Ni los personajes ni la historia es mía, los personajes le pertenecen a la grandiosa Stephenie Meyer, y la historia le pertenece a la diosa Melissa Marr.

Capítulo 3: Inusual

«[Los elfos] pueden volverse visibles o invisibles a su antojo. Y cuando se

apoderan de una persona, toman el cuerpo y el alma a la vez.»

La fe élfica en los países celtas, W. Y. Evans–Wentz (1911)

Isabella cerró los ojos mientras terminaba de describir a los elfos que habían estado siguiéndola.

—Son elfos cortesanos; eso lo sé muy bien. Se mueven en el círculo de un rey o una reina, y tienen bastante influencia para actuar sin consecuencias. Son demasiado fuertes y arrogantes para ser cualquier otra cosa.

Pensó en el desdén y desprecio que mostraban por el resto de sus congéneres.

Pertenecían a la clase más peligrosa de elfos: los que tenían poder.

Se estremeció antes de continuar.

—No sé qué buscan. Hay todo un mundo que nadie puede ver. Pero yo sí puedo… Yo los observo, pero ellos jamás reparan en mí… al menos no más que en otras personas.

—Entonces ¿ves a otros que no te siguen?

Era una pregunta muy sencilla, de lo más obvia. Isabella miró a Jacob y se echó a reír, no porque fuera gracioso sino porque era horrible. Le corrieron lágrimas por la cara.

El se quedó esperando, tranquilo, imperturbable, hasta que ella dejó de reír.

—Supongo que eso ha sido un «sí».

—Sí. —Se secó las mejillas—. Son reales, Jacob. No son imaginaciones mías. Hay elfos, criaturas sobrenaturales, casi en todas partes. Horrorosos. O bellísimos. Algunas ambas cosas a la vez. En ocasiones son terribles entre ellos mismos… —La recorrió un escalofrío por las imágenes que no deseaba compartir con Jacob—. Y hacen cosas realmente malas, repugnantes.

Él aguardó.

—Ese tal Edward me ha abordado con aspecto de ser humano, y ha intentado que saliera con él. —Miró a lo lejos, tratando de reunir el sosiego del que dependía cuando lo que veía era demasiado extraño. No lo logró.

—¿Y qué hay de esa corte? ¿Podrías hablar con su rey o lo que sea? —Jacob pasó la página.

Isabella percibió el suave susurro del papel al caer, muy sonoro pese a la música, pese a la imposibilidad de oír un sonido tan leve. "¿Desde cuándo puedo oír una hoja de papel?", se dijo.

Pensó en Edward, en cómo explicar la impresión de poderío que irradiaba.

Parecía haber sido inmune al hierro del centro urbano; ésa era una posibilidad terrorífica: cuanto menos, había sido lo bastante poderoso como para activar un sortilegio rodeado de hierro. A Chica muerta la había debilitado un poco, pero tampoco la había ahuyentado.

—No. La abuela dice que los elfos cortesanos son los más crueles. No creo que pueda enfrentarme a nada más fuerte incluso aunque me descubriese a mí misma, cosa que no puedo hacer. No deben enterarse de que poseo el don de verlos. La abuela dice que nos matarán o nos dejarán ciegas si averiguan que los vemos.

—Supongamos que son otra cosa distinta, Bella. —Jacob fue hasta ella—. ¿Y si hubiera otra explicación para lo que ves?

Ella cerró la mano en un puño mientras se quedaba mirándolo, sintiendo cómo las uñas se le hincaban en la palma.

—Me encantaría creer que hay otra respuesta. Los veo desde que nací. La abuela también los ve. Es algo real. Son reales. —No pudo seguir mirándolo; bajó la vista hacia Boomer, que había vuelto a ovillarse en su regazo. Deslizó un dedo por su cabeza con suavidad.

Jacob la tomó por la barbilla y le levantó la cabeza para obligarla a mirarlo de nuevo.

—Ha de haber algo que podamos hacer, Bella.

—¿Por qué no hablamos de eso mañana? Necesito… —Sacudió la cabeza—.

Hoy ya no puedo lidiar con nada más.

Jacob se agachó y alzó a Boomer. La boa no se desenroscó cuando él la llevaba hasta su terrario y la depositó con delicadeza sobre la roca caliente.

Isabella guardó silencio mientras Jacob cerraba con pestillo la tapa del terrario para impedir que Boomer se escapase. De contar con la mínima oportunidad, la serpiente hallaría el modo de escabullirse hacia el exterior cuando él la dejara sola en casa, y durante la mayoría de los meses del año la temperatura de la calle podía resultarle letal.

—Vamos, te acompañaré a casa —dijo Jacob.

—No tienes por qué.

Él arqueó una ceja y le tendió la mano.

—Pero puedes hacerlo —aceptó ella tomándolo de la mano.

Jacob la condujo por las calles, tan inconsciente de la presencia de los elfos como toda la gente con que se cruzaban, pero el simple hecho de que la rodeara con un brazo hacía que a Isabella le resultaran menos pavorosos.

Caminaron en silencio a lo largo de casi una manzana. Luego, él preguntó:

—¿Quieres que pasemos por casa de Ángela?

