El cabello lleva, en honor a la verdad, luciendo completamente impecable y perfecto desde hacía media hora y minutos, pero aún así, como el acto irracional de buscar las llaves en el bolsillo sabiendo plenamente que están ahí, vuelve a acomodárselo con un movimiento que combina poner la cabeza de lazo, agitar el pelo con una mano para acto seguido hacer una vuelta con el cuello que hace volar todo el cabello en un movimiento digno de pintura del renacimiento. Le sonríe al espejo con todo su encanto.
El espejo le sonríe de vuelta.
Las rutinas personales servían de mucho cuando se necesitaba eliminar energía extra; entre la tensión por Antonio y la emoción por Arthur, podría decirse que sí necesitaba un poco de esa usanza doméstica, tan mecánica y sencilla de realizar.
Suspira, poniéndose colonia en el cuello, el pecho y las caderas (es mejor no indagar más), y descolgando la primera de sus dos opciones de ropa, analizándola con la misma mirada que ponía antes de disparar la cámara.
Arthur, por su parte, jamás había odiado más el tiempo y su ridículo pasar.
Había trabajado un poco (esto consistiendo en medio transcribir sus notas, pensar en el francés y nuevas burlas dirigidas a sus gafas y tomar tres litros de té), pero ultimadamente no le llevó más de un par de horas, y ahora mismo se encontraba fumando un cigarrillo, refunfuñando acerca de todo y echándole miradas de reojo a su reloj de vez en cuando.
—A las siete, ¿se supone el muy señor que vaya yo a buscarle? —replica entre dientes y con los cachetes medio inflados— ¿Cómo si fuera ésta una…? Ugh —aparta el pensamiento de la cabeza, nervioso.
Llevaba el mismo traje de la mañana, pero se había peinado, es decir, había intentado aplacar su cabello de paja lo más que había podido y, misteriosamente, casi lo había logrado.
El cabello era un detalle especial que había que notar, porque, muy consciente de que su apariencia en general no era la más agraciada, lo que le gustaba hacer notar era su arma mortal.
Ésta consistía en el precioso, caro y mejor cuidado que su propia vida Terraplane cupé de la Hudson. Seis cilindros y un elegante estilo art-decó le sentaban de maravilla. La verdad era que cualquier persona tenía la capacidad para verse exquisita dentro de aquel coche, pero Arthur tenía tal porte en cuanto a conducir (o cualquier cosa relacionada) se refería, que de verdad parecía una extensión más de él.
Aun así, su apariencia le había representado un problema hasta que cayó en la cuenta de que literalmente se estaba arreglando para Francis, motivo por el cual ya se había fumado media cajita de Lukcys (y se había puesto un alfiler en el cuello de la camisa).
Francis, por su parte, cerró la puerta del mini vestidor que tenía escondido en su oficina (que en realidad era un baño, pero para él había otras prioridades) y sacó algunos documentos para fingirse trabajando mientras le esperaba.
Arthur tomaba las llaves y las metía al bolsillo de su abrigo.
El francés jugueteaba con la pluma de fuente, haciéndola girar entre sus dedos y teniendo una idea.
Con el tiempo bien medido, saca el coche del estacionamiento del edificio, no sin antes acomodarlo rápidamente y cerrar bien la guantera con llave. Mira el reloj con las manos sobre el volante, teniendo que secárselas un poco contra el pantalón.
Iba en tiempo.
Con parsimonia y una sonrisita malévola, Francis le mete mano al reloj de madera de la pared. Después, al del escritorio.
Conduce a través de la ciudad, más relajado a medida que se acerca a su destino. Piensa en el cauce que han tomado los hechos y por una vez, permite que la emoción se desvanezca en un sentimiento de ilusión genuina, sincera esperanza de que esto le permita llevar su vida por un camino que de verdad pueda hacerle conseguir sus metas.
El sentimiento le reconforta y le asusta al mismo tiempo.
Bonnefoy vuelve a sentarse elegantemente en su silla, complacido.
Ser llamado a la oficina del capitán era, con frecuencia, motivo de terror entre los compañeros de trabajo de Alfred Jones. En su caso, por el contrario, normalmente era para llevarse una felicitación por parte de su jefe o inclusive una invitación para ir a por unos tragos después de la jornada laboral. Una mezcla entre el pesado carisma del muchacho y que, a pesar de su representativo infantilismo, sí que se tomaba su trabajo en serio.
Por eso, al cruzar la puerta y ver la expresión seria de su superior, la sonrisa le disminuyó un par de milímetros, lo cual era bastante para los estándares del americano.
—Alfred, siéntate.
El chico tragó saliva, obedeciendo.
—Gilbert, pasa —el joven, de cabello y piel blancas, se sentó junto a Alfred, mirándole con confusión y cierta complicidad.
Alfred se mordió el labio inferior, intuyendo que podría tratarse de algún reporte sobre el uso de las motos y de cómo casi atropellan a una ancianita, pero venga, darle permiso al par de hiperactivos de ser parte del equipo de acrobacias era más culpa del capitán que de ellos mismos, ¿verdad?
—Miren, seré breve. Ustedes son de mis mejores oficiales, los preferidos para ascender al departamento de detectives —ambos hinchan el pecho simultáneamente— trabajan arduamente a pesar de… incidentes ocasionales —pone las llaves de una de las motocicletas sobre su escritorio y Alfred traga saliva— No se me ocurre exactamente por qué, pero por algún motivo, parecen especialmente interesados en el caso de los asesinatos en serie que han acontecido en los últimos días. Me han informado que ustedes dos —el hombre los mira por encima de las gafas— han estado preguntando al personal de la Unidad de Homicidios y la de Escena de Crimen —Alfred abre la boca, pero su interlocutor le detiene alzando una mano— No quiero saber, sus razones tendrán, pero debo pedirles que se centren en su trabajo regular. Ambos —mira a Gilbert— Cuando sean detectives, pueden hacer lo que quieran, mientras, quédense dentro de su zona. Es un consejo y una orden.
Alfred vuelve a hacer ademán de replicar, pero Gilbert le detiene del brazo con una mirada cargada de sentido.
—No hay problema —fuerza una sonrisa, y con un movimiento de cabeza se despiden, saliendo de la oficina.
—Chivatos —protesta Alfred, sacando el labio inferior— No se puede confiar en nadie.
Gilbert echa una mirada de reojo alrededor suyo.
—Ha sido Dylan. Por algún motivo, ha mantenido un secretismo siniestro acerca del caso, seguro que él ha sido —le susurra en confidencia.
—¿Dylan?
—Hombre, ¡espabila! El capitán de la División de Detectives, ése de las cejas que es hermano de tu amiguito —alza las cejas con la última palabra.
Alfred pone los ojos en blanco, pero se sonroja un poco.
—Arthur no me lo ha dicho. ¡Jo! ¿Pero por qué se han molestado tanto? Si siempre nos metemos hasta la morgue y nadie dice nada —suelta, el cínico.
—Pues no lo sé. Igual no sabían mucho, eso, o no nos han querido decir nada. Pregúntale al cejas, seguro sabe algo. Que no creas que no los he visto cuchicheando hace rato.
—Me estaba preguntando precisamente algo sobre el caso —confiesa— a lo mejor… sí convendría que se supiera —Gilbert le mira con horror— No, ya sé, ya sé, no me refiero a todo el tema, pero sí que se le dé más atención. A mí me huele a que están intentando enterrarlo; se me hace rarísimo que lo estén ocultando tanto.
—Estoy preocupado por ellos —sentencia Gilbert, mucho más serio.
Alfred suspira.
—Todos estamos preocupados por ellos. No es coincidencia que todos hayan sido clientes de Toni.
—¿Estás seguro de que no quieres reconsiderar…?
—No —espeta, taxativo— Anda, que hay que terminar el papeleo para antes de las siete.
Gilbert se encoje de hombros y le mira de reojo, yendo a sentarse.
—Llámale —canturrea después de un rato, habiendo encarpetado todos los reportes faltantes.
—¡No me dijo que su hermano estaba aquí! —lloriquea, completamente transparente.
El albino suelta una carcajada escandalosa.
—¡Soy su mejor amigo y no me contó nada! —protesta, de manera infantil.
—¡Pues llámale! —la voz de la maldad con acento alemán se posa como diablillo sobre su hombro.
Sin necesidad de repetírselo, descuelga el teléfono a la velocidad de la luz y lo hace.
En Queens, a Arthur casi se le cae el cigarrillo dentro de la taza de té y tiene un micro infarto simultáneamente.
—¡Arthur! —le acusa con su voz que resuena en la línea, a tal grado que seguro le habría oído sin teléfono de por medio.
—¡Jones, bloody hell!
—No grito, no grito —baja el volumen medio decibelio— ¡No me habías dicho que tenías un hermano aquí! ¡Y en la policía! —lloriquea de manera infantil, volviendo a medio volarle los tímpanos.
Arthur aprieta los ojos, porque lo que quería era precisamente que no se enterara.
—Pues no lo sabía —contesta, cosa que es mentira, pero, en honor a dicha mentira, se había enterado apenas ayer.
—¡Cómo no vas a saber, es tu hermano! —vuelve a protestar, aunque más calmado.
—De ser posible, trato de olvidarme de su existencia, lo sabes —zanja, sin querer hablar del tema.
—Pero eres mi mejor amigo —susurra, y Arthur no puede evitar sonreír un poco.
—¿Y tú cómo te has enterado? —pregunta, cayendo en la cuenta.
—Ah, sí jefe, allá voy —Alfred se ríe nerviosamente, porque sabe que si se entera que Gilbert anda cotilleando en sus cosas se va a enfadar— Adiósnosvemos —y le cuelga, tan tranquilo.
En un tiempo perfectamente calculado, Arthur Kirkland se estaciona, como si los dioses lo hubieran auspiciado, en un sitio libre justo delante de las puertas de la Silver Screen, con una sonrisa imborrable sobre los labios.
—Adelante —dice Francis con voz aterciopelada al ver a una de las chicas de recepción asomarse por su puerta, sabiendo exactamente a quién viene a anunciar porque desde hace una hora mandó decir que no estaba para nadie que no fuera un hombre malhumorado y cejón.
—Hora en punto —sonríe Arthur, cruzándose de brazos.
—Al fin, estaba a punto de irme a casa —Francis se levanta para descolgar su abrigo, fingiendo desinterés.
—¡Ja! Ya decía yo que los franceses son una manga de desobligados. La cortesía está reservada únicamente para los caballeros ingleses.
—Cortesía la mía de esperarte, mira la hora —le coquetea, haciendo como que mira el reloj en su muñeca —Cinco minutos tarde, no es mucho, así que te lo perdono.
—¿Cinco minutos en dónde? —Arthur ni siquiera se molesta en revisar la hora ahí mismo; jamás, jamás de los jamases llegaba tarde.
—Pues aquí —levanta la muñeca— ahí —señala el reloj en la pared— y en cualquier parte de Brooklyn. Pero no te preocupes, a cualquiera podría pasarle —avanza hacia la puerta y sale.
—No sé dónde te enseñaron a leer los números, pero aquí pone la hora más los dos minutos que… —mira el reloj de caoba en la pared y se le borra la expresión de suficiencia —¡Eh! ¡Que no es mi culpa que tengas los relojes igual de girados que el cerebro.
—Anda, échales la culpa a los relojes —pica Francis, sintiéndose completamente vengado de las burlas de los lentes —metiéndose al ascensor.
—¡Pues la tienen! ¡Los has trucado! —Arthur sólo defendía un par de cosas con tal pasión: su puntualidad y su coche.
—¡Trucado!
Bajan hasta la recepción, tras una meticulosa, fantasiosa y enredada explicación de cómo Francis seguro había desmontado todos los relojes para que dieran la hora equivocada que no tenía lógica alguna.
—Me halaga que me consideres tan inteligente como para ejecutar tal plan maestro, pero ¿por qué no simplemente admitir que puede que el gran monsieur Kirkland llegue tarde cinco minutos? Eres periodista, debes estar acostumbrado a aceptar la realidad tal cual es —le guiña un ojo, atravesando el vestíbulo.
—No. He. Llegado. Tarde —Arthur frunce el ceño, pero sonríe levemente.
—Qué poco objetivo. Emma, ¿me quieres decir por favor a qué hora llegó el caballero?
—A las seis con cinco minutos de la tarde, Francis —responde Emma, habiendo recibido perfectas instrucciones de añadir dichos minutos a cualquier hora que hubiese llegado.
—Gracias, mon amour —cruza las puertas de cristal, aguantándose una risa malévola.
—Guisias, munamú —refunfuña Arthur y mira a la chica con cara de circunstancias.
—Lo haces mal, es mon amour.
—No Francis, en un idioma de personas es my love. Claro que, si quieres comunicarte en modo primitivo, puedes usar esas locuciones tan feas y nasales —agita la mano despectivamente, arrugando la nariz.
—Entiendo que no todo el mundo comprenda una lengua tan elevada como lo es el… oh là là —sonríe de lado al ver a Arthur abrirle la puerta del coche, asombrándole más que literalmente le abra la puerta en lugar de quitarle simplemente el seguro, que el coche en sí.
Alza una ceja y sonríe de lado, preguntándose si de verdad le estaba coqueteando.
—¿El qué? ¿El inglés? Por supuesto —sigue Arthur bastante mono, sosteniéndole la puerta.
Francis inclina la cabeza y entra, con plena intención de que Arthur termine de ser el perfecto chauffeur y le cierre la puerta, cosa que, contra todo pronóstico de quien le conozca un poco, hace con una naturalidad espantosa.
Arthur se sonroja un poco sin notarlo, encendiendo el motor y comenzando a conducir.
—¿Por qué no me diste simplemente la dirección? —pregunta el inglés después de un rato, hinchando los cachetes.
Francis se pasa una mano por el cabello y le sonríe.
—¿Te molesta mi compañía?
—Sí —pica, devolviéndole la sonrisa.
—Ah, pues por eso —Arthur le mira de reojo— Pareces el tipo de hombre que necesita supervisión.
—¡Hey! ¡Espía! —le acusa riendo, pero se sonroja un poco porque es un poco cierto. Es decir, ya le había robado una foto y ni siquiera se había dado cuenta —Así que ahora además de cuidarse de espaguetis mafiosos hay que evadir espías franceses —pone los ojos en blanco— ¿cuándo van a aprender los continentales que nosotros los isleños hicimos las Américas para huir de ellos? —Francis suelta una carcajada corta.
—Querrás cuidar esa xenofobia tan bonita que tienes cuando lleguemos —indica— Yo te doy un beso, pero Lovino te voltea la cara como le llames espagueti —suelta, porque, al parecer, es el día de las movidas arriesgadas.
El británico da un volantazo y Francis ahoga una risilla.
—¡¿Qué?!
—Que te voltea la cara como le llames espagueti, en serio, creo que, con ese carácter, mejor no te le acerques demasiado —reprime la risa lo más que puede al verle la cara completamente roja.
Arthur sacude la cabeza, pensando que debe haber escuchado mal por el acento, ¡malditos franceses confusos!
—No respondiste mi pregunta.
—No, no lo hice. Ya lo verás —hace una pequeña pausa— en realidad, me preocupa un poco Antonio.
Arthur le mira de reojo.
—¿Por qué?
Francis le sonríe con un deje de tristeza y algo de complicidad, sin responder.
Y llegan.
Las farolas tenues que comienzan a iluminar las calles tuvieron a bien acomodarse casi de esquina a esquina del establecimiento, lo cual le daba un aspecto bastante bonito. Tenía una pinta entre europea y americana que mezclaba estilos tradicionales con modernos de la época, y Arthur pudo intuir desde que cruzaron la puerta que era el tipo de sitio al cual Francis pertenecía.
Bohemio, algo austero a causa de la época, pero elegante.
"Repipi", pensó Arthur, sonriendo de lado.
El lugar estaba a rebosar de gente, cosa extraña para una cafetería a tales horas, aunque más de cerca se fijó que era lo más parecido a un bar que estaba permitido en la época, todos o al menos la gran mayoría, caballeros, incluyendo el par de meseros.
Una pequeña corrección, habría dicho el cerebro de Arthur si no estuviese tan ocupado en no enviar sangre extra hacia su rostro, lo cual logra, parcialmente. Estaba lleno de gente bastante guapa.
Si bien no iban en traje de noche, sí podía decirse que no llevaban su ropa de trabajo. Conversaciones, risas graves y una música tenue de jazz armonizaban la estampa.
—¿Francis? —le llama, ligeramente cohibido.
—Shhh —el francés le toma del antebrazo y le jala a lo largo del establecimiento— Vamos a buscar a Antonio. ¿Te agrado?
La pregunta descoloca a Arthur.
—No —dice con una sonrisa.
—Pues Antonio te va a caer peor, así que, por el bien de tu labor de Sherlock Holmes, no hagas algún comentario demasiado petulante o… bueno, pues tuyo.
—Entendido, no hablo —replica, alzando una ceja.
Francis simplemente le sonríe, porque en parte lo dice en serio, y le cuchichea algo a un mesero, quien se dirige a una puerta a lado de la cocina.
Un par de segundos después, un hombre con pinta mediterránea sale por ella, alzando los brazos hacia Francis y abrazándole como si no se hubiesen visto en años.
—¡Antonio! ¿Cómo estás?
El aludido le dedica una sonrisa cansada.
—Mejor, en realidad. He hablado con Jones, ha quedado de venir en una hora —Arthur les espía, medio escondido atrás de Francis— Me ha dicho que no dirá nada a la policía y que tratará de investigar por su cuenta —suspira— creo que Lovino no lo está sobrellevando tan bien.
—Como si tú lo llevaras mejor —le acaricia la cara un poco, marcando sus ojeras— te cuida lo mejor que puede.
—Está adentro aterrorizando a mis cocineros —sonríe levemente, mirando hacia la puerta— ¿Quién es este conejito que has traído esta vez? —desvía el tema, mirando a Arthur con curiosidad.
El conejito frunce el ceño y se cruza de brazos, ignorando toda la pregunta adrede, mientras Francis se sonroja ligeramente.
—Cuidado, que muerde —le susurra en confidencia y en francés y se gira un poco para presentarles— Monsieur Arthur Kirkland, Antonio Fernández.
El inglés sonríe un poco de lado al notar la fuerza del saludo, gesto que Antonio le devuelve. Francis, por su parte, intenta poner cara de póquer, ligeramente nervioso.
—Arthur es periodista en el Times —el británico le da una sutil mirada de advertencia y Francis, inteligentemente, decide no mencionar la sección— y le ha llamado la atención el caso… con Félix —Antonio se tensa, sin poder evitarlo— Ya sé, ya sé —prosigue, al notar su nerviosismo— pero es verdad que han estado enterrando el caso un poco y creo que nos vendría bien mínimamente tener el apoyo de la gente… al menos para que la… situación deje de tenernos como blanco.
El ibérico suspira.
—Decir eso es como asegurarse que mate a otras personas en lugar de nosotros —Francis aprieta los ojos, porque sabe que es verdad, pero prefiere mandar a la mierda a la moralidad si se trata de Antonio y Lovino— Pero, si Alfred no puede hacer nada…
—Espera, has dicho Jones antes… ¿Alfred Jones? ¿Alfred Fitzgerald Jones? —Arthur mira a Antonio, quien asiente— ¡Esto era lo que iba a decirme!
—¿Qué cosa? ¿Le conoces? —pregunta Francis.
—Sí, sí. En realidad, dijo que sabía el motivo de toda la serie de asesinatos, pero no quiso decírmela, cosa que ustedes también están evitando —les acusa— ¿Qué puede ser tan catastrófico como para mantenerlo tan en secreto?
Antonio se muerde el labio y mira a Francis con cara de "¿le dices tú o le digo yo?".
Francis le contesta con mirada de cachorro abandonado.
Arthur parpadea; no entiende nada.
Y después se le ocurre mirar alrededor, donde aproximadamente el cuarenta por ciento de los clientes está medio encaramado sobre la otra mitad y no hay ninguna mujer visible. Hay una especie de host en la puerta, que más bien parece vigilar el exterior, y las persianas estaban completamente cerradas.
—Oh —Arthur se sonroja levemente, más por la necedad que tuvo al obviar todas las señales (Francis invadiendo su espacio personal y esta parte específica del Soho) que la estampa propiamente, demasiado inmiscuido en sus asuntos como para permitirse perder el tiempo en tales detalles.
—Bueno, pues por eso —Francis se encoje de hombros, pero presta atención a su reacción.
Pero Arthur no pronuncia palabra alguna, con la mirada en un punto perdido, sintiéndose de pronto demasiado expuesto.
—¡Ja! ¡Le has roto! —suelta Toni, riéndose por lo bajo— Le has traído sin decirle nada solamente porque te gusta, ¿verdad? —le susurra en español, mientras el inglés sigue en su drama sin enterarse.
Francis sonríe un poco, tímidamente, atrapado.
—No le he dicho nada, pero estoy seguro de que no hará nada demasiado imprudente —replica, no muy seguro en realidad.
—Ya, el que sea gay no te da la garantía de que no vaya a salir corriendo a armar un escándalo, y, honestamente, prefiero morir aquí adentro limpiando vasos que en una cárcel de mala muerte.
—Ahí dentro ya es una cárcel de mala muerte —mira hacia la cocina, de donde se escuchan los gritos en inglés e italiano de Lovino— No va a pasar nada, realmente le importa esto, y creo aún más ahora, que puede identificarse un poco.
—¿Él? —Antonio le mira con escepticismo y Arthur por fin vuelve de su ensimismamiento con un carraspeo— No me lo tomes a mal, pero tiene toda la pinta de un remilgado que va a morir virgen dentro de su nube de burguesía.
Arthur le dedica una mueca de asco, alzando la nariz y Antonio mira a Francis con una cara de "te lo dije".
—Mi "pinta" no determina nada —se cruza de brazos— tal para cual, latinos superficiales —espeta, deseando poder hacer una retirada triunfal, pero es que sí le interesaba el caso y, por una vez en la vida, no iba a comprometer su futuro en aras de su temperamento.
—Todas las víctimas han sido atacadas después de salir de aquí —cambia de tema Francis— No hay un orden o un patrón que nos permita determinar cuándo pasará, así que, como puedes intuir, estamos todos bastante nerviosos —les dedica una mirada de advertencia a ambos.
Arthur suspira y saca su inseparable libretita café.
—Pensé en cerrar por unos días, pero la policía ordenó que mantuviéramos abierto para poder patrullar y obtener alguna pista o algún sospechoso, pero, como puedes ver, no lo han hecho. Alfred dijo que vendría y se quedaría hasta cerrar por unos días —Arthur sonríe sin darse cuenta, orgulloso— pero, aun así…
—Esperaremos a que llegue para tener la información completa —decide Arthur, guardando sus notas y mirando ansiosamente hacia la puerta— Y después veré que puedo hacer. Tal vez una denuncia social atraiga demasiada atención a tu negocio, pero es una opción en la que podemos contar si de verdad se sienten en peligro.
Antonio le mira no muy convencido, pero se encoje de hombros, se excusa y va hacia la cocina.
Arthur suspira, yendo instintivamente hacia la barra.
—Al menos podrías haberme avisado —replica, sonriendo un poco después de pedir un espresso, ya que la noche parecía ir para largo.
—Lo hice, de manera sutil —Kirkland arquea una ceja— Tal vez demasiado sutil, siento no ser un hooligan. Lindo coche, por cierto.
—Del año* —Arthur sonríe, orgulloso— Le cambié la horrible tapicería marrón por esa blanca tan bonita.
—Tal vez al final sí que me convengas —ronronea Bonnefoy, recargándose sobre la barra y pidiendo una copa de vino— Al final va a resultar que no tienes tan mal gusto como pensaba… exceptuando, claro, la ropa. ¿Dónde te han hecho esto? —no puede evitar tocarle; le hace unas pinzas con las manos bajo los brazos.
Arthur le da unos manotazos leves para que le suelte.
—Por ahí. ¿Cómo es que conoces a Antonio? —pregunta, aparentemente de la nada.
Francis sonríe.
—Imagínate la noche más fría y lluviosa en Manhattan —comienza, dándole un sorbo a su copa, gesto que Arthur imita sin notarlo.
—Una noche de verano en Londres, prosigue —se ríe, poniéndole un montón de atención.
—Mi equipaje consistía en un par de velices llenos de ropa preciosa y nada funcional para el frío —Arthur se ríe con burla, pero bastante empatía— Mi único abrigo estaba completamente empapado, así que me refugié en una estación de subterráneo y planeaba quedarme en el andén hasta morir románticamente congelado.
—Dramático.
—Entonces, una figura igual de desmadejada que yo me preguntó si estaba bien. ¿Sabes que hay muchos europeos con sueños febriles que se lanzan fuera del continente sin nada más que lo que llevan puesto? Pues quiso la suerte que nos encontráramos y superáramos la noche más larga y fría de nuestras vidas con el poder del amor fraterno —idealiza Francis, cuando la realidad era simplemente que Antonio había visto un alma más desgraciada que la suya y su propio sentimentalismo le había obligado a ayudarle, para después descubrir que se caían bien.
Arthur pone los ojos en blanco.
—Mira, con eso puedo iniciar una columna de historias para señoras o nacionalistas —se burla.
—¡Venga! ¿Qué habrías hecho tú? —protesta Francis.
—Llevar un paraguas —suelta, sarcástico— Probablemente te habría robado —confiesa, más en serio que en broma.
Francis se ríe de buena gana.
—Ni robándome la ropa se te podría pegar el buen gusto.
—Anda, ¿desde cuándo buen gusto es vestir como tapicería persa?
—Al menos no luzco como recepcionista de funeraria.
—¡Ja! Honestamente no me fío de gente que tiene problemas de percepción —hace un gesto como de acomodarse las gafas.
—¡Jum! —Francis se vuelve a su copa.
Arthur sonríe al ver que le ha molestado.
—No vas a delatar…nos, ¿verdad? —pregunta Francis después de un rato, con un tono ligeramente vulnerable.
—¿Eh? —pregunta Arthur, descolocado. Francis mira alrededor— Por supuesto que no, ¿por qué haría algo así?
Francis sonríe y niega con la cabeza.
—Las precauciones nunca sobran, mon ami —gira en el banquillo y se recarga con los codos y la espalda sobre la barra— Especialmente con hombres con tu… genio.
Es que la respuesta brazos cruzados-ceño fruncido es alarmantemente inmediata.
—Qué genio —pregunta sin entonar, mirándole fijamente.
Francis se ríe, considerando la imagen bastante adorable.
—Ése mismo. Los de tu tipo, esos son los más peligrosos —le mira intensamente.
Arthur levanta una ceja, sonriendo de lado.
—¿Mi tipo? Vaya, vaya con el connoisseur —le coquetea, sintiendo un leve pinchazo de decepción que no alcanza a percibir.
—Pues no es que sea un amateur.
—¿Y cómo es mi tipo? Ilústreme.
Francis se mesa la barbita, escrutándole con los ojos. Arthur se sonroja un poco, pero no desvía la mirada.
Los ojos de Francis bajan irremediablemente a su boca, gesto que Arthur imita con plena consciencia.
—Peligroso —susurra Francis, volviendo a mirarle a los ojos.
Arthur sonríe con un gesto taimado que pocas veces utiliza, completamente complacido con esa valoración.
Al otro lado de la barra, Antonio y Lovino les espían, a través de la ventanilla redonda de una de las puertas de la cocina.
—¡Van a besarse! —susurra Lovino, con la vista clavada en las dos figuras.
—No, mira cómo sus rostros están demasiado juntos, pero sus cuerpos no se tocan. Francis va lento —observa, sorprendido.
—Pues yo no le veo nada de especial al inglés éste —escupe Lovino, desdeñoso— además de las cejas.
Antonio se ríe.
—Francis no suele hablar tanto con las personas que trae aquí —valora.
Lovino se separa de la ventana para dejar salir a un mesero y se cruza de brazos.
—Bien, suficiente distracción. ¿Quién es ése y por qué has estado hablando tanto con él?
Antonio sonríe con toda la culpabilidad del mundo tatuada en su cara.
—Es la cita de Francis, ya… —el italiano le echa una mirada… una señora mirada— es un periodista, amigo de Francis —confiesa, derrotado— Tal vez pueda ayudarnos, si la policía decide enterrar el caso… es mejor que nada.
Lovino desvía la mirada, entrecerrando los ojos.
—Bien —baja los brazos, resignado.
A Antonio se le cae el alma a los pies. Lovino resignado era aún peor que Lovino enojado; significaba que las cosas iban lo suficientemente mal como para dejar de preocuparse y atenerse a las consecuencias.
—No —responde a la pregunta muda del español— Es que de verdad no podemos hacer más de lo que estamos haciendo —puntualiza— Además, no creo que el americano ése… —se vuelve hacia la ventana— Ah, mira, hablando del diablo.
Alfred entra seguido por Gilbert, inmediatamente buscándolos con la mirada. Antonio sale a su encuentro junto con Lovino, el primero a palmearle la espalda a su amigo, agradeciéndole sinceramente su compañía; el segundo, completamente dispuesto a usar las técnicas sicilianas más oscuras para interrogar a Alfred.
El americano traga saliva, al conocer perfectamente la mirada tensa de Lovino.
—Ha habido una… situación —sonríe, nervioso.
Lovino se cruza de brazos y Alfred suspira.
—Alguien de la Unidad de Crimen se ha enterado que nos hemos estado inmiscuyendo en un caso que no es de nuestra división y el capitán… nos ha vetado de él por favor no te enfades —pronuncia lo último a una velocidad récord, pero que aún así el italiano se las arregla para entender.
—Merda —susurra, aunque algo dentro de sí ya sabía que no iban a lograr gran cosa por la vía legal; las ventajas de haber vivido frente al rechazo toda su vida— Entonces, ¿qué hacemos?
—Por mi parte, haré todo lo posible para asegurar su seguridad, heroicamente —pone las manos en la cadera, Lovino hace una mueca de fastidio, pero sonríe, porque sí es carismático el muchacho y sabe que de verdad quiere ayudarles, aunque no vaya a decírselo nunca— Tengo un amigo que quizá nos podría ayudar, es periodista y…
—Vaya tela que tienen con los periodistas hoy —gira la cabeza hacia donde Arthur y Francis siguen conversando— Estoy comenzando a pensar que quizás no sea tan mala idea.
—¿Quién…? ¡Oh! ¡Arthur! —grita a voz en cuello.
El aludido da un respingo tal que se tira media tacita en las manos, que, para su suerte, debido a tener la boca ocupada discutiéndole a Francis ya estaba medio frío.
Arthur se sonroja, sintiéndose extrañamente atrapado. Alfred ni se entera; va directo hacia él con su clásica sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué haces aquí? —le pregunta el policía, nervioso y un poco sonrojado.
Francis los mira con curiosidad.
—Te robo el caso, al parecer —Arthur le sonríe, limpiándose con su pañuelo y se detiene en seco— Un momento, ¡yo estoy enfadado contigo! —se cruza de brazos, todo indignadillo.
—Pero no pasa nada, ¡si ni le he hablado de ti ni nada! —hace una especie de puchero.
—¡Faltaba más! ¿Cuándo vas a aprender a respetar la privacidad de las personas? Y aparte de cotilla, maleducado, saluda a míster Bonnefoy —le riñe y señala al francés.
Francis le dedica una sonrisa completamente encantadora y Alfred se ríe un poco bobamente al estrecharle la mano porque venga, el hombre es guapo.
—Pues no sé a qué hayas venido —sentencia, echándole una mirada a Bonnefoy súper obvia— Pero es genial que estés aquí —se ríe, para no variar y se recarga en la barra— En realidad creo que nos vas a terminar ayudando tú más que nadie —Arthur alza las cejas, mirando a Francis de reojo.
—¿Yo? —pregunta, entre cohibido y emocionado. Francis se muerde el labio.
—Sí, tú —Lovino sale de atrás de Alfred, sin saludar y sin el trato formal, seguido por Antonio— Alfredo nos ha dicho que la policía no sirve para nada, así que a ver si tú sí.
Arthur arruga la nariz, un poco más por el insulto velado hacia el americano (quien, por cierto, sigue ahí tan sonriente sin haberse dado cuenta), y está a punto de responderle con algo mordaz cuando Bonnefoy le toma del antebrazo.
—En realidad tenemos una especie de indicio —apunta el francés—Arthur ha encontrado algo en las fotografías que tomé… merde, debimos haberlas traído.
Arthur carraspea.
—Aquí se puede ver el abrigo de un hombre —señala Kirkland, tras sacar la fotografía del bolsillo y Francis abre la boca, medio indignado y medio divertido— que prevaleció durante todos sus disparos, es decir, hasta media noche. Esta persona, por la posición hacia donde veía, tuvo que forzosamente ver a cualquiera que haya pasado por el callejón esa noche. Si pudiéramos identificarle…
Alfred se acerca a mirar la imagen y palidece cuando la ve.
—Oh… —susurra alejándose un poco y comenzando a caminar hacia la salida.
—¿Qué pasa? —pregunta Arthur, mientras todos siguen mirando la fotografía y Francis sigue explicando.
—Me tengo que ir jaja… despídeme de todos, adiós —murmura, con una sonrisa forzada.
—Pero no me has dicho nada… ¿estás bien?
—Sí, ¿por qué no lo estaría? Es que tengo sueño, y mi perro está enfermo, sí ¡eso!
Arthur le mira, nada convencido.
—Pregúntale a Gilbert todo, ¿vale? Eh, luego te llamo, adiós —sale, sin llevarse su sombrero ni su abrigo, caminando a largas zancadas, mientras Arthur se queda completamente descolocado.
Ya estaba a punto de ir tras él, cuando Francis le toma del hombro con suavidad.
—¿Qué ha pasado? —le pregunta con su voz aterciopelada.
—Nada… —susurra, aún con su sombrero entre las manos—Me ha dicho que busque a Gilbert, ¿está aquí?
—Sí —sonríe, y no hace ningún ademán de ir a buscarle.
—Pues aparta, tengo que hablar con él —le sonríe de vuelta sin moverse ni un centímetro; la rapidez con la que entraban en ese bucle de sonrisitas y flirteos era hasta ridícula.
—Vamos —sigue sin moverse; se pasa el cabello tras la oreja.
—¡Pues vamos! —Arthur se ríe, le pasa una mano por la espalda y se acercan de nuevo a los demás.
Antonio levanta una ceja al verlos tan abrazados, pero no dice nada. Lovino les clava los ojos con una cara de mafioso clásica de la Casa Vargas.
El inglés se aclara la garganta y le suelta.
—¡Gilbert, mon amour! —le llama Francis al albino, quien estaba ahí medio ignorando a la comitiva, diciendo que eso ya lo sabía él y demás.
—Alfred se ha pirado y me ha dejado a mí con todo el trabajo —se "queja".
—Ya, y no disfrutas de ser el policía estrella para nada —le acusa el galo.
—Alguien tiene que serlo —sonríe mostrando un colmillo y Arthur pone los ojos en blanco— Ah, Arthur, milagro que hayas salido de tu cripta —le saluda, palmeándole la espalda con un poco demasiada fuerza.
El periodista se sacude la mano de encima, irritado, porque Gilbert no le cae especialmente bien: considera que es una mala influencia para Alfred (no que él por sí solo sea imprudente, qué va).
—Y tú fuera del trabajo, para no variar —apunta, mordaz.
El hombre rueda los ojos y se carcajea un poco.
—Es la hora de salida, idiota. Las personas con vida realmente salimos —se encoge de hombros— Me alegra que te hayas dado una oportunidad, te iban a salir telarañas por ahí como siguieras de virgen —le pica— aunque te advierto que aquí la gente tiene criterio, así que no esperes que te hagan mucho caso.
El inglés de dedica una mirada asesina, pero se ruboriza un poco, sin poder evitar mirar de reojo a Francis que, para su buena o mala suerte, le sonríe de lado, seductor.
—Por cierto, conocí a tu hermano, una persona encantadora, se ve que es de familia —medio miente.
Arthur suelta una risita sarcástica, misma que se le corta cuando escucha lo de su hermano.
—¿Qué has dicho? —susurra, amenazante.
—Tu hermano, el de la policía, es el que nos cortó toda relación con el caso. Así que bien, ya saben a quién culpar —sonríe, malicioso.
—Ni siquiera le hablo, por mí que se muera —Francis le escucha con atención— Pero si se está metiendo, significa que es importante. Se ha mudado expresamente para ayudar en la investigación de un caso internacional, así que, si se está metiendo también en éste, algo tiene que haber. De las víctimas… ¿no había alguien importante…?
—Todos son importantes —suelta Lovino, agresivo.
Arthur aprieta los ojos.
—De renombre, o inmiscuido en la política. Lo siento —añade con la voz baja.
—No… no especialmente —interviene Antonio— Aunque sí eran amigos nuestros. No les han robado nada, así que eso podemos descartarlo —valora.
—Pues hombre, pregúntale —Gilbert le da un empellón suave con el hombre— Tienes fuente de primera mano.
—¡No! —suelta, agobiado.
—¿Por qué? —preguntan al unísono Francis y Gilbert.
—No le hablo, es en serio.
—Pues vas a tener que hacerlo —Lovino se cruza de brazos— si es que quieres tener la noticia. Quid pro quo.
—Pero… —voltea a ver a Francis, porque de verdad no le soporta.
Francis le sonríe con resignación.
Arthur se muerde el labio inferior, detestando tener que relacionarse con su familia en lo más mínimo, pero a la vez sabiendo que los sacrificios eran necesarios para cumplir ciertas metas. Otro dramático.
—De acuerdo —suspira, derrotado —mañana iré a buscarle, aunque no garantizo nada.
—Lo dicho, es de familia. A todo esto, ¿dónde se ha metido el cuatro ojos?
—Se fue hace un momento… una especie de emergencia —le excusa Arthur.
Suena el teléfono tras la barra y Lovino corre a contestar, mientras Arthur interroga a Antonio un poco más acerca de las víctimas. Todos hombres jóvenes, con trabajo estable, sin pareja, acuchillados en el abdomen con puñaladas precisas, sin señales de mucho forcejeo.
—¡Antonio! —le grita después de un rato, bastante violentamente.
La mitad del restaurante voltea a verle, pero no les hace caso, caminando rápidamente hacia Antonio, a quien le explica unas cosas rápidamente en italiano muy cerrado, rápidamente y con expresiones muy ofuscadas. Lovino trata de salir, forcejeando un poco con Antonio, llegando a los gritos.
—¿Qué pasa? —pregunta Gilbert, frunciendo el ceño, gesto imitado por Arthur, preocupado.
Francis intenta comprender algo, sin mucho éxito, más que palabras sueltas.
—Quoi? —dice, de repente— Espera, Antonio, ¿qué has dicho? —le toma de los hombros, visiblemente agobiado.
Antonio no responde, pero apoya su cabeza sobre el hombro de Francis, soltando un único sollozo. No suelta a Lovino en todo el proceso.
—Han… —comienza Lovino ya en inglés, con la voz temblorosa y perdida. Se aclara la garganta y prosigue, con voz solemne— Es de la estación de policía. Ha habido otro asesinato.
Hace una pausa, usando toda su fuerza para no quebrarse.
—Era mi hermano.
Notas: El auto en realidad es de 1934, pero ¿a quién le importa con tremendo cliffhanger, eh?
