Los personajes de Hotel Transylvania no me pertenecen, sólo mis ocs
Agradecimientos:
Byakko Yugure: gracias por tu review. Pues, de que será oscuro lo será, de eso no hay duda, y más cuando se llegue a la segunda parte xD Hum... ya veremos si tu presentimiento será o no acertado xD Bueno, no fue qué hizo, sino lo que no hizo, aunque eso en sí es lo que generará una comprensión. Ya entenderás xD Y sigue siendo su Zing, eso no cambia xD Pues... ya veremos si tus cavilaciones serán acertadas, o si no. Y con respecto, pues no sé, definirse es limitarse, así que estoy en todos los sitios a la vez (? Gracias por leer.
The Damned Nameless: gracias por tu review. Muchísimas gracias, mz, de verdad que me alegra que te haya gustado y... lo siento-no lo siento porque te doliera, la idea es que duela al principio y después guste. Oh... vaya 7u7 :v No es necesario hacerte derramar lágrimas, pero bienbenidas son, aunque conque estés leyendo la historia y te guste, será el mejor regalo. Gracias por leer.
II
Chocolate e inconsciencia
Tiene que haber una manera de detener la lucha. Existe algo mal con todo esto, nuestros líderes no parecen o no quieren darse cuenta de que una lucha extensa nos llevará a la extinción. Nosotros podremos ser más fuertes y sanar más rápido que los demás, incluso nuestra inmortalidad nos ayuda, pero las demás razas nos superan en número.
Los vampiros somos pocos, una mota de polvo en un desierto de monstruos. Mi gran temor es que nos extingamos.
Intentaré encontrar una manera de parar esto, o por lo menos hallar la razón por la que nuestros líderes decidieron que era buena idea lanzar un ataque a gran escala, fracturando así la endeble paz entre todos.
Ruego a la Noche que mi hermano no termine muerto, porque entonces yo quedaría en la primera línea. Soy un erudito, no un peleador.
Por más egoísta que pueda parecer.
Winnie se tumbó en la cama de su habitación, se envolvió con sus mantas de seda, que Drácula le había mandado a colocar por pedido de Dennis cuando ella se hubo enfermado una vez, y se hizo un ovillo, suspirando trémulamente para no dejar que las emociones la controlaran de nuevo.
Idiota. Mira que llorar frente a Dennis era una gran muestra de lo débil que era. No podía permitirse flaquear de nuevo con él, no después de lo que pasó. El recuerdo amenazó con volver, pero lo reprimió con pura fuerza de voluntad, revivirlo era demasiado doloroso. No por el hecho de lo que pasó en sí, sino de lo que comprendió luego de ese evento. Le daban ganas de matar a algunos monstruos, cosa que no podía hacer porque era ilegal, pero... Sacudió la cabeza, molestarse era perder el tiempo, eran vampiros, y para su pesar los vampiros gozaban de un estatus más elevado.
«Además —pensó, envolviéndose más, haciéndose una bolita—, enojarme significa que acepto que no puedo alejarme de él. No puedo mantenernos a salvo.»
Pero...
Winnie suspiró, contrariada, una parte de ella, su lado lógico le decía que Dennis era un vampiro y estar con él era muy riesgoso, pero su lado emocional le decía que Dennis era su Zing, que no luchara contra ello y estuviera con él, como antes. Winnie no podía decantarse por ninguno.
Lo amaba, eso ella no lo dudaba, pero para que el amor funcione, amarse no es suficiente.
Dennis intentaba que lo perdonara, lo que era impresionante debido al hecho de que llevaban quién sabe cuántas proposiciones de parte de él y rechazos de parte de Winnie, sin embargo, en teoría no había nada qué perdonar. Lo que pasó ya era historia, pero lo que sucedía, tras la sombra de antes, era lo que la preocupaba. Y él… Dennis era tan inocente, que no se daba cuenta. Maldita sea, con diecinueve años y aún se debatía entre decisiones emocionales, pero esas eran las más complicadas.
Winnie quería que si Dennis le demostraba que la amaba, sus acciones fueran más allá del simple hecho de querer una disculpa; que fueran innatas, que se notara su preocupación y la verdadera fuerza del amor que profesaba por ella.