—¿Para qué? —Isabella apretó un poco el paso cuando la elfa lobo que la había perseguido antes se puso a dar vueltas como un depredador.

—No sé. ¿Por la fiesta que da? Esa fiesta de la que me hablaste, ¿recuerdas? —Jacob sonrió ampliamente, como si todo estuviera bien, como si la conversación sobre elfos no hubiera existido.

—Dios, no. Eso es lo último que necesito. —Se estremeció sólo de pensarlo.

Había llevado a Jacob a un par de fiestas con la gente de su instituto; en la segunda quedó meridianamente claro que lo de mezclar aquellos dos mundos era, cómo no, una mala idea.

—¿Quieres mi chaqueta? —Jacob la atrajo más hacia sí, tan atento como siempre al más mínimo detalle.

Isabella negó con la cabeza, pero se apretó más contra él, disfrutando de la excusa para que la abrazara.

Jacob no puso reparos, pero tampoco aprovechó para que sus manos rozaran nada indebido. Podía coquetear con ella, pero jamás hacía ningún movimiento que no fuera normal entre «sólo amigos».

—¿Vienes conmigo a Agujas y Alfileres?

El salón de tatuajes estaba de camino; e Isabella no tenía ninguna prisa en separarse de Jacob. Asintió y le preguntó:

—¿Ya has decidido qué vas a hacerte?

—Todavía no, pero Embry dice que esta semana ha empezado un tío nuevo. Creo que veré cómo trabaja, qué estilos hace, ya sabes.

Isabella soltó una risita.

—Claro, no querrás elegir un estilo que no vaya con el tuyo.

Arrugando el entrecejo en broma, Jacob le retorció un mechón de pelo.

—Quizá encontremos alguna cosa que nos guste a los dos. Podríamos tatuarnos algo a juego.

—Sí, por supuesto… en cuanto conozcas a mi abuela y la convenzas de que firme una autorización.

—Pues entonces no vas a tener un tatuaje. Jamás.

—Es una mujer muy agradable. —Ésa era una vieja discusión entre ellos, pero aún no se había rendido… ni había logrado ningún progreso.

—No. No pienso arriesgarme. —La besó en la frente—. Mientras no me conozca, no podrá mirarme y decir: «Mantente alejado de mi niña.»

—No hay nada malo en tu aspecto.

—¿En serio? —Sonrió dulcemente—. ¿Eso pensaría tu abuela?

Isabella estaba segura de que sí, pero aún no había conseguido que Jacob lo creyera también. Continuaron en silencio hasta Agujas y Alfileres.

La fachada del local era casi toda escaparate, de modo que resultaba menos intimidatoria para los buscadores de tatuajes curiosos, pero, al contrario de los salones de tatuajes que Isabella había visto en Pittsburgh, éste no era resplandeciente.

Conservaba el aura artesanal; no estaba concebido para las personas a la última… aunque tampoco era que en Forks hubiese mucha gente a la última.

El cencerro de la puerta repicó cuando entraron. Sam, el dueño, asomó la cabeza por una de las estancias, saludó con la mano y desapareció.

Jacob fue hasta una larga mesita de centro colocada contra la pared, donde había varias carpetas apiladas.

Encontró la nueva y se sentó con ella en las manos.

—¿Quieres hojearla conmigo?

—No, gracias.

Isabella fue hasta la vitrina donde se exponían aros, barritas y tachuelas. Eso era lo que ella quería. Sólo tenía un agujero en cada oreja, y siempre que entraba en aquel local pensaba en ponerse un piercing. Aunque no en la cara, al menos ese año: en el instituto Obispo O'Connell había unas normas muy estrictas sobre piercings faciales.

Uno de los especialistas en piercings se plantó detrás del expositor.

—¿Ya estás lista para perforarte un labio?

—No hasta que termine el bachillerato.

El tipo se encogió de hombros y se puso a limpiar el cristal.

Entonces volvió a sonar el cencerro. Rosalie, una antigua amiga de la escuela, entró con un tío con muchos tatuajes, muy distinto de los chicos con los que Rosalie solía salir. Era guapísimo: pelo muy corto, rasgos perfectos, ojos negros como el carbón. También era un elfo.

Isabella se quedó de piedra, sintiendo cómo el mundo se movía bajo sus pies.

"Esta noche hay demasiados elfos con rostro humano. Demasiados elfos fuertes."

Pero aquel en concreto apenas la miró al dirigirse hacia la sala del fondo; al pasar deslizó la mano por una de las vitrinas de joyería con armazón de acero.

Isabella no podía apartar los ojos de él, todavía no. La mayor parte de los elfos no se paseaban por el centro urbano; no tocaban barras de hierro; y desde luego no eran capaces de conservar activado un sortilegio mientras estaban en contacto con el venenoso metal.

Ella había vivido con esas reglas. Había algunas excepciones (los escasos elfos fuertes), pero no tantas, no al mismo tiempo, y no en los espacios seguros para ella.

—¿Bella? —Rosalie tendió la mano hacia su amiga—. Eh. ¿Estás bien?

