Cualquier cosa que podáis reconocer en esta historia pertenece a Stephenie Meyer, solo la trama es mía.
Este capítulo ha sido beteado por: Verónica Pereyra (Beta FFAD)
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Nuevo capítulo, en esta ocasión viene mucho más tranquilito. Espero que os guste.
Muchas gracias a todas por vuestros reviews, me alegra mucho recibirlos y me anima a seguir escribiendo. Creo que os he contestado a todas, pero hay dos personas a las que no les he podido agradecer personalmente: Joalma y Rocio Farfan. Muchas gracias por vuestros comentarios chicas!
Biquiños
Noe
— ¡Bella! ¡Despierta! —Una muy emocionada Alice entró en mi habitación como un huracán—. Han traído un paquete para ti. ¡Seguro que es de tu admirador secreto! ¡Arriba, so vaga!
Me desperecé lentamente, estirando mis brazos. ¿Un nuevo paquete? ¿Otro más? James iba a volverme loca como siguiese comportándose de esta manera. Odiaba tener que levantarme para firmar la dichosa entrega. ¿Qué serían? ¿Más flores? ¿Pensaba que con unas miserables flores y cuatro versos podía compensar todo lo que me había hecho? Me puse una bata sobre mi pijama corto y salí al salón.
El repartidor de FedEx esperaba en la puerta con un paquete del tamaño de una caja de zapatos en su mano. Venía envuelto en un sobre de plástico de la compañía. Me sonrió y barrió mi cuerpo con la vista, en lo que parecía un gesto de apreciación masculina.
— ¿Señorita Swan? ¿Isabella Swan? —Preguntó. No contesté, solo hice un gesto afirmativo con mi cabeza—. Firme aquí, por favor —dijo mientras me ofrecía su Tablet.
Le dediqué una tímida sonrisa y tomé el paquete.
—Gracias —susurré antes de cerrarle la puerta en las narices sin darle la oportunidad de decir nada más.
— ¡Ábrelo! —Me chilló una entusiasmada Alice. Rosalie también se había levantado y esperaba paciente a mi lado.
Cogí unas tijeras de la cocina y corté el sobre de plástico que contenía el paquete. Lo remitía J. Evans. Tal y como me había imaginado se trataba de otro paquete de James. Dentro del sobre había una caja de cartón marrón, parecía mojada con una sustancia pegajosa. ¡Qué demonios habría metido en ella!
Retiré la caja con cuidado y corté la cinta adhesiva que la cerraba con la punta de las tijeras. En el interior venía algo envuelto en un montón de plástico de burbujas, como si lo que me había enviado fuese muy frágil.
Las tres nos quedamos de piedra cuando finalmente desenvolví el contenido, y tras unos segundos de desconcierto me encontré a mí misma vomitando sobre el suelo de la cocina.
Lo que James me había enviado era un pene, pero no se trataba de un juguete sexual, no. Era uno real, uno que estaba completamente envuelto en sangre. Ése era el líquido que ensuciaba la caja. Sangre.
¿Se la habría cortado a sí mismo? Era una idea que me parecía monstruosa, pero nada comparado con el hecho de que podría habérsela cortado a alguien más.
Alice y Rosalie se miraban horrorizadas, para posar luego sus ojos sobre mí o el contenido de la caja, alternativamente.
— ¡Oh, Dios mío! —Dijo por fin una horrorizada Alice.
— ¿Quién demonios te envía esto, Bella? —Rosalie parecía incapaz de asimilar lo que teníamos delante, claro que ella no era la única.
James.
Se había vuelto completamente loco. Con los años, comprendí que sólo una persona que no está en sus cabales o posee un alma totalmente retorcida es capaz de hacer lo que James me había hecho. Tras mucho tiempo culpándome de lo que había sucedido comprendí, gracias a una terapeuta, que yo no era la culpable. Yo no había provocado su ataque de ninguna forma, sólo él era el responsable de sus actos.
Había sido un arduo y duro trabajo el comprender, finalmente, que yo era una víctima. Muchas horas de terapia, muchas charlas con mi psicóloga y mucha medicación fueron necesarias para hacerme entender que yo no tenía la culpa y para ayudarme a comenzar a vivir de nuevo. Aún seguía acudiendo a mi terapia semanal, ya que mi psicóloga consideraba que no lo había superado completamente aún. Según ella, sólo lo habría superado cuando comprendiera que lo que me había sucedido no era un impedimento para ser feliz con alguien. Algo que no iba a suceder en breve, ya que yo no estaba dispuesta a abrir de nuevo mi corazón para que alguien lo arrancase de cuajo y lo pisotease como si se tratase de un insecto al que hubiese que exterminar.
