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Invierno, 2008

Cuando entró en el taller no tardó en distinguirla entre las muchachas que se arremolinaban sobre la mesa. Sora siempre conseguía resaltar en lo que hacía y no necesariamente porque fuese vistoso o fuese algo que buscase, era simplemente porque ponía todo su esfuerzo y concentración en ello. Quedó observándola un poco más, cómo hacía algunas indicaciones sobre la tela extendida. Las otras alumnas se dirigían a ella como senpai y apuntaban cada consejo que les daba. Sora lo hacía gustosa pero no parecía que fuese algo que verdaderamente estuviese disfrutando. Se acercó un poco más y compartió el entusiasmo de una de las chicas al ver ese precioso vestido de noche al cual le estaban haciendo los últimos arreglos.

—¿Lo diseñaste tú?, bien podría desfilar por la semana de la moda de París.

Sora fue consciente de la llegada de su amiga en ese momento, le regaló una contenida sonrisa, todo lo contrario que la chica dueña del vestido, que saltó emocionada.

—¿Lo piensas de verdad?, sería un sueño, ¿verdad senpai?

—Bueno, lo primero es que lo termines a tiempo para la Nochebuena, ¿no?

La muchacha asintió con un leve sonrojo que se incrementó por el cuchicheo de sus compañeras. Mimi compartió una sonrisa cómplice con Sora viéndolas marchar.

—¿Has venido a verlo? —cuestionó Sora.

Mimi asintió emocionada pero cuando Sora iba a buscar el paquete, una maestra asomó a la puerta dándole algunas instrucciones, más bien órdenes a las que Sora asintió obedientemente.

—Parece muy estricta —la más joven se cruzó de brazos, por lo visto su amiga ya tenía trabajo para todo el día y por tanto no podrían pasarlo juntas.

—Sí lo es, pero estoy muy agradecida de que me tomara como asistente. De hecho si decidí cursar en esta escuela técnica fue por ella —por la extraña mueca de Mimi, entendió que debía explicarse mejor—. Mi padre me dijo que había una maestra de arte que tenía que conocer.

—¿Y seguirás como su asistente el próximo año?

Sora rio. Ni se había planteado esa posibilidad.

—No lo veo probable. Ella regresará a Kyoto. Tiene puesto como profesora de arte allá.

Mientras Sora iba en busca de lo que había llevado a Mimi hasta ahí, Mimi se dedicó a examinar su alrededor. Ese lugar le trasmitía una extraña calma que encontraba incompatible con la emoción y el entusiasmo que las anteriores chicas habían mostrado antes con aquel vestido. O tal vez era por la señora que se acaba de ir.

Pasó el dedo por algunos de los libros que quedaban sobre el escritorio de Sora y le complació encontrar una solicitud, que aunque aún no estaba rellenada, tenía un sitio preferente entre sus documentos, o lo que era lo mismo, entre sus pensamientos.

Enfocó a Sora que ya extendía con gran mimo su preciado paquete.

—Entonces, ¿postularás para seguir tu formación en el extranjero?

Sus palabras hicieron regresar en sí a Sora. Caminó hasta su amiga, tomando la solicitud que tenía entre sus manos.

—No estoy segura —era algo que habían hablado a menudo durante el último año pero lo cual todavía no estaba decidido.

Su amiga de la infancia hizo un amago de berrinche que a Sora causó ternura. Ella deseaba alternar sus estudios en una ciudad diferente cada año. Disfrutaba de la improvisación y se sentía cómoda con lo inesperado. Pero Sora era muy diferente a ella y conforme más años pasaban, más se daba cuenta de ello. Ella necesitaba calma y tiempo de reposo. Necesitaba concentración y dedicación para disfrutar de su trabajo, incluso necesitaba lo que consideraba una agradable rutina para sentir la seguridad en sí misma de que lo que estaba haciendo era lo que quería.

—Sora, vayamos a París, la cuna de la moda y la comida. Alquilaremos un precioso apartamento con vistas al Sena donde un gondolero nos dirá: ¡suban a mi barca preciosas!, ¡y olé!

Sora quedó mirando su extraña pose y rio.

