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1910
Mérope miraba atentamente a todos los detalles. A pesar de sus tres años, Mérope ya era consciente de algunas cosas que había a su alrededor. Como que aquel día estaba centrado completamente en su hermano mayor.
Hoy era el cumpleaños de Morfin, y en la vieja casa de los Gaunt sólo había cuatro personas: sus padres, el propio Morfin y Mérope. Morfin no tenía amigos ni los necesitaba. Antes les cortaría el cuello que dejar que jugasen con él. Morfin tenía… otros amigos. Amigos que al final acabarían siendo presa de sus experimentos.
Pero eso no quitaba una cosa. Hoy, Morfin sería copado de regalos por sus padres. Aunque los Gaunt eran pobres, eso era un hecho, siempre se afanaban por hacer regalos a sus hijos el día de sus cumpleaños y en Navidades. Hay que decir, por supuesto, que Morfin siempre recibía mejores y más regalos que Mérope, quien, de su propio padre, no obtenía nunca nada.
―Y bien, hermanita, ¿qué me has regalado? ―Mérope se abrazó a su muñeca y miró asustada a su hermano ―. ¿No me has oído, asquerosa sanguijuela? Te he preguntado que qué me has regalado.
Morfin se levantó de su silla y caminó hasta su hermana.
―Morfin, compórtate. Te he dicho miles de veces que no insultes a tu hermana ―le dijo su madre.
―El niño puede hacer lo que quiera ―avisó su padre, mirando a su mujer. Esta se calló y bajó la mirada. Ante lo que su marido dijese, ella no podía hacer nada.
―Te lo repito, sabandija, ¿qué me has regalado? ―Mérope soltó la muñeca y trató de apartarse de su hermano. Se dio la vuelta y comenzó a gatear, asustada, para huir de él ―. Ah, no, no irás a ninguna parte ―le cogió del tobillo y la arrastró hacia él. Mérope chilló aterrorizada, pero su madre no pudo hacer nada por auxiliarla, pues bastó una mirada de su marido para que no pudiese hacer nada ―. Te lo advertí. Tienes que hacerme un regalo… ¡Soy tu hermano y merezco un regalo! ―cogió el cuchillo de la mesa, el que su madre había utilizado para cortar la tarta y el que todavía tenía restos de nata en la hoja y lo alzó ―. ¿Quieres un poco de tarta, hermanita?
El cuchillo bajó rápidamente.
―¡Sorvolo! ―gritó su madre.
Mérope chilló fuertemente, pero lo que vio fue una ráfaga de luz y cómo su hermano salía despedido hacia un lado. El cuchillo se le había escapado de las manos y comenzó a caer al suelo, pero retrocedió y voló hacia la mano de su padre. Mérope se levantó, ayudada por su madre, que la abrazó. Miró entonces a su padre, que tenía, en una mano, el cuchillo de la tarta, y en la otra su varita, apuntando aún al sitio donde Morfin, hasta hace un momento, pretendía apuñalar a su hermana.
A pesar de tener tres años, Mérope acababa de darse cuenta de algo: su padre le había salvado la vida.
