Disclaimer: estos personajes pertenecen única y exclusivamente a M. Kurumada, no hay ánimo de lucro en esto.

De agradecimientos y otras cuestiones: Muchas gracias a todos los lectores de esta locura, permitidme mencionar en especial a quienes dejaron sus reviews en la anterior letra: L'Fleur Noir (mi persona favorita del mundo), Samirasama cullen, Sslove, Princesa Saiyajin y Mcr77.

Quisiera también dedicar especialmente este capítulo a todas las chicas de Unión Fanfickera con mención de honor para:

- Suki90 una personita especial ¡qué gran descubrimiento eres! La gran SSpedia siempre dispuesta a compartir sus conocimientos, me divierten mucho nuestras conversaciones,

- a Princesa que sé que adora esta parejita,

- y, sobre todo, a mi shifu, Sakura, que hace poquito fue su aniversario de escritora ¡felicidades maestra!

Notas de autor: en cursiva va la parte de la historia que, siendo relatada por uno de los personajes, se cuenta como si fuera una flashback, con narrador omnisciente para facilitar y conservar los matices y ritmo de la historia.

D – La Decisión

(Marin y Aioria)

Sin llegar a sobrepasar el dintel de la puerta observaba apenada la escena. No había sido su imaginación, aquel grito de dolor fue tan real como tantas otras veces; después de varias noches tranquilas, ilusa, había asumido que quedaron en un vago y lejano recuerdo, pero las pesadillas volvían y con ellas aquel dolor que aprisionaba su pecho al verle así.

Dio gracias en su corazón a la mujer recostada a su lado que nunca se rendía, la más fiel Diosa para el más fiel caballero. Aunque, quizás sería más correcto decir: la más fiel mujer. Vale que era la más nueva en aquel loco mundo de santos, pero había cosas que resultan evidentes para cualquier mujer sin importar el lugar o la época, como el sacrificio que una es capaz de hacer por aquel a quien ama. Saori estaba enamorada de su hermano, era algo obvio, pero ya fuera por su condición, por la situación en la que se encontraba o, simplemente, por los miedos propios de quien no se cree correspondida, nunca daría un paso para confesar lo que su corazón quería decir a gritos.

No era la primera vez que la veía así, recostada junto a él, envolviéndole con su abrazo y con su cosmos, apaciguando a la bestia que desde su interior se obstinaba en destruirle, pero sí era la primera vez que sintió lástima y rabia. Por fin había despertado, por fin regreso a su lado, pero para aquella mujer que gastaba su último aliento de diosa por sanarle, estaba más lejos que nunca. La vida no era nada justa para con quien tantas veces sacrificó la suya por los demás. ¿Y pensar que hubo un tiempo en el que la odió por alejarle de ella? Por suerte, aquel odio duró poco, pronto comprendió que no fue decisión de Athena el destino de su hermano. Él había nacido bajo su propia estrella.

Por fin su respiración volvía a ser tranquila, el rictus de dolor de su rostro desaparecía lentamente, toda había pasado ya, volvía a dormir ajeno al esfuerzo que, quien velaba por su sueño, debía realizar para incorporarse. Seika se acercó a ayudarla en silencio, como tantas veces, como tantas noches.

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— Deberías dejar de hacer esto Saori —la recriminó con pena al ayudarla a recostarse sobre su cama ya en la habitación que ahora ocupaba la diosa— él ya está bien, está despierto, esas pesadillas desaparecerán por sí solas. Pero tú… tú cada vez estás más débil, acabarás enfermando.

—Él nunca se rindió conmigo Seika, él nunca lo haría —se giró al tiempo que el cansancio la empujaba hacia un profundo sueño.

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—Sois igual de obstinados…—susurró Seika desde la puerta, mientras apagaba la luz y regresaba a la habitación algo más tranquila al saber que, dos de las personas que más la preocupaban en ese momento, dormían.

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—Hola, siento el retraso, Tatsumi me entretuvo más de la cuenta —le sonrió mientras se acomodaba a su lado bajo aquel sauce del jardín que habían decidido, sin palabras, se convirtiera en su rincón.