—No me quedó claro, ¿Francia?, ¿Italia? Y lo último no lo entendí pero por tu postura diría que era español.

—¡Que más da, Sora!, podemos ir a todos lados que queramos y aprender grandes cosas. Yo me haré una experta chef y tú alternarás con los más prestigiosos diseñadores que te darán proyección internacional —miró a su alrededor y suspiró—… que aquí nunca tendrás.

Debía reconocer que Mimi no se equivocaba. Si aceptaba proseguir sus estudios en el extranjero tendría más posibilidades para hacerse un hueco en el mundo de la alta costura. No obstante, tampoco estaba segura de que ese fuese el camino que quería.

Se había formado en diseño de modas de una manera muy general, muy comercial podría decirse. Las técnicas de diseño no tenían secretos para ella y hasta se creía capaz de predecir cual sería la próxima moda de la temporada. Sería capaz de diseñar todo tipo de cortes y saber, ya prácticamente con solo mirar a una persona, cual sería el escote más acertado para ella o con que color quedaría más favorecido.

Sin embargo, nada de eso había estado presente en las últimas semanas.

Regresó a su paquete y empezó a desenvolverlo cuidadosamente. Lo que escondía había sido su obsesión en este último tiempo, toda su vida había girado en torno a ello.

—Sora es… increíble —Sora se sintió satisfecha, pues dejar a Mimi sin palabras no era algo fácil.

La más joven casi hasta sintió apuro por tocar la tela pero lo hizo, delineó los estampados, pasó la mano por las largas mangas y le dio delicadamente la vuelta para no perderse ningún detalle de la parte de atrás. Viendo ese furisode que se apreciaba hecho con mimo y dedicación, Mimi empezó a entender porque Sora no había sido más entusiasta con el precioso vestido de noche que aquella chica estaba elaborando. Esa tela tan bella no podía encontrarse en ningún otro lugar. Era sin duda una obra de arte.

—Vas a ser la adulta más hermosa que haya existido jamás.

—En realidad, quiero estrenarlo en Navidad —se ruborizó.

Cuando ella, al igual que todos los chicos de su año celebrase la fiesta de la mayoría de edad en enero, Yamato estaría de nuevo interno en la academia militar y su fiesta de mayoría de edad sería celebrada con sus compañeros de promoción en vez de con sus amigos en Tokio. No obstante, quería que Yamato pudiese contemplarla con su obra, ya no solo por el kimono en sí, también por lo que significaba para Sora. Esa prenda reflejaba sus sentimientos. Había sido diseñado y prácticamente elaborado por ella y aunque puede que no tuviese un acabado enteramente profesional, sentía que tenía la vida que había buscado. Y era algo que deseaba compartir con Yamato.

—Si lo que quieres es que te pida matrimonio te lo pedirá. Estoy a punto de pedírtelo yo.

Las palabras de Mimi devolvieron a Sora a la realidad, pues una vez más había quedado hechizada contemplando esa prenda. Negó entre risas y pasó el dedo de arriba abajo por las largas mangas de las que tan orgullosa se sentía.

Sora se arrepentía de no haber llevado un cuaderno para hacer algunos bocetos. Aunque hubiese resultado del todo improcedente, las vistas desde aquella meseta en Kanagawa eran impresionantes; las colinas verdes, la bahía de Tokio y el monte Fuji podían apreciarse desde allí. En realidad lo sabía porque Yamato se lo había contado e incluso le había enviado fotos y aunque los uniformes, los saludos a la bandera y la férrea disciplina que trasmitían los muchachos remarcaba que era un lugar militar, en cierta forma, también le trasmitía una adictiva inspiración.

Se resguardó entre sus mangas y siguió esperando. Yamato solo tenía unas horas de permiso por Nochebuena y aunque tuviese derecho a pernoctar fuera de la academia a la mañana siguiente debía estar nuevamente en su puesto de estudio. Tendría un permiso más largo en las festividades de año nuevo, en las que entonces sí viajaría a Tokio, pero aún así, Sora había querido ir a buscarlo a la academia para poder pasar juntos este día tan especial para ellos. Ahora que estaban la mayor parte del año separados, Sora sentía importante crear memorias juntos siempre que tuviesen oportunidad. Era la manera de estar más unidos el resto del año.

