Capítulo 4: En busca de las predicciones de los oráculos.
Tras eones, la noble Atenea se reencontró con su familia olímpica, liderada por Zeus, dios del cielo, en dicha reunión se le comunicó a la diosa de la sabiduría una angustiante noticia: la humanidad iba a ser castigada por los dioses del Olimpo, lo cual la dejó consternada y desahuciada. No obstante, Zeus ofreció a su hija el perdón, y no sólo a ella, sino a sus santos, todo con la condición de que vuelva al Monte Olimpo a forjar una nueva era, purificada, justa y virtuosa, sin embargo Atenea se rehusó valiente y contundentemente ante tal entelequia, prefiriendo así el camino de la guerra santa, todo con tal de proteger nuevamente a los humanos que tanto habían sufrido primero por la furia de Poseidón y luego por la de Hades. Todo ello significaba que una vez más la cólera de los dioses volvería a caer sobre la Tierra y la humanidad.
Por todo lo precedente, Shun de Virgo, Shiryu de Libra, Seiya de Sagitario y Hyoga de Acuario se hallaban reunidos con el Papa en el imponente templo pontifical y dialogaban inmersos en una gran preocupación por la inminente guerra sagrada, una guerra que avizoraba a priori, una desigual ventaja a favor del Cielo. Por consiguiente, se mezclaba en el Santuario dispares sentimientos de desazón, fortaleza y valentía, que en algunos casos dejaba entrever cierta temeridad. Solo los más prudentes de entre los santos podían comprender la magnitud de la guerra que se avecinaba.
—¿Realmente se puede enfrentar al poderosísimo Olimpo? —preguntó Shun temeroso y luego dirigió su turbada mirada hacia el Papa—.Su santidad, ¡¿en verdad cree usted que existe alguna posibilidad de vencer a Zeus y su sagrado séquito?!
—Debes conservar tu fe Shun de Virgo, los valerosos santos han defendido el planeta Tierra desde tiempos inmemoriales. Hay que detener al divino Apolo y para ello, tenemos que comenzar visitando sus oráculos —responde el Papa con sapiencia y vasta tranquilidad, lo cual amilanó el desasosiego de Shun—;como vosotros sabéis, los oráculos revelan el futuro a las personas que los consultan desde los tiempos del mito, si bien el futuro es incierto, los oráculos pueden anticipar ciertos sucesos…es por ello que nuestra única oportunidad de hacerle frente al majestuoso Cielo, es conociendo las claves de la guerra santa —y continuó subiendo el tono de su voz—, sin embargo, los oráculos están protegidos por los sacerdotes solares, los extraordinarios súbditos sagrados de Apolo…
—Su santidad, nosotros venceremos a esos sacerdotes solares, para así restaurar la paz en la Tierra —expresó Hyoga con tono calmado y confiado—. Tras luchar contra los santos de oro en la batalla de las Doce Casas, y contra los generales marino y los espectros en las sendas guerras santas contra Poseidón y Hades, nuestros cosmos se han fortalecido.
—Es cierto lo que dices, naturalmente que lo tengo presente, pues confío en vosotros y en su valentía, no obstante debéis saber que los sacerdotes solares tienen un poder grandioso. No deben tomarlos a la ligera —advirtió el Papa y en ese momento Hyoga le observó con sus ojos extraviados—, los cosmos de los sacerdotes solares se equiparan a los más fuertes de entre los santos de oro. Reúnen ciertas condiciones que los hacen extremadamente complejos a la hora de una lucha convencional, puesto que ostentan poderes místicos difíciles de comprender… De todos modos, ustedes ya no son simples santos de bronce, desde que han ascendido de rango pueden mantener encendido el Séptimo Sentido desde el inicio de los combates y confío en que ustedes conseguirán grandes hazañas…
—¡Así es Papa! —esbozó Seiya con una mirada llena de seguridad—. Hace bien en confiar en nosotros…hemos librado numerosos combates, venciendo a enemigos más poderosos que nosotros a costa de nuestras vidas. Tendremos en cuenta sus sabios consejos y no tomaremos a los sacerdotes solares a la ligera…
—Confío en que así será valerosos santos de la esperanza, en consecuencia, como he dicho precedentemente debemos tomar la iniciativa, y para ello debéis saber que los oráculos más importantes de Grecia son cinco: Olimpia, Delfos, Delos, Dádimo y Dodona, si queremos obtener las revelaciones para enfrentar al Olimpo, deberán vencer a los sacerdote solar que custodian cada recinto.