La había observado acercarse en silencio. Todas las leyendas y mitos describían a los dioses, salvo contadas excepciones, como seres bellos, pero con ella, con ella habían roto el molde. Ni siquiera aquella ropa informal, muy diferente a sus pomposos vestidos de antaño, desmerecían su figura y porte etéreo. Aunque para él, como caballero, Athena no era más que la diosa a la que rendir pleitesía; esos días en los que la posibilidad de tener una vida normal comenzaba a parecerle una realidad plausible, le habían hecho reflexionar sobre cosas que nunca creyó fueran a ocupar su mente. O quizás había sido que por fin comenzaba a asumir todo por lo que habían pasado en los últimos años, quién sabe, pero lo cierto era que desde que despertó su presencia le cautivaba en cierta manera. Se sorprendía observándola, buscándola, algo que nunca antes hubiera imaginado.

— ¿En qué piensas? —su pregunta le devolvió a la realidad—Pareces ido…—sonrió.

—En nada, tonterías —se recompuso rápidamente— ¿trajiste la carta?

—Aquí esta—sacó la misiva de un bolsillo de su falda—he de confesarte que no tenía ninguna duda de que la primera persona sobre la que tendrías interés en conocer su carta iba a ser ella. Al fin y al cabo, no solo fue tu maestra, era casi una hermana para ti. —El muchacho se sonrojó ante su apreciación. —Antes de nada, he de decirte que la carta de Marin es distinta a la demás, pues ella tomó una decisión importante sobre el rumbo que tomaría su vida, y me temo que yo tuve mucho que ver en ello…

Saori sabía que, para poder leerle esa carta, le debía a Seiya una explicación sobre lo ocurrido, aquella que años antes negó a otro caballero que desesperado le rogó que le ayudara a convencer a Marin.

(Flashback)

Sus firmes pasos retumbaban en el salón central de Santuario como un eco de los sentimientos de rabia, desesperación y angustia que el caballero dorado de Leo se esforzaba en contener bajo su armadura.

Mi Señora —se arrodilló reverencial ante su Diosa.

Levántate Aioria, sabes que ya no son necesarias esas solemnidades. ¿Qué ocurre? Es por lo de Marin, ¿verdad? —no era difícil para Saori, ni para ninguno de los habitantes del Santuario, deducir cual podría ser el motivo de la preocupación del santo.

Tienes que convencerla, no tiene ningún sentido lo que está a punto de hacer.

No puedo inmiscuirme en su decisión Aioria, ya no soy su Diosa ni la tuya, ninguno me debe lealtad.

¿Y la lealtad que nos debes por todos estos años? —aquella frase sonó como un reproche afilado del que rápidamente se arrepintió —Disculpa Athena, no quería sonar…

Te entiendo Aioria, y no me han molestado tus palabras, pero me temo que diga lo que diga, Marin no va a cambiar de opinión. Además, ella ya ha comunicado a Artemisa su deseo de incorporarse a su guardia de Satélites.

El muchacho dejó escapar un suspiro de resignación, las palabras de su Diosa le hicieron ver que ya todo estaba perdido. Ver así de derrotado a aquel hombre tan fuerte, el caballero que había derrotado al mismísimo dios Loki, era duro para Saori, pero ella había hecho una promesa a su Santa y debía mantenerla.

Aioria—apoyó con dulzura su mano sobre el pecho del muchacho—ve con ella, saca lo que tienes aquí dentro, nunca te perdonarás no haberlo hecho. Estoy segura de que ella también necesita hacerlo. No puedo prometerte que ella cambie de opinión al hacerlo, pero sí que, al menos tú, encontrarás sosiego antes si lo haces.

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Corrió, corrió como nunca había corrido en ninguna batalla a través del laberinto de escaleras que conformaban las doce casas del zodiaco. Tenía que llegar antes de que fuera demasiado tarde, tenía que verla una última vez. Golpeó con fuerza la puerta de la cabaña sorprendiendo a la pelirroja que se disponía a tomar un té.

Aioria ¿estás bien? ¿ocurre algo?

Por las prisas el joven no había reflexionado sobre qué decirla, sus sentimientos se agolpaban en su pecho y las palabras correctas bailaban con desatino en su cabeza.