No era la primera vez que iba allá a visitarlo pero sí la primera vez que se había sentido tan insegura en todo el trayecto. Muchas miradas habían estado fijas en ella en el tren, pero vestir el furisode desde Tokio había sido su elección. La razón principal era que quería impresionar a Yamato desde el primer momento que la viese, aunque la razón práctica pasaba porque se habría sentido incapaz de colocárselo ella sola.

Varios chicos salían en ese momento a disfrutar de su permiso pero un rubio se distinguía de entre todos esos trajes negros de cadete sin más insignias que la que lo identificaba a la rama aérea a la que pertenecía.

No avanzó y Sora volvió a sentir las miradas, esta vez de las decenas de chicos de la academia. Bajó el rostro y cuando lo alzó, la multitud se había dispersado y Yamato estaba frente a ella. Deslizaba el petate por su hombro al tiempo que se quitaba la gorra del uniforme. Sora comprobó que había vuelto a cortarse el pelo. Lo llevaba excesivamente corto para su gusto desde que había entrado en la academia y aunque era parte de la disciplina que Yamato se había auto impuesto, Sora no podía evitar añorar esa rebeldía que siempre había desprendido su cabello. No era algo que le fuese a reprochar tampoco, Yamato se estaba esforzando mucho y ella no debía quedarse en el pasado.

Él alzó la mano tocando las largas mangas tan solo con sus yemas tímidamente.

A diferencia de kimonos más tradicionales, su estampado no evocaba motivos estacionales, ni pájaros tan característicos como las grullas. Era un pájaro sí, pero de fuego, cuyas llamas se difuminaban de forma ascendente desde la parte baja del kimono. Las mangas eran adornadas por vistosas camelias invernales a juego con el kanzashi que culminaba el recogido de su pelo. Su maquillaje se apreciaba de una forma sutil, resaltando su naturalidad pero al mismo tiempo viéndose arreglada para un acto especial.

—Es… impresionante —dijo al fin Yamato y Sora recobró toda su seguridad y confianza.

Era el sentimiento que había querido expresar.

—No me quedó claro, ¿Francia?, ¿Italia?, ¿España?, aunque si vas con Mimi, ¿no sería mejor ir a New York? Hay grandes oportunidades para los diseñadores allá, ¿no crees? —Yamato paró y regresó la vista atrás para mirar a Sora.

Tras la cena y antes de ir a su hotel, habían querido dar un paseo por la bahía de la ciudad de Yokosuka. Sora reconoció de cerca alguno de los barcos, muchos de ellos militares, que había apreciado desde la parte alta donde quedaba la academia de Yamato.

Era la misma bahía que en Tokio pero desde ese otro lugar se sentía diferente. Todo era diferente siempre si cambiabas la perspectiva pero lo importante era que siguiese resultando cómodo, se sintiese correcto. Ese lugar, en este instante, lo era.

—Olvídalo, son ideas locas de Mimi.

—Entonces, ¿no vas a seguir formándote en el extranjero?

Sora resopló, envolviendo y desenvolviendo sus mangas en sus antebrazos como un tic nervioso. Yamato la tomó de las manos para detenerla.

—Lo arrugarás.

Entonces paró, pero quedó mirando el traje, como si este mismo debiese confirmarle las palabras de Yamato. Lo enfocó a él cuando sintió su mano en la mejilla.

—Está bien lo que decidas.

—Es que, todavía no estoy segura de si es así como quiero enfocar mi carrera. Estos años han sido realmente productivos para mí. De hecho me siento que podría trabajar para cualquier firma, en cualquier lugar.

Yamato torció el rostro ante su repentino silencio.

—¿No es lo que deseas?

Su vista, de nuevo, se desvió a la bahía. Algunos barcos estaban adornados con luces navideñas de los que se podía escuchar incluso la música de la fiesta que había en su interior. No obstante ella trató de ver más allá, llegar a Tokio o incluso cruzar el mar. ¿Tenía miedo de lo que le depararía el otro lado? Regresó la vista a sus mangas, a las florecillas blancas y rosas que las salpicaban. ¿Existirían más allá del mar?