Agh, ¿a quién engañaba? Sabía que él la amaba con el alma, eran Zing, por amor a la Luna, no obstante, tenía que poner su distancia por el bien de ambos.
Un trueno retumbó con toda su potencia, haciendo vibrar el vidrio de las puertas dobles del pequeño balcón de su habitación, tan fuerte que Winnie tuvo que taparse los oídos por el dolor que el estruendo le causó.
Cerró los ojos, esperando que el sueño le viniera. Su turno de trabajo ya estaba hecho, por lo que eran las dos de la mañana, una buena hora para echar una siesta. La puerta sonó con delicadeza, primero dos golpes, luego cinco y por último dos: era Dennis. Winnie recordó con una tenue sonrisa cuando todas las mañanas ambos usaban esa contraseña para colarse por el hotel, desentrañando sus misterios, aprovechando que todos descansaban. Se habían infiltrado en tantos lugares que empezaron a pensar que el castillo era infinito o tenía algún hechizo. Caviló si ir a abrirle o dejarlo allí, pero no fue necesario.
—Winnie —dijo Dennis, la voz amortiguada por la sabana que envolvía a Winnie y por estar tras la puerta—, no vengo a decir nada, aunque, bueno, ahora estoy hablando, pero te traje algo. Lo hice con bastante azúcar porque sé que te gusta así; pensé en traértelo. Bueno, me voy. Descansa.
Winnie esperó hasta que el olor de Dennis, dulzón y a fresas, como un camposanto en una zona de frutas, desapareció, y se destapó; el golpe de olor dulce la aturdió, olía divino. Caminó hasta la puerta, abrió y en el suelo encontró una bandeja pequeña con una gran taza de porcelana repleta de chocolate oscuro humeante, junto a la taza había un pequeño azucarero con una cucharita de bronce. Junto a la taza y el recipiente había una pequeña nota, Winnie la tomó y leyó:
Sentí el frío que había y decidí prepararte esto, espero te guste. El chocolate siempre me recuerda a ti. Si ves alguna mancha negra por ahí, no te asustes, es mía: me quemé al prepararlo, si hubieras visto la cara del cocinero te habrías desarmado de la risa. En fin, disfruta. Te dejé una cucharita de bronce porque... bueno, ya sabes, los hombres lobo y la plata... mal asunto.
Dennis.
Winnie levantó la bandeja, cerró y la dejó sobre su mesita de noche, encontrando la susodicha mancha negra de un dedo con la perfecta huella digital en la blanca superficie de la taza. Por alguna razón aquello le arrancó una sonrisa tonta a Winnie.
—¿Quién en su sano juicio se quema haciendo chocolate caliente? —se preguntó.
Dio un sorbo, estaba delicioso.
Un relámpago iluminó el cuarto con un resplandor antes de que el trueno resonara, aturdiendo a la chica lobo, pero lo sobrellevó con otro sorbo de chocolate. Después de todo, las penas con dulce pasaban lisas.
Estaba decidida a no perdonar a Dennis tan simple, debía ganárselo, pero con ese gesto del chocolate, Winnie pensó que era un buen inicio.
Dennis se hallaba sin rumbo en el hotel, sopesando sobre qué hacer para que Winnie lo disculpara. Las palabras de la loba aún le reconcomían por dentro.
Fue al mejor lugar en el que podía pensar con tranquilidad cuando llovía y no podía ir a la azotea a contemplar el cielo nocturno y la luna: la recámara o estudio donde estaban los libros privados de su abuelo, el retrato de la abuela y algunos artefactos que desconocía. Se encaminó hacia allá, giró por diez sitios distintos y llegó a un callejón sin salida con una antorcha en el muro, se acercó a ella y presionó con fuerza el mango de metal contra la pared, sonó un ligero chasqueo y la pared de piedra empezó a deslizarse hacia un lado. Una gran corriente de viento lo golpeó en el rostro, revolviéndole los ya desordenados cabellos; a Dennis le pareció la exhalación de un ente antiguo.
