Una catedral, eso fue lo que encontraron al otro lado. Pero aquella no era una cualquiera: las columnas se ondulaban como si tuvieran vida propia, y se podía respirar algo oscuro en el aire.

Además de por donde acaban de entrar, había otra puerta en la estancia, pero apenas se adentraron las dos fueron selladas con un conjuro demoníaco. Era inútil intentar abrir cualquiera de las dos puertas, por lo que Sharon decidió recorrer la catedral, seguida de Dante.

Al fondo descubrieron un pequeño altar redondo, sobre el cual flotaba mediante algún tipo de magia un cubo de plata con un león tallado en el centro. Dante alzó una mano, dispuesto a cogerlo, pero cambió de idea al sentir la energía que lo rodeaba salvaguardándolo.

—Tiene una inscripción —Observó Sharon, inclinándose hacia delante para verla mejor—. ''El Orgullo del León se otorga solo a aquellos que eligen la senda de las pruebas'' —leyó con voz clara—. Parece que hay que pasar algún tipo de prueba… —Se dijo, meditativa.

En ese momento un potente rayo de energía salió disparado del objeto flotante, golpeando la puerta situada al otro extremo de la sala y rompiendo el hechizo que la sellaba.

—Muy bien… —miró a Dante, que ya se dirigía hacia la puerta—. Tal vez deberías quedarte aquí —Sugirió, aunque lo que de verdad pensaba era que tenía que marcharse de inmediato.

—Pues yo creo que no —opinó él—. Además, seguro que los demonios acabarían por darse un festín con tus huesos si te dejara sola.

—No sabes nada de este lugar, si lo supieras te irías. Estás jugando con fuego, Dante.

—Cuéntame, entonces —propuso, cruzándose de brazos y mirándola atentamente con sus claros ojos azules—. Y lo más curioso de todo ¿Qué hace una chica como tú rodeada de demonios?

—Eso también te lo podría preguntar yo —repuso ella, evadiendo la pregunta—. Pero has de saber que este castillo lleva siglos maldito, poseído por demonios. Tiene que haber incluso una entrada al Otro Mundo —vio el interés en sus ojos ante lo último, y se arrepintió de haberlo mencionado, pero poco podía hacer ya para corregir su error—. Aún no la he encontrado, por lo que no debe existir ya, o simplemente es solo un mito.

—Quizás no la hayas buscado bien —replicó él, caminando hacia la puerta con la cabeza dándole vueltas, sus pensamientos puestos en lo que le había contado. Se detuvo ante la sencilla puerta de doble hoja, y al darse cuenta de que Sharon no lo seguía, se volvió, viendo que en efecto no se había movido ni un centímetro—. ¿Vienes, o te quedas ahí esperándome?

Ella avanzó hacia él, abstraída en sus propias cavilaciones también. Antes de traspasar la puerta, se puso las gafas de sol, ocultando su expresión gracias a las oscuras e impenetrables lentes.

La cálida brisa del atardecer los recibió al otro lado. Se encontraban al aire libre, y ante ellos se erguía un gran puente de roca dorada bajo el cual se podía ver el mar. Dante caminó despreocupadamente al frente, sobre el puente, y Sharon lo siguió con un suspiro. Ella no dejaba de mirar al cielo y el mar debajo, intranquila.

Al otro lado solo encontraron una plataforma de piedra circular, no muy grande, sin posibilidad de seguir adelante. Sharon se fijó en la placa colocada en el centro y en un emblema colocado en la pared de piedra opuesta al puente.

—El Bastón de Hermes —señaló ella hacia el emblema, y Dante la miró—. Era el mensajero de los dioses griegos, pero algunos se refieren a él como el Mensajero del Infierno. Aunque existe una leyenda que lo contradice…

—Basta de historia por hoy ¿Quieres? —ella suspiró, dándole la espalda y volviendo a su estudio del emblema—. A ver si lo adivino, ¿Eres profesora o algo por el estilo?

Para sorpresa de Dante, Sharon se echó a reír, una risa tan pura y cristalina que no iba acorde con aquel lugar demoníaco.

—Algo parecido, sí —afirmó, mirándole y retirando las gafas oscuras de nuevo—. Aunque para matar demonios viene bien conocer ciertas cosas sobre ellos, te guste o no. Si no me interrumpieras y prestases un poquito de atención, verías como tengo razón.