Yamato la miraba atentamente, empezaba a emanar preocupación. Negó, no tenía derecho a preocuparlo, pues él sí que iba a cruzar el mar y todo el universo por el bien de todos ellos. Debía empezar a ser más decidida, a ver más allá de las camelias del invierno.

—Ir al extranjero me abriría muchas posibilidades en el mundo de la moda, en el camino que he elegido —Yamato acarició su rostro con el dedo y asintió—. Supongo que París es una buena opción. Además, así podré conocer más a tu familia —su sonrisa fue genuina. La primera desde que meditaba la opción del extranjero.

Apreció como Yamato relajaba algo sus facciones. Aunque no lo dijese abiertamente, esa también era su elección favorita. Por un momento se imaginó con diversión el estado de nervios y preocupación que tendría Yamato si de verdad decidiese ir a New York o cualquier otra ciudad sola con Mimi y no pudo contener una leve risa.

Y aunque no supiese a que se debía, Yamato la acompañó.

—Me alegra que decidas ir donde mi familia, aunque si te presentas así, es posible que mi abuelo te pida matrimonio.

Las mangas de Sora revolotearon cuando le dio un ameno golpe en el brazo. Empezaba a entender por qué esas mangas eran para chicas solteras, quizá porque eran un imán para pedidas de matrimonio. Dejó de reír cuando él la atrapó de la cintura y sintió su amorosa mirada examinando su expresión. Le correspondió colgándose a su cuello y las mangas cayeron a ambos lados, dándoles una improvisa intimidad.

Deseó que todo se viese tan claro, como la mirada de Yamato justo antes de besarla.

Yamato dejó contra la cama la toalla húmeda que había usado para secarse el pelo y se sentó en ella para colocarse los calcetines. Observó a Sora, que ya arreglada con su ropa de recambio, se concentraba en empacar con mimo su kimono.

Hacía un rato que había amanecido y antes de que el tren de Sora con destino a Tokio saliese, Yamato ya debería estar presente en la academia.

—Puedo acompañarte, de verdad, hay tiempo —mintió y Sora otra vez negó.

—No quiero que te castiguen a limpiar retretes con un cepillo de dientes

Yamato bufó, mientras volvía a levantarse para colocarse la camiseta.

—Lo mucho que me harán es que me ocupe de millones de informes mientras mis compañeros hacen cosas divertidas en los simuladores.

—Con lo que te gustan los simuladores, no podría soportar tanta culpa —dijo ella con un notable tono guasón.

Sintió la respiración de Yamato tras ella.

—¿Por qué no te lo pones? —susurró en su oído.

Se estremeció, pero fue capaz de guardar la compostura.

—¿Yo sola?, con lo que tardaría definitivamente no volverías a pisar un simulador en los dos años que te quedan.

—Podría ayudarte —Sora rio y Yamato adquirió un natural tono seductor—. No se me dio mal quitarlo.

Sora se volteó para encararlo.

—Si la memoria no me falla hubo un momento de crisis al principio —entrecerró los ojos, retándolo y acabó riendo por el rubor que mostraron las mejillas de él.

—Me daba miedo romperlo —tuvo que reconocer, ya dando un paso atrás, con la vista fija en la prenda.

Satisfecha por su pequeña victoria, Sora regresó a su trabajo.

—Entonces mejor así, además no quiero acaparar más miradas en el camino. Bastante vergüenza pasé a la ida.

—Es una prenda de la que estar orgullosa —dijo Yamato, mirándola tiernamente. Ella se mordió el labio tímidamente y Yamato aprovechó para inclinarse y besarla en la nariz—. Gracias. La imagen de ti esperándome con este kimono ya es un valioso recuerdo para mí.

Esta sí que era la victoria que Sora había buscado pero era demasiado vergonzoso reconocerlo tan abiertamente. Yamato le dio un respiro, volteándose para buscar su chaqueta.

—¿Te imaginas?, quizá en un año todas las chicas de París querrán tener uno así.

La volvió a enfocar al no obtener respuesta y le extrañó verla con la mirada un poco ausente. Pero realmente sus pensamientos estaban ausentes. De repente había vuelto a su realidad. Aunque lo pareciese el tiempo no se detenía y este momento que ambos atesorarían ya finalizaba y Sora debía regresar a sus responsabilidades futuras.