Se adentró por el oscuro pasillo hasta que llegó a una sala bien construida, el «rincón del abuelo», como lo habían bautizado Dennis y Winnie cuando ellos la encontraron en sus investigaciones del hotel. Hasta el día de hoy, Dennis no sabía si Drácula estaba al tanto de que su nieto conocía ese lugar. El sitio era sorprendente, modestamente ostentoso, con tapetes rojo sangre o negro noche, colgados en los cuatro puntos cardinales de la recámara, con vampiros bordados: uno tenía un murciélago, otro dos, otro tres y otro cinco, junto a un humano. La primera vez que había venido, Winnie le dijo que eran ellos: Drácula, Mavis, Vlad, Dennis y Johnny.
No había ventanas, por lo que era peligroso, ya que si Drácula se le daba por aparecerse ahí, Dennis no tenía una salida rápida por la cual escapar. En las cuatro esquinas del techo, pequeñas piedras rojas brillaban con una luz trémula, lo suficiente como para permitir la visión. En dos de las paredes habían estanterías que llegaban al techo, una con libros encuadernados en distintos tipos de cuero y otra con artefactos que Dennis no sabía para qué servían: manos con brazaletes de oro, piedras preciosas, una piedra blanca inmaculada descansando sobre un cojín púrpura, armas e incluso huesos. La última pared tenía un gran retrato, enorme, de Drácula, su abuela Marta y Mavis siendo una bebita, y frente al cuadro un gran sillón estilo victoriano de metal y terciopelo rojo.
Dennis se sentó y se apoyó contra el espaldar, tratando de pensar en Winnie. Ella había dicho que no reconocía nada, y tenía que admitir que en parte tenía razón, jamás se le pasó por la cabeza a Dennis que la separación de ambos tenía un matiz oculto, y dicho sea de paso, cómo tuvo que haberse sentido ella después de aquel desafortunado día.
Sacudió la cabeza, en otro momento se pondría a fondo con ello, no obstante, lo que eso significaba era que tenía que preguntarle a alguien sobre ello. A dos monstruos, más bien: un licántropo y un vampiro.
Se puso de pie, movido por la curiosidad, se acercó al estante que contenía los centenares de libros sin identificar y tomó uno con un encuadernado verde. Al tocarlo, se percató de que era piel verde de verdad, no una simple encuadernación de piel de animal, sino que era terroríficamente parecido a las pieles de las brujas.
—¿Qué es esto? —murmuró Dennis.
Lo abrió muy despacio, encontrando en la primera página, que era tan negra como la brea, unas palabras escritas con tinta de un blanco antinatural, parecía marfil líquido. Intentó leerlas, pero era un idioma que Dennis no conocía, sin embargo, al tocar las letras, sintió una debilidad inundarlo por completo. El libro cayó al suelo y él comenzó a tambalearse, mareado. Se apoyó en el borde de la estantería, recuperando el aliento. «¿Qué demonios?» Al alzar la cabeza, notó que los demás libros tenían encuadernaciones que parecían piel de sirenas, cubierta de huesos, pelaje de licántropo, piel de yetis, vendajes, hilos...
Había demasiados.
Dennis recogió el libro y lo colocó en el estante, con un temblor raro en los brazos.
—Ya basta, pues —dijo, intentando usar su limitada magia para forzar a sus músculos a volver a la normalidad y despejar su mente, sólo que...
No tenía. Con una expresión de terror, notó que su magia no salía, no estaba. Como alma que lleva el diablo, salió de aquella recámara rumbo a su propia habitación, queriendo creer que lo que le pasaba era que la sorpresa le estaba jugando una mala pasada.
Al girar en una esquina, Dennis chocó con alguien, cayendo ambos al suelo. Intentó a ayudar al monstruo a ponerse de pie, mas luego de hacerlo a su vez, se dio cuenta de que a quien derribó fue a Scarlett.
—¿Quién cara...? ¡Oh, hola, Dennis!
El aludido le dio una sonrisa fingida.
—Hola, Scarlett —dijo, y la ayudó a ponerse de pie. El tacto de ella era incluso más frío que el de Vlad, Drácula y Mavis, lo que a Dennis siempre le llamó la atención—. Siento haberte derribado.