Por el rabillo del ojo, vi a Alice con la mirada fija en la pantalla del televisor, que estaba en silencio.
—Sube el volumen —dijo nerviosa—. ¿No es ese el tío que te entró ayer en el ?
Miré la pantalla y lo vi. Sí. Era el chico que había intentado ligar conmigo de una forma tan patética la noche anterior en el club. Estaba saliendo en las noticias.
—"… ha sido encontrado en un almacén abandonado en la zona industrial al norte de la ciudad. El FBI se encuentra investigando el suceso. Han identificado al fallecido como Michael Jackson Newton, de 27 años de edad."
— ¿Está muerto? —Chilló Rosalie.
—"… según nuestras fuentes, le propinaron una paliza con un objeto contundente además de provocarle lesiones no mortales con un arma blanca. El fallecido no presenta heridas defensivas, por lo que los agentes creen que ya le habían atado cuando fue golpeado.
La persona que localizó el cadáver esta mañana, un vigilante de seguridad de la planta a la que pertenece el edificio que, actualmente, está en desuso, aseguró a esta reportera fuera de cámara que el fallecido había sido mutilado horriblemente…"
Dejé de escuchar en cuanto escuché "mutilado horriblemente". ¿Me habría enviado James el pene del hombre que había intentado ligar conmigo la noche anterior? Desde luego, era lo suficientemente retorcido para ser obra suya.
—Bella… ¡Bella! —El grito de Alice me devolvió a la realidad—. Tienes que llamar a la policía.
¿La policía? Mi padre era policía y jamás me sentí segura por ello. Sabía que personas como James no sentían ningún tipo de respeto por la ley, ni por las personas que la representan. Las personas como James hacen lo que quieren, cuando quieren.
— ¡No! —Chillé.
Si James se enteraba, estaba segura de que me mataría.
— ¿Crees que el tipo que mató a Newton sea el mismo que éste? ¿O es que de repente la Costa Este se ha convertido en un imán para asesinos? —Rosalie me tendió el periódico.
"Casanova se dirige a la Costa Este"
El artículo estaba firmado por una compañera del periódico, Angela Weber. En el artículo hablaba de un violador y asesino en serie. Uno cuya firma consistía en marcar a sus víctimas con una palabra grabada en su piel: "BELLA". Nueve mujeres habían fallecido en las dos últimas semanas, todas ellas por asfixia, todas ellas violadas salvajemente y todas ellas con la misma palabra grabada en sus espaldas.
La primera de ellas, Victoria Matthews, había sido encontrada en un motel de Anchorage.
¿Podría ser la misma Victoria Matthews que había conocido en el instituto? Era una amiga de James con la que había coincidido en varias fiestas a las que me había llevado. Fiestas en las que el alcohol y las drogas pasaban de mano en mano, como si se tratase de caramelos. Él me permitía beber una o dos copas, pero jamás me había dejado tomar ninguna droga. Decía que él las conocía bien y que no merecía la pena, que había muchas cosas que nos proporcionarían un placer mucho más intenso de lo que las drogas que me ofrecían podían conseguirnos.
Victoria era una preciosa chica con un cuerpo perfecto, el cabello rojo como el fuego y unos hermosos ojos color esmeralda. Se veía a leguas que estaba enamorada de James, aunque él no le daba ni la hora –o al menos así lo creía yo en aquella época.
No es que su nombre y apellidos fuesen tan extraños y el periódico decía que todas las víctimas tenían unas características físicas similares. Todas eran mujeres de estatura media, con pelo y ojos castaños de entre 20 y 30 años. Quizás se tratase de una simple coincidencia.
— ¡Bella! ¡Por favor, Bella! ¡Tienes que llamar a la policía!