—En año nuevo tienes días, ¿verdad? —Yamato asintió con un gemido— Vendrás, ¿no?

Ante tal inesperado reclamo, Yamato volvió a acortar las distancias.

—Oye —la tomó del mentón para poder mirarla a los ojos. Ella le otorgó una sonrisa que Yamato reconoció de inmediato. Era la sonrisa que no le gustaba que le dedicase a él porque era la sonrisa de su máscara. Frunció el ceño con descontento y la tomó de la mano posesivamente—… te acompaño a la estación. Me da igual si tengo que limpiar retretes lo que queda de curso.

—Pero… —obviamente Sora fue a protestar pero Yamato alzó el dedo sin permitírselo.

—Y si protestas te llevaré la bolsa —Sora la resguardó contra ella instintivamente—, y si aún así sigues protestando no me quedará más remedio que correr tras tu tren proclamando mi amor eterno.

Y ahora sí, la sonrisa de Sora fue radiante y sincera al igual que su tímida risa.

—No te creo capaz.

Yamato le contestó con la mirada: desafiante, divertida y provocadora, pero Sora no reparó en ella más de lo necesario porque su vista quedó atrapada en su cabello. Lo tenía corto, demasiado, pero el flequillo, ya seco, despuntaba hacia arriba con esa rebeldía natural que poseía Yamato. Esa que olvidaba domar cuando estaba a su lado. Esa que le reconfortaba, ya que Sora también era a su lado cuando más natural se sentía, cuando más claro veía todo.

El último día del año, Sora se concentró en las ramas y las flores del Ikebana para ver si así hallaba la decisión correcta respecto a su futuro. No era como si se resistiese a los cambios, Sora tenía madurez en ese sentido. Se adaptaba a ellos, buscaba lo positivo de lo aprendido y veía el futuro con ilusión. Por eso sentía tan extraño su estancamiento.

Si partía al extranjero ya debería haber empezado a hacer los trámites y buscar recomendaciones de sus profesores, y en el caso de que decidiese no partir, ya tendría que estar haciendo entrevistas para conseguir un puesto en alguna firma. No obstante, lo que provocaba su parálisis era que antes, cuando pensaba en este momento siempre lo imaginaba como un momento de incertidumbre pero también emocionante porque nuevos caminos se abrirían ante ella. Sin embargo ahora que lo estaba viviendo solo sentía confusión. Llegaba incluso a sentirse perdida.

—Gracias Piyo —sonrió cuando su compañera le llevó una rama que ella creía que encajaba.

Toshiko lo miró, sonrió y no dijo nada y Sora entendió, que aunque a ella sí se lo había parecido, esa no era la rama adecuada para ese arreglo.

—¿Has hablado ya con los abuelos de Yamato? La verdad que me quedaría más tranquila si quedases en su casa, por lo menos al principio.

—No mamá, aún no…

Se detuvo antes de confesar que todavía no lo tenía decidido. Tenía la solicitud, incluso Mimi ya había empezado a mirar apartamentos pero en su interior ella todavía no llegaba a entender que iba a hacer en París. Al contrario de lo que imaginó Yamato, no se veía capaz de aportar nada a ese mundo de occidente. Simplemente sentía, que como aquella rama, ella y sus sueños no encajarían. Pero tampoco podía sentir emoción alguna al pensar en diseñar otro tipo de ropa que no fuesen kimonos. Lo veía como ser parte de una absurda cadena de montaje de algo efímero.

Quizá por eso se había refugiado en el Ikebana. El Ikebana siempre le ayudaba a ver las cosas de otra manera, a entender el camino que a veces quedaba oculto en el subconsciente. El Ikebana le ayudaba a reencontrarse con su arte, con sus sueños. Bueno, el Ikebana y la maestra que tenía en frente, claro.

—Mamá, ¿cuándo supiste que no yo no sería tu heredera?, ¿cuándo llegaba de barro hasta las rodillas después de jugar al fútbol?