Quédate—respondió casi en un susurro ahogado por la carrera que acababa de completar.

¿Cómo?

Quédate Marin, no te vayas, por favor.

Aioria… no es tan sencillo. La decisión ya está tomada. — Tras un suspiro reflejo del momento incómodo que había querido evitar, dejó lo que estaba haciendo para aproximarse a su visitante.

Pero no lo entiendo, ¿por qué no me dijiste nada? ¡Deberías haber hablado conmigo de ello! —la rabia contenida bramó.

¡¿Perdona?! ¿Desde cuándo debo darte explicaciones o pedirte consentimiento para decidir qué hacer con mi vida?

Lo siento Marin no debí, no quería decir eso —arrepentido se acercó suplicante a la joven intentando coger sus manos entre las suyas, gesto que fue rechazado por la pelirroja. Estaba claramente molesta—. Quería decir que somos amigos, que me importas y ha sido todo tan… repentino.

La muchacha relajó su semblante ante las sinceras palabras del muchacho.

Verás Aioria es todo más complicado de lo que crees…

Pues confía en mi Marin, siempre ha sido así entre nosotros ¿no?

Lo sé y créeme que tampoco me gusta como han sucedido las cosas, sólo que… —bajó la guardia en gesto compungido, ni siquiera la máscara que aún cubría su rostro, a pesar de que el Bando abolió esa norma, pudo esconder las lágrimas que comenzaban a brotar de sus ojos— han pasado muchas cosas, Seiya está debatiéndose entre la vida y la muerte, tú mismo moriste…

Lo sé Marin, lo sé y lo siento. —Esta vez, el abrazo con el que cubrió la delicada figura de la amazona, no fue rechazado.

No puede despedirme Aioria, no pude… creí que te perdía para siempre también a ti. —La apretó con más fuerza al oírla decir eso compungida en lágrimas.

Si ella supiera que cuando estuvo frente a aquel muro en el inframundo, a pesar de la tensión del momento, él pensó en ella, pensó en todo lo que nunca le dijo, pensó en si ella le echaría de menos, porque él sabía que aunque muriera siempre la recordaría. Aquella vida que llevaban era injusta para con sus sentimientos como hombres, no podían permitirse amar con libertad. En cierto modo, la reciente decisión de su Diosa era el mejor regalo que les podía hacer, aunque para muchos no estaba siendo visto de esa manera, para él sí, él siempre tuvo más inquietudes sobre las posibilidades que el mundo le ofrecía. Bueno si era sincero consigo mismo, era ella quien le hacía tener esas inquietudes.

Pero ahora estoy aquí Marin, ahora todo ha cambiado, por eso no te entiendo.

Ese es el problema, que todo ha cambiado —se desprendió suavemente del agarre de un confundido Aioria, dándole la espalda para confesarle lo que con tanto recelo había guardado para sí —. Mi hermano está vivo.

Se hizo un silencio antes de que el guerrero se aventurara a romperlo.

Pero eso es una buena noticia Marín, no lo entiendo —ella se mantenía en silencio — te ayudaré a buscarle si es necesario —se apresuró a señalar.

Verás, no es tan sencillo, déjame que te explique —le invitó a sentarse frente a ella—. Cuando Athena me pidió que la acompañara al Olimpo para que fuera su escolta, lo hizo, no solo porque creyó que mi presencia resultaría menos provocadora que la de un santo varón, sino porque conocía que él era uno de los ángeles de Artemisa.

Se hizo un silencio entre ambos. El puzle que hasta ese momento solo lo conformaban piezas inconexas y descoloridas tomaba forma en su mente. No pudo negar que, por un instante, se sintió aliviado, pero pronto esa sensación desapareció al ser consciente que, siendo ese el motivo, poco podría hacer para que cambiara de opinión.

Iré contigo —su tan característico ímpetu surgía con fuerza dispuesto a agotar la última carta.

Aioria…

¡No es necesario que renuncies a todo y te alistes al servicio de esa diosa! Iremos al Templo de la Luna juntos y recuperaremos a tu hermano — afirmó seguro y vehemente.