Miré a Alice como si le hubiese salido una segunda cabeza. No quería hacer nada. Era demasiada información para asimilar. Un asesino y violador en serie se dedicaba a grabar mi nombre en las espaldas de sus víctimas. Víctimas que habían sido encontradas en distintas poblaciones, todas ellas en la ruta que va desde Phoenix hasta Atlantic City. Además había recibido su mensaje en mi móvil. Las flores. Los versos de esa canción y finalmente el regalo más macabro de todos: el pene del hombre que había intentado ligar conmigo la noche anterior.
Demasiadas coincidencias para ser sólo eso, coincidencias.
¿Era posible que James aún se hubiera vuelto más loco de lo que ya lo estaba cuando le dejé? ¿Era posible que un hombre como él se hubiese obsesionado conmigo? Él era un hombre tremendamente atractivo. Mucho. Independientemente de la clase de hombre que era, tenía un físico de esos que hacían que te girases en la calle para verle. ¿Había vuelto a buscarme? ¿Me esperaba a mí el mismo destino que aquellas nueve chicas? Sus nombres resaltaban en el papel, como si estuviesen escritos con letras de fuego. ¿Acaso esas nueve mujeres habían perdido la vida por mi culpa? ¿Habría asesinado a Mike sólo porque se había acercado a mí?
Noté que alguien tocaba mi brazo. Levanté mi cabeza y vi a Rose sonriéndome. O al menos tratando de hacerlo.
— ¿Estás bien? —Me preguntó, visiblemente preocupada.
No tenía fuerzas para contestar, así que me limité a negar con un gesto. No veía a Alice por ninguna parte.
— ¿Y Alice?
—Está hablando por teléfono con Jasper.
Alice entró de nuevo al salón, con el teléfono en su mano.
—Jasper me ha dicho que es Edward quién lleva la investigación. Vendrá en unos minutos.
— ¿Edward? —Pregunté—. ¿Le conoces?
—Claro, Bella. Edward es mi hermanastro. El hijo que mi padre tuvo con su primera esposa. No lo conoces porque no suele venir a casa, excepto en vacaciones. Él vive en Cuántico. Trabaja para el FBI.
— ¿¡Has llamado al FBI!?
—Jasper es un agente, Bella. Lo sabes. Lo conocí por mi hermano. Él está en Atlantic City. Ha venido a investigar el caso de "Casanova" aunque cuando esté aquí, te sugiero que no lo llames así. A mi hermano no le gusta que pongan nombres a los asesinos, como si se tratase de ídolos del rock.
Asentí. Yo misma tampoco comprendía, a pesar de ser periodista, la necesidad que tenían los medios de nombrar a los asesinos con nombres rimbombantes, como si se tratasen de héroes o personajes famosos. Claro que lo mío no era la prensa de sucesos, lo mío era la prensa de sociedad, al menos de momento, aunque mi auténtico interés estaba en el periodismo de investigación.
Rosalie me tendió una taza humeante. La tomé, agradecida, dándome cuenta de que, realmente, estaba helada.
El timbre de la puerta sonó, me sentía incapaz de levantarme e ir a abrir. Afortunadamente, lo hizo Alice.
—Hola, enana. Tu prometido me ha llamado. ¿Qué sucede?
— ¡Edward! —Giré mi cabeza para encontrarme a Alice colgada del cuello de su hermano, aún no podía ver su cara, pues la cabeza de Alice la cubría—. Gracias a Dios que has venido, pasa.
Alice tiró de su brazo e hizo que se acercase al mostrador de la cocina. El mismo mostrador en el que yo me encontraba apoyada mientras sostenía la taza de té que Rosalie me había dado. No había tomado ni un simple sorbo, no me veía capaz de ingerir nada, pero el simple hecho de sostener la cálida loza entre mis dedos parecía reconfortarme.
Cuando alcé la vista me encontré con algo inesperado. Desde luego, Edward no tenía la imagen de lo que yo esperaba que fuese un agente del FBI. Me los imaginaba más mayores, más serios, quizá… pero él era un chico de unos 28 años, alto y fuerte, con un extraño cabello de color cobrizo que parecía tener vida propia, y unos increíbles ojos verdes.
—Edward —escuché a Alice hablar, y me di cuenta de que me había quedado mirando a Edward con la boca abierta. La cerré, esperando no haber dado la impresión de ser una mujer mentalmente incapaz—. Ella es mi amiga, Isabella Swan, trabaja en el Atlantic Times…
—Alice… —en su voz había un leve tono de reproche—. No me habrás hecho venir para que una de tus amigas consiga una exclusiva…
—Para… —le cortó Alice—. No adelantes acontecimientos, hermanito. ¿Puedes, por favor, mirar lo que hay dentro de esa caja?