—Nah, tranquilo —dijo ella, alisándose la camisa que debajo ver un poco su estómago—. Oye, parece que acabas de ver un sol detrás de ti.
—Algo así. —Rodó los ojos.
—¿Pasó algo? —preguntó, para luego llevarse las manos con barniz negro a la cintura—. Digo, más allá de que no te animes a invitar a salir a Werewolf. En serio, Dennis, estás pecando de idiota, sólo...
—Se lo pedí —dijo de sopetón, interrumpiéndola para evitarse la misma conversación que tuvo con su abuelo—. Bueno, no así como tal. —Ella no sabía tampoco lo que había ocurrido con Winnie—. Hablé con ella y me dijo que me dará una oportunidad, pero... no con esas palabras.
Scarlett arqueó una ceja.
—Ajá —dijo, con incredulidad.
—Sí. —Dennis asintió, apretando los puños. «¡Dejen de temblar, manos estúpidas!»—. Así que... estaba... buscando alguna forma de cómo invitarla a salir, quiero decir, de demostrarle que quiero algo serio con ella, pero... —Dejó la frase inconclusa.
—¿Pero?
No hubo respuesta. Scarlett suspiró, meneando la cabeza en un gesto negativo. Dennis no pudo hacer menos que sonreír, su amiga era del tipo que no tiene pelos en la lengua al momento de comentar algo, lo que cuando estaban en la secundaria le había generado unas decenas de visitas al rector, pero eso le demostraba que ella era sincera, uno de los monstruos más sinceros que había conocido además de Winnie. Y así como era de sincera para decir las cosas, lo era también en su lenguaje corporal.
—¿Fue muy cursi? —le preguntó a Dennis.
—Supongo —contestó, frunciendo un poco los labios y sintiéndose apenado—. Como primer movimiento le llevé chocolate caliente.
—No está mal —concedió la vampiresa, dándose media vuelta y caminando por los pasillos de piedra—. Sígueme.
—Vale —aceptó Dennis, no muy convencido, cuando Scarlett tramaba algo era para preocuparse.
La siguió por varios minutos entre tantos giros y recodos que Dennis comenzó a marearse, pero poco después el pasillo se abrió a una escalera que descendía, junto a otra que subía a los pisos superiores. Tomaron la que bajaba y terminaron llegando al vestíbulo.
—¿A dónde vamos? —quiso saber Dennis.
—Afuera —respondió ella, sin voltearse al llegar a la puerta giratoria.
—¡Pero está lloviendo, es una tormenta!
—Entonces no sabrás qué es lo que quiero decirte —gritó, para hacerse oír sobre el estruendo de la lluvia golpeando el lago negro sobre el que se alzaba el castillo.
A Dennis lo golpeó la lluvia en la cara cuando atravesó la puerta, clavándosele en la piel como agujas hipodérmicas diminutas, el viento le revolvió el cabello, como una anémona en el océano, y le empapó la ropa. Mala idea salir a una tormenta con su conjunto de costumbre, la camiseta holgada amarilla y verde y sus bermudas marrones.
Scarlett se transformó en una murciélago con una niebla naranja y emprendió un complicado vuelo hacia arriba, Dennis la siguió, resignado, transformándose en un murciélago a la vez, sólo que con una niebla verde. Ascender en el feroz viento de una tormenta no era algo sencillo, ni recomendable, pero le bastaba con sobrevolar detrás de Scarlett, para que ella «cortara» el viento con sus alas y él planeara ese aire más liviano.
Giraron varias veces alrededor del castillo para estirar las alas, pero con cada vuelta a Dennis no le venía aquella sensación de libertad y felicidad de siempre, sino que con cada batir de alas el agotamiento se hacía cada vez mayor.
«¿Qué me pasa?», pensó con la mirada borrosa. Se asustó, porque era la primera vez que le pasaba eso usando sus poderes de vampiro.
Con un destello de niebla verde, perdió su forma de murciélago, volviéndose humano de nuevo, pero no pudo gritar ante la perspectiva de estrellarse a varias decenas de metros de altura en el lago, porque todo se puso negro y perdió el conocimiento.