Isabella sacudió la cabeza. Ya nada estaba bien. Nada.

—Sí —mintió, y miró hacia la sala en que aguardaba el elfo—. ¿Quién es tu amigo?

—Para comérselo, ¿verdad? —Rosalie emitió un sonido entre gemido y suspiro

—. Se llama Paul. Lo he conocido justo ahí fuera.

Jacob dejó la carpeta y cruzó el salón.

—¿Preparada para irnos? —Rodeó la cintura de Isabella con su firme brazo—.

Puedo…

—Un momento nada más. —Observó al elfo con Sam; sus voces eran poco más que un murmullo. Esforzándose por reprimir su paranoia, dirigió su atención a Rosalie—. No irás a llevarlo a la fiesta de Ange, ¿verdad?

—¿A Paul? Claro. ¿No te parece que sería un puntazo?

—Bueno… —Se mordió el labio y trató de actuar como si todo fuera normal—.

Lo cierto es que es muy distinto de tus habituales víct… quiero decir, parejas. — Rosalie dirigió una mirada de deseo al chico.

—Por desgracia no parece estar interesado.

Isabella contuvo un suspiro de alivio.

—Sólo quería ver si venías a la fiesta. —Rosalie sonrió de un modo un tanto salvaje a Jacob—. Si venías los dos.

—No —contestó él sin rodeos. Toleraba a Rosalie, pero eso era lo máximo que podía hacer. La mayor parte de las chicas del Obispo O'Connell no eran el tipo de gente que frecuentaría por propia voluntad.

—¿Tienes algo mejor que hacer? —repuso ella en tono conspirativo.

—Siempre. Sólo voy a esos muermos si Bella insiste —repuso señalando a

Isabella—. ¿Ya estás lista?

—Dame un par de minutos —murmuró ella, y se sintió culpable de inmediato; aquello no era una cita ni nada semejante.

No quería hacer esperar a Jacob, pero tampoco quería dejar a una amiga sola con un elfo lo bastante fuerte como para tocar el hierro. Y desde luego no iba a dejar a una amiga sola con un elfo que llevaba un disfraz humano capaz de hacer jadear a la chica más tímida. Y Rosalie era cualquier cosa menos tímida.

Se volvió de nuevo hacia Jacob.

—Si quieres irte, yo puedo marcharme con Rosalie…

—No. —Le lanzó una mirada breve e irritada antes de ir a contemplar los anuncios de las paredes.

—¿Y qué estás haciendo por aquí? —preguntó Rosalie.

—¿Qué? —Vio que su amiga sonreía con malicia—. Oh, la verdad es que nada. Jacob sólo me está acompañando a casa.

—Hum. —Rosalie repiqueteó con las uñas sobre la vitrina de cristal, ajena a la mirada iracunda del empleado.

Isabella apartó la mano de su amiga del expositor:

—¿Qué hay mejor que una fiesta? —Pasó un brazo alrededor de Isabella y susurró—: ¿Cuándo vas a darle un respiro al pobrecito Jacob, Bella? Es muy triste, en serio, ver cómo alimentas sus ilusiones para nada.

—No lo hago… sólo somos amigos. Me habría dicho algo si… —Bajó la voz y miró a Jacob de reojo—. Bueno, ya sabes.

—Te lo está diciendo muy claro, sólo que tú eres demasiado dura de oído para captarlo.

—Sólo tontea conmigo. Incluso aunque fuera en serio, yo no quiero un rollo de una noche, especialmente con él.

Rosalie sacudió la cabeza y suspiró con aire melodramático.

—Necesitas vivir un poco, nena. No hay nada malo en los amores efímeros si son buenos. Y he oído decir que Jacob es bueno.

Isabella no quería pensar en eso, en él con otras. Sabía que Jacob salía, e incluso aunque no veía a esas otras chicas, sabía que las había. Era mejor ser sólo su amiga que convertirse en uno de esos ligues de usar y tirar. No le apetecía hablar de Jacob, así que preguntó:

—¿Y quién va a la fiesta?

Mientras trataba de mantener bajo control los pensamientos desagradables, escuchó a medias la respuesta de Rosalie: el primo de Ángela había invitado a algunos tipos de su residencia universitaria. "Me alegro de que nos perdamos la fiesta." A Jacob no le habría gustado nada esa gente.

Cuando el hermano de Rosalie entró en el local, Jacob regresó y pasó un brazo por el hombro de Isabella, casi marcando el territorio, mientras todos charlaban.

Rosalie articuló con los labios: «Estás ciega.»

Isabella se recostó contra Jacob, pasando de Rosalie, de los comentarios de su hermano sobre tatuarse una X, del elfo de la sala del fondo, de todo. Cuando Jacob estaba a su lado, podía con cualquier cosa. ¿Por qué iba a ser tan idiota de arriesgar lo que tenían, arriesgarse a perderlo, sólo por una aventura?

XOXOXOXOXOXOXOXOXOXO

¿Qué les pareció la relación de Jacob y Bella? ¿Les gusto?

Perdón por tardar tanto en actualizar.