Lo vi acercarse a la mesa en la que reposaba la caja de los horrores y me estremecí cuando le vi alargar la mano para abrirla.
—Yo que tú, me pondría guantes —le sugirió Alice—. ¿No es lo que hacéis con las pruebas?
Edward le miró y arqueó una ceja, confundido. Sacó de su chaqueta un par de guantes de látex y se los puso. Separó las tapas de la caja con un bolígrafo y miró en el interior. Un ligero gesto de dolor se asomó a su rostro.
— ¿Cómo ha llegado esto aquí? —Preguntó mucho más tranquilo de lo que yo me esperaba. Claro que este era su trabajo pero, ¿podría alguien, alguna vez, acostumbrarse a ver esta clase de cosas?
—Un repartidor de FedEX se lo ha entregado esta mañana a Bella —mi cuerpo pegó un pequeño brinco, como si se hubiese accionado un resorte en mi trasero. ¿Vería él la misma conexión que yo veía entre los asesinatos de "Casanova" y el asesino de Mike?
— ¿Bella? —Me miró, confundido.
—Todo el mundo que me conoce me llama Bella. Sólo mi padre usa mi nombre completo, y sólo si está enfadado conmigo —susurré encogiéndome levemente de hombros.
— ¿Sabes quién te ha enviado esto? —Me preguntó.
—Sí. Lo sé. Se llama James Evans. Ha salido de la cárcel hace un par de semanas, más o menos.
Alice me miró horrorizada. Había hecho la conexión. Se había dado cuenta de que el hombre del que yo le había hablado, el hombre por el cual dejé mi casa, había estado en la cárcel. Rosalie estaba al lado de Alice, muda, al igual que ella, mirándome aún más sorprendida, lo cual no era extraño, ya que esta era la primera vez que Rosalie me oía hablar de James.
— ¿Te ha amenazado de alguna manera? ¿Crees que puede atacarte? —Miré a Edward y me encontré con esos profundos ojos esmeraldas clavados en los míos, parecía genuinamente preocupado.
—Me ha enviado flores, y mensajes al móvil. Pero esta mañana recibí eso —señalé a la caja, horrorizada—. Supongo que sí, que alguien capaz de hacer eso, podría atacarme.
— ¿Conocías a Mike Newton? —Preguntó.
—No —y estaba siendo sincera. Realmente yo no lo conocía, no más de lo que puedes conocer a alguien tras cruzar un par de frases en un club—. Anoche se me acercó en un club al que fuimos las tres.
—El —dijo rápidamente Rosalie—. Fuimos a celebrar el compromiso de Alice.
— ¿No lo conocías de antes?
—No. Intentó ligar conmigo. Fue una situación bastante ridícula, la verdad, y se retiró cuando comprendió que no tenía nada que hacer conmigo, que no estaba dispuesta a calentarle la cama.
— ¿Estaba allí ese tal James Evans? —Edward parecía muy profesional mientras apuntaba mis respuestas en una pequeña libreta negra que se había sacado del bolsillo. Verlo allí de pie, a mi lado, enfundado en aquel traje negro que le sentaba como un guante, la camisa blanca y la corbata fina de color negro… nunca creí que un hombre enfundado en un traje pudiese verse tan… sexy. Normalmente no suelo decir que encuentro a un hombre sexy, no suelo fijarme tanto en ellos, pero lo cierto es que el hermano de Alice parecía un pecado andante.
—No le vi, pero allí fue donde recibí el primer mensaje —le tendí el teléfono, con el mensaje abierto en la pantalla.
Y TOMÉ LO QUE ERA MÍO POR DERECHO ETERNO.
— ¿Esta frase? ¿Tiene algún sentido para ti?
—Es un verso de una canción que James solía poner cuando estábamos juntos. "Goodbye, my lover".
—La conozco —inmediatamente me sonrojé—. ¿Qué edad tiene?
— ¿Ahora? No estoy segura, pero creo que debe tener unos treinta y cuatro años, más o menos.
—Él es mucho mayor que tú —no fue una pregunta, era una afirmación, y podía ver la curiosidad en sus ojos—. ¿Cuánto hace que le conoces?