«Otra guerra más…¿cuándo llegará la paz», pensaba el inmaculado Shun con la cabeza gacha, mientras escuchaba al Papa con suma atención, su tristeza se reflejaba en sus ojos. La congoja embargaba su corazón profundamente, guardaba en sus fibras íntimas el deseo de que la paz llegara finalmente tras tantas batallas, pero al mismo tiempo sabía que no era momento de flaquezas, puesto que debía luchar con esperanzas junto a sus amigos, por Atenea y todos sus congéneres. En otras palabras tenía presente que debía sobreponerse a su natural resistencia al combate y a la violencia que tanto aborrecía.
Y mientras Shun cavilaba el enigmático Papa continuaba con su elocuente discurso:
—Sólo así podremos conocer la verdad de los oráculos a través de las pitonisas, estoy seguro que esta será una guerra santa inimaginable, diferente a cualquier otra que haya registrado la historia, y lo sé porque el Olimpo tiene un inmenso ejército: una casta de guerreros por cada dios, en otras palabras y disculpen la insistencia: nunca Atenea y su ejército han tenido una contienda semejante, ¡nunca!, esta guerra no es comparable con ninguna otra.
—¿Cada dios olímpico tiene un ejército? —preguntó Shiryu con los ojos desorbitados.
—En efecto. El Cielo tiene un poder bélico inimaginable, versátil y heroico, una fuerza ciclópea, y los doce dioses olímpicos tienen un cosmos infinito, son los dioses más poderosos de todo el Universo. Por ello es esencial que sepan que no es una guerra santa más, es la última y la debemos ganar por Atenea, los humanos y la Tierra, cueste lo que cueste, no importa el precio… —dijo el Papa, se calló unos segundos y siguió luego con otra idea—:estoy seguro que los oráculos nos brindarán alguna forma de vencer al Olimpo, por eso ésta misión es de suma trascendencia, puesto que nos dará la posibilidad de descifrar ciertos misterios ocultos y primordiales…
Y cuando el Papa hubo dicho esto los santos guardaron un profundo silencio, el cual fue interrumpido por la repentina irrupción de Kiki, quien había llegado corriendo y respiraba agitado; todo debido a que la teletransportación no funcionaba gracias al poder de Atenea, el cual sellaba todo el Santuario; hacía poco tiempo había obtenido su Armadura de Bronce de Buril, tras años de entrenamientos bajo la tutela de su fallecido maestro, el sereno Mu de Aries, en Jamir, su armadura se ajustaba perfectamente a su menuda silueta, y podía verse que había crecido algunos centímetros, aunque su apariencia de niño se conservaba intacta. Su semblante no era el mejor, aparentemente guardaba una honda preocupación.
—¡Kiki! Eres tú —dijo Seiya con alegría.
—¡No vengo de ánimos —respondió Kiki apesadumbrado—, una tormenta solar está acechando el planeta y con ello se han desencadenado terribles plagas en los distintos puntos del orbe!
—¿Una plaga? Tal y como dijo Hermes —dijo Seiya mirando al suelo con impotencia—. Malditos dioses…
—¡Son unas terribles langostas que tienen coronas de oro, dientes de león y cola de escorpión! —dijo Kiki.
—¡¿Qué dices?! —preguntó Shun, preso del espanto.
—La Biblia judeo-cristiana habla de una plaga de insectos de características muy parecidas —musitó Hyoga, recordando la sagrada escritura.
—Es obra de Apolo, es la llamada Plaga del Fin del Mundo —aseveró el Papa.
—¡La situación es desesperante —explicó Kiki sombrío—, cientos de humanos han muerto como piras funerarias, producto de las tormentas solares, y los que han resistido con graves quemaduras fueron luego víctimas de esos horribles insectos que desgarran cuerpos enteros!