Toshiko rio, de la forma que ella reía, es decir sin sonido y casi sin gestos. No dejó de realizar sus movimientos que aunque se veían automáticos, distaban mucho de ser una cadena de montaje.

—En realidad fue mucho después.

—¿En serio? —a Sora le extrañó, pues aunque en su adolescencia aprendió a respetar e incluso querer este arte, daba por hecho que su madre la había dado como caso perdido prácticamente desde la cuna.

—Siempre tuviste aptitudes, así que siempre conservé la esperanza de que algún día lo tomases en cuenta de verdad. Cambió el día en que me hiciste ese kimono, ¿recuerdas?

Sora se tapó la cara con las ramas avergonzada.

—Mamá, fue algo ridículo. Te rompí dos prendas para hacerte una. Todavía no sé como llegaste a ponértelo.

—¿Bromeas?, es mi prenda más preciada. A pesar de sus inapropiadas mangas largas.

Sora se permitió esbozar una traviesa sonrisa. Recordó lo satisfecha que se sintió entonces. Simplemente hizo lo que quería, lo que empezó como un regalo para sus padres, una representación de su amor, terminó siendo algo que realmente disfrutó. Terminó siendo algo en lo que pudo poner su creatividad y hasta su corazón. Parecía que había pasado una eternidad desde aquello, parecía que pertenecía a la vida de otra persona pero en realidad era ella quien atesoraba esa vivencia. Encontró algo por lo que quería esforzarse de verdad, algo que le hacía sentir viva, algo que le provocaba ilusión descubrir y aprender. Encontró una forma de trasmitir amor.

—¿Por qué lo supiste mamá?

—Porque al igual que yo hago o intento hacer vida con estas ramas tú hiciste vida con esas telas. Es tu arte, Sora. Eres tú.

—¿Y crees que en París haré vida o simplemente diseñaré ropa? —por fin preguntó en voz alta, lo que en su corazón llevaba un año preguntándose.

Toshiko no contestó, tan solo sonrió

—Esa rama es perfecta Piyomon.

A Sora le hizo una especial ilusión ver a Yamato vestido con ropa normal a la entrada del templo. Verlo otra vez como Yamato, (a pesar de que se hubiese esforzado en domar su flequillo) en la ciudad donde habían compartido todos sus recuerdos hasta ahora, se sentía familiar. Daba la impresión de que todo estaba donde debía estar.

Lo besó sin importar que hubiese centenares de personas a su alrededor. Quería besarlo, amarlo y compartir toda la felicidad y satisfacción que sentía en ese momento en su corazón. Encontró a Yamato algo tenso y su ceño fruncido le daba un aspecto de enojo. Por un momento creyó que le había molestado su excesiva muestra de afecto pero lo desechó del mismo modo que su expresión perduró.

—¿Qué ocurre?

—Hablé con mi abuelo y aún no te has puesto en contacto con él. No es que no quiera que vivas sola con Mimi pero, en serio, es Mimi, ¿estás segura de que quieres vivir con ella?

Se llevó la mano a la boca para evitar reir escandalosa y eso hizo incrementar el enojo de Yamato. Resopló, cruzándose de brazos.

A veces le gustaba cando Yamato la sermoneaba, lo imaginaba haciendo algo parecido con sus hijos y le causaba ternura. Aunque de lo que más disfrutaba era viendo sus exageradas reacciones cuando algo escapaba de sus manos. Lo pasional y a veces incluso irracional que podía llegar a ser. Era esa parte de Yamato que sentía, que ya solo mostraba con ella.

—No te preocupes, Mimi va a Italia —se mordió el labio divertida, recreándose en la estupefacción de Yamato—. Cambié mi solicitud —aclaró antes de que Yamato se pusiera más nervioso.

—¿También vas a Italia? —se descruzó de brazos y notó que su rostro se palidecía más— ¿Dónde las góndolas?

La chica negó, agrandando su sonrisa. Yamato preocupado era adorable, Yamato un poquitín celoso lo era más aún. Finalmente se compadeció del sufrimiento que le provocaba la incertidumbre.