—Diez años —contesté, seca.
— ¿Estabais juntos? ¿Cómo una pareja? —Parecía sorprendido—. Pero tú, debías tener quince o dieciséis años.
— ¿Has venido a juzgarme? —Me molestaban sus preguntas. Obviamente James era mucho mayor que yo. Y sí, visto desde la perspectiva de mis veintiséis años, había sido una auténtica locura involucrarme en una relación con James, pero entonces era una niña tonta, y me equivoqué. ¿No podía entenderlo? Ya me llegaba mi propia conciencia para recordarme la obviedad. Me había equivocado y había pagado muy caro mi error, muy, muy caro.
—No pretendía hacerlo. Simplemente me sorprende. Lo lamento si te ha ofendido mi comentario —parecía genuinamente arrepentido.
—No pasa nada —susurré, dando por zanjado el tema.
Vi cómo se levantaba y se acercaba a la ventana sacando el teléfono móvil del bolsillo interior de su chaqueta. Sus movimientos eran fluidos, como los de un gato.
—Ben, necesito que envíes un equipo de científica a la dirección que te envié por mail, hazlo cuanto antes. Creo que he encontrado la parte que falta de nuestro cadáver.
—Alice, Rosalie… Creo que sería mejor que volvieseis a Nueva York…
Las dos me miraron como si, de repente, un tribunal médico me hubiese declarado loca.
—No vamos a dejarte aquí, al alcance de la mano de un psicópata —Rose parecía indignada, la cara de Alice reflejaba el mismo sentimiento.
—No quiero que os pase nada, por favor.
— ¿Y tú? —La pregunta de Alice me dejó helada. Tenía razón. ¿Qué iba a hacer yo?
—Eso no importa. Necesito que vosotras estéis bien… Alice, te casas en un mes ¿crees que podría perdonármelo si por mi culpa te sucediese algo? Quiero que vuelvas a Nueva York —dije tomando su mano—. Tú y Rosalie estaréis más seguras allí y yo me sentiré más tranquila. Por favor… —Supliqué.
Edward se acercó a nosotras.
—Bella tiene razón, Alice. Tú y Rose estaréis más seguras en Nueva York. Ni Jasper ni Emmett me perdonarían si algo os sucede. Yo cuidaré de vuestra amiga, te prometo que la llevaré a tu boda. Pero ahora es mejor que os vayáis, podré proteger mucho mejor a vuestra amiga si no tengo que preocuparme también por vuestra seguridad.
Alice asintió levemente. Rose y ella se dirigieron a la habitación. Al cabo de un rato, salieron con las maletas preparadas.
— ¿Por qué no vienes con nosotras a Nueva York? Edward ya sabe a quién tiene que buscar, no es necesario que tú te quedes aquí —dijo con la preocupación reflejándose en sus ojos.
Rosalie me abrazó.
—Bella… por favor, ven con nosotras.
Negué con un gesto.
—Huí una vez, y me costó mucho reconstruir mi vida. No voy a huir más, ni por James, ni por nadie.
Esta situación tenía que acabar, había vivido los diez últimos años con miedo. Al principio, antes de que James ingresara en prisión, temía que pudiese encontrarme, luego temí, todos y cada uno de los días de los últimos nueve años y medio, el día en que lo liberaran. Quería empezar a tener una vida normal.
Las chicas se despidieron de Edward con un abrazo y pude ver a Alice susurrarle algo a su hermano, aunque no alcancé a oír lo que le había dicho. Su hermano le contestó con un suave "lo haré, no te preocupes, enana".
Edward se sentó en mi sofá, el blanco que había frente al televisor, tras unos minutos observándome con curiosidad me hizo un gesto para que me sentase a su lado. No entendía por qué, pero con Edward no sentía la necesidad de protegerme, por primera vez me iba a sentar al lado de un hombre y no sentía angustia por ello. Me inspiraba confianza.
—Ahora que mi hermana y mi cuñada se han marchado —suspiró—, creo que podremos hablar más tranquilos. Tengo la sensación de que ellas no saben nada de este tipo ¿no? —Negué—. ¿Qué ocurrió, Bella? Y no me digas que nada, porque sé que no es cierto.