—Encantado de prestarte toda la atención del mundo, muñeca, pero en algo menos intelectual.

Sharon enarcó una ceja. Ignorándolo y con las gafas restauradas, se acercó a la placa del centro: tenía una inscripción.

—Según esto, hay que dar media vuelta, aunque eso es evidente —Dijo Dante, abarcando la plataforma con sus brazos musculosos.

Sharon leyó la inscripción para sí misma. Dante ya estaba dando media vuelta, pero ella se acuclilló ante la placa, pensando.

—El Orgullo hablaba de pruebas, pero todo está muy tranquilo —murmuró, abriendo la riñonera, por cuya abertura sacó la cabeza Eahla—. ¿Tú qué opinas?

—Solo podemos seguir las indicaciones y volver atrás, no se me ocurre otra cosa. Tú eres la experta, Sharon.

—No todo es experiencia… siempre hay algo nuevo —Replicó ella, poniéndose en pié y cerrando la riñonera antes de dar media vuelta.

Dante ya iba a mitad del puente, y Sharon sacudió la cabeza ante semejante falta de precaución. Aquel lugar estaba maldito, podía aparecer un demonio de la nada y rebanarte en dos segundos, la más absoluta cautela era poco.

Se dispuso a seguirlo a través del puente, pero apenas dio dos pasos sobre él cuando este se puso a temblar bajo sus pies. Por instinto dio un salto hacia atrás, regresando a la plataforma. Miró al puente, hacia Dante, pero un fuerte ruido proveniente del cielo la hizo mirar arriba, justo cuando un serpenteante rayo dorado descendía velozmente sobre Dante y el puente se hacía añicos.

Sharon gritó su nombre, pero ni ella misma logró oírse. Vio impotente cómo él caía al agua, y se movió hacia delante, dispuesta a seguirlo con tal de ayudarlo. Solo una cosa la frenó, y era Eahla, que había abandonado su riñonera y le gritaba subida a su hombro que no lo hiciera.

—P-pero tengo que ayudarlo —Gimió Sharon, su mirada tras las lentes oscuras fija en el mar, esperando ver algo.

—La caída es prácticamente mortal y tú lo sabes. Si vas tras él no podrás volver y tienes que seguir, Sharon. Recuerda el bien mayor.

A ella en aquel momento le daba igual el bien mayor, lo único que quería era tirarse al agua y encontrar a Dante.

— ¿Y si está vivo, Eahla? En ese caso necesitaría mi ayuda —se llevó una mano al crucifijo que siempre colgaba de su cuello—. Todo esto es por mi culpa, por no saber tratar con él y hacerlo abandonar la isla a tiempo…

La cobaya la miraba compasiva pero sabedora de que su amiga tenía que ponerse en marcha de inmediato, antes de que la culpa la carcomiera más.

—Si te retrasas, Mundus destruirá un sinfín de vidas, y la muerte de Dante habrá sido en vano —Le recordó, intentando que reaccionara.

Sharon cerró los ojos un momento, asintiendo. Los abrió de nuevo y miró al cielo, orando internamente.

Primero temblores, luego un rayo y para colmo el puente se derrumbaba. Peor no podía haberle ido a Dante.

Se encontraba bajo el agua, al fondo. Sus pulmones aguantaban bastante bien la falta de oxígeno gracias a su herencia demoníaca, pero tarde o temprano le pasaría factura si no regresaba a la superficie.

Avanzó por el fondo arenoso, pasando por un gran arco de piedra. En ese instante se selló, quedando Dante atrapado en aquella plataforma circular sin posibilidades de ir a otra parte.

Unos demonios con forma de calavera aparecieron, rodeándolo. El más cercano se movió en su dirección, abriendo y cerrando la mandíbula energéticamente queriendo morder. Dante empuñó a Force Edge y de un mandoble la partió en dos.

En ese momento las demás se abalanzaron sobre él. Atacó con ferocidad, quebrando una tras otra, esperando que después se le presentase algún tipo de salida. No podría permanecer bajo el agua eternamente.

Cuando el puente se hizo pedazos, algunos de éstos quedaron suspendidos en el aire, lo que vino de perlas a Sharon para regresar a la catedral.

Pero aunque había esperado que el Orgullo del León reaccionara ante ella ahora, lo cierto fue que seguía igual, con aquel campo de energía rodeándolo y por mucho que intentara no podía cogerlo.

—Hemos hecho lo que estaba escrito, logré volver aquí ¿Por qué no ocurre nada? ¿Qué hemos pasado por alto?

—Tal vez tenga algo que ver contigo y no con lo que hemos hecho —Aventuró Eahla, tumbada en la plataforma circular sobre la cual el Orgullo flotaba.

Ella miraba el objeto meditativa, aún sin poder quitarse a Dante de la cabeza, apesadumbrada. Suspiró.

—Creo que yo no soy el problema. Quizás debería dar media vuelta y…

No terminó de hablar. Un fuerte estruendo la hizo volverse, justo cuando una gigantesca araña que exhalaba lava caía del techo a pocos metros de Sharon, quien la miró indiferente como si aquello le pasara a menudo.

—Vaya, un microbio —dijo la araña gigante, con cavernosa voz gutural, salida del Infierno sin lugar a dudas—. Qué decepción.

Sharon sacudió la cabeza para sí.

—Las apariencias engañan. Igualmente, ¿Qué problema hay en ser pequeño? Es más cómodo y ligero, puedes introducirte en sitios con los que tú no podrías ni soñar. Yo no cambiaría este cuerpo por otro nunca —la araña ladeó ligeramente la cabeza, acercándose más a la chica—. Llevo bastante tiempo esperando por ti, Phantom —los ojos de la araña se encendieron en rojo al oír su nombre—. Las marionetas carecen de inteligencia, pero seguro que tú sí sabrás conducirme hasta tu señor. No tienes otra opción.

Phantom se acercó más aún, quedando a tan solo un metro de Sharon. Ella ni se inmutó ante su titánica y amenazadora cercanía, seguía tan tranquila y serena como de costumbre.

— ¿Quién crees que eres para hablarme así, insecto? —Bramó, ofendido.

—Supongo que tengo de ``insecto´´ lo mismo que tú —le hizo una seña a Eahla para que se alejara, cosa que la cobaya hizo enseguida moviéndose velozmente hacia la otra punta de la catedral—. Dime dónde está Mundus, cómo llegar hasta él, y te concederé una muerte rápida.

Cómo respuesta, Phantom alzó una de sus ocho patas, dispuesto a barrer a Sharon, quien toqueteó una de las patillas de sus gafas de sol, ajustándoselas, justo antes de apartarse de su trayectoria.

Tras acabar con los demonios-calavera, un portal en mitad del fondo marino condujo a Dante a la superficie, junto a la entrada de la catedral.

Desde allí trató de localizar a Sharon al otro lado, pero al parecer la chica había logrado cruzar el puente derruido. Probablemente la encontrase dentro de la catedral.

Se acercó a la puerta que conducía al interior y abrió. Cuál sería su sorpresa al entrar. En mitad de la sala vio una enorme araña, su cuerpo un exoesqueleto escupiendo lava candente, en el suelo tratando de levantarse sin éxito pues las ocho patas le fallaban. Ante la araña, dando la espalda a Dante, se encontraba Sharon con los brazos cruzados.

—Te lo volveré a repetir…

— ¿Muñeca?

Al oír su voz se volvió, primero sorprendida y luego contenta de ver que seguía vivo. Se ajustó las gafas de sol, en un gesto nervioso.

— ¡Vete! —Lo instó, prefiriendo quedarse sola con Phantom.

En aquel breve periodo de distracción por parte de Sharon, Phantom logró incorporarse de nuevo y lanzó un proyectil de lava en su dirección.

— ¡Apártate! —La advirtió Dante, tomando a Ebony e Ivory y disparando a la araña.

La chica esquivó el ataque por poco, distraída, pero se recuperó rápido y tras rodar por el suelo esquivando un nuevo proyectil de Phantom tomó su magnum de la funda en su muslo y apuntó, uniéndose al fuego iniciado por Dante.

Las balas impactaron en los puntos débiles del exoesqueleto de Phantom, produciéndole graves heridas: no le quedaba otra que retirarse, cosa que hizo, desapareciendo en un mar de lava candente ante ellos.

Los dos guardaron sus armas al cabo de varios segundos. Sharon lo miró, sonriéndole cálidamente.

—Pensé que habías muerto ¿Cómo lograste volver tan rápido?

—Encontré un portal en el fondo que traía de vuelta. Solo tuve que librarme de unos cuantos demonios con forma de calavera para activarlo —Fue su respuesta, con un encogimiento de hombros.

Sharon se ajustó nuevamente las gafas con las dos manos, inquieta.

—Calaveras… creo que sé de qué demonio me hablas. Suelen habitar los fondos marinos y son de muy bajo nivel —suspiró—. Ojalá supiera con la misma exactitud cómo conseguir el Orgullo del León.

Ante sus palabras, Dante miró al fondo de la estancia, al altar sobre el cual flotaba el Orgullo aún salvaguardado por su escudo de energía. Se acercó, y apenas había levantado la mano derecha cuando el campo protector se desvaneció y el Orgullo del León dejó de levitar, libre. Dante lo cogió, sin disimular una media sonrisa en dirección a la asombrada chica.

—Las muñecas no pueden hacer nada solas —Declaró, sardónico.

Aunque esperaba que ella se enfadase, como estaba tan acostumbrado a que le pasase, lo cierto fue que no lo hizo; seguía tranquila, manteniendo parte de la sonrisa inicial en los labios.

—Volvamos donde la estatua —Dijo, moviéndose hacia la entrada de la catedral. Dante la siguió.

Caminaban tranquilamente por el largo corredor, rumbo al patio en el cual los aguardaba el León. Dante no dejaba de darle vueltas en la cabeza a una cosa que había llamado su atención cuando regresó a la catedral encantada.

—Ese demonio con el que luchabas… —acabó por sacar el tema, atrayendo la atención de Sharon al hablar—. Parecía bastante poderoso. Y grande —añadió. Ella asintió despacio—. Pero el combate lo estabas ganando tú con total claridad cuando llegué —Comentó.

Sharon rozó una de las patillas de sus gafas negras.

—Bueno… suerte, supongo. Ningún ser humano se ha enfrentado a Phantom y ha vivido para contarlo.

— ¿Phantom? Debes de conocerlo bien, si hasta te sabes el nombre.

—Sé muchas cosas sobre demonios —Fue lo único que dijo, un tanto reacia. No estaba muy acostumbrada a hablar de demonios con nadie.

—Ah, interesante —Sharon lo miró, advirtiendo que su interés no era muy grande, o por lo menos no a simple vista—. Entonces quizás conozcas a…

Un fuerte temblor asolando el corredor lo interrumpió. Los dos se volvieron, descubriendo tras ellos al demonio-araña, Phantom, que a duras penas cabía en el estrecho pasillo.

— ¡Corre! —Instó Sharon, apresurando a Dante.

Los dos comenzaron una carrera para huir de la araña gigante, que los seguía férreamente lanzando proyectiles ígneos por las fauces abiertas. Dante y Sharon tuvieron que dejar atrás la puerta que daba a su objetivo, internándose en el corredor y procurando evitar todos los proyectiles de Phantom.

Como era de esperar, llegaron al final del corredor, quedando atrapados entre la pared y el imponente exoesqueleto de Phantom por el cual no podrían pasar sin más. Dante empuñó sus pistolas, apuntando, pero Sharon había visto la puerta de la izquierda y tiró de él en esa dirección, abriendo, entrando y golpeando la puerta con un hombro para volver a cerrarla.

Ella suspiró, apoyando la frente contra la antigua madera oscura, con una ligerísima sonrisa dibujada en sus labios rosados.

—Aquí estamos seguros. Tiene un cuerpo demasiado grande para poder entrar —Añadió, y a Dante le pareció notar un atisbo de humor en sus últimas palabras, aunque desconocía el motivo.

Se encontraban en un viejo archivo que ambos habían registrado con anterioridad por separado. No había nada más que estanterías repletas de registros de cosechas y nacimientos durante el Medievo, algo de poca utilidad para los dos. Pero al menos les había resultado útil para burlar a Phantom.

Sharon se aproximó a un viejo escritorio de madera oscura carcomida por el tiempo. Sacó de un compartimento de su riñonera la cámara digital, repasando las últimas fotografías que había realizado en la isla. Dante se acercó a ella por detrás, echándole un vistazo también por encima de su hombro, sorprendiéndose al ver las imágenes sobre la arquitectura del lugar, todas inútiles para su gusto.

— ¿Para qué quieres esas fotos? —Le preguntó, extrañado.