Y todos los presentes enmudecieron bruscamente, una horrenda sensación de apoderó cruentamente de sus nobles almas, trastocó incluso sus fortalezas de guerreros, el primero que se repuso de aquel desasosiego fue Seiya, quien apretó su puño derecho con fuerza y exclamó:
—¡Nosotros venceremos a Apolo, no permitiremos que haga tales fechorías, aunque sea un dios!
—¡Muchos humanos están sufriendo en estos momentos, tendremos que movilizarnos de inmediato! —ordenó el Papa con autoridad—. Todas estas calamidades e injusticias deben ser canalizadas para que aumenten sus cosmos. ¡Vayan en busca de nuevos milagros santos de la esperanza!
Acatando de inmediato el mandato pontifical, los santos de oro corrieron con su descomunal velocidad y salieron por la puerta de entrada e inmediatamente dieron un extraordinario salto al profundo vacío, convirtiéndose en estrellas fugaces de color dorado que se perdieron en el horizonte. Las circunstancias devenidas resultaban estremecedoras para la humanidad toda, significaba el advenimiento de la primera de las batallas en contra de los dioses, la batalla de los oráculos, la batalla en contra de Apolo. Por estas razones era imperioso detener al dios del sol y a sus más poderosos guerreros sagrados. Y solo con las revelaciones de los oráculos iba a poder desentrañarse las formas de vencer al Reino Celestial.
En el Templo de Atenea, la diosa regente de la Tierra se hallaba en el balcón de su enorme recinto, con las dos manos sobre su báculo, el cual sostenía frente a sí en forma vertical, apoyando un extremo en el piso, en el otro se encontraba el imponente emblema que representaba a Nike: la diosa de la victoria, su cosmos ardía en todo su fervor y se expandía en todas las direcciones del mundo, hacia la atmósfera, generando una capa cósmica que actuaba de filtro ante la tormenta solar, la poderosa energía también llegaba a la superficie del planeta, afectando así a las plagas, volviéndolas más lentas. Aún con el glorioso poder de Atenea le resultaba imposible oponerse directamente a la sagrada voluntad de Apolo, el dios del sol, heredero al trono de Zeus.
Llamaradas intensas acosaban cruentamente contra diversas ciudades de España, también en otros países de Europa y Asia, mientras que era cuestión de segundos para que pase lo mismo en el resto de la Tierra. Las tormentas solares había hecho colapsar las comunicaciones. Empero, la tragedia era todavía incipiente. Los aterradores insectos que tenían corona de oro, dientes de león y cola de escorpión, destruían las principales cosechas agrícolas, y arrasaban la tierra entre las multitudes. El cosmos de Atenea crecía vigorosamente y los apocalípticos efectos del primero de los juicios mermaban, se trataba de una lucha excelsa entre dos dioses de élite, destacados incluso entre los doce olímpicos. Por su lado, Apolo, era dominado por la ira en contra de los humanos, en contra de que levanten sus puños frente a los sublimes dioses, pero sobre todo en contra de que una de sus hermanas divinas se rebele en contra del Olimpo, por consiguiente lo embargaba un sentimiento de traición muy ingrato; por el otro lado, la magnánima Atenea guardaba profundas esperanzas en la voluntad de los santos y en su capacidad de obrar milagros, estaba segura de que su lucha era por el amor y la justicia; hallábase invicta desde la era del mito, (misma condición de la que gozaba el Monte Olimpo, guiados por Zeus, el Omnipresente).
En el Cielo reinaba una justificada pero peligrosa confianza, dioses invencibles eran protegidos por sus propios guerreros sagrados, se trataba de diferentes órdenes que representaban una fortaleza infranqueable. Por todo ello, para los santos de Atenea era imprescindible conocer el destino que les aventuraba, los oráculos iban a revelar aquellas verdades confinadas al mayor de los secretos divinos, los principales oráculos de la Tierra eran Delfos, Delos, Dídimo, Dodona y Olimpia; los cuales eran custodiados cada uno por un sacerdotes solar, los sagrados guerreros de Apolo. Por tanto, Seiya, Shun, Shiryu y Hyoga marcharon en busca de aquellas profecías, investidos por las armaduras doradas heredadas de Aioros, Shaka, Dohko y Camus, y ello era un motivo de compromiso absoluto y de gran orgullo para los jóvenes herederos.
