de verlo, la necesidad de tenerlo, la frustración de no tenerlo como mi cuerpo reclamaba y el miedo a que jamás me necesitara como yo ansiaba que lo hiciera. Más tranquilas y mucho menos traumáticas eran las salidas con papa o mama, a veces nos íbamos los tres a pasar el día al bosque o me llevaban a ver alguna película al cine, visitábamos al abuelo Charlie e incluso empecé a mantener contacto con humanos de verdad, los de La Push no contaban. Allí todo estaba envuelto en un halo de magia y misterio que me fascinaba. Con 14 años supliqué por ir al instituto, a Carlisle le pareció una idea estupenda ya que pensó que no crecería de forma exagerada a partir de esa edad. Los demás estuvieron de acuerdo pero me negué en redondo a que asistieran conmigo al instituto. Mama aceptó encantada, además habían decidido ese año ir a la Universidad de Washington a estudiar Economía y Ciencias Empresariales, no es que fuera la Universidad predilecta de papa, pero era la que les quedaba más cerca.

El instituto resultó bastante aburrido y monótono, prefería mil veces mis clases con papa, además aprendían tan lentamente. Nos pasábamos semanas con un único tema, que el profesor se encargaba de desglosar, simplificar y sintetizar al máximo para que todos lo entendiéramos, absurdo, luego pasábamos otras varias semanas de prácticas y análisis sobre todo lo que nos habían masticado anteriormente y todavía a esas alturas algunos alumnos seguían sin comprenderlo. Deprimente. Deduje que ser profesor era una de las peores profesiones que pudieran existir, repetir año tras año la misma materia a una panda de adolescentes que jamás entendían nada, y encima te menospreciaban por hacerlo. Pero no todo era negativo en el instituto, hice algunos amigos y salíamos de vez en cuando a cenar o al cine. Era divertido. Alguna vez notaba que alguno de ellos se ponía a coquetear conmigo o me pedían salir en plan cita decían, como si yo tuviera cabeza para alguien más que él. Yo por supuesto me negaba cortésmente.