Bajo su máscara Marin le dedicó una sonrisa, en el fondo era consciente de sus buenas intenciones y sabía que lo imprevisto de la situación, claramente, no le estaba dejando pensar con claridad.

Aioria… la decisión está meditada y tomada. No podemos arriesgarnos a perder esta tregua de paz por un capricho nuestro.

Pero… pero eso significa que te perderé y me niego a ello.— Convertirse en una Satélite de Artemisa suponía que Marin renunciaría a su pasado para siempre, nunca podría regresar.

La decisión está tomada Aioria, necesito recuperarle. —Cada vez que la oía repetir aquel doloroso mantra algo se rompía en su interior, no podía creerlo, se negaba a ello.

Aioria, después de un prudente silencio con el que el caballero de Leo intentó recomponer en su mente la situación que había comenzado a superarle, levantó la vista encontrándose de frente con la mirada de Marin. No. No era su mirada lo que le aguardaba, era aquella fría máscara que incapaz de definir sentimiento alguno. Sintió rabia. Por primera vez en su vida se sintió dolido por tener que mostrarse ante aquel rostro sin alma. Si las cosas debían encontrar su final esa noche se negaba a que fuera ante esa mirada fría.

De acuerdo Marin, no me interpondré —su tono de voz había recuperado la compostura. — Pero a cambio quiero algo de ti —aquella figura de cera que otrora le pareció una mujer se mantenía impasible observándole. — Enséñame tu rostro.

Ni siquiera su coraza metálica pudo disimular la sorpresa que aquella petición causó en la Santa.

Ya no hay riesgo de que tengas que matarme por hacerlo Marin —el caballero recuperó la conversación suavizando su tono, volvía a ser el joven divertido y agradable que siempre estaba a su lado.

El corazón de la santa latía con fuerza. Temía que detrás de aquel gesto tan sencillo, como era el quitarse su máscara, también se desprendieran los sentimientos que por tanto tiempo guardó solo para sí. ¿Y si al quitarse esa máscara su voluntad cedía? ¿Y si el quitarse esa máscara no solo revelara su rostro?

Lo siento Marin, quizás fue muy presuntuoso por mi parte, ruego me disculpes.

Había tardado demasiado en decidirse y Aioria interpretó su silencio como incomodidad. Él creyó que su petición la había molestado y, temeroso de que ella se sintiera forzada a hacer algo que no quería, se marchaba. Aquellos ojos de un profundo turquesa que lograban desestabilizarla por su viveza y determinación ya no estaban. En su lugar su espalda le decía que aquello era un adiós, que en el momento que el pomo de esa puerta girara ya no volvería a verle nunca más. Entonces lo entendió todo, ella tampoco quería despedirse de él de aquella manera, a través de ese velo metálico que, si bien siempre consideró su protección, esa noche estaba convirtiéndose en su verdugo. Las cadenas que la ataban a una realidad que comenzaba a odiar con toda su alma.

Espera Aioria…—ahí estaban de nuevo esos ojos, pero esta vez su color era más intenso que nunca, esta vez nada se interponía entre sus pupilas avellana y la intensidad de aquel océano.

Eres increíblemente preciosa, la mujer más hermosa que he visto en mi vida —se había aproximado hasta quedar frente a ella. Sus ojos recorrían cada recoveco de su rostro sin pudor, como quien observa una obra de arte por primera vez.

¿Qué ocurre? —la ligera sonrisa que mostró la había turbado sonrojándola.

Nada, solo que… nunca hubiera imaginado que fueran marrones. —Marin apartó la mirada avergonzada — No me malinterpretes, me encantan, son perfectos —atrapó su mentó con suavidad atrayendo de nuevo su rostro hacia él — toda tú lo eres.

Antes de que la pelirroja pudiera reaccionar los labios del santo rozaban los suyos, rogando que le dejara probarlos. Aunque su primera reacción, casi instintiva, fue tensarse, estando a punto de alejarse de él, la firmeza y calidez de aquella mano que sujetaba su rostro en una caricia la atrapó, todo él la atrapó. No dijo más, entreabrió ligeramente sus labios invitándole a entrar.

Aquella noche no hubo muchas más palabras. Sus propios cuerpos hablaron un idioma que ambos entendían. Marin acarició cada cicatriz fruto de aquellas cruentas batallas que convirtieron al niño en hombre, mientras los labios de él recorrían sus curvas grabándolas en su memoria. Su piel era más suave de lo que jamás había imaginado y cada vez que enfrentaba sus ojos avellana las ansias de poseerla aumentaban. Cuando se sintió dentro de ella por primera vez, casi sintió que su voluntad se ahogaba en el deseo que su tacto y olor le provocaban. Era tan perfecta, tan cálida y sensual que hubiera vendido su alma al mismísimo Hades por que aquella noche no acabara nunca.

Te quedarás toda la noche —le rogó aun jadeante mientras sus cuerpos se relajaban abrazados tras llenarse el uno del otro.

Me quedaría toda la vida Marin —la abrazó aún más fuerte contra su pecho.

Pues finjamos que toda nuestra vida es esta noche —le besó con la misma intensidad con la que sus cuerpos se habían descubierto bajo las sábanas."

En su carta Marin se disculpaba ante su Diosa por la decisión tomada, la rogaba que cuidara de Seiya y le recordara que ahora le tocaba a ambos ser felices pues, por fin, habían encontrado a sus hermanos y sobretodo que, pasara lo que pasara, nunca olvidase que para ella él siempre había sido parte de su familia.

— Cada vez que he leído su carta he tenido la misma sensación, nunca fue escrita para mi, por eso creo que deberías quedártela —extendió su mano ofreciendo la misiva al caballero que le agradeció el gesto con una sonrisa.

— Sabes, Marin nunca hablaba demasiado de su vida —le confesó mientras observaba el sobre desgastado en su mano— la vez que me habló de su hermano fue porque le pregunté por un colgante con un cascabel que siempre llevaba con ella. Ella me dijo que era un "llamador de ángeles", que su hermano tenía uno idéntico y que su sonido, algún día, les reuniría a ambos. De verdad espero que haya sido así, aunque me hubiera encantado poder despedirme de ella.

%%%%%%%

Aunque la luna estaba en fase decreciente pues pronto llegaría a su fase de luna nueva, su luz permitió a las dos sombras que se adentraron en la mansión esconder su rastro entre las sombras de la noche. Una leve brisa agitó la endeble cortina que apenas protegía la habitación de las luces y brillos de la noche, cuando aquel manto volvió a su ser las dos figuras que se habían colado en la habitación se hicieron totalmente presentes ante la cama del muchacho que permanecía dormido, ajeno a su presencia. Una de ellas depositó un objeto en la mesilla para justo después depositar un casto beso en la frente del durmiente.

El ruido de un aleteo le despertó. Aquella noche no había tenido pesadillas, aun así algo le había sobresaltado, una sensación extraña, como si fuera observado, pero no tuvo miedo. Al girarse descubrió algo que no estaba en su mesilla antes de acostarse. Lo sostuvo entre sus manos y lo agitó, dejando que su suave tintineo le evocara recuerdos de un pasado que echaba de menos.

— Yo también espero que volvamos a vernos Marin —susurró—, me alegra saber que eres feliz.

(Continuará)

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Muchas gracias por seguir leyendo esta locura y tener paciencia con las actualizaciones. Prometo que aunque me demore todas las historias tendrán su final feliz.

Sé que me pidieron expresamente un AioriaxLifya, llegará, pero antes necesitaba darles un momento digno también a esta pareja que tanto he adorado siempre.

Por lo demás, con las últimas aportaciones, creo que ya están todas las parejas:

SaorixSeiya

ShiryuxShunrei

ShunxJune

SagaxLili(se queda en Grecia)

KanonxThetis

AioriaxLifya

DMxHelena

AiorosxSeika

MiloxShaina

Afrodita x (pendiente de que Mcr77 me diga nombre)

ShuraxGeist

IkkixEsmeralda

Aldebarán/Europa – la chica de la flor- (será algo parecido… ya verás)

CamusxSimone

HyogaxErii

Mu/Miho (por cierto, esta historia empezará en la siguiente letra)

Dohko/Hilda

ShakaxFleur