—No puedo —sentí un nudo en mi garganta, atenazándome. Él estiró su brazo y cogió el periódico que reposaba sobre una esquina de la mesa de cristal que había en el centro de mi salón. Señaló el reportaje de Angela y con uno de sus largos y níveos dedos, recorrió los nombres de las chicas que habían sido asesinadas.
—Estuve en cada una de estas ciudades. Estuve allí, cuando localizaron los cuerpos de estas chicas. Todas eran chicas jóvenes, como tú. Todas morenas, de ojos castaños, como tú. Y ahora descubro que todas ellas llevan tu nombre grabado en sus espaldas. A ellas se lo hizo después de matarlas, pero a Michael… grabó en su espalda con una navaja "BELLA ES MÍA", todos y cada uno de los cortes debieron ser una tortura.
Tragué en seco.
—Las chicas… en algunos casos fue muy rápido, afortunadamente para ellas. En otros… no tanto. A Fiona —su dedo repasó el papel, con cuidado—, a Fiona la retuvo un par de días. Los forenses nos han dicho que la torturó de una forma… —Cerró los ojos y movió su cabeza en un gesto de negación—. No puedo entender cómo alguien puede hacerle eso a otra persona, y mucho menos a alguien como Fiona. Tenía veinte años y era madre soltera. Su bebé tiene apenas seis meses. Luchó como una leona, pero no tenía ninguna oportunidad.
Miré mis manos, que estaban entrelazadas sobre mis piernas, sin fuerzas para mantenerle la mirada a ese hombre. Un hombre que me estaba contando lo que otras mujeres habían sufrido por mi causa.
—Luego está Victoria. Fue la primera y fue especialmente cruel con ella, la encontramos atada, de pies y manos, a un escritorio. Recuerdo que su cara estaba vuelta hacia la puerta de entrada y cuando entré pude notar su mirada sobre mí. Casi podía escuchar la pregunta silenciosa ¿por qué?
— ¿Estás sugiriendo que es culpa mía? —Mi voz era grave, estaba a punto de romper en llanto.
—No, Bella —dijo tomando suavemente una de mis manos, supongo que porque había notado que me estaba clavando las uñas en el dorso—. Tú no tienes la culpa, él es el culpable, pero tú… Tú puedes llevarnos a él, pero para atraparlo, tenemos que entender por qué hace lo que hace. Y tengo la sensación de que tú eres la pieza del puzzle que nos faltaba.
Un bip bip le interrumpió. Sacó el teléfono de su chaqueta y miró atentamente la pantalla.
—James Evans… estuvo en prisión durante nueve años y medio, salió hace apenas veinte días. Lo detuvieron y encerraron por tráfico de drogas…
Edward seguía mirando la pantalla, recitando los antecedentes de James de uno en uno. Y mientras, en mi mente, se libraba una batalla interna. Sabía que debía decirle lo que había sucedido hace diez años, lo sabía, pero una parte de mi estaba aterrada, no podía confiar en nadie lo suficiente como para contarlo. Alice apenas había conseguido que le diese su nombre. Tomé un par de respiraciones profundas. Tenía que calmarme. Tenía que hacer lo que debía. Levanté mi mirada cuando finalmente junté el poco valor que tenía en mí para enfrentarme al hombre que esperaba pacientemente por mí. Cuando vi su rostro, vi que estaba calmado, esperando pacientemente.
—Yo… —Tragué, tratando de deshacer el nudo en mi garganta—, yo… —Cerré mis ojos, tratando de concentrarme—, fui la primera… de esa lista —dije, señalando el periódico.
Edward me miraba, y aunque trataba de ocultarlo, de mantener un gesto sereno, podía ver el dolor en su mirada.
—No fue ni de lejos lo que le hizo a esas chicas… —Suspiré— ¿Es horrible que me sienta aliviada por eso?
—No, no, Bella, no lo es —uno de sus dedos se deslizó en círculos por el dorso de mi mano. Hacía mucho tiempo que alguien me había tocado sin que yo sintiese ningún tipo de aprehensión. Pero era así con él, sabía instintivamente que podía confiar en él—. ¿Cuándo ocurrió eso?
—Hace diez años, yo huí y me refugié en casa de mi padre, en la otra punta del país.
—Intuyo que no se lo contaste a nadie —negué con un movimiento sutil de mi cabeza.
—No quiero que nadie lo sepa, por favor, mucho menos Alice o Rosalie. No quiero que sientan compasión por mí.
