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Capítulo 3
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El día anterior, siendo su llegada a los escondites de Orochimaru, había sido normal entre lo que cabía. Pasó toda la tarde en su habitación, y solo había salido para cenar una simple ensalada con galletas.
En la cena solo se había encontrado Karin y Suigetsu, debido a que Jūgo se encontraba ocupado y Orochimaru seguía en su despacho haciendo algo muy importante, según la pelirroja.
Al menos había sido amena. La Uzumaki y el espadachín no paraban de pelear por cualquier tontería, y eso solo lograba que la pequeña los viese como pareja.
—¿Ustedes tienen una relación? —había preguntado con una ceja enarcada y sus mejillas algo sonrojadas.
Las reacciones de ambos fueron épicas e hilarantes. Habían vocifereado enérgicamente sobre cuanto le asqueaba el otro, y terminaron discutiendo entre ellos para defender su autoestima. Había sido tan estresante que se escabulló rumbo a su habitación sin mirar atrás.
Pero no desistía. Esos dos hacían una linda pareja.
Dormir fue otro suplicio. Cada vez que cerraba los ojos una pesadilla la embargaba. La primera había sido de sapos saltarines que terminaban transformándose en doppelgängers de Shin Uchiha.
La segunda, era su madre, tendida en el suelo junto a su padre, cerca de un hombre con una katana en mano. Como si fuese una masacre.
Y la tercera había sido su padre despotricando hacia ella. Pero esa era la más suave de las tres.
Tanto así, que desistió de dormir por un par de horas, hasta que el sueño la venció y ya pudo dormir sin nada alterando su mente. Lamentablemente, al despertarse seguía igual de cansada.
Ese sería su primer entrenamiento con Orochimaru, y si dijera que estaba confiada en sí misma estaría mintiendo como una desdichada. Estaba aterrorizada, y no del sannin, sino de meter la pata y avergonzarse.
—Buenos días, señorita. Orochimaru-sama necesita su presencia en las afueras del laboratorio —informó un hombre de lentes y cabello alborotado de tono marrón sucio, con una bata de médico pulcra. Había entrado a su habitación repentinamente y tenía un tono solemne.
—Hn —asintió, terminante de ponerse sus zapatillas, y se dirigió a la puerta—. ¿Podría guiarme? No sé dónde queda.
—Hai, señorita.
El hombre era ridículamente profesional. Le recordaba a Lee, el padre de Metal, pero mucho más raro y exagerado. Al menos Lee-san era agradable y entretenido.
Al llegar al claro que le había sido indicado, vio a Orochimaru, con su cabello recogido nuevamente en un alto moño y un kimono algo grande y llevado, distinto al elegante y femenino que usaba el día anterior.
—Buenos días, Sarada —le saludó el hombre, con sus manos en la espalda—. Espero que te hayan atendido bien.
—Uh, sí, todos han sido muy acogedores —balbuceó, parpadeando un poco. Tanta hospitalidad era inquietante.
—Me alegra, fufu —sonrió el sannin, llevándose una mano a la boca, para luego estirar ambas señalando al lugar—. Aquí entrenaremos todo este tiempo, no hay cámaras de seguridad para que te sientas más agusto. Ahora, activa tu sharingan; primero trabajaremos en eso lo antes posible.
Sarada asintió, activando su dōjutsu de inmediato. El sharingan de una aspa fue visible para el científico, que suspiró nuevamente. Su pasión ante el sharingan era algo extraña, pero no le desagradaba.
—Ah, hermoso. Supongo que ya sabes los niveles de un sharingan —inquirió, mientras la pequeña asintió—. El nivel más alto es el Mangekyō Sharingan Eterno... Pero eso es algo en lo cual trabajaremos luego. Mañana trabajarás con Karin en cuestiones del byakugou. No preguntes. Ella te lo explicará.
—¿Podré entrenar mi sharingan hasta obtener las tres aspas? —inquirió la Uchiha, frunciendo el ceño para lucir más concentrada.
Orochimaru se acercó, sonriente.
—¡Por supuesto! Eso y mucho más, querida. Pero no hay que ponernos metas exageradas; por ahora, centrémonos en que tengas un sharingan de tres aspas —ladeó su sonrisa, sin dejar de mirarla—. Trabajaremos inicialmente con los genjutsu.
Y así, continuó su entrenamiento. Al finalizar, su vista estaba completamente agotada, hasta el punto de que sus ojos lloraban unas pocas lágrimas al ver la luz. Un dōjutsu no era tan fácil de llevar, decidió con una mueca.
Según su shishou, le presentaría a uno de los niños que estudiaban con él debido a que siempre estaba solo y necesitaba compañía —aunque ese estudiaban le sonaba más a conejillo de indias de experimentos. Eso lo confirmó cuando entró a una de las habitaciones, encontrándose con un ambiente medico.
—Hagane, te he traído compañía —siseó el científico, permitiéndole la entrada a la Uchiha.
El tal Hagane subió su mirada brillante, topándose con la suya. Era un pequeño quizás algo menor que ella, por unos dos años, de cabello rojizo como el del actual Kazekage, brillante y sedoso en apariencia, y ojos azules como el lapislázuli mismo.
Estos tenían una forma redonda e inocente, y contrastaban con su pálida, casi enfermiza piel. Vestía una bata de hospital, con puntos azules casi invisibles, y tenía diversos conectores pegados en su piel, probablemente para tener registro de sus signos vitales.
El niño sonrió hacia ella, alzando su débil y huesuda mano para saludarla, acto que ella devolvió algo estupefacta. Realmente, sintió mucha pena en su pecho por el estado del pequeño. Algo la instaba a protegerlo, pero se sentía a la vez algo aislada.
—Supongo que Karin te llamará para cenar, hasta pronto —se despidió su shishou, arrastrándose por los suelos como una cobra, quién sabe a dónde.
Se giró nuevamente para ver al pequeño, quién la miraba expectante, como si esperase algún movimiento extraño o amenazante. Al no obtenerlo, tomó la iniciativa para hablar.
—Hola —saludó de forma educada, con una diminuta e inocente sonrisa en sus labios resecos—. Soy Hagane.
—Sarada. Sarada Uchiha —se presentó para luego carraspear, acercándose a su cama, aunque esta parecía más una camilla que otra cosa—. ¿Qué edad tienes?
—Tengo diez —respondió, alzando ambas manos para mostrar sus diez dedos al aire, indicando su edad.
La conversación terminó siendo amena. El chico, Hagane, era bastante dulce y alegre, a pesar de aquella situación en la que se encontraba. Su organismo se estaba destruyendo a sí mismo; fue lo que descubrió por la información que le dio el pequeño de su estado. Su madre le había dejado allí y vivía en esa habitación desde los seis años.
Era difícil ver a un ser tan pequeño vivir en tales condiciones. Pero las cosas eran como debían ser, y el destino tallado en piedra era imposible de revertirse. O eso esperaba, ¿Acaso podría cambiar su propio destino? Por alguna razón, esperaba que así fuera.
Finalmente, se encaminó nuevamente a su habitación. Su apetito era tan nulo como su alegría. Algo estaba mal, no en su situación, porque estaba complacida de estar allí, pero algo en ella se hallaba fuera de lugar.
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N/A: Ah.~ Corto, pero realmente no quería alargarlo más de lo que quería. No suelo incluir OC's en mis historias, pero fue necesario. Hagane será bastante importante.
¡Gracias por leer! En serio, sus comentarios me dan la vida.
¿No les pasa que se vuelven más fans de los hijos que de los padres? En un principio amé a Sarada por ser hija de Sakura, pero en este momento me gusta más Sarada y le he tomado mucho más cariño.
Tanto así que ya no puedo dejar de escribir sobre ella, ay.