— ¿Recuerdas cuando me preguntaste si era profesora? Bueno, lo soy, doy historia del arte en Harvard —le contó, y él enarcó una ceja—. Estoy constantemente viajando, siguiendo el rastro de algún que otro demonio, y a veces acabo en lugares antiguos como este —abarcó con un ademán el castillo—, y aprovecho para sacar algunas fotografías para mis clases —aquí se rió un poco, una risa musical—. Aunque si te soy sincera, casi nunca voy a clases, tengo mucho trabajo con los demonios y rara vez me rodeo de seres humanos.

—Ya somos dos… —murmuró Dante para sí—. Pero, ¿Qué hace una profesora universitaria cazando demonios? —Inquirió, intrigado.

Sharon caminó lentamente al fondo de la estancia, dándole la espalda.

—Ser profesora es secundario, mi verdadero trabajo es éste. Los demonios son malvados y peligrosos, alguien tiene que acabar con todos ellos.

Él suspiró. Aquel discurso le recordaba a una amiga suya, que luchaba ferozmente con demonios pretendiendo borrarlos del mapa… y hacerse rica de paso, claro.

—Tú sola no puedes con todos —ella no dijo nada—. ¿Qué haces exactamente en esta isla? Está perdida en mitad de la nada, me parece raro que hayas podido encontrarla de casualidad…

— ¿Y tú, Dante? —le devolvió la pregunta—. ¿Qué hace un humano normal y corriente en mitad de la nada, rodeado de demonios?

—Venganza —fue su breve y concisa respuesta—. ¿Y tú?

—Deber —imitó su forma de responder, no queriendo extenderse.

Dante la observaba obviamente queriendo saber más, pero no siguió preguntando y desvió la mirada por la sala, fingiendo interés en unos libros apilados en un rincón.

— ¿Has oído hablar de un demonio llamado Mundus? —Inquirió de pronto, con voz neutra.

Ella lo miró, sorprendida con la mención de aquel demonio en concreto.

—Tal vez —dijo vagamente—.Fue el emperador del Infierno hace mucho tiempo. Envió legiones de demonios a conquistar la tierra, pero… un demonio se reveló, y acompañado de otros tantos luchó contra Mundus. No pudo matarlo, pero derrotó a su ejército y lo desterró, manteniendo a salvo el mundo humano y dejando el Infierno sin emperador —lo miró entonces, esbozando una pequeña y delicada sonrisa—. Una leyenda entre tantas —simplificó, restándole importancia—. ¿Por qué lo preguntas?

—No es una leyenda, y pronto volverá a estar libre —le reveló, aunque ella no se sorprendió lo más mínimo con la noticia—. Él hizo que mataran a mi familia, y pienso devolvérsela.

Sharon se deshizo de las gafas de sol, mirándolo con lástima ante lo que acababa de contarle. Su mayor punto débil era probablemente su incapacidad de ver sufrir a nadie, ella acababa pasándolo fatal pues era muy empática.

—Oh, lo siento muchísimo…

— ¿Por qué? Ni si quiera los conocías —repuso, con un encogimiento de hombros. Se volvió en dirección a la puerta—. Parece que se ha ido —dijo refiriéndose a Phantom, cambiando de tema—. Voy a ver —Sharon asintió, y él salió fuera.

Ella dio una mirada circular, avistando a Eahla escondida entre unos libros. Le hizo un gesto para que se acercase y la roedora dejó su escondite, saltando al interior de la riñonera abierta de Sharon.

—Sabe de Mundus —comentó la cobaya, incrédula—. Eso no me lo esperaba ¿Quién es ese hombre? Hay algo oscuro en él, pero sigo sin descifrarlo.

—Yo tampoco, Eahla. Yo tampoco —suspiró ella—. Pero sea quien sea, tengo que hacer algo rápido para quitarle la fantasiosa idea de enfrentar a Mundus de la cabeza. No sé cómo, pero lo haré, aunque tenga que decirle la verdad.

— ¿Crees que sospecha algo?

Lo pensó, repasando todo el tiempo que había pasado junto a Dante. Sonrió.

—No —Fue su breve respuesta, cerrando la riñonera al oír la puerta abrirse a sus espaldas.

Al volverse vio a Dante en el umbral.

—El corredor está muerto, ni un alma —informó—. Podemos irnos.