—Iré a Kyoto con Piyomon y seré una estudiante libre de arte y cultura japonesa. Quiero poder diseñar, patronar, cortar, estampar y teñir un kimono con mis propias manos. Viajaremos por todo Japón para descubrir la historia y tradición que quiero trasmitir a través de la moda. Si alguna vez voy al extranjero quiero que sea para aportar algo que perdure en el tiempo. No quiero ser una simple diseñadora de modas, quiero ser una artista, quiero ser una maestra.

Al finalizar, se ruborizó por la perpleja expresión de su novio, dándose cuenta entonces de lo emocionada que había hablado. Por un momento recordó a Mimi ideando sus viajes por Europa y se dio cuenta de que al final no eran tan diferentes. Cuando algo le hacía ilusión olvidaba ser la chica comedida, tranquila y serena que acostumbraba. Observó radiante la sonrisa que se le había ido dibujando a Yamato.

Él la atrapó entre sus brazos y pegó la frente a la suya.

—En realidad, temía que fueses a París o a cualquier otro lugar tan lejos —Sora se apartó levemente y lo examinó. Este desviaba la mirada con culpabilidad—. No lo dije pero pensé que si ibas al extranjero quizá te ofreciesen un trabajo tras el postgrado y valorases vivir allá.

A decir verdad, si bien había meditado mucho sobre estudiar en el extranjero nunca le había pasado por la cabeza conseguir un trabajo estable allá. Pero realmente, ese era el objetivo principal de la mayoría de los compañeros que habían decidido ese camino.

—¿Y por qué no lo dijiste antes?, hubiese sido mucho más fácil para mí decidirme.

A Yamato le sorprendió la excesiva indignación, la cual podría clasificarse como enojo, que mostró Sora. Incluso se había cruzado de brazos.

—No quería influir en tu decisión y sobre todo con un motivo tan egoísta y absurdo. Ni tan siquiera puedo ofrecerte vivir conmigo aquí —se ruborizó y Sora no pudo contener la sonrisa al verlo. Ella también se había sonrojado por esos pensamientos.

Tal vez, si Yamato no estuviese interno ya estarían viviendo juntos. Era algo que le resultó agradable imaginar pero también le dejó un resquicio amargo. A veces, sentía que el camino que había elegido Yamato conllevaba un futuro demasiado incierto como para ser capaz de asimilarlo. A veces, era incapaz de dar normalidad a la situación que vivían. A veces, simplemente, desearía que el futuro de Yamato pasase por ser un empleado normal de cualquier empresa y llegase todos los días a ese hogar que juntos ya podrían haber empezado a construir. Pero aunque esa clase de pensamientos le asaltaban con más frecuencia de la que Sora desearía, la mayoría de las veces era capaz de sonreírles, no dejarse llevar por la amargura que pudiese traerle recrearse en ellos y disfrutar del camino que ambos habían elegido. Lo lograba, sobre todo, cuando sentía la cercanía de Yamato. Con ella, el futuro sí que se veía correcto y apropiado siempre.

Le tocó del brazo para hacerle saber que ya había desaparecido su amago de enojo.

—Somos una pareja, está bien si influyes, ¿no?

Con la confianza renovada, Yamato volvió a rodearla de la cintura.

—Supongo, pero quería que tuvieses tus propias razones para quedarte.

—Tú eres una buena razón para quedarme —sonrió juguetona, agarrándose a los bordillos de su chaquetón—, pero gracias. Porque ahora sé lo que de verdad quiero hacer.

El abrazo, con las campanas resonando por el año nuevo de fondo, trajo en ella el convencimiento de ser fuerte y confiar en sus decisiones, las de ambos. Miró al cielo, más allá incluso. Era posible que a primera vista otros caminos pareciesen más atractivos, más instantáneos y llevaderos pero Sora no era el tipo de persona que se guiaba por esos primeros impulsos. Prefería tomar otro ritmo, su propio ritmo, y esforzarse por crear algo bello que perdurase en el tiempo.

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N/A:

Japonismos varios:

En Japón la mayoría de edad es a los veinte años. El segundo lunes de enero todos los jóvenes que hayan cumplido veinte años o los vayan a cumplir entre abril del año anterior y de ese año (toman el año escolar) celebran de forma oficial su mayoría de edad. Las chicas suelen vestir